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Felipe Trigo

 
 

  

V

 

   Está hermosísima la tarde.

   Y... ¡qué horrible!, yo, me aburro.

   Sigo el Prado, lentamente. He salido de mi casa cómo echado por una soledad de bello panteón. Todos aquellos retratos, todas aquellas cosas de mujeres, me parecen epitafios; me parecen cosas muertas.

   ¡Horrible!

   En pleno Madrid, con la Cartera llena de billetes, y... ¿adónde ir?

   Me fastidian los amigos del Casino y del Congreso. Me causa espanto la sola idea de un "cine", o de un teatro, o de una sala de ruleta, Inés habría de parecerme una "muñeca de virtud", vigilada por su madre... Y las otras: Elena, estúpida; Matilde, presumida; Jala, insoportable...

   Además, tengo mi casa perfumada (desde ayer) de mi nuevo perfume de cocota.

   ¿Adónde ir?...¿A Recoletos?

   ¡A ver mujeres! O encontraría una honrada, para novia..., como Inés, o una deshonesta, o una querida más, de veinte días o de una hora, como Jala, como Matilde, como Elena...

   ¡Horrible! ¡Bien horrible!

   Cuántos, como este pobre joven mal vestido, como aquel obrero me verán y envidiarán mi... ostentación, mi traje inglés mis botas nuevas, mis guantes y mi bastón y mi corbata impecables!... Y sin embargo yo podría ahora mismo hacer una sola imposible gran cosa con agrado; reunir a no se cuantas docenas a miles de hombres que haya como yo, en un "mitin subversivo", y decirles esta verdad inmensa:-"¡Compañeros... tenemos la peor de las pobrezas; porque es, en nuestro afán de almas y nobleza y amistad, la pobreza irredimible del caudal, que aun no tiene el mundo, de alma, de amistad y de nobleza. Dónde está el Banco que pudiéramos nosotros asaltar?"...

   Para desenvolver siquiera la entraña de esta grande idea tan triste, si no en un "mitin," en un libro, yo podría volverme a casa y trabajar. Pero..., vuelvo a pensarlo, mi casa me arroja de ella como un bello panteón. Para trabajar con fe, con altruista amor por los demás, yo necesitaría ante todo la "razón de la fe en mí mismo": es decir, una amiga-amante-compañera, dulce como un ángel, bella y brava como Venus..., capaz de resumirme el ideal de la esposa-novia, en toda la voluptuosidad de la querida.

   ¡Oh, mi Inés!

   Y mientras no tenga esa fe, esa previa instalación total de mi ventura, no haré nada de provecho. Estoy convencidísimo. Mi vida continuará rodando por esta necia alternación, invariable, de tres días de fastidio suprahumano... y una noche humana por demás- a cada tres, con ansia de restorán y de sedas y variadas carnes blancas de rubia o pelinegra.

   Oigo un tren: Silba. Es en la estación del Mediodía... ¿quiere decirme que salga de Madrid?...¡Bah, me diese igual! Londres. París... Mi traje inglés, billetes en mi cartera... y el mismo aburrimiento. Los mismos "restaurants", las mismas damas...

   Sería caso de pensar en el alcohol..., en la perpetua borrachera (si no fuese tan ingrato el despertar), o en una caza de leones.

   Comprendo al fin, perfectamente, a los príncipes que se van al Polo Norte.

   Tomo un simón. ¡Al Casino! ¡qué caramba!

   Por la ventana arrojo, apenas encendido mi caruncho -y me da una enorme envidia el "golfito" que recoge la colilla.

   Si no es un colmo de desgracia envidiar a un "golfo", entre un golfo y un príncipe, que Dios venga y lo vea.

   Llego. El Casino.

   Encuentro a Mario Durán. Lee una carta. Me la entrega.

   -¿Qué es?

   -Lee.

   Leo. Le llama una mujer... "para un asunto urgente y que le puede importar mucho".

   Mario me lo explica. O a mejor decir, me lo consulta. Es un fresco y no se anda con ambajes.

   Su amante es una nenita soltera de veinte años, rica, futura condesa, que vive con su abuela y su mamá. Para verse, y durante medio año han tenido un confortable alojamiento en casa de esta que le escribe; pero, han querido instalarse mejor, y ayer lo despidieron.

   -¿Qué crees tú que me querrá?- me dice.

   -No sé. ¿Le debes algo?

   -No. Al contrario. Fui espléndido con ella.

   Justamente es lo que le carga, que no vuelva a serlo más. ¡Esta mujer es perversa y ambiciosa!

   -¡Tu amante!

   -No, hombre. La dueña de la casa que dejamos.

   -¿Y por qué te llama?

