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Felipe Trigo |
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III
Mi mujer es mía, en espíritu, en emoción, en... cuanto falta que
lo sea... Vencida. Esta tarde vio ponerse el sol muerta de mi alma entre
mis besos. Un alma... en que ya también la suya de cristiana alentaba
sensual. Hablábamos del cielo y del sol, a besos. Luego, al tornar hacia
la casa, seguimos hablando a besos de la luna y las estrellas. Y ella no
sabía que así su alma de cristiana adoraba, en besos de mis labios, a
Dios, al Universo.
Pero es llegada la hora de que el Universo y Dios se recojan, para
las adoraciones todas de su vida y de mi vida, en nosotros mismos. Estamos
en el rojo gabinete-comedor, y las seis cortas bujías de los candelabros
se agotan; dos, han quemado ya sus arandelas. Calculé, pues,
perfectamente. En un banquete nupcial, donde se habla y se sueña y se
divaga y se sonríe más que se come, bien puede tardarse en llegar a los
postres, hora y media. Justamente la duración de estas bujías.
Todo previsto. El té final está en -el samovar de níquel, para
cuando quiera yo prender su lámpara. Trae Paquita el último pastel que
ha hecho la excelente cocinera; trae el "biscuit-glacé," los
dulces, el roquefort y los cakis y los dátiles y la piñas y naranjas
(todo en una enorme bandeja) .., y la mando traer también las botellas y
las copas del champaña, de chartrés, del benedictino.
-Puedes acostarte-le digo a la muchacha- necesitamos nada más.
Paca me comprende. Mira a "la señora", que está
despelujada, ligeramente despeinada por mis besos, que está ligeramente
alegre por los vinos diez clases que le he dado a probar en el transcurso
de la cena..., y sale sonriendo.
Inés la oye alejarse, y la oye perderse en la escalera. Yo, luego,
me levanto, salgo, cierro en la escalera el portón (lo cual vale por
aislar del piso bajo este piso alto, en absoluto), y al tornar le digo a
Inés:
-¡Nuestra inmensa soledad ...al fin!
Se lo he dicho con un gran beso en la garganta. En seguida, porque
se quema otra arandela, apago todas las bujías. Queda el farol, sobre
nosotros... el farol que tiene dentro una candileja de aceite de oliva,
mortecina, pero para durar toda la noche, y que por su gruesa cristalería
biselada y ochavada, de color de sangre, nos derrama su fulgor de ascua,
su fulgor de hierro enrojecido. Por la puerta de "mi" cuarto,
abierta, percíbese también, del otro farol de orquídea, el rojo
resplandor...
Al principio, la falta de la viva y blanca luz de las bujías, nos
hace el mismo efecto que una real oscuridad en que no nos viésemos mi Inés
y yo más que como sombras, más que como espectros indecisos... Pero
mientras yo descorcho una botella "cordon roux", y mientras
lleno dos copas, se acomodan nuestros ojos, y la luz de sangre, de fragua,
de misterio..., nos deja vernos por demás entre el misterio.
-¡Bebe!- le ofrezco, vertiéndole a Inés, que riendo o sin
querer, la espuma del champaña.
-¡Oh!- grita riendo, inclinándose adelante y
sacudiéndose los mojados tules de su pecho.
-¡Oh!- grito yo, que la socorro, mientras bebe y a "mi
socorro" deja de beber. He tenido antes buen cuidado de fijarme en
los cierres y abrochados de su blusa, y he podido, pues, ahora, experto,
desenlazarla enteramente o el peto desprendiéndola un bandó... un broche
del talle.
-¡Ah, mi Inés!... va a soltar la copa, a un espasmo o protesta de
rubor (no del "pudor"- está en principio convenido), y acaba de
medio derramársela en la falda.
-Soy... ¡la madrina-!- le sonrío.
Ella se tapa con una mano íntimos encajes y oculta los rubores de
su faz sobre, mi frente.
Soy... tu "madrina"-insisto-¡Ya ves!... en esta fiesta
-nuestra de boda... aquí tan solos, no hay otras manos que las mías que
te desnuden... A menos que quieras desnudarte por ti misma ¿No es igual?
