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Roso de Luna |
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V
-Hijos míos, pues que los dos lo sois indudablemente para mí, según
lo que os quiero, escuchadme como se escucha a quien mañana quizá va a
morir -exclamó con solemne ademán la señora del buen Verdejo.
Y atrayéndonos a su lado con íntimo protector ademán de madre,
continuó diciéndonos:
-Las notas que extasiada he oído desde el vestíbulo, sin que os
dieseis cuenta, me han corroborado la sospecha que mi marido había ya
concebido a saber: que tú, Quirico, habías logrado averiguar todo tu
triste pasado, soportando con sereno pecho la adversidad y, como quien
transmite una vivísima enseñanza humano-musical, se la comunicabas a tu
amigo.
Pues bien, todas tus revelaciones, todas tus inquietudes respecto
de tu pasado y el de los tuyos, quedarían incompletas sin las que ahora
mismo tengo la obligación de hacerte, porque debes saber que yo joven
conocí anciana a tu abuela la pianista, y yo, luego, vieja, conocí de
joven a tu madre la diva: a mis dos hermanas de raza, porque ellas fueron,
como yo soy... judías!
Sí. Hay que confesarlo con orgullo legítimo de la raza: Los ojos
de la hebrea española en todos esos tiempos de la historia son ojos de
divina seducción, porque nuestra raza ha poseído la tierra un día y
habrá de poseerla otro, y ha sufrido y sufrirá aún persecuciones sin
cuento que la templan en el dolor y la dan la superioridad que tiene y
tendrá siempre sobre el mundo: "Y será como señal sobre tu mano y
como recuerdo delante de tus ojos, para que la Ley del Señor esté
siempre sobre tu boca, pues que El fue quien con mano fuerte te sacó de
Egipto, llevándote a la Tierra de Promisión"... ¿Conoces esto?.
Y al hablar así, puso sobre el teclado del abierto piano un objeto
bien extraño; un tefelín o sea la santa señal de la fe del hebreo,
consistente, como después he sabido, en dos rollitos de pergamino con
versículos del capítulo XIII
Aquel día era precisamente domingo pascual y día 14 de la luna
segunda de Marzo.
La sangre entera de la materna raza se agolpó a la cabeza del
noble Quirico a la vista de aquella revelación y al contacto de aquella
presea familiar sobre la que se arrodilló, besándola fervorosamente, añadió:
-¡Sí: todo se aclara ya, y benditos sean todos mis pasados
sufrimientos, que me acarrean hoy la dicha de superarlos en el recuerdo
santo de la fe de mis; abnegadas progenitoras: mi madre y mi abuela, pues
los otros nada son ni fueron nunca míos, dado que entrambos las
abandonaron después de moralmente asesinarlas!...- exclamó Quirico con
jeremiaca inspiración.
Y abriéndose el chaleco y la camisa, añadió, con la misma energía
de fe con que pudieran antaño responder los profetas a las exigencias
humilladoras de los Césares babilónicos:
-Vea, señora y hermana mía, cómo yo, sin saberlo bien; pero
presintiéndolo, jamás he abdicado de la fe de aquellas dos heroinas:
Al par que esto decía, mostróla y mostróme con orgullo el
materno sesit, única cosa que, como pieza de ulterior edificación e
identificación personal, había aparecido en el torno inclusero con el
cuerpecito del recién nacido Quirico y que él había llevado cosido
siempre sobre su camisa. Conviene advertir al lector no informado, que el
sesit hebreo, como el hayeb musulmán y el escapulario cristiano, es a
modo de un talismán religioso, exigido por el propio Jehovah en los Versículos
38 al 40, capítulo XV del Libro de los Números, donde Este ordena:
"Habla a los hijos de Israel y diles que en los remates de sus mantos
o togas pongan siempre unas franjas de color de jacinto", amén de
cuatro cordones de a ocho hilos por cordón, formando un verdadero equipo
como los de los aborígenes americanos y canarios, pues que los cordones
van atados en nudos y en cada uno de estos nudos están simbolizadas las
cuatro letras de iod, he, van, he del sacrosanto Nombre impronunciable del
Señor. ¡Y el sesit en cuestión, antaño pañolito blasonado del "título",
el tema del adagio consabido!
