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Roso de Luna

 
 

V

 

   -Hijos míos, pues que los dos lo sois indudablemente para mí, según lo que os quiero, escuchadme como se escucha a quien mañana quizá va a morir -exclamó con solemne ademán la señora del buen Verdejo.

   Y atrayéndonos a su lado con íntimo protector ademán de madre, continuó diciéndonos:

   -Las notas que extasiada he oído desde el vestíbulo, sin que os dieseis cuenta, me han corroborado la sospecha que mi marido había ya concebido a saber: que tú, Quirico, habías logrado averiguar todo tu triste pasado, soportando con sereno pecho la adversidad y, como quien transmite una vivísima enseñanza humano-musical, se la comunicabas a tu amigo.

   Pues bien, todas tus revelaciones, todas tus inquietudes respecto de tu pasado y el de los tuyos, quedarían incompletas sin las que ahora mismo tengo la obligación de hacerte, porque debes saber que yo joven conocí anciana a tu abuela la pianista, y yo, luego, vieja, conocí de joven a tu madre la diva: a mis dos hermanas de raza, porque ellas fueron, como yo soy... judías!

   Sí. Hay que confesarlo con orgullo legítimo de la raza: Los ojos de la hebrea española en todos esos tiempos de la historia son ojos de divina seducción, porque nuestra raza ha poseído la tierra un día y habrá de poseerla otro, y ha sufrido y sufrirá aún persecuciones sin cuento que la templan en el dolor y la dan la superioridad que tiene y tendrá siempre sobre el mundo: "Y será como señal sobre tu mano y como recuerdo delante de tus ojos, para que la Ley del Señor esté siempre sobre tu boca, pues que El fue quien con mano fuerte te sacó de Egipto, llevándote a la Tierra de Promisión"... ¿Conoces esto?.

   Y al hablar así, puso sobre el teclado del abierto piano un objeto bien extraño; un tefelín o sea la santa señal de la fe del hebreo, consistente, como después he sabido, en dos rollitos de pergamino con versículos del capítulo XIII del Exodo y de los capítulos IV y XIII del Deuteronomio, que el creyente sincero, en memoria eterna del citado pasaje, ha de situar, uno en medro de la frente para siempre recordarlo llevándolo sobre el tercer ojo "píneal" que dicela anatomía del cerebro, y otro sobre el codo izquierdo, cerca del corazón. Una correa sujeta el rollo sobre la frente; vuelve sobre la nuca y luego desciende sobre el brazo, para terminar enrollándose en el dedo medio de la mano izquierda. El acto de la imposición del tejelín dicen los hagiólogos es de importancia trascendental para la religión de Moisés. El israelita que a los tres años de edad no ha sido investido por el gran rabino de aquella; santa señal del hebreo, señal equivalente a la de la cruz entre los cristianos, pierde todos sus derechos religiosos. La ceremonia de la imposición del tefelín no puede celebrarse más que en los domingos, o "día del Sol"; en lunes, "día de la Luna", o el jueves, "día de Júpiter", y es la única que confiere al recipientario autoridad para actuar como testigo en cualquier caso de la vida y para figurar cual una de los diez fieles cuya presencia es necesaria, como mínimo número en la sinagoga, al comenzar la oración.

   Aquel día era precisamente domingo pascual y día 14 de la luna segunda de Marzo.

   La sangre entera de la materna raza se agolpó a la cabeza del noble Quirico a la vista de aquella revelación y al contacto de aquella presea familiar sobre la que se arrodilló, besándola fervorosamente, añadió:

   -¡Sí: todo se aclara ya, y benditos sean todos mis pasados sufrimientos, que me acarrean hoy la dicha de superarlos en el recuerdo santo de la fe de mis; abnegadas progenitoras: mi madre y mi abuela, pues los otros nada son ni fueron nunca míos, dado que entrambos las abandonaron después de moralmente asesinarlas!...- exclamó Quirico con jeremiaca inspiración.