   -Eso te pregunto.¿No lo sabes?... Pues, yo sí. Me ha preparado sin duda, un "chantaje". Quiere, o dinero de una vez, o que volvamos a su casa, para seguir explotándome.

   -¡Caracoles!

   -¡Pshe!

   La calma de Mario me asombra. Soltera la amante, y él casado, el asunto puede serle grave, trascendente.

   -Quieres venir?

   -¿Adónde?

   -A pasear, en Recoletos, y a ver antes a esta aprovechadísima mujer. Me esperas en la puerta, en el coche. Yo despacho pronto.

   -¿Le vas a dar dinero?

   -¿Dinero?. ¡Vamos, hombre!

   No pierde la calma. Tira de mí, y bajamos. Tomamos un coche del Casino.

   La casa está cerca. En la calle de Santa Catalina, para el coche.

   Mario me invita:

   -Sube conmigo, ¡qué diablo! Verás, te vas a reír.

   -Pero, yo...

   -Sube.

   Subimos.

   -¡Oh!- ha hecho, con un gesto de diabólica alegría la gran dama que nos abre.

   Pasamos al salón.

   -¡Vamos! ¡Veo que ha venido usted pronto! ¡ Que la cosa le interesa!

   -¿A mi?-dice Mario- Está usted en un error, Amelia. Vengo... porque suponía que necesitase usted de mí uno de los mil favores... que siempre necesita. Por mí, no...; y la prueba es que me marcho. ¡Abur, Amelia!

   -Hombre, no, don Mario... ¡oígame usted, qué caramba!... Lo que siento es que... venga con este señor; es para dicho a solas lo que tengo que decirle.

   -Señora, da lo mismo. ¡Hable!... Este señor, es de confianza.

   -No, no, vuelva otro día.

   -¡No, no volveré!

   Traga, saliva doña Amelia. Resígnase y empieza: -Bien..., si el señor es de su confianza... yo le diré a usted, don Mario, que usted... y la señorita esa, han hecho mal en irse de mi casa. En otra, pueden acarreársela perjuicios...¡que no todas las gentes son discretas!

   -A ver, a ver... ¡explíquese!

   -Pues ¡nada!... ya ve usted, don Mario; que aunque no sea nada curiosa, una, acaba en fuerza de tiempo por enterarse de... ,las circunstancias de las gentes que la tratan; por más que, como ustedes, procuren rodearse de misterio... Así, por ejemplo, y hasta sin quererlo, yo he acabado por saber que usted es casado, que vive en la calle de Argensola, y... que la señorita que usted sabe...

   -Y este también- replica Mario -¡Nómbrela sin inconveniente! La señorita Alicia Villarreal, condesa de Villarreal, soltera, que vive con su abuela y con su madre en un hotel de la calle Monte Ésquinza.¡Este señor, lo sabe todo, es mi cuñado!

   -¡Su cuñado!

   -Sí. Hermano de mi mujer. Por eso le digo a usted que no ande con rodeos.

   Desorienta a Amelia la "frescura", y sigue aunque un poco vacilante:

   -Bien. Pues ya ve usted. Con todos estos, datos, que lo mismo acabarían por saberlos en otra casa, sea cualquiera la que tomen, figúrese si una persona indiscreta que quisiese amenazar ,a ustedes...

   -Oiga, doña Amelia-interrumpe Mario con su calma inalterable. -Usted ha perdido lastimosamente su trabajo, su investigación... "preparatoria"... En los informes acerca de nosotros, le ha faltado adquirir el principal; y es... que la señorita Alicia y yo, en Madrid, "somos los dos primeros sinvergüenzas". Si usted quiere visitarla, a ella, y contarle todo a su abuela y a su madre..., dígale que va de mi parte; lo malo está en que se reirán, porque lo saben... ¡claro!¿cómo iba a disponer de sí misma una hija de familia sin permiso de mamá?

   -¿De... mamá?

   -Naturalmente, doña Amelia. "¡De mamá!"... que se entiende, por su parte, aquí con mi cuñado... Tanto, que yo precisamente le traía porque viese el cuarto y vea si les conviene para ellos. ¡Qué sabe usted, señora, por Dios, cómo está la aristocracia!... y si, al revés, prefiere usted mi casa, venga conmigo mismo y le presentaré en persona a mi mujer. Entre los dos la informaremos... ¿hace?

   Doña Amelia está pasmada.

   -¡Vaya... don Mario!

   -¿Cómo?¿no me cree?, Pues, mire... tenga esta tarjeta...