La anciana, asombrada en grado sumo cual si se hubiese mostrado
ante sus ojos la propia raza ardiendo del profeta Moisés, abrió los
brazos, transfigurada, y con ellos apretó contra su corazón a Quirico,
confundiéndose con él en abrazo maternal, ¡un abrazo astralmente
transmitido quizá por aquellas dos mártires que también les abrazaban
sin duda desde el Cielo!
-Ahora sí que puedo morir tranquila después de cumplir el
testamento de la pobre diva que con sus propios dolores alegró desde las
tablas del bel canto, las noches de los demás, los siempre crueles cuanto
hastiados espectadores!- terminó diciendo la anciana al desprenderse de
los brazos de Quirico.
Y saliendo hacia el vestíbulo, volvió al momento, portadora de un
gruesísima paquete de papeles de música, que, desenvueltos, mostraron
ser otras tantas composiciones musicales de puño y letra de la diva: ¡los
mismos papeles originales confiados en secreto de raza a la señora
Verdejo y cuyas copias, tomadas por los originales mismos, habían sido
quemadas por el estúpido testamentario sobre la tumba de aquélla, según
se había dicho ya...
-¡Toma: ahí lo tienes todo. Los cantos de harpa y de cítara, los
dos instrumentos del hebreo; las óperas de la raza proscrita que nunca
llegaron a ser representadas, pero que acaso algún día por tu mediación
lo serán y, sobre todo, a la cabeza de todo, y en letra o notas de tu
abuelo paterno y de tu padre que algo unían también de músicos, el
adagio de la Cuarta Sinfonía de Beethoven, ese dulcísimo adagio, ese
arrullo de palomas que en nido amante protegen a su cría... ****** VI
Marchó la anciana, dejándonos estupefactos. Quirico recogió con
veneración religiosa la hebraica presea de su madre y reponiéndose un
tanto, exclamó:
-¡Ya hallé lo que inútilmente he buscado durante años! Mi
ejecutoria de nobleza, mi efectiva partida de bautismo, si de bautismo se
puede hablar tratándose de un hebreo, está aquí. Los demás, queda de
mi cuenta y aún de la tuya, si ayudarme quieres.
-Con toda mi alma-, respondíle.
-El triunfo es nuestro, si sabemos obrar con prudencia y con fe. ¡Sígueme!
y tomando su sombrero, me arrastró hacia la calle y hacia nuestro paseo
favorito del estanque sagrado que ya conoce el lector. Sitio adecuadísimo
para tomar resoluciones sabias bajo el consejo de la divina tranquilidad
de los campos, donde la Madre-Naturaleza se presenta en todo su esplendor. Una vez allí, continuó Quirico:
-Ya lo has visto: mi madre, la artista insuperable, nunca perdió
la esperanza de legalizar mi situación anómala, y aunque la muerte la
sorprendiese en este trabajo, almenas me legó quizá un medio de
comprobación, un documento vivo, que yo sabré hacer valer en este país
nuestro, que, como todos los países europeos, que se dicen civilizados,
no otorga a las inocentes víctimas de la pasión de los hombres un medio
legal de investigación de la paternidad.
Por si algún antecedente te faltase para formar juicio exacto de
la verdadera filiación mía, sábete que mi padre el conde de ..., -ese
virtuoso prócer tan querido de todos como hombre de recta conciencia,
vive aún retirado cual un moderno Cincinato en esa linda quinta que ves
ahí abajo rodeada de verdura. Todos le alaban como hombre de probidad
intachable... verdadero sol, si quieres, pero que, como todos los soles,
no esta libre de ostentar alguna mancha en su disco y de haber padecido
algún eclipse...