   Y abriéndose el chaleco y la camisa, añadió, con la misma energía de fe con que pudieran antaño responder los profetas a las exigencias humilladoras de los Césares babilónicos:

   -Vea, señora y hermana mía, cómo yo, sin saberlo bien; pero presintiéndolo, jamás he abdicado de la fe de aquellas dos heroinas:

   Al par que esto decía, mostróla y mostróme con orgullo el materno sesit, única cosa que, como pieza de ulterior edificación e identificación personal, había aparecido en el torno inclusero con el cuerpecito del recién nacido Quirico y que él había llevado cosido siempre sobre su camisa. Conviene advertir al lector no informado, que el sesit hebreo, como el hayeb musulmán y el escapulario cristiano, es a modo de un talismán religioso, exigido por el propio Jehovah en los Versículos 38 al 40, capítulo XV del Libro de los Números, donde Este ordena: "Habla a los hijos de Israel y diles que en los remates de sus mantos o togas pongan siempre unas franjas de color de jacinto", amén de cuatro cordones de a ocho hilos por cordón, formando un verdadero equipo como los de los aborígenes americanos y canarios, pues que los cordones van atados en nudos y en cada uno de estos nudos están simbolizadas las cuatro letras de iod, he, van, he del sacrosanto Nombre impronunciable del Señor. ¡Y el sesit en cuestión, antaño pañolito blasonado del "título", el tema del adagio consabido!

   La anciana, asombrada en grado sumo cual si se hubiese mostrado ante sus ojos la propia raza ardiendo del profeta Moisés, abrió los brazos, transfigurada, y con ellos apretó contra su corazón a Quirico, confundiéndose con él en abrazo maternal, ¡un abrazo astralmente transmitido quizá por aquellas dos mártires que también les abrazaban sin duda desde el Cielo!

   -Ahora sí que puedo morir tranquila después de cumplir el testamento de la pobre diva que con sus propios dolores alegró desde las tablas del bel canto, las noches de los demás, los siempre crueles cuanto hastiados espectadores!- terminó diciendo la anciana al desprenderse de los brazos de Quirico.

   Y saliendo hacia el vestíbulo, volvió al momento, portadora de un gruesísima paquete de papeles de música, que, desenvueltos, mostraron ser otras tantas composiciones musicales de puño y letra de la diva: ¡los mismos papeles originales confiados en secreto de raza a la señora Verdejo y cuyas copias, tomadas por los originales mismos, habían sido quemadas por el estúpido testamentario sobre la tumba de aquélla, según se había dicho ya...

   -¡Toma: ahí lo tienes todo. Los cantos de harpa y de cítara, los dos instrumentos del hebreo; las óperas de la raza proscrita que nunca llegaron a ser representadas, pero que acaso algún día por tu mediación lo serán y, sobre todo, a la cabeza de todo, y en letra o notas de tu abuelo paterno y de tu padre que algo unían también de músicos, el adagio de la Cuarta Sinfonía de Beethoven, ese dulcísimo adagio, ese arrullo de palomas que en nido amante protegen a su cría...

 

******

 

VI

 

   Marchó la anciana, dejándonos estupefactos. Quirico recogió con veneración religiosa la hebraica presea de su madre y reponiéndose un tanto, exclamó:

   -¡Ya hallé lo que inútilmente he buscado durante años! Mi ejecutoria de nobleza, mi efectiva partida de bautismo, si de bautismo se puede hablar tratándose de un hebreo, está aquí. Los demás, queda de mi cuenta y aún de la tuya, si ayudarme quieres.

   -Con toda mi alma-, respondíle.

   -El triunfo es nuestro, si sabemos obrar con prudencia y con fe. ¡Sígueme! y tomando su sombrero, me arrastró hacia la calle y hacia nuestro paseo favorito del estanque sagrado que ya conoce el lector. Sitio adecuadísimo para tomar resoluciones sabias bajo el consejo de la divina tranquilidad de los campos, donde la Madre-Naturaleza se presenta en todo su esplendor.

   Una vez allí, continuó Quirico:

   -Ya lo has visto: mi madre, la artista insuperable, nunca perdió la esperanza de legalizar mi situación anómala, y aunque la muerte la sorprendiese en este trabajo, almenas me legó quizá un medio de comprobación, un documento vivo, que yo sabré hacer valer en este país nuestro, que, como todos los países europeos, que se dicen civilizados, no otorga a las inocentes víctimas de la pasión de los hombres un medio legal de investigación de la paternidad.