Calla, cede, y como una brisa, todo dulcemente, sin que ella
levante ahora de mi hombro los rubores de su faz, me doy maña a sacarle
las dos mangas y la blusa. Le desajunto la falda en la cintura... y queda
así.
-¡Alzate!. ¡Quítatela! -la invito, dejándola un beso en la
espalda, en el escote.
Y como me he apartado de ella, sin, "querer mirarla" aún,
y ella siente el aire por los hombros, primero se cruza al pecho las
manos, y... después; sofocadísima, resuelta, convenciéndose sin duda de
que yo tengo razón, de que tendrá que despojarse... acepta como una
"salvación hipnótica" la nueva panda copa que la ofrezco.
Bebo, y bebe... con avidez, toda la copa, ansiosa de este cloroformo
del... "pudor", que yo detesto-ansiosa de esta inconsciencia
ante lo que es inevitable.
-¡Por tus labios!-he brindado yo.
La alzo de una mano, y cae la falda.
Cojo la falda y la llevo a una butaca. Me quito tranquila y
confiadamente la chaqueta y el chaleco, mojados del vino también, y quedo
con mi camisa de seda, de dormir, como un tirador de armas.
Me siento junto a Inés y brindo mi otra media copa:
-¡Por tus senos!
-¡Ah!-gime mi mujer en dolor de carcajada. Se lanza a mí y me
abraza... para ocultármelos.
Ha podido ver que yo he podido ver que son divinos.
Sino que la desprendo con dulzura, advirtiéndola de paso que la
sirvo un trozo de "biscuit":
-¡Come,
Inés! ¡Come!...
¡Nos falta de la cena todo eso!... Tu "madrina", por lo pronto,
no ha querido aún sino ampararte en el bautismo del champaña.
Aplícome a comer bizcocho, y ella me imita. A la vez que trata de
alzarse sobre el seno los encajes del escote, trata de ocultarme en ellos
la pálida y húmeda mancha del champaña... que ha calado. Teme que se
los quite. Tras un terror, le queda siempre otro terror que la hace en
cada uno conformarse. Mi
Inés, mi novia, mi mujer... está en bajo falda de rizadas sedas oro, y
en corsé... ¡igual que una cocota!... Está, además, medio ebria de
vinos y de amor.
¡Oh, delicia de mi ensueño realizado en una virgen!
Es decir, de mi ensueño que va poco a poco realizándose, que irá
todo realizándose en esta noche de la gloria.
Le doy bizcocho y fresa helada, en mi áurea cucharilla. Para dárselo,
he apoyado mi mano y mi brazo en su brazo desnudo. Le doy champaña, y se
lo quito en seguida, con mi boca, de su boca. ¡Son tremendos, para mí y
para la virgen, estos besos de labios y de dientes y de fresas y champaña!...
Ella se marea. ¿De qué?... No; del vino, no; he comido en su casa
algunas veces, con su madre y con su padre, y me consta que de su mesa
suculenta, donde abundan los licores, a los tres, con el honrado placer de
la comida, les gusta levantarse un
-Mira, fíjate-le digo por sacarla del mareo de amor-, en el efecto
que esta luz de lumbre hace por tu carne.
Mira a su brazo, donde beso. Ríe al cosquillear de mi bigote, y
quiere en "resuelta desesperación" enlazarme por el cuello. Yo
lo evito, riéndome a mi vez. Ella se resigna en mimado enojo que la
obliga a tirar su cucharilla contra el plato, quedándose muy seria.
Erguida contra el respaldo de su asiento, ya no le importa que sus pechos
puedan verse.
Sigo comiendo. He tomado de su frutero una naranja.
-Tú, mi Inés-deslizo-ere una naranja también, un dulce de los
cielos, infinito y exquisito, que yo no quiero comerme de un bocado. En el
amor, el "saborear" es todo un arte!
En otro impaciente y mimoso ademán, coge champaña, bebe champaña,
¡Pobre! ¿Qué sed de vida loca quiere apagar con esa copa?...
La abrazo, según ella está bebiendo... le robo otra vez champaña
de la boca, la afirmo a mí... para que no pueda defenderse... y... lanza
un grito! ¡y otro grito!... porque acabo de ponerla en las fresas rosa de
ambos senos el champaña de mis labios.