   Saca con rapidez lápiz y tarjeta; escribe: "Querida Ángeles: la dadora, doña Amelia Rivas, dueña de una "casa complaciente", te va a contar de mí y de Alicia todo aquello que yo te dije anteanoche. Para que veas que no mentí.-Siempre tuyo..."-y firma y se la entrega:

   -Tenga, señora. Y además, sepa que, probablemente, desde aquí me voy a ir a buscar a la señorita Alicia, para ver los dos al jefe de la Policía, mi amigo, con la sencilla, intención de decirle: "Doña Amelia Rivas, en la calle tal, número tantos, está defraudando a la Hacienda, porque no paga contribución, y tiene casa de compromisos..."

   Brinca doña Amelia, en el sofá.

   -¡Bah! Y...¡cómo ni con quién probarme eso?

   -¿Cómo ni con quién?... ¡Nosotros! Alicia y yo... queridísima señora!... Pues ¡claro! la señorita Alicia con su fuerte testimonio de condesa... Ella le diría al inspector :-"Yo, si señor, yo, he ido a.., "entrevistarme" allí con este amigo!... Le digo, doña Amelia, que por... sinvergüenza que sea usted, nosotros, en Madrid, "somos los ,dos primeros sinvergüenzas"!

   La entrevista, dura poco más, La pobre "chantajista" está vencida..., pide por Dios. Quiere devolverle a Mario su tarjeta de descaro sin igual, que revuelve entre los dedos, y procúrase disculpas diciendo que "todo ello, no es que ella fuese a hacerlo..., sino que lo daba, como, aviso por temor a que lo hiciese otra cualquiera..."

   Salimos riéndonos.

   -Oye- le digo, a Mario en el portal-creo que te has dejado la tarjeta!

   -¡Qué importa! contesta,

   -¿Cómo que no importa?... Pues, ¿no crees que esa ,mujer la pueda utilizar, no obstante tu artimaña?

   -No, hijo, no, nada de artimaña. Si es que no me importa. Ni Alicia tiene que temer gran cosa de su madre, ni yo de mi mujer. Sin que sea exactamente verdad que yo le he contado a mi mujer lo de Alicia..., es evidente que se lo contaré esta noche, por si acaso.

   -¡Por si acaso!.

   -Sí. Por si acaso esta tía le enviase algún anónimo, pensando atemorizarme así, porque al fin creyese que es broma cuanto he dicho.

   -Pero... ¡no es broma! ¡Es que tú le cuentas a tu mujer...        

   -¡Todo, querido!

   Subimos al coche. Mi asombro es aun mayor que el de Amelia. Yo pensaba que Mario le jugaba una audaz comedia de cinismo.

   Nos dirigimos a la Castellana. Pasamos la tarde hablando de esta rarísima mujer de Mario.

   Yo la conozco. Es guapa y buena. No piensa más que en querer a su marido y en cuidar de sus hijos y su casa. Cené con ellos una noche, y la vi ponderar el talento de Mario, la arrogancia de Mario, las condiciones todas de Mario, bondadosas, tan tierno y cariñoso para ella"...

   Me asombro, pues, escuchándole al marido que "ha llegado con ella a una franqueza, a una fraternidad encantadora..., sin perder por eso, ni lo más mínimo, su cariño... su pasión...

   -Sí, sí, mi pasión... o mi amor, si quieres tú con arreglo a tus teorías-me dice.-Claro es que yo no le cuento mis líos de por ahí, jamás, antes de tiempo..., es decir, mientras me importa conservarlos, porque me distraen, porque me dan la variedad y la "multiforme amenidad de la indecencia", y porque, sobre todo, me aumentan el contraste de la belleza insuperable y de gran pasión con mi mujer. Ella lo sabe... lo sabe... Sabe que no hay brazos que me den la delicia -de sus brazos, y sabe que, por mi carácter, y por mis viejos hábitos también (puesto que como tal novio con ruidosa fama de galante se enamoró de mi), yo no podría prescindir de... "compararla" con cualquier otra mujer de cuando en cuando; Es o fue mi habilidad, querido; haberla "acostumbrado" poco a poco. No hay una sola historia mía ("historia", porque tú sabes también que soy formal en l0 informal, es decir, que odio a las cocotas) que no conozca en todos sus detalles. Si la sospecha, se la cuento. Si no la sospecha, también...,pero más tarde, y con motivo del enojo suyo consiguiente a... estar sospechando otra historia. Entonces van las dos, o las que tengamos atrasadas. Y es -delicioso, Aurelio...: enfado de unas horas llanto, quejas... cena reunidos, al fin, y noche de ansiosa y plena reconciliación, por parte de ella. ¡Qué buena es! ¡Cuánto me quiere y la quiero!...

 

***************

 

   Confieso que me ha dejado preocupadísimo este Mario.