   Por si algún antecedente te faltase para formar juicio exacto de la verdadera filiación mía, sábete que mi padre el conde de ..., -ese virtuoso prócer tan querido de todos como hombre de recta conciencia, vive aún retirado cual un moderno Cincinato en esa linda quinta que ves ahí abajo rodeada de verdura. Todos le alaban como hombre de probidad intachable... verdadero sol, si quieres, pero que, como todos los soles, no esta libre de ostentar alguna mancha en su disco y de haber padecido algún eclipse...         

   ¿Le mantendrá vivo aún el Destino, a pesar de sus sesenta años corridos, y de sus achaques para permitirme lavar dignamente la culpa que antaño cometió y en la que pocos o ninguno podría tirarle la primera piedra, como dice la célebre sentencia de Jesús? Yo así lo creo, al menos.

   Hay además una confianza bien lógica.

   El padre del conde, mi abuelo paterno, esa fiera de carácter que ha hecho de mí la inocente víctima, propiciatoria, ese hombre de otros tiempos que todo lo cifraba en puntillos de honor y en pujas de dignidad mal entendida, acaba de morir, como sabes, hace dos semanas, ¡cosa extraña y que pregona una vez mas que la llamada casualidad no existe, sino que una secreta ley de casualidad que lo abarca todo, rige soberana en el mundo, aunque sea incomprensible para nosotros todavía, porque no merecemos el poseer su secreto! La muerte de mi abuelo ,repito, como recordaras, precisamente en el mismo día y hora en que, pasando nosotros dos por frente al Hospicio Provincial oímos preludiar el famoso adagio queme hizo intempestivamente llorar. ¡ Llorar sin saber por qué entonces, pero ahora sabiéndolo!

   -¿Crees entonces que por causalidad y no por casualidad pura y simple, los momentos aquellos en que el linajudo terco de tu abuelo, firme siempre en lo del linaje y el abismo religioso moría, guardaron alguna relación secreta con el oír nosotros el consabido adagio y el echarte tú a llorar?-, interrumpíle.

   No te quepa duda alguna. La justicia de los hombres, no es más que necedad e injusticia. Vanidad de vanidades, que dijo Salomón. Pero estoy seguro, y mas desde hoy, de que hay una ley natural; una lógica de las Esferas, una Providencia, si quieres, que restablece, al fin, en otra vida o en ésta, la justicia perturbada, y con tanto más rigor cuanto más honda o más duradera fuere la perturbación. Sin eso el mundo no existiría, porque habrían acabado por desquicia de las locuras, maldades e insensateces de los hombres.

   -Es decir que...

   -Es decir que, en efecto, como enseña Platón, en uno de sus mejores Diálogos, el mayor mal del hombre es el de cometer la injusticia, y si alguno mayor hubiese sería el de no recibir aquí abajo la sanción de ella e ir así manchado a la otra vida. ¿Cabe cosa más elocuente ciertamente que el ejemplo que nos ha dado la parálisis horrible de ese anciano enérgico pero equivocado, atormentándole durante veinticinco años, hasta el mismo momento de su muerte de cerca de los noventa? ¿Crees tú que a esa edad y en esas condiciones, es un placer el conservar la vida, o es mas bien un efectivo castigo?

   -Mira- continuó proféticamente Quirico-. Yo creo en la Huestia gallega y

asturiana, como secretamente ha reído en ella toda mi raza. Religión alguna, por dura que fuere en sus fallos y dogmas, puede rechazar la piadosa creencia, que tú quizá ni conocerás siquiera.

   -Es verdad. No la conozco.

   -Pues vas a conocerla y a creer en ella desde hoy, o no formaré buen juicio en lo sucesivo, ni de tu talento, ni de tus buenos sentimientos.

