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Roso de Luna |
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El misterio de Quirico
A
mi querido amigo don Manuel L. Ortega.
Quirico el Expósito, el músico mayor de la Banda del regimiento
de infantería que guarnecía a la capital de cierta provincia por
aquellos lejanos tiempos de mi juventud, me dijo un día que, paseando,
cruzamos por frente al Hospicio Provincial y escuchamos preludiar a los
chicos de la Banda hospiciana el adagio de la Cuarta Sinfonía de
Beethoven:
-¡Oh ese dulcísimo
adagio, ese arrullo de palomas que en nido amante protegen a su cría! ¡Si
vieras el placer y el daño que a la vez me produce ese adagio inefable,
empapado en la infinita melancolía de lo sublime!
Y se echó a llorar...
Para que el fuerte Quirico llorase tenía que haber un motivo más
que justificado: ¡él, que, impasible, siendo corneta del 2º de
Zapadores, había oído silbar las balas rifeñas como silba el viento de
Marzo!; ¡él, que tocaba al lado del general Margallo el día en que un
certero disparo enemigo hizo rodar muerto casi a la puerta de su tienda al
montanchego bizarro !¡él, que tenía la Laureada por méritos de su
valor sereno, y que una vez famosa siguió tocando como si
-Perdona, chico, ésta mi emoción-me dijo Quirico, ya repuesto
tras un rato de silencioso caminar de ambos hacia el depósito de aguas de
la ciudad, estanque espléndido que en tiempos romanos fuera un lago
sagrado, una piscina de las que no faltaban nunca en los bosquecillos que
rodeaban a los templos de Diana o Ataecina, la triple diosa lunar del
cielo, de la tierra y del infierno.
-Ya conoces la teoría del leit-motif que sirve de base a todas las
concepciones beethovenianas y wagnarianas. Este dichoso adagio que
estremece hasta la fibra más honda de mi corazón, es el tema musical de
mi vida entera de huérfano y desheredado.
-Sí- respondíle-; sé, aunque no tan bien como tú, que existe un
secreto vínculo emocional entre ciertos grandes momentos del espíritu y
la música que, al azar, en tales momentos se oye hasta el punto de que ya
en lo sucesivo, sean cuales fueren las circunstancias del caso y la
distancia de los años, como si música y emoción fuesen una cosa misma,
el resonar de la una acarrea de un modo fatal la recordación del otro en
nostalgia inenarrable. Sin duda que ese segundo
-¡Que si se hallan! ¡Di, más bien, que el tal adagio y mi alma
son una cosa misma, porque él es mi nota, mi historia, mi amor, mi desesperación y mi destino!
Nueva pausa y nuevo silencio, o sea nuevo diálogo mudo de dos
almas amigas, llenas ambas del anhelo de lo desconocido, almas que saben
comprenderse sin preguntarse en la fraternidad espiritual de cuantos aman
la música.
Así llegamos a la orilla del lago que surte de aguas, semipotables
no más, a la histórica ciudad y bajo un ambiente primaveral propicio a
las confidencias, nos sentamos en la orilla, empezando a echar inconscientemente terroncillos y chinas a las aguas tranquilas.
-Es cierto- exclamó Quirico como sacudiendo ensimismamientos y añoranzas-.
Las emociones se suceden en nuestro pecho como las ondas que las
pedrezuelas esas producen en el agua. Cada pedrezuela es una emoción que
cae en nosotros desde el ámbito de lo desconocido y cada onda concéntrica
que se va alejando del sitio en que cayera la piedra es el recuerdo de la
emoción, el eco de ecos de la emoción misma que avanza hasta la orilla
para luego reflejarse en ella y producir otras ondas secundarias que
vuelven hacia el centro del que irradiaran, para en nuevo reflejo desde el
centro, producir ondas de tercer grado, invisibles ya, pero teóricamente
ciertas e indefinibles. A no ser por la inercia del medio, estas ondas
continuarían físicamente siempre, y ¿quién sabe si la ley de la
inercia, que es ley de la materia, no se da también en el reino de las
almas y si en este último ámbito la piedra moral que cae determina una
eterna vibración concordante que a nosotros viene, en nosotros rebota, de
nosotros sale y a nosotros vuelve en un vaivén sin fin?
.
Como se ve, Quirico empezaba a divagar de un modo alarmante.
Divagar por no querer concretar quizá, o más bien por el estado de ánimo
que producen en nosotros las nostalgias, sumiéndonos en el mundo de los
recuerdos, que es, el mundo del ensueño y de la nada... II
El Sol se acababa de ocultar. Sobre el dosel de nubes de color de
oro y de acero que le coronase en su triunfal ocaso, Venus, el astro del
amor, en conjunción con la Luna de dos días, recordaba sobre la grana de
los cirros más altos esas banderas musulmanas de Túnez, Egipto y Turquía
en las que tremolan unidos los dos celestiales luminares tal como los veíamos
a la sazón sobre los árboles y reflejándose sobre las ondas del
estanque, terso éste como un espejo, melancólico cual un lago de montaña,
ya que es privilegio único del crepúsculo vespertino el de realzarlo
todo, dignificarlo todo, hasta lo más vulgar. Un ruiseñor empezaba a
arpegiar junto a su nido, y dos palomas torcaces, venidas de los encinares
lejanos, como despidiéndose también del Sol y del día, hacían coro al
ruiseñor en el mágico silencio del ambiente con su urrú, urrú característico,
dos notas sincopadas idénticas al tema primero del adagio beethoveniano
que a Quirico le había hecho tan inopinadamente llorar. Al oídas el
noble hospiciano, como venciéndose a sí mismo, acabó por exclamar:
-¡0tra vez y siempre el tema del dolor y del amor; el tema mío y
el del maestro cuando los dos amábamos y, los dos sufríamos bajo los
rigores del Destino sin merecerlo! Es cosa singular... ¡acabamos de oír
a los niños del hospicio el consabido tema y ahora le oímos -a los pájaros
también!