   Su "caso"... parece haber venido a demostrarme que es posible hasta así (¡tan absurdamente posible!) el matrimonio de grande intimidad. Lo que no pueden escuchar ni los amigos, de cosas de mujeres, porque unas veces se creen que nos las damos de ricos, y otras de ridículos tenorios, este Mario, como a grande amiga, se lo puede contar a su mujer. El mismo lo ha dicho: su mesa, su despacho, están llenos de cartas y de retratos de amantes... ¡oh!...

   Claro es que, con menor violencia todavía, su mujer no hubiese roto los que perteneciesen al pasado solamente.

   ¿Quiere esto significar que no es imposible la esposa-amiga, la grande enamorada-amante, llena de los impudores ruborosos que yo ensueño?

   Hasta aquí, en el matrimonio, y prácticamente, me parecía esto un disparate. Mario viene a darme lo que necesita toda idea: un hecho de demostración de realidad.

   Mi aspiración es más sencilla, más noble.

   Consiste... (¡consistirá, porque me caso!) en no ocultarle a mi mujer mis alegrías y tristezas del pasado, en hacer que me perdone, en poder hablarle de ellas, de todo, de todo..., rindiéndola el honor de confianza que harto le merece a cualquiera- ¡menos su mujer, que horror !-un amigo del café..., y en, prepararla, con esta inmensa confidencia, a querer ser para siempre, para siempre y ella sola, mi purísima cocota!...

   Todo el amor, toda la amistad, toda la voluptuosidad... toda la "lira", en su inocencia!

   ¡Me caso!

 

 

 

SEGUNDA PARTE

 

   Un tren que pasa..., que deja a dos recién casados en una pequeña estación, en mitad de un campo hermoso y en el amanecer de un día primaveral, tiene algo de proyectil excelso de la dicha.

   El tren se va, desaparece. Nos ,ha soltado. Nos deja con nuestra emoción de amor, abandonados en el diáfano silencio de estos campos y esta aurora.

   Proyectil. Desde Madrid nos ha lanzado en una noche a la vida bella en el reposo.

   Nos aguarda el cochecillo. Doy, el brazo a mi mujer... (o mejor dicho, a mi "esposa", todavía) y subimos.

   La estación está en misma dehesa; desde aquí a la casa no hay más que un kilómetro. Guía el zagal. Han cargado los baúles en dos mulas.

   ¡Oh, mi Inés!.

   Hállase un poco aturdida, preciosa. Desde la boda, al tren. Salimos anoche, a las nueve, y son las cuatro, de la mañana. Este vulgar correo, sin compartimientos especiales, sin literas, ha favorecido mis proyectos. Un primera y entre gentes (¡nada de "alquilados!"). Así, por consideración... a los demás, he podido venir como un respetuoso novio junto a esta novia idealísima.

   No ha dormido. Ni yo.- Ligeramente fatigada me sonríe... me habla del campo.

   -¡Qué hermosa es tu finca!

   -¡La "nuestra" mujer!

   -¡Ah, sí!

   -Todo lo tuyo y lo mío... es "nuestro" :ya!

   -¡Sí!

   -¡Toda tú eres mía, Inés! ¡Toda!

   Se ruboriza. La he mirado desde los pies a la frente. Y póngome grave en seguida, porque he pensado en la crueldad social que hay en esta brusca realización del matrimonio con una novia candorosa. Es para ella el paso de toda la inocencia a toda la... sapiencia-en una hora. Yo, por suerte, he sabido respetarla..., y es mi novia, mi absolutamente inocente novia todavía. No le he dado más que un beso, en una mano.

   Le hablo de nuestra feliz resolución de venir aquí. El consabido viaje de luna de miel al extranjero, a Italia, a Suiza, me parece una sandez. Trenes, fondas, gentes y pueblos nuevos, teatros y paseos, molestias y cansancios...

   -¡Y a ver cosas extrañas, Inés, cuando el afán es justamente que nada nos distraiga, para... poder vernos mejor nosotros mismos!.

   Vuelven a tomar tonos de grana sus mejillas.

   Mi acento empieza a darle la... "inmensa sensación de soledad en nosotros mismos".

   Para el coche. Hemos llegado. Nos reciben las criadas, los pastores, en la verja del jardín. Inés admira a todos. Contesta con grande timidez a los saludos, como una señorita que no supiese por qué se encuentra sola con su novio..., sin su madre, tan lejos de su madre. ¡Y en mitad de un campo nada menos!.

   Pero su emoción acrece cuando la ofrezco el brazo y la hago subir por la escalera. Nadie nos sigue. Esto de entrar sola en las profundidades solitarias de una casa... con. "el novio", debe parecerla absolutamente irregular. Sin duda ella, por un concepto seco de deber, tiene que ir calmando sus terrores deliciosos de este modo: "¡No, no es mi novio Aurelio... es mi marido!".

   Pláceme el matiz de "perversidad" que así pueda ir poniendo la inocencia en esta alma de inocencia.