¿Le mantendrá vivo aún el Destino, a pesar de sus sesenta años
corridos, y de sus achaques para permitirme lavar dignamente la culpa que
antaño cometió y en la que pocos o ninguno podría tirarle la primera
piedra, como dice la célebre sentencia de Jesús? Yo así lo creo, al
menos.
Hay además una confianza bien lógica.
El padre del conde, mi abuelo paterno, esa fiera de carácter que
ha hecho de mí la inocente víctima, propiciatoria, ese hombre de otros
tiempos que todo lo cifraba en puntillos de honor y en pujas de dignidad
mal entendida, acaba de morir, como sabes, hace dos semanas, ¡cosa extraña
y que pregona una vez mas que la llamada casualidad no existe, sino que
una secreta ley de casualidad que lo abarca todo, rige soberana en el
mundo, aunque sea incomprensible para nosotros todavía, porque no
merecemos el poseer su secreto! La muerte de mi abuelo ,repito, como
recordaras, precisamente en el mismo día y hora en que, pasando nosotros
dos por frente al Hospicio Provincial oímos preludiar el famoso adagio
queme hizo intempestivamente llorar. ¡ Llorar sin saber por qué
entonces, pero ahora sabiéndolo!
-¿Crees entonces que por causalidad y no por casualidad pura y
simple, los momentos aquellos en que el linajudo terco de tu abuelo, firme
siempre en lo del linaje y el abismo religioso moría, guardaron alguna
relación secreta con el oír nosotros el consabido adagio y el echarte tú
a llorar?-, interrumpíle.
No te quepa duda alguna. La justicia de los hombres, no es más que
necedad e injusticia. Vanidad de vanidades, que dijo Salomón. Pero estoy
seguro, y mas desde hoy, de que hay una ley natural; una lógica de las
Esferas, una Providencia, si quieres, que restablece, al fin, en otra vida
o en ésta, la justicia perturbada, y con tanto más rigor cuanto más
honda o más duradera fuere la perturbación. Sin eso el mundo no existiría,
porque habrían acabado por desquicia de las locuras, maldades e
insensateces de los hombres.
-Es decir que...
-Es decir que, en efecto, como enseña Platón, en uno de sus
mejores Diálogos, el mayor mal del hombre es el de cometer la injusticia,
y si alguno mayor hubiese sería el de no recibir aquí abajo la sanción
de ella e ir así manchado a la otra vida. ¿Cabe cosa más elocuente
ciertamente que el ejemplo que nos ha dado la parálisis horrible de ese
anciano enérgico pero equivocado, atormentándole durante veinticinco años,
hasta el mismo momento de su muerte de cerca de los noventa? ¿Crees tú
que a esa edad y en esas condiciones, es un placer el conservar la vida, o
es mas bien un efectivo castigo?
-Mira- continuó proféticamente Quirico-. Yo creo en la Huestia
gallega y asturiana,
como secretamente ha reído en ella toda mi raza. Religión alguna, por
dura que fuere en sus fallos y dogmas, puede rechazar la piadosa creencia,
que tú quizá ni conocerás siquiera.
-Es verdad. No la conozco.
-Pues vas a conocerla y a creer en ella desde hoy, o no formaré
buen juicio en lo sucesivo, ni de tu talento, ni de tus buenos
sentimientos.
Sábete que es universal creencia celta y semita la de que, cuando
un hombre digno va a morir, una doble hilera de blancos fantasmas, de
seres del más allá de este mundo que no es sino la continuación de este
mundo mismo, rodean la casa mortuoria; dan siete vueltas con sus cirios
encendidos en torno del lecho del moribundo cuyo doble acaba por marchar
con ellos, dejando la lúgubre procesión tras sí un cadáver más, es
decir la envoltura carnal del verdadero hombre físico que, como todas las
fuerzas de la física, es invisible para los carnales ojos. de
los vivos. Algo, en fin, como aquella procesión de encantadores que
vienen hacia el gran Don Quijote en la selva para hablarle del desencanto
de su Dulcinea, o mejor como ese entierro de sí mismo que ve después de
muerto el estudiante de Salamanca, de Espronceda y Don Juan Tenorio, el de
Zorrilla.