   Sábete que es universal creencia celta y semita la de que, cuando un hombre digno va a morir, una doble hilera de blancos fantasmas, de seres del más allá de este mundo que no es sino la continuación de este mundo mismo, rodean la casa mortuoria; dan siete vueltas con sus cirios encendidos en torno del lecho del moribundo cuyo doble acaba por marchar con ellos, dejando la lúgubre procesión tras sí un cadáver más, es decir la envoltura carnal del verdadero hombre físico que, como todas las fuerzas de la física, es invisible para los carnales ojos.

de los vivos. Algo, en fin, como aquella procesión de encantadores que vienen hacia el gran Don Quijote en la selva para hablarle del desencanto de su Dulcinea, o mejor como ese entierro de sí mismo que ve después de muerto el estudiante de Salamanca, de Espronceda y Don Juan Tenorio, el de Zorrilla.

   La voz de la sangre, que no es sino la oculta voz de la Naturaleza, es entonces más poderosa que nunca, y esa voz, esa fuerza oculta avasalladora, actuando sobre mí, me llevó como por la mano a pasar por frente al Hospicio de mi infancia, al Hospicio donde me condujeron crueles los absurdos prejuicios ancestrales de mi abuelo el moribundo, para oír al paso ese adagio de la sinfonía beethoveniana al que debo la existencia, adagio cuyas notas en el momento supremo de abandonar aquél sus carnales vestidura era seguramente para él un recuerdo amargo retrospectivo, una acusación, un pasaje terrible del Libro del Destino cuyas páginas son leídas, dice la leyenda, por el arcángel Azrael en el momento del Juicio del Alma en el que es pronunciado el fallo de una vida. ¿Te explicas ahora -terminó Quirico- el por qué de todas aquellas falsas casualidades de pasar por allí, hablar de ello y hacerte yo la tristísima revelación de mi pasado en las más santa de las confidencias amistosas?

   -¡Me lo explico!-, respondí, convencido.

   -Pues si te lo explicas y eres mi amigo sincero, ven ahora mismo conmigo, porque me da el corazón que éste es el momento decisivo de mi vida. ¡Sígueme!

   Y, sin que yo pudiese acertar la razón de ello, me dejé llevar ladera abajo, hasta la suntuosa, poterna del jardín y de la quinta del conde.

  

VII

 

   El suntuoso retiro del conde de ..., emplazado en la ladera que media entre el lago de la altura y la ciudad de más abajo, era una de esas quintas maravillosas que suelen ser ornato de nuestras linajudas poblaciones medievales todo austeridad y todo tristeza de tiempos que pasaron para no volver. Una verja de labrados hierros cercaba la docena o más de hectáreas de una tierra roja todo energías vitales, regada por la toma de aguas del estanque, cuyas linfas corrían en risueños canales por entre una verdadera selva de árboles seculares, interrumpida a trechos por macizos de arbustos: rosales, vides y espinos albares en plena florescencia de primavera. La arenosa senda de entrada con sus muretes de boj se encaminaba recta hacia el palacio bajo toldo de madreselvas y enredaderas, hasta los pies de una escalinata de mármoles portugueses sobre cuya estrada amplísima, exornada también de plantas raras en artísticas macetas, se alzaba un edificio plateresco, de dos pisos coronado por terrazas desde las que se dominaba el panorama entero de la ciudad.

   Un portero galoneado de quinas portuguesas, leones y castillos, flores de lis y otros emblemas nos recibió ceremonioso y nos introdujo hasta un vasto salón de espera, que en panoplias cuajadas de mil clases de armas, viejos trofeos de caza y de guerra, muebles de estilo, y vasos preciosos, resultaba un verdadero museo en el que no se sabía qué admirar más, si la riqueza, el gusto o el recuerdo. Un viejo clavicordio, que desde el primer instante atrajo la atención de mi amigo, aparecía en el ángulo más íntimo frontero de la soberbia chimenea, mal cubierto por un espléndido pañuelo de Manila cuyas sedas multicolores de bordado conservaban a pesar de los años su vivo colorido.

   -Su excelencia no recibe a nadie-replicó un segundo criado galeoneado,

venido de las habitaciones interiores-, a no ser que...

   -A nosotros sí que nos recibirá sin duda, porque hace años que nos espera replicó Quirico con un acento tal y tan autoritario que el criado, haciendo un mohín de displicencia, acabó por ceder.

   Un momento más y la puerta interior del salón se abrió dejándonos paso a una salita intermedia por la que penetramos al gabinete del anciano, un verdadero camarín, un nido de comodidades a la antigua usanza en lo que colegir pude a primera vista.