La ha levantado toda entera la emoción.
Pero como yo la tengo por el talle, cae abrumada a plomo en mis
rodillas.
Quiere calmar en el fuego de mi frente el fuego de su frente.
Por no mancharme, por no caerla, tiene la copa en alto.
Es mi virgen-horizontal perversa y candorosa...
¡Oh, mi mujer! ¡Oh, nuestra boda!,.. La escena sería digna del
Moulín Roux, si no fuese humana y hermosamente digna de los cielos de la
Tierra.
Como veo el vello de su axila, musgo de oro oscuro bien discreto y
bien suave, según lo imaginé...; pongo en su axila mis húmedos labios
de champaña...
Y el que aun tiene ella en su copa, se derrama entre los dos... IV
Mi mujer sigue en la espantosa lucha nueva de mi alma con su alma.
Sus sueños, sus descansos, su despertar cada mañana en su blanco
dormitorio, diríase que le dan, que vuelven implacablemente a darle cada
día el recuerdo demoniesco de estos otros cuartos rojos.
Las noches son para un pagano mundo delicioso del alma de su carne.
Las mañanas...sí, sí; ¡siempre! Para un horrorizado despertar
de la cristiana.
Lo noto. Al ir a encontrarla allá a las once en su celeste
tocador; la asusto un poco, la impresiono como un diablo..., como un
diablo a quien se ha entregado toda loca, diabla divina cada noche ella
también, por unas horas.
Es cierto. Es indudable, Cada mañana, recogida en sí, a ella le
pesa lo que ha hecho por la noche. Mi entrada en su tocador la sorprende
como una seductora maldición. Me acepta, me ,besa..., pero resignada y
casi triste y dolorosa.
Mi tarea, durante el día, aunque cada vez más fácil -por la gran
persuasión que sus nervios mismos le prestan a mis besos- consiste en...
reconquistarla para mí.
Al comer me habla siempre del padre Garcés y de su madre, No se
atreve a llamar "pecado, gran pecado mortal" a lo que hacemos,
pero lo piensa.
Y... paseamos por las tardes, cogemos flores o nos embarcamos en el
río, y logro volverle a dada, en ella, en mí, la
sensación de "otro Universo". Así, cuando llegan las
noches y cenamos en el rojo comedor... es toda mía;.. ¡de su demonio!
Son cinco días los que aquí llevamos.
En las grandes venturas enormes, como en los grandes infortunios,
se pierde la noción del tiempo. Pero...¡sí!... los cuento: hoy es
domingo, y llegamos el miércoles: ¡cinco días!
Acaba de despertarme en la cama roja el ruido de mi mujer, que está
lavándose la cara en el tocador azul. Nos separan... una puerta, una
cortina. La puerta, cuando llevo a Inés a "sus estancias", la
cierro por mí mismo.
Es que me place dejarla en su abandono, en su "vuelta a su
alma de cristiana"; prolongándose esta lucha de delicia en que habré
de ser por siempre el triunfador. A Madrid no volveremos hasta que yo no
sepa que mi mujer es mía por todos los rincones y las horas de su alma.
Me levanto.
Para vestirme voy recogiendo mis ropas del desorden de estas dos
estancias "demoniescas".
De cada noche queda todo confundido. Unas veces nos desnudan las
auras, y otras el vendaval.
He aquí mi americana, en el diván turco... sobre el corsé de mi
mujer. Un zapato allí, también; de la hechicera, al lado del piano.
Cada cosa me recuerda un momento inolvidable. Ante anoche me hizo oír
a Wagner, y a Juan Bach, en pantalón. Un pantalón que nada tuviese que
envidiar al de la bella pecadora más cuidada de detalles... ¡Oh, sí,
como se parece una mujer a otra mujer (si ambas son muy bellas y se las
sabe buscar el parecido), y, sobre todo, una elegante señorita a una
cocota.
Esto ya lo dijo Dumas, mejor dicho.
Y es porque la "toilette" de la "cocotteríe",
no es sino el recuerdo de la que, perfecta, sólo puede tener la rica, la
gran dama. En sedas, en encajes, en joyas, en perfumes.