La voz de la sangre, que no es sino la oculta voz de la Naturaleza,
es entonces más poderosa que nunca, y esa voz, esa fuerza oculta
avasalladora, actuando sobre mí, me llevó como por la mano a pasar por
frente al Hospicio de mi infancia, al Hospicio donde me condujeron crueles
los absurdos prejuicios ancestrales de mi abuelo el moribundo, para oír
al paso ese adagio de la sinfonía beethoveniana al que debo la
existencia, adagio cuyas notas en el momento supremo de abandonar aquél
sus carnales vestidura era seguramente para él un recuerdo amargo
retrospectivo, una acusación, un pasaje terrible del Libro
-¡Me lo explico!-, respondí, convencido.
-Pues si te lo explicas y eres mi amigo sincero, ven ahora mismo
conmigo, porque me da el corazón que éste es el momento decisivo de mi
vida. ¡Sígueme!
Y, sin que yo pudiese acertar la razón de ello, me dejé llevar
ladera abajo, hasta la suntuosa, poterna del jardín y de la quinta del
conde.
VII
El suntuoso retiro del conde de ..., emplazado en la ladera que
media entre el lago de la altura y la ciudad de más abajo, era una de
esas quintas maravillosas que suelen ser ornato de nuestras linajudas
poblaciones medievales todo austeridad y todo tristeza de tiempos que
pasaron para no volver. Una verja de labrados hierros cercaba la docena o
más de hectáreas de una tierra roja todo energías vitales, regada por
la toma de aguas del estanque, cuyas linfas corrían en risueños canales
por entre una verdadera selva de árboles seculares, interrumpida a
trechos por macizos de arbustos: rosales, vides y espinos albares en plena
florescencia de primavera. La arenosa senda de entrada con sus muretes de
boj se encaminaba recta hacia el palacio bajo toldo de madreselvas y
enredaderas, hasta los pies de una escalinata de mármoles portugueses
sobre cuya estrada amplísima, exornada también de plantas raras en artísticas
macetas, se alzaba un edificio plateresco, de dos pisos coronado por
terrazas desde las que se dominaba el panorama entero de la ciudad.
Un portero galoneado de quinas portuguesas, leones y castillos,
flores de lis y otros emblemas nos recibió ceremonioso y nos introdujo
hasta un vasto salón de espera, que en panoplias cuajadas de mil clases
de armas, viejos trofeos de caza y de guerra, muebles de estilo, y vasos
preciosos, resultaba un verdadero museo en el que no se sabía qué
admirar más, si la riqueza, el gusto o el recuerdo. Un viejo clavicordio,
que desde el primer instante atrajo la atención de mi amigo, aparecía en
el ángulo más íntimo frontero de la soberbia chimenea, mal cubierto por
un espléndido pañuelo de Manila cuyas sedas multicolores de bordado
conservaban a pesar de los años su vivo colorido.
-Su excelencia no recibe a nadie-replicó un segundo criado
galeoneado, venido
de las habitaciones interiores-, a no ser que...
-A nosotros sí que nos recibirá sin duda, porque hace años que
nos espera replicó Quirico con un acento tal y tan autoritario que el
criado, haciendo un mohín de displicencia, acabó por ceder.
Un momento más y la puerta interior del salón se abrió dejándonos
paso a una salita intermedia por la que penetramos al gabinete del
anciano, un verdadero camarín, un nido de comodidades a la antigua usanza
en lo que colegir pude a primera vista.