-Perdona, mi buen Quirico- le dije como para disuadirle de su
obsesión-;
-Sí, tienes razón. Es profesor a medias o menos que a medias
aquel que da la letra de la enseñanza guardando para sí su espíritu. Yo
te estoy traicionando casi, puesto que, mal correspondiendo a tu anhelo de
cultura musical, te estoy cobrando las lecciones de armonía que
simultaneas con tu carrera, pero no
te he enseñado hasta ahora el alma de la música y, de los músicos y el
cómo una y otros son idénticos, razón por la cual la Fatalidad
implacable les hace sufrir quizá para que por medio del divino Arte
puedan transmitir su sufrimiento a las generaciones futuras y sus
consuelos también. Los consuelos que ellos se conquistan venciendo a la
Muerte y al Dolor! ¿ No recuerdas que el otro día te puse como ejemplo
el famoso largo e mesto de la sonata VII en el que se dibujan ya los pródromos
de la trágica sordera del Maestro y cuyas, tristezas desgarradoras, sin
embargo, culminan en un allegro o rondó que es ya una sonrisa seráfica
de consuelo y de triunfo; una Ascensión a los Cielos del Ideal musical?
Pues ahora le toca el turno, aunque mi alma, se desgarre contándolo, al
adagio de esta tarde: ¡a mi adagio de ayer, de hoy y de siempre!, porque
no sé quién dijo que todos los hombres y aun todas las cosas, tienen,
romo las célebres copas medioevales de purísimo cristal de Venecia, una
nota, mágica, una tónica esencial, capaz de hacerlas saltar en pedazos:
oculto "nombre", "vibración de conjunto", con lo que
aquellos pueden ser evocados en cualquier tiempo y lugar...
-Sí-repuse-; yo he oído decir que el Sama Veda indostánico está
lleno de tales notas o mautraus, de tal modo que pronunciadas ellas con el
ritmo y la entonación debidas pueden operarse los fenómenos mágicos más
extraordinarios, a la manera como en el relato bíblico los sones de las
trompetas sitiadoras pudieron derribar por sí solas las murallas de Jericó,
o como el ritmo acompasado de un regimiento de soldados en marcha puede
hundir por vibración simpática al puente de hierro mejor construido, o,
en fin, como la nota continuada de un timbre o de un violín nos podría
llegar a matar.
-Sí: la Física moderna misma nos enseña que en el mundo
"todo es vibración", y que "en el Principio era el
Ritmo", como dijo Hans de Bulow, el maestro cantor de Nuremberg. Pero
vamos a mi tema.
Era, colijo por los días aquellos del siglo diez y nueve en que
todavía no teníamos trenes, ni aun carreteras casi. Una compañía de
opereta acababa de presentarse en el Teatro Principal, aquel teatro que...
¡pero no divaguemos! La prima donna de la compañía era una mujer
inteligente y hermosísima, a la que se creía italiana por haber sido
educada en Italia, pero que malas lenguas la hacían ser una hebrea nacida
en nuestra ciudad. ¡Una blanca mariposa hija de "un título" y
de una gran pianista de Salónica a quien el título abandonó después,
cediendo a la presión familiar que no tolerara pasiones frente a su
"razón de Estado" nobiliaria, ni matrimonios más o menos
morganáticos entre personas de religión distinta y de diferente condición
social!
Lo cierto del caso es que, inopinadamente, después de unas cuantas
representaciones que hicieron época en las fastos pueblerinos nuestros,
la compañía levantó el vuelo hacia otros teatros lejanos, pero la diva
se quedó para siempre aquí, haciendo una vida excepcionalmente ejemplar,
consagrada, se decía, al estudio abstracto de la música y a la composición
de óperas bíblicas de gran espectáculo que nunca se llegaron a
representar y que un testamentario absurdo, fiel cumplidor de una postrera
voluntad, que nunca debió ser cumplida, se dice entregó a las llamas el
mismo día en que condujo a la compositora a su última morada, privándonos
quizá de joyas de un subidísimo valor pasional y teatral, según había
sido de accidentada y dura la vida artística de aquella excepcional mujer
que las concibió. Esta es la versión oficial y pública de la diva
misteriosa, versión que sin duda has oído contar, pues la verdadera es
muy otra, en lo que he podido colegir, ya que me trae harto de cerca, por
desgracia oportuna.
-Sin ambajes te digo- añadió mi amigo bajando la voz hasta ese
dulcísimo tono de las más íntimas confidencias-, yo; Quirico de la
Montaña, según mi filiación parroquial; Quirico Fernández de Jericó