¿No es, pues, una lástima, para los demás..., que teniendo en la
gran dama, en su mujer, la seducción de la "cocotte"... la
vayan solamente a buscar en la "cocotte”?
Para los demás..., no para mí.
Yo, de mi mujer, estoy haciendo... mi querida ; lo cual no evitará
que llegue a ser la noble madre de mis hijos, igual que la de Mario.
Trasanteanoche también, ya medio desnuda, la cubrí con todos sus
perfumes y sus joyas. En las joyas, besos, y se las puse con mis manos.
Los perfumes se los puse con mi boca. La voy perfeccionando, en esto de
matices de perfumes: para el cabello, Ilán, que huele a Oriente; para la
frente y los ojos, pensamiento, que efluvia "psiquis"; para la
boca, astris, que sabe a cielo; para la garganta y el pecho, stania, que
sabe a miel; para...
Se me dirá que, aparte la vieja moral (porque, como se ve, yo
tengo "una nueva" que le resume al marido "la esposa y...
las amantes" dentro de su casa al revés que a tantos hombres
honorables de la vieja moral, mi suegro por ejemplo), es expuesto lo que
hago. Yo responderé que... todo lo contrario. Mi mujer... mi honradísima
mujer, así, irá adquiriendo un sentimiento de fidelidad (nuevo también)...
que habrá de estar perennemente por encima de toda tentación, de toda
oportunidad, de toda curiosidad... ¿A qué pensar en “amantes”, si
los tiene en mí completo?. Eso... ¡allá las castas y respetadas esposas
pudorosas que, en las amantes del marido (sus amigas casi siempre),
descubren... que no está el "amor" en el tálamo nupcial!...
Estas, entonces, ¡sí!... pueden sentir las perversas curiosidades
peligrosas y con razón. Porque yo definiría la "virtud" de
esta manera: "fidelidad hacia un amor". Y esculpiría, además,
en el vicariato general esta sentencia: "Ten a tu mujer enamorada y ríete
de seductores".
He aquí el otro zapato de Inés, junto al espejo. ¡Oh, anoche!
Este espejo me hace recordar cómo voy venciendo a la cristiana en
mi batalla.
Sí, sí, le tengo jurada guerra, en mi mujer, a la
"cristiana", sobre todo. O si he de expresado mejor, a la
"beata", a la "fanática creyente". ¿Por qué?... ¡Bah,
porque la otra doña "Inés de Ulloa", de aquel estúpido
"Don Juan", era "cristiana!" ¡porque han sido y son
"cristianas" casi todas las que... " caen de mal modo en
escenas del sofá!" ¡porque es, en fin, terrible, y para un marido
sobre todo, eso de que sepa su santísima mujer que Dios... puede
"perdonarla" con un solo segundo de "pésame Señor"
!-No. Por mi parte, quiero que sepa mi mujer que yo tendría que ser, y no
el del cielo, el "Señor" que primero tendría que perdonarla!
En este espejo...
¡Oh, si este espejo quedará siempre en mis recuerdos, como
"reliquia confidente” de mi triunfo!
¡Inés! ¡Soberbia estatua!... Hecho jirones su
"pudor"..., aun ella se aferraba a retener sobre la desnudez de
su beldad estos jirones. De sus hechizos, aún su voluntad cobarde no habíase
atrevido a mostrarse al entero resplandor..., si no los velaba algún
cendal. Y anoche, ya ebria de mis besos con champaña, fue mi antojo
verla... verla en la ostentación brava de sí propia, sin una joya, sin
una cinta siquiera por toda su carne inmortal... Era en la mesa, y resistíase.
Estaba ya... "en cocota" en corsé y en pantalón, mi purísima
cocota. Yo pretendía cambiar a mi cocota (¡oh, multiforme!) en divina
diosa griega, olímpica, que en la gran bandeja de plata sirviese el té,
trayéndolo desde el samovar, sin una joya, sin una cinta siquiera por su
cuerpo... Rebeldes sus rubores. Tenaz mi empeño. Desde este gabinete la
conduje al dormitorio, y me quedé esperando, porque, además, para darme
sin gradaciones la impresión de maravilla, Inés debía acabar de
despojarse por sí propia. Pero, de pronto, ya desnuda y más cobarde, sin
verla yo, me propuso la transacción entre mi afán y sus pudores: -"¡Me
vas a mirar, y nada más, por el espejo."-gritó.-Y llegó a esta
puerta, se envolvió en las sedas carmesí del cortinaje, las descorrió,
se desenvolvió en seguida de las sedas sin soltarlas, y... -"¡Mira!"...
visión de gloria. Mujer excelsa. Niña gentil. La gran luna de ese
armario la copiaba... nieve de armonía de rosa en flor de humanidad...