   Pláceme más el aumentarle semejante turbación.

   -¡Qué lejos tus padres!...¡qué lejos Madrid, mi Inés!... ¡Solos!

   Suspira y siéntola temblar.

   No sabe ella en qué grado colosal la esperan las sorpresas.

   Hemos llegado a un tocador.

   -¡El tuyo!-le digo.-¿Quieres quitarte el sombrero?

   Vacila, porque es el primer tremendo acto de la infinita confianza, aun este tan sencillo, y la ayudo, sacándole por mí mismo un agujón. Lanza un gemido. El pudor de Inés está incluso en el extremo de esta rosa de acero y pedrería.

   -¡Oh... "toda" mía !-exclamó, dejándola despojarse del sombrero por sí propia.

   -Y añado:

   -¡Quítate, mujer..., quítate el abrigo!

   Torna a bajar los ojos, en el fuego de su cara, y yo tiendo suavemente una mano y despréndola un botón... del cuello.

   En el botón están también, y más vivos, sus rubores, que se le tienden por la faz en ardiente rojo de amapolas; hanse apresurado sus manos a la obra, temiendo a las irreverencias de la mía, la dejo... y la invito, cuando suelta en una silla el guardapolvo:

   -¡Verás la casa!

   Empezamos desde el mismo tocador. Alzo un cortinaje y pasamos.

   -¡"Mi" alcoba!-le anuncio.

   Hay un armario, butacas, dos mesitas, otro lavabo y la cama, grande como para dos. Todo imperio, pero "demoniesco"... porque a mí me gusta rectificar estilos según mi santa voluntad. Del techo pende un caprichosísimo farol de forma medio labiada de dragón de orquídea y con los cristales gruesos y de un fuerte rojo granate. La alfombra, las cortinas, el dosel y las sedas de la colcha son de un rojo oscuro de sangre. El damasco que tapiza las paredes es rojo. Da una impresión extraña todo esto, y tiembla Inés, y me mira. Tiembla en su boca una frase; no la dice, y la adivino. Ella quería sin duda haberme hecho notar :-¡"Tú"... alcoba?...Será... la "nuestra"!...

   Cruzamos. La dejo creer que el "mi", que el poco amable e individual posesivo, haya salido de mis labios por una inercia de costumbre. El gabinete-comedor, adonde entramos, es también de aspecto raro, chocante, teatral, o al menos, estrambótico como el de un camarín de restoran ultra galante. Está en una rotonda, y es rojo-demonio desde el suelo hasta el farol...- Otro farol rojo-ascua que cuelga sobre el rojo tapete de la mesa. Abundan los divanes rojos (tres) y las rojas colgaduras desprendidas hacia ellos, desde el techo, formando nidos o rincones de ,tienda de campaña...

   A la inocencia de mi mujer le espanta un poco tanto rojo, como el interior de no sabría qué matadero... Compadézcome de ella, y la vuelvo por el mismo camino al tocador, que es celeste. Alzo un estor y pasamos a una estancia blanca.

   -¡Tu alcoba!

   -¡Ah!-dice como en un grito que yo no puedo discernir si es ... por nuestra separación de dormitorios, a la moda, o por el descanso que le da lo blanco entre las sedas de la estancia. El lecho es también grande..., para dos.

   Sigo llevándola del brazo. Otra puerta nos conduce al coro, en la Capilla. Hay un "melodiums". Hay reclinatorios. Se pone en uno de hinojos, y reza. Luego, tras cinco o seis largos minutos de oración, contenta ya, como amparada por la Virgen, háceme explicarla que fueron mis padres quienes, al construir esta casa en la dehesa, hicieron esta capilla con honores de iglesia para todos los campesinos del contorno. Aparte esta última entrada que acabamos de cruzar, tiene su atrio y su puerta destinada a todo el mundo.

   -¡Oh, muy bien! ¿Hay misa los domingos?

   -La... había en tiempos de mi madre. Si quieres, volveremos a avisar al capellán de Zarzaleja.

   -¡Sí, sí!

   Salimos. Acabo de enseñarle la casa, que no tiene más de singular. Inés comprende que mis frecuentes viajes a la finca, en los tres o cuatro meses que ha durado la preparación de nuestra boda, habrán tenido por objeto el arreglo de aquel departamento. En lo demás, nada... nada nuevo... Muebles cómodos, pero ya un poco averiados, de cuando, mi familia pasaba aquí las primaveras.

   He dado el aviso, y cuando volvemos al amplio comedor de abajo, está servido el, desayuno.

   Lo tomamos, y llevo a Inés, a descansar. La, noche, el tren, la carbonilla... nos han rendido un poco, ciertamente.