El anciano conde, sentado en señorial poltrona al lado de una
apagada chimenea y de una mesita llena de libros y papeles, apareció
cubiertos los pies por rica piel de leopardo contra la que se recostaba un
fiel y simpático lebrel que alzó la cabeza sin atreverse a ladrarnos. La
erguida estatura del prócer, su pelo como la nieve, sus arrugas
venerables, su mano aristocrática en la que lucía valioso solitario, me
predispuso, en el acto, en su favor. Sus vivísimos ojos, fulgurantes aún,
a pesar de los años, se clavaron en nosotros con muda interrogación:
-¡Padre!...-prorrumpió con patético acento Quirico, echándose
inmediatamente a sus pies.
Aquel exabrupto, aquella sola palabra en la que Quirico lo
compendiara todo y lo comprometiera todo, hizo saltar al anciano sobre su
asiento, como al contacto de una descarga eléctrica. Pero Quirico, sin
darle tiempo al conde para rehacerse ni a interrogar, continuó:
-¡Sí, padre y señor! Porque hoy que todo ha cambiado para
entrambos, os
puedo dar con orgullo y amor este sublime título.
-Hablad pronto, desconocido e imprudente joven, porque me matáis
sino- balbució el conde, pálido como la misma muerte.
Quirico no le dejó continuar y cogiéndole las manos entre las
suyas, añadió:
-Extrañaréis, señor, esta brusca e inopinada presentación tan
fuera de los usos corrientes, pero cuando habla el corazón en su lenguaje
supremo, los convencionalismos sociales quedan como letra muerta. Dignaos
escuchadme sin interrumpirme. Luego haréis lo que os plazca de mí.
Y, sin desasirse de las manos del anciano, con acento solemne
aunque sumiso, Quirico hizo historia de todo su pasado, historia que el
conde escuchó rígido como una estatua, pero con una creciente tempestad
de afectos encontrados que a duras penas lograra disimular.
No hay pluma de escritor alguno capaz de describir el patético
relato que el joven músico fue haciendo de su asendereada, vida, desde el
día en que fuera abandonado en el torno del hospicio y entregado a
lactancias mercenarias hasta el momento de la visita de la señora de
Verdejo dándole la prueba material de su filiación hebrea, que el lector
conoce ya.
Yo mismo que, en líneas generales, sabía la vida entera de
Quiriro, estaba admirado al oírle el acúmulo tremendo de luchas y
dolores que a lo largo de una existencia de continuo esfuerzo habíanle
combatido como frágil barquilla,
Yo, testigo mudo de la escena, seguía grado por grado la evolución
psicológica del conde y le vi, primero sorprendido, casi indignado por la
osadía del intruso; luego ruborizado y contrito cuando lo del niño
abandonado en el hospicio; después curioso y conmovido en las más íntimas
fibras de su carácter caballeresco al, ver cómo aquel abandonado vástago
de su familia, por causa de su belicosidad ancestral, a no dudado, había
sabido luchar tan bravamente con los hombres y con las cosas, navegando
siempre contra corriente, como todos los héroes, por el insondable piélago
de la vida. El orgullo de casta, la fibra entera, por decirlo así, de su
blasones, tomaba carne y sangre en las escenas aquéllas del relato,
escenas a las que la emoción y la sinceridad prestaran irresistible
encanto.
Pero cuando los miembros apergaminados y avellanados del anciano
temblaron bajo el frío soplo de la superstición cristiano-pagana, fue
cuando llegó el pasaje aquél del adagio oído por Quirico al pasar
frente al Hospicio Provincial en los momentos mismos en que al abuelo, al
decir del narrador, se le llevaba la Huesta.
-¡Hijo!;¡hijo mío!- gritó, al fin, fuera de sí el anciano,
abriéndole los brazos-. No digas mas; no me presentes ni hables de prueba
alguna. Los muertos mandan y en ello yo he escuchado la voz de ultratumba,
tanto y más que tú. Óyeme tú, a tu vez, pero así, a mi lado, oprimiéndote
contra mi pecho, pues que ya como hijo ocupas mi corazón, ¡ Mi corazón
que siempre, aunque no lo creas, ha latido por ti!