Fue un solo segundo. Me vio también por el espejo ir hacia ella, y corrió,
y ya no la pude mirar más que entre las sábanas del lecho, fugitiva y
amparada, esperándome cruel para no soltarme más del triunfo poderoso de
sus brazos... "
Estoy vestido. Cruzo el rojo dormitorio y abro el celeste tocador.
Aquí, en el tocador color de cielo, todo es alba... de otro día,
y todo es orden.
No está, ella.
-Paso á la alcoba blanca.
No está ella.
Pero en el fondo veo entreabierta la puerta de la alta tribuna de
la ermita, y ocúrreseme mirar.
Inés, humillada en un reclinatorio, parece sumida en oración. Se
encuentra de rodillas y con los brazos encima del alto respaldar y la cara
contra ellos.
Avanzo por la estera. Inés, de tan absorta, no me nota. Me inclino
y le doy un beso en la oreja.
-¡Oh!- gime, irguiéndose de pronto.
Me mira, y su actitud es de rechazo. Yo no sé..., o sé de más,
qué éxtasis inmenso de pesar he turbado por su alma. Nunca la he causado
una impresión tan grande de extrañeza, con mi beso profano ante un
altar.
Pero yo quiero fundir en una sola fe infinita ésta de Dios y de mi
amor, y rodeo sus hombros con mi brazo.
-¡Reza ante la Virgen!-le digo.-¡Yo... ante
ti!
Y vuelvo a darle un beso santo entre los labios.
-¡Aurelio! -clama ella en una guturación aterrada y sofocada.
-De ti- insisto yo - a la Virgen pura yo le
ofrezco ahora, esposa mía, toda aquella adoración que rendí
anoche por la bella gracia de tu cuerpo, que hizo Dios.
Cierra los ojos, pálida. Tiembla. Y yo termino: -¡Querría que en
mi oración y en tu oración, ante la Virgen, estuvieses tu desnuda, como
anoche!.
Eléctrica, de un sólo impulso, Inés se arranca de mí
violentamente. Se ha puesto de pie, ha dado algunos pasos, y queda torva y
volviéndome la espalda en la sombra de un rincón. La amplitud de mi
grande profesión de fe, le ha sonado a horrendo sacrilegio.
Voy a acercarme, y me detiene con el brazo. -¡No, por favor!
Está espantada. Sale de la tribuna.
La sigo. En su marcha vacilante, va hasta el lecho y cae en él
inertemente. Se cubre la cara con las manos.
Quiero hablarla.
No me escucha, y llora.
-¡Vete!- me pide, al fin, como a un maldito, en su horror
desfallecido de maldita.
Yo, aunque no me pesa, comprendo que he ido un poco de prisa esta
mañana en la "reconquistación" de mi mujer. No me importa. No
es largo el tiempo que hemos de estar aquí, solos, libre ella del influjo
del Padre Garcés y de su madre, y hace falta que cuando vuelva a verlos
en Madrid, el alma de mi Inés sea completa e irremisiblemente mía.
La dejo. Ella pensará. Cuando haya meditado que ni en sus
desnudeces ni en no importa cuáles bellos juegos nobles de amor y de la
vida puede haber ofensa, sino gracia, para el cielo..., la gran
contradicción que yo he podido revelarla en ella misma, entre el
"cielo" de su espíritu y la "tierra" de su carne,
habrá cesado de existir.
Sólo entonces podrá empezar a entender que yo soy un... místico,
un místico en armónica y total adoración perenne hacia la Vida, hacia
mi vida y la de ella, y la del Universo, y la de Dios..., y que el alma no
es sino la luz de resplandores de la: carne-como es del sol la luz del
sol.