   El anciano conde, sentado en señorial poltrona al lado de una apagada chimenea y de una mesita llena de libros y papeles, apareció cubiertos los pies por rica piel de leopardo contra la que se recostaba un fiel y simpático lebrel que alzó la cabeza sin atreverse a ladrarnos. La erguida estatura del prócer, su pelo como la nieve, sus arrugas venerables, su mano aristocrática en la que lucía valioso solitario, me predispuso, en el acto, en su favor. Sus vivísimos ojos, fulgurantes aún, a pesar de los años, se clavaron en nosotros con muda interrogación:

   -¡Padre!...-prorrumpió con patético acento Quirico, echándose inmediatamente a sus pies.

   Aquel exabrupto, aquella sola palabra en la que Quirico lo compendiara todo y lo comprometiera todo, hizo saltar al anciano sobre su asiento, como al contacto de una descarga eléctrica. Pero Quirico, sin darle tiempo al conde para rehacerse ni a interrogar, continuó:

   -¡Sí, padre y señor! Porque hoy que todo ha cambiado para entrambos,

os puedo dar con orgullo y amor este sublime título.

   -Hablad pronto, desconocido e imprudente joven, porque me matáis sino- balbució el conde, pálido como la misma muerte.

   Quirico no le dejó continuar y cogiéndole las manos entre las suyas, añadió:

   -Extrañaréis, señor, esta brusca e inopinada presentación tan fuera de los usos corrientes, pero cuando habla el corazón en su lenguaje supremo, los convencionalismos sociales quedan como letra muerta. Dignaos escuchadme sin interrumpirme. Luego haréis lo que os plazca de mí.

   Y, sin desasirse de las manos del anciano, con acento solemne aunque sumiso, Quirico hizo historia de todo su pasado, historia que el conde escuchó rígido como una estatua, pero con una creciente tempestad de afectos encontrados que a duras penas lograra disimular.

   No hay pluma de escritor alguno capaz de describir el patético relato que el joven músico fue haciendo de su asendereada, vida, desde el día en que fuera abandonado en el torno del hospicio y entregado a lactancias mercenarias hasta el momento de la visita de la señora de Verdejo dándole la prueba material de su filiación hebrea, que el lector conoce ya.

   Yo mismo que, en líneas generales, sabía la vida entera de Quiriro, estaba admirado al oírle el acúmulo tremendo de luchas y dolores que a lo largo de una existencia de continuo esfuerzo habíanle combatido como frágil barquilla, juguete de revuelto mar. Su aprendizaje de músico; sus campañas en África; las hambres de pan y de justicias padecidas doquiera; las envidias y persecuciones; la incomprensión de los vulgares; las dudas sobre su origen; el desvío de los infortunados camaradas; la triple lucha, en fin, que hasta ganar el puesto que disfrutaba, había tenido que sostener, como expósito, como artista y como hombre probo, todo, todo, fue patéticamente narrado por mi amigo, entre mal reprimidas exclamaciones de asombro del anciano, que era, por las muestras; y como vulgarmente se dice, plaza rendida sin combatir.

   Yo, testigo mudo de la escena, seguía grado por grado la evolución psicológica del conde y le vi, primero sorprendido, casi indignado por la osadía del intruso; luego ruborizado y contrito cuando lo del niño abandonado en el hospicio; después curioso y conmovido en las más íntimas fibras de su carácter caballeresco al, ver cómo aquel abandonado vástago de su familia, por causa de su belicosidad ancestral, a no dudado, había sabido luchar tan bravamente con los hombres y con las cosas, navegando siempre contra corriente, como todos los héroes, por el insondable piélago de la vida. El orgullo de casta, la fibra entera, por decirlo así, de su blasones, tomaba carne y sangre en las escenas aquéllas del relato, escenas a las que la emoción y la sinceridad prestaran irresistible encanto.

   Pero cuando los miembros apergaminados y avellanados del anciano temblaron bajo el frío soplo de la superstición cristiano-pagana, fue cuando llegó el pasaje aquél del adagio oído por Quirico al pasar frente al Hospicio Provincial en los momentos mismos en que al abuelo, al decir del narrador, se le llevaba la Huesta.