Y haciéndole acurrucarse a su lado, y haciéndome sentar en
frente, el anciano, un poco más dueño ya de sí, continuó:
-Mira: Los momentos más ciegos, más apasionados del amor al que
debes el ser se desarrollaron precisamente cuando tu madre; tu hermosísima
madre, ¡mujer mil veces más noble, ay, que yo, a pesar de mis vanos
blasones!, se sentaba al piano e interpretaba soberanamente, como ella sólo
sabía hacerla, las obras del maestro atormentado y amante como ella. Con
decir que una vez en que mi padre, sin ella saberlo, la oyera en mi
concierto el tal adagio, le hizo vacilar en sus rancias preocupaciones de
casta, te lo digo todo! Pero pudieron más en él siempre dichas
preocupaciones, y ésta es ,la causa sin duda de que se
haya retrasado más de lo justo este momento, para mí felicísimo, en
que, rindiendo homenaje a tus virtudes y sacrificios, vas a ser mi hijo
ante los hombres como siempre lo fuiste ante Dios.
Y pues el tiempo apremia, porque una voz secreta me dice que mis
tristes días están contados también, ha llegado el momento de obrar, ya
que ha podido más en mi conciencia esa voz de ultratumba del amoroso
adagio que cuantos documentos materiales de filiación me hubieras quizá
podido presentar tú.
-Pero hay uno, padre mío, que me permitiréis, sin embargo, que os
muestre, y es éste que veis- aquí.
Diciendo estas palabras sacó Quirico la santa presea que, guardada
con la mayor veneración, llevaba como sabemos. Depositóla en manos del
anciano, quien la recibió lloroso y la besó como se besa una reliquia de
alguien querido que se fuera para siempre ya, añadiendo:
-Sí. Es la misma con la que en días de intimidad y de pasión, tu
madre realzara en opulenta belleza; el documento más feaciente de la
hebraica raza, pues que recuerda según el Exodo la especial protección
dispensada por el Señor a su pueblo elegido sacándole milagrosamente de
la esclavitud moral que Moisés y los demás profetas ocultaron
cuidadosamente al conocimiento vulgar de los suyos, reservándole para ser
él revelado como uno de los mayores secretos de la Mercaba y de su
misteriosa iniciación en el adytha del Templo de Israel. ¡Guárdala tú,
hijo mío, como prenda de amor, de consuelo y de salvación, y déjame en
cambio a mí el obrar como deseo!
El anciano tiró de un grueso cordón de seda que pendía a su
lado, llamando al criado que se presentó en el acto.
-Toma inmediatamente el coche, ve a la ciudad y traemé en él al
notario y a mis dos amigos, mis dos amigos íntimos que ya sabes, porque
son los dos únicos con los que trato desde que me retiré del bullicio
del mundo: Diles que yo les llamo y que les agradeceré en el alma no
retrasen su venida ni un momento.
El criado se inclinó reverente y partió como una flecha.
Instantes después el alegre campanillo de las mulas y el sordo rodar del
coche por la arena de la avenida, nos reveló que la orden del conde era
cumplida con toda celeridad.
En el interín de la forzosa espera el anciano nos embelesó con el
emocionante relato de su pasado de amor; las luchas con su padre que llegó
a amenazarle de desheredación y hasta de muerte quizá si persistía en
unir su nombre ante la Ley con el de la incomparable hebrea, y las
virtudes sublimes de esta última que prefirió sacrificarse a
sacrificarle, consagrándose por entero a su arte musical que, con su
celeste idealidad extrahumana, es efectivo consuelo de todas las miserias
y dolores de este bajo mundo. Su relato, tan parecido por sus características
de profundidad y de pasión al que harto bien conocido me tenía yo de
Quirico, era un curso entero de psicología digno de ser reproducido aquí
por mí si a tanto alcanzase mi impericia. Duró el tal relato mas de una
hora, que nos pareció un simple minuto, y al cabo de ella, el ruido del
coche que regresaba nos hizo sabe que ya llegaban los llamados de la
ciudad. En efecto, al punto los tres penetraron solícitos en el salón.