   -¡Quedas en tu dominio, con toda libertad! le digo-¡Acuéstate y duerme! Y mira, si luego al despertar quieres refrescarte, allí tienes la ducha. Ese timbre hará que suba una doncella. Yo voy a descansar también... lejos de ti, abajo, al cuarto de mi madre... para que duermas más tranquila.

   Cierro... y juraría que déjola pasmada.

   Pero es mi Inés de sobra inteligente, para que deje de entender que un hombre enamorado no pueda renunciar a esta brutalidad tan general de lanzarse un marido sobre su mujer como sobre una presa, en el primer momento de ocasión.

   Por mí.. puedo afirmar, que no siento en ello la menor violencia a pesar o acaso por lo mismo, de saber que me aguarda un cielo inmenso y nuevo de venturas.

   Bajo.

   Entro en el cuarto de mi madre.

   Me desnudo y me acuesto.

   Al paso le he dicho a Paquita que suba a ponerse, a disposición de la señora.

 

 

II

 

   Espero en la mesa. Tiene flores y alegría -una alegría arcaicamente “honrada”- este viejo comedor. He dormido: Me he refrescado en el "tub" perfectamente. Llega mi Inés, y me levanto a recibirla. La conduzco por el brazo a su sillón, y advierto sus perfumes. Empiezan a servirnos.

   Inés se alegra, sin duda, de que yo la haya dejado descansar y presentárseme ahora con un traje coquetón, que no es el del viaje. Empieza "nuestra vida". Hágola notar que no hemos sido novios, realmente. Su madre no nos ha dejado hablar jamás por la ventana, ni siquiera formalizar una charla en un rincón. Nos falta confianza... para la "inmensa confianza" (¡se ruboriza!); nos habría faltado sin este viaje de fraternal intimidad..., sin esta cordialidad que desde el amanecer de hoy tenemos ambos en la casa...

   -Novios... verdaderamente novios, Inés, habremos de serlo esta tarde.

   -¡Oh!

   -Sí, novios. Saldremos a pasear por ahí, al río a la montaña, adonde queramos..., y tendremos que decirnos muchas cosas!

   -¡Oh!

   Sonríe.

   -Todas las que no nos hemos dicho en tantos años... ¡Y en una tarde!

   A las tres hemos acabado de comer. Nos han estorbado un poco, para hablar con libertad, las criadas. Pero he ganado con mi Inés alguna confianza. Le bajan una pamela de paja de Italia y de flores, y yo mismo se la pongo y le enlazo las bridas a la barba. No se asusta.

   ¡Bravo!

   Salimos.

   Por un rato, absórbela el paisaje. El sol es dulce. En las encinas se arrullan las tórtolas. A nuestro paso, vuelan, huyen; Inés mira de rato en rato hacia atrás. Diríase que siente de un modo raro el abandono..., que siente alejarse tanto de la gente de la casa.

   Dígola de pronto:

   -¿Me das un beso?

   -¡Ah!

   Me oprime el brazo, inclina la cabeza al ramo de amapolas (que hemos venido recogiendo), y no dice que sí. No hago, pues, nada por darle el beso...,por tomarle el beso.

   -¿Me quieres?

   -¡Oh,sí!

   A esto le es, más fácil contestar. Es lo de siempre -lo único que yo he podido preguntarle y oírla responderme tantas veces a la vista de su madre.

   -¿Mucho? ¿Con toda tu alma?

   -¡Sí!

   -¿ Y... con toda tu vida?

   -¡Con la vida y con el alma!

   -Es decir; con tu alma y con tu carne... con toda tu carne, con todo tu cuerpo también, mi Inés!

   -Sí-accede tenuemente, bien cobardemente.

   La he azorado. Es la emoción que voy buscando en ella, y continúo:

   -¡Pobres ojos míos, que quieren tanto a tu cuerpo también, y que no conocen más que tu cara y tus manos! Y dime, Inés, ¿qué te gusta más a ti... de toda tú?    

   No me entiende; o dicho mejor, se paraliza en su pudor su sorpresa de entenderme, su sorpresa de oírle cosa tal, por vez primera, al "novio cortesísimo", y me complazco en insistir:

   -¡Sí, de "toda tú"! ¡de mi tesoro! ¡de las gracias y hechizos de tu cuerpo, que amo tanto y desde hace tanto tiempo, sin haberlas visto aún! ¡Qué pena! Sabe más de ellas, mi Inés... ¡oh, sí, sí, qué rabia! hasta esa criada nueva, que conoces de una ,hora, y que acaba de servirte en la ducha... Mi curiosidad y mi impaciencia hubiesen querido preguntarla "cómo eres"...; hubiesen podido preguntarla, si eres, tú, mi estatua, la que yo no vi jamás, tal como mis sueños y mis ansias te han adivinado. ¡ Oh, Inés! ¡Tu cuerpo de virgen ha sido en verdad desnudado tantas veces por mis ojos!... Te sé. En la cara tiene toda mujer, y tienes tú más que ninguna (porque eres la armonía) la clave de todos tus más íntimos encantos. ¿Quieres que te describa?... ¡Verás! ¡y tú dirás si me equivoco!