Ella adora menos a su Dios... y hasta le agravia, puesto que le
adora con el alma únicamente, y créele de torpeza tal que le pudo crear
el cuerpo para el diablo.
Yo adoro a mi Dios... con todo, y en todo le bendigo. ********************
A las once; me manda llamar mi Inés. Es severo su semblante.
Está en el tocador, sentada. Me hace sentarme, y me pregunta:
-Aurelio... ¡a qué hora pasa el tren para Madrid!
-¡Por qué quieres saberlo!
-¡Porque sí! Porque quiero que nos marchemos a Madrid. Hoy mismo.
Te lo pido. Te lo ruego.
-¡Inés!
-Si me quieres, dame esa prueba. ¡La prueba que te exijo!.
-Pero... ¿por qué?
-Porque sí, Aurelio. Mira, hoy es domingo. Te olvidaste..., nos
hemos olvidado los dos de avisar al cura que decías... para que, dijese
misa en la ermita...
-¡Bah !... Vendrá el domingo que viene, mujer.
-No. Hoy, a Madrid. Espero que no me negarás, este favor.
Habla rígida, implacable. Se ha levantado, dando por terminada
sobre este punto la entrevista. Comprendo que me sería desfavorable en
este instante toda discusión con mi mujer, y accedo.
El tiempo es mío. Quiere decir que... seguiremos, en Madrid más
lentamente la batalla.
La ofrezco partir esta tarde, le brindo el brazo, y bajamos al
viejo comedor familiar... que no la asusta. V
Como no hemos avisado, nadie nos espera.
Un ómnibus, desde la estación, y a casa. Paquita y la cocinera
vienen con nosotros.
Inés ha dormido mucho en el viaje, o al menos ha fingido dormir:
Como olvidada de todo, la he visto
desorientadísima, cortés y siempre amable conmigo, sin embargo...,
propensa en algunos besos al perdón.
¡Es mía! ¡Es mía!
La inocente, sintiendo tan rápida y violenta su derrota, no ha
querido más que buscarse un poco el inútil amparo de las gentes...,
huyendo de aquella soledad de embrujamiento del demonio en que yo la tenía
en la dehesa.
Llegamos a... nuestra casa, a mi nueva casa "para ella",
que ella no ha visto aun completamente, y que yo tuve buen cuidado de
arreglar a mi deseo.
Otilia nos recibe. Esta vieja y fiel sirviente está advertida de
que acabaron mis sandeces de soltero.
Le enseño la casa a mi mujer. Toda, ahora. Incluso el despacho mío,
que durante la otra rapidísima visita hube de burlarle, y que se
encuentra lleno de... retratos dedicados.
Se sorprende Inés. No mucho, porque en nuestras noches del Zarzal
la dejé entrever más de una "historia". Los va mirando. Dirígeme...
preguntas. Respondo a medias..., puesto que me reservo para más despacio
y más abandonados coloquios el irle contando mi pasado- y no por vanidad
(que fuese bien idiota), sino porque "también le pertenezca".
Yo soy... mi presente, mi porvenir y mi pasado. Ella debe conocerme, para
que vea en mi cambio, por su gracia, cuánto le debo agradecer, cuánto
sufrí antes de tenerla como una redención.
Nos desayunamos con algo improvisado, que pedimos a un café, y
creo notar en la faz de Inés, algo cambiados su enojo, su reserva :-
desde ayer mañana eran éstos de duda y confusión por aquel enorme
sacrilegio de la Ermita ; ahora... más humanos..., juraría que son
debidos a
los celos por esas bellezas vestidas y desnudas que ha visto en los
retratos.
La aturdo, en una palabra. Está aturdida... y no me parece mal.
Terminado el desayuno, la invito á descansar.
También aquí, y mejor dispuestas, tenemos contiguas alcobas
diferentes.
Pero me dice que durmió en el tren; que yo me acueste; que ella va
simplemente a refrescarse y a arreglarse un poco, y que irá entre tanto,
con Paquita, a visitar a sus padres.
-Paréceme natural; y aunque me ofrezco yo mismo a acompañarla,
porque también me- parece natural, obstínase afable mi mujer - en que,
me acueste.