   -¡Hijo!;¡hijo mío!- gritó, al fin, fuera de sí el anciano, abriéndole los brazos-. No digas mas; no me presentes ni hables de prueba alguna. Los muertos mandan y en ello yo he escuchado la voz de ultratumba, tanto y más que tú. Óyeme tú, a tu vez, pero así, a mi lado, oprimiéndote contra mi pecho, pues que ya como hijo ocupas mi corazón, ¡ Mi corazón que siempre, aunque no lo creas, ha latido por ti!

   Y haciéndole acurrucarse a su lado, y haciéndome sentar en frente, el anciano, un poco más dueño ya de sí, continuó:

   -Mira: Los momentos más ciegos, más apasionados del amor al que debes el ser se desarrollaron precisamente cuando tu madre; tu hermosísima madre, ¡mujer mil veces más noble, ay, que yo, a pesar de mis vanos blasones!, se sentaba al piano e interpretaba soberanamente, como ella sólo sabía hacerla, las obras del maestro atormentado y amante como ella. Con decir que una vez en que mi padre, sin ella saberlo, la oyera en mi concierto el tal adagio, le hizo vacilar en sus rancias preocupaciones de casta, te lo digo todo! Pero pudieron más en él siempre dichas preocupaciones, y ésta es ,la causa sin duda de que

se haya retrasado más de lo justo este momento, para mí felicísimo, en que, rindiendo homenaje a tus virtudes y sacrificios, vas a ser mi hijo ante los hombres como siempre lo fuiste ante Dios.

   Y pues el tiempo apremia, porque una voz secreta me dice que mis tristes días están contados también, ha llegado el momento de obrar, ya que ha podido más en mi conciencia esa voz de ultratumba del amoroso adagio que cuantos documentos materiales de filiación me hubieras quizá podido presentar tú.

   -Pero hay uno, padre mío, que me permitiréis, sin embargo, que os muestre, y es éste que veis- aquí.

   Diciendo estas palabras sacó Quirico la santa presea que, guardada con la mayor veneración, llevaba como sabemos. Depositóla en manos del anciano, quien la recibió lloroso y la besó como se besa una reliquia de alguien querido que se fuera para siempre ya, añadiendo:

   -Sí. Es la misma con la que en días de intimidad y de pasión, tu madre realzara en opulenta belleza; el documento más feaciente de la hebraica raza, pues que recuerda según el Exodo la especial protección dispensada por el Señor a su pueblo elegido sacándole milagrosamente de la esclavitud moral que Moisés y los demás profetas ocultaron cuidadosamente al conocimiento vulgar de los suyos, reservándole para ser él revelado como uno de los mayores secretos de la Mercaba y de su misteriosa iniciación en el adytha del Templo de Israel. ¡Guárdala tú, hijo mío, como prenda de amor, de consuelo y de salvación, y déjame en cambio a mí el obrar como deseo!

   El anciano tiró de un grueso cordón de seda que pendía a su lado, llamando al criado que se presentó en el acto.

   -Toma inmediatamente el coche, ve a la ciudad y traemé en él al notario y a mis dos amigos, mis dos amigos íntimos que ya sabes, porque son los dos únicos con los que trato desde que me retiré del bullicio del mundo: Diles que yo les llamo y que les agradeceré en el alma no retrasen su venida ni un momento.

   El criado se inclinó reverente y partió como una flecha. Instantes después el alegre campanillo de las mulas y el sordo rodar del coche por la arena de la avenida, nos reveló que la orden del conde era cumplida con toda celeridad.

   En el interín de la forzosa espera el anciano nos embelesó con el emocionante relato de su pasado de amor; las luchas con su padre que llegó a amenazarle de desheredación y hasta de muerte quizá si persistía en unir su nombre ante la Ley con el de la incomparable hebrea, y las virtudes sublimes de esta última que prefirió sacrificarse a sacrificarle, consagrándose por entero a su arte musical que, con su celeste idealidad extrahumana, es efectivo consuelo de todas las miserias y dolores de este bajo mundo. Su relato, tan parecido por sus características de profundidad y de pasión al que harto bien conocido me tenía yo de Quirico, era un curso entero de psicología digno de ser reproducido aquí por mí si a tanto alcanzase mi impericia. Duró el tal relato mas de una hora, que nos pareció un simple minuto, y al cabo de ella, el ruido del coche que regresaba nos hizo sabe que ya llegaban los llamados de la ciudad. En efecto, al punto los tres penetraron solícitos en el salón.