-Poco os tengo que molestar, mi buen notario y mis excelentes
amigos. Se trata simplemente de otorgar mi testamento abierto en el que,
no os sorprendáis, yo, soltero y sin lazos ya de familia, reconozco a
este joven que aquí veis como a mi hijo, mi hijo amado a quien las
preocupaciones sociales o más bien quizá el dedo providente del Destino
que así ha querido educarle en el abandono y la pobreza que es la escuela
de los verdaderos héroes, ha mantenido tristemente alejado de mí tantos
años, y que viene ahora a endulzar los no muchos días que me resten de
vida...
El notario, reverente y solícito se puso en el acto a escribir las
cláusulas testamentarias bajo el dictado del anciano, como es práctica
en casos tales. Redactado con bastante rapidez el solemne documento y leído
con toda detención al otorgante, fue seguidamente firmado por él y por
los testigos, haciéndoseme a mi el honor de ser uno de ellos, con gran
complacencia mía.
-Y ahora, a cenar todos conmigo, en el más augusto día de mi
vida-, dijo el anciano levantándose y echando a andar delante con un
vigor desconocido para lo que permitían esperar sus achaques.
Todos le seguimos gozosos, atravesando varios salones de aquella
principesca estancia y en los que estatuas y retratos de familia parecían
regocijarse a nuestro paso como si una ráfaga de felicidad ultraterrestre
hubiese descendido allí...
¡Hasta el viejo clavicordio arrinconado luengo día sin que mano
alguna se posase en su teclado marfileño desde hacía lustros, pareció
alegrarse a su vez dejando entreoír astralmente quizá para los dos héroes
de aquella cena, padre e hijo, el adagio misterioso de la Cuarta Sinfonía!... ****** VIII
Lector: el epílogo de esta novelada historia fue tan feliz como
triste había sido hasta entonces la vida de Quirico, ascendido de simple
hospiciano y director luego de la hospiciana Banda, a conde efectivo de
... por una de esas sorpresas maravillosas del Destino, sorpresas
abundantes sin duda en los relatos de Las mil y una noches, pero nada
raras también en la vida de los buenos, contra lo que suele creer nuestro
escepticismo.
En la quinta, al lado de su padre y consolándole en su ancianidad,
vivió mi transfigurado amigo días de feliz compensación a sus viejas
amarguras, hasta que aquél durmió con los suyos el sueño eterno del
insondable más allá.
Cualquiera podría pensar, por ser lamentable experiencia de
nuestros posivismos egoísta que la psiquis sencilla y noble del ex
hospiciano, habría cambiado con su inesperada fortuna.
Pero, no; todo lo contrario. En aquel nuevo ambiente de comodidad,
grandeza y abundancia, Quirico fue, si cabe, mejor aún.
A ello contribuyó no poco un hecho final de aquella cadena de
inverosímiles acontecimientos favorables, que decidió el porvenir artístico
del joven como los otros habían decidido su situación social. Es a saber
que el anciano, la noche misma de su testamento, rodeado de todos sus
comensales le había llevado de la mano hasta la espléndida biblioteca en
cuyo rincón de preferencia, medio oculto por rico tapiz de Goya, aparecía
un armarito de caoba lleno de manuscritos de
¡Eran los viejos papeles de las composiciones de su amada madre,
papeles que al ir a ser quemados por el testamentario, según disposición
postrera de ella, habían sido hábilmente sustituidos por otros! En
ellos, pues eran verdaderamente geniales e inspirados, supo hallar el
inteligentísimo maestro, de allí a pocos años, la base para hacerse una
celebridad musical al estilo de la de Mendelssohn-Bartoldi.
¡Cómo que en ellas logró verter toda la poesía de su materna
raza gigante y proscrita! ¡La eterna raza de Judá y de Israel, madre, a
su vez, del Cristianismo!
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| (sign. 2080) |
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