Me ve, en efecto, cansado de la noche. Sabe que no duermo en el
tren.
Agradecido.
Quedamos en que volveremos juntos al hotel de sus padres por la
tarde. En efecto, ahora, que son apenas las ocho, yo los violentaría un
poco, por que probablemente estarán durmiendo.
Pasa Inés a sus estancias, y yo me acuesto. VI
A las doce me despiertan, no sin dificultad. Es Paquita y trae una
carta.
-¿Y la señora?-le pregunto.
En casa de sus padres. Su madre me ha dado esta carta para usted.
-¡Cómo! ¡En casa de sus padres... y allí toda la mañana!
Es un reproche de “celoso”, que no puedo reprimir, este mío.
Me duele un poco, ciertamente, que en cuanto hemos llegado a Madrid; mi Inés
tenga más agrado en estar al lado de sus padres que a mi lado.
-No, señor, ¡cá, toda la mañana!-me explica Paca.-¡Apenas si
allí llegamos a las once!... Tomamos un coche al salir, y la señorita Inés
mandó que nos llevasen a Chamberí, a la Iglesia de un Convento.
-Ah, vamos, a oir misa...
-Y a confesarse, después. Una confesión que
duró más de tres horas.
-¡Ya!
Abro la carta. Supongo que será llamándome para comer con ella y
con sus padres. Paca se marcha.
Pero...
¡Es mi suegra la que escribe!
"Sr. D. Aurelio Ortega y Sánchez de León. :Muy señor mío:...”
¡Cielo santo, qué principio !-tengo que decir, como aquella del
"Tenorio".
Límpiome los ojos, por si tengo aun el sueño en telarañas (pues
no parece lógico que la carta de una suegra empiece así), y leo:
"Muy señor mío: mi pobre hija, que está llorando junto a mí,
me da el encargo de esta carta. No volverá a reunirse con usted. Y si
usted quiere tenerle siquiera esta única consideración a dos señoras,
nos dispensará un señaladísimo favor no intentando venir siquiera a
vernos, ni a mí ni a ella. Con toda la posible rapidez; veremos lo
preciso para entablar la demanda de divorcio. Y como esta solución, que
apoyará sin duda mi marido, está desde luego firmemente apoyada por mí
y fundamentada antes por el sabio consejo de quien tiene definitiva
autoridad en estas cosas, yo espero que usted se hará cargo de la
inutilidad de cualquier oposición.
Mi pobre hija Inés le aborrece, le detesta. Ni ella ni yo pudimos
sospechar que, en su matrimonio, pudiese ir a la prostitución de un
libertino. ÁNGELES
DE OCHOA.”
La carta ha caído de mis manos.
Por un rato no siento más que una montaña de nieve en el alma,
que luego me corre por la sangre.
Pero de pronto me arrojo de la cama.
¡Iré por mi mujer! ¡Por mi Inés!
Empiezo a vestirme como loco, como aquel a quien acaban de robarle
un tesoro,., y... ¡vuelvo a caer en la butaca!
¡No! ¡no!... ¡Es "Ella", "ella" propia, la
primera que buscó esta solución!
¡Ella... mía a medias..., del padre Garcés la otra mitad... y
que ha vuelto a caer sin tiempo entre sus garras!.
¡Mía! ¡Mía!
Lloro.
La miseria del dolor, me obliga a dudar por un instante si no será
verdad que yo sea... un canalla, un libertino.
Pero esto que sucede, no tiene remedio. Mi "media
naranja" no lo era aún, ni ya más lo será.
¡Lloro.., lloro con la visión de aquella virgen de mujer que se
me vuela!
La he tenido tan humana, tan hermosa, tan noble en mis besos de
oraciones del Amor... y me la quitan!
¡Sí, sí, resueltamente soy un mentecato! ¡Un...
"subversivo"! Lo correcto, lo de orden, habría sido que hubiese
hecho lo que todos, lo que tantos: la santa mujer, en casa; y las amantes
de ilusiones y placeres, por ahí!
El padre Garcés, entonces, me hubiese bendecido..., me hubiese al
menos estimado..., lo mismo que a mi suegro.
¡Por el orden!
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