   No contesta. Está entera estremecida. De roja se ha cambiado a pálida su faz. Sé que le estará sonando a enormidad todo esto que me escucha... pero es el principio de mi plan, bien meditado. Harto me doy cuenta de que la hablo demás (a pesar de mi dulce acento y mi sonrisa) al pensamiento y al espanto. Es lo que deseo. La estrecho el brazo contra el mío, le alzo con la otra mano y le beso la muñeca, y sigo forzando sus pudores y sorpresas con estas osadías que apenas enmascaran de suavemente galancescas los rendidos tonos de mi acento:

   -Por tus muñecas, Inés, y por esta morbidez que siento de tu brazo, sé como tendrás de finos los tobillos, de esbeltamente suaves y poderosos la pierna, el hombro, el talle... ¡tú eres muy hermosa!... armónica y dulce, absoluta y castamente voluptuosa y femenina como una Venus de Médecis, no rubenesca y lanzada en alternadas delgadeces y opulencias por demás... como el tipo de mujer francesa más sabido... ¿Oh, no, verdad?... ¡tu desnudo es plácido y sereno! ¿te voy adivinando?... Por tus mejillas, que son firmes y redondas, sé que tus senos se alzan altivos y mimosos en su valle de la gloria. Por tu falta de bozo en los labios, por el limpio arranque de tu pelo en las sienes y en la frente -(apresuro porque es el instante de herirla con la mayor "enormidad")-se que el vello en tus axilas, nidos de amor, no será sino una leve sombra de oro, más oscuro que el cabello, que es oro de luz... y sé que no será más que algo como un musgo leve de gracia de la vida el vello en tu regazo. Por tus labios...

   -¡Aurelio!-gime espantada, y soltándose, Inés. Me huye. Ha dado un paso, al lado mío, y queda volviéndome la espalda y sumida en sus asombros. En su indignación..., en su indignación, quizás, de agraviada... "señorita", de "novia y esposa casta, dolida en su pudor"... La dejo, un instante abandonada en esta sensación, que es exactamente la que he querido producirla, y al fin me acerco, le enlazo la cintura y hágola seguir nuestro paseo.

   No puede menos de admirarla la irrespetuosidad de mis palabras, en contraste con el tacto delicado de mis manos, y se deja conducir..., por la arena, orilla adelante del río - al que acabamos de llegar por entre adelfas.

   Vamos en silencio. Yo ratifico mis meditaciones de otros días: "tengo suerte con haber podido hallar, en una mujer tan bella, un espíritu tan cándido, puesto que sólo así podré moldear mi ideal, a mi albedrío, sobre un humano fundamento de inocencia"... Y mi intento es "rápido" porque no quiero renunciar (¡en modo alguno!) al plan, al embeleso-cuya ocasión no volvería en la vida a presentarse-de despertar en mitad de todos los intactos candores de la virgen misma a la plena mujer inteligente.

   -Inés-deslizo, ya más tierno y como en besos a su oído-¡dime! ¡por qué te... alarman y violentan mis palabras! ¡qué tontería! ¡piénsalo! ¡tú eres "mi mujer!"... ¿Es que a una esposa, a mi mujer, yo no le debo ni puedo decir... lo que tiene el nimbo de verdad, puesto que está en mi pensamiento? ¿Es que yo no debo ser sincero contigo... hasta en estas pequeñas cosas deliciosas de que he podido hablarle tantas veces a amigos del café, y lo mismo a mis amantes?...(-Apoyo en pausa. Déjola tragar este nuevo "descaro" de "mis amantes", y continúo, anunciándola de noble modo mi ambición)-: Oye, mi Inés, al casarme contigo, me ha guiado el propósito de resumir en ti mi vida y mi universo; es decir, que quiero que seas, en mi esposa de ternura, mi grande amiga digna de todas las sinceridades de mi alma, mi grande amante también!

   Suspira Inés, y yo la obligo al pacto con un beso..., con un gran beso, de amante, entre los labios, hasta los dientes mismos... porque he sorprendido entreabierta su boca. Cuando me parece que ha bebido bien de este elixir de "beso malo", nuevo para ella, vuelvo a mi impiedad:

   -¡Bah, mi... "novia"!...¿Te asustan mis franquezas?... Pienso en las desnudeces seductoras de tu cuerpo, y te hablo de ellas...¡ya ves tú!... ¿Es que tú no sabes bien que mañana, que dentro de un mes, de dos... cuando te vistas ante mí, en tu tocador, cuando vayas a acostarte, junto a mi... no pondrás un gran reparo en ocultarte de mis ojos?... Luego es el "pudor" el que te alarma... un pudor tan tonto, que ya no existiría mañana, o dentro de un mes, de dos meses...