   -Poco os tengo que molestar, mi buen notario y mis excelentes amigos. Se trata simplemente de otorgar mi testamento abierto en el que, no os sorprendáis, yo, soltero y sin lazos ya de familia, reconozco a este joven que aquí veis como a mi hijo, mi hijo amado a quien las preocupaciones sociales o más bien quizá el dedo providente del Destino que así ha querido educarle en el abandono y la pobreza que es la escuela de los verdaderos héroes, ha mantenido tristemente alejado de mí tantos años, y que viene ahora a endulzar los no muchos días que me resten de vida...

   El notario, reverente y solícito se puso en el acto a escribir las cláusulas testamentarias bajo el dictado del anciano, como es práctica en casos tales. Redactado con bastante rapidez el solemne documento y leído con toda detención al otorgante, fue seguidamente firmado por él y por los testigos, haciéndoseme a mi el honor de ser uno de ellos, con gran complacencia mía.

   -Y ahora, a cenar todos conmigo, en el más augusto día de mi vida-, dijo el anciano levantándose y echando a andar delante con un vigor desconocido para lo que permitían esperar sus achaques.

   Todos le seguimos gozosos, atravesando varios salones de aquella principesca estancia y en los que estatuas y retratos de familia parecían regocijarse a nuestro paso como si una ráfaga de felicidad ultraterrestre hubiese descendido allí...

   ¡Hasta el viejo clavicordio arrinconado luengo día sin que mano alguna se posase en su teclado marfileño desde hacía lustros, pareció alegrarse a su vez dejando entreoír astralmente quizá para los dos héroes de aquella cena, padre e hijo, el adagio misterioso de la Cuarta Sinfonía!...

 

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VIII

 

   Lector: el epílogo de esta novelada historia fue tan feliz como triste había sido hasta entonces la vida de Quirico, ascendido de simple hospiciano y director luego de la hospiciana Banda, a conde efectivo de ... por una de esas sorpresas maravillosas del Destino, sorpresas abundantes sin duda en los relatos de Las mil y una noches, pero nada raras también en la vida de los buenos, contra lo que suele creer nuestro escepticismo.

   En la quinta, al lado de su padre y consolándole en su ancianidad, vivió mi transfigurado amigo días de feliz compensación a sus viejas amarguras, hasta que aquél durmió con los suyos el sueño eterno del insondable más allá.

   Cualquiera podría pensar, por ser lamentable experiencia de nuestros posivismos egoísta que la psiquis sencilla y noble del ex hospiciano, habría cambiado con su inesperada fortuna.

   Pero, no; todo lo contrario. En aquel nuevo ambiente de comodidad, grandeza y abundancia, Quirico fue, si cabe, mejor aún.

   A ello contribuyó no poco un hecho final de aquella cadena de inverosímiles acontecimientos favorables, que decidió el porvenir artístico del joven como los otros habían decidido su situación social. Es a saber que el anciano, la noche misma de su testamento, rodeado de todos sus comensales le había llevado de la mano hasta la espléndida biblioteca en cuyo rincón de preferencia, medio oculto por rico tapiz de Goya, aparecía un armarito de caoba lleno de manuscritos de música.

   ¡Eran los viejos papeles de las composiciones de su amada madre, papeles que al ir a ser quemados por el testamentario, según disposición postrera de ella, habían sido hábilmente sustituidos por otros! En ellos, pues eran verdaderamente geniales e inspirados, supo hallar el inteligentísimo maestro, de allí a pocos años, la base para hacerse una celebridad musical al estilo de la de Mendelssohn-Bartoldi.

   ¡Cómo que en ellas logró verter toda la poesía de su materna raza gigante y proscrita! ¡La eterna raza de Judá y de Israel, madre, a su vez, del Cristianismo!

   

 

(sign. 2080)

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