   Torna Inés a suspirar.

   Empieza a entrever en mi conducta, más que torpeza o cinismo, un complejo plan que también empieza a preocuparla de otro modo.

   Se da cuenta de que está hablando con el "tratadista subversivo", y me rinde su atención. Su sorpresa, pues por el pronto, varía de rumbos; se concentra ahora en este inesperado, totalmente inesperado para ella, de que el escritor y el hombre aspiren tal vez a ser "la misma cosa" en sus libros y en su vida. Aunque no ha leído mi libro, le basta con saber el título.

   Todo esto ennoblece un poco la situación, al menos. La "cerebraliza" por parte de Inés también, podría decirse. Por la mía, encuentro deliciosamente raro un tal coloquio... de "luna de miel...”

   -“¡Ese está loco!"-afirmarían mis amigos del Casino si pudieran escucharme.

   -Inés- insisto, tratando de dulcificar, de "enamorar" la rigidez de las ideas con las mieles de mi acento-, el "pudor" me parece un error educativo de tal naturaleza, que no dudo en sostener que él sea el que os llena de absurdo y contradicción a las mujeres. Si me lo perdonas, aún aumentaré que creo que él sea el que os llena, con respecto de los hombres, de debilidad, de falsedad y de hipocresía. Fíjate: el pudor no es "la honradez, puesto que todas las que honrosa o deshonrosamente os entregáis la vez primera, os entregáis del mismo modo "pudoroso"...; el pudor no es tampoco la inocencia, sino todo lo contrario..., puesto que es, precisamente, la conciencia de saber lo "no inocente":... La inocencia, en efecto, ha de estar hecha del candor de la ignorancia; y como digo yo en mi libro (que ya verás cuando lo leas,-pues lo leerás, sin duda alguna), "el colmo de la inocencia tendrá que ser, por consiguiente, la ignorancia completa y absoluta; por eso estas tórtolas que oyes arrullarse en las encinas, no tienen pudor, y van "desnudas" y se aman bajo el cielo, por que tienen el "candor de la inocencia"; y por eso no podría tenerlo la mujer plenamente pura de alma e inocente, como no lo tendrías tú cuando fuiste niña de seis años. Ahora, en cambio, "sabes", no "eres inocente"... y aquí, conmigo, tu "pudor" me lo pregona. Luego el "pudor", ¡mira qué verdad de atrocidad! es lo contrario del "candor". Luego el "pudor", que no es el "deber" ni la "virtud", ya que más le favorece y "poetiza" que le impide a la mujer falsa su caída, no es ni siquiera el "rubor", el adorable rubor de la esposa que se entrega dignamente. ¡Yo te quiero, Inés, no "pudorosa"... sino "ruborosa, candorosa".

   Noto que le ha hecho efecto el argumento, a mi virgen, a mi Inés, a mi bella enamorada... a mi "cristiana" de alma ingenua que es, en alma, más de su confesor que de mi alma.

   El padre Garcés ha debido venir a instalarse volando, en la suya, con todo su gesto adusto y sus sermones. Me afloja un poco el brazo, y me replica:

   -¡Aurelio...! ¿estás tú bien seguro de todo eso que me dices?

   Yo, sonrío.

   En un segundo, juntas, cruzándose nuestras miradas, he visto en los claros ojos de mi Inés, como una luz tras la niebla de pasión que los envuelve, su dura fe de intransigencia... He visto al padre Garcés, "racionalista" y polemista, catequista..., ¡en la catequizada!

   Inés y su madre son de esas mujeres que, en otros tiempos, hubiesen podido ir a darle su vida mártir, por su Dios, a las fieras de los circos.

   Afortunadamente, lejos de su madre, lejos del padre Garcés-y aun favorecida por el espíritu del bravo jesuita-la tengo junto a mí, por otra fe más grande: la del Amor.

   Y yo sonrío, sonrío.

   La tarde se me presenta bien, cual la quería: de discusión.

   En esta primera escaramuza, yo he ganado lo bastante con preparar a mi mujer a discutir con... su "hereje" amado.

   Vuelvo a besada, en los ciegos ojos de su fe, en la dulce boca de mi fe; estrecho más su brazo contra el mío, y me dispongo, siempre paseando entre las flores, entre las rojas flores de este un poco helénico adelfal, a decirle a besos y a palabras nuevos "argumentos"...

   

  

   

 

(sign. 7126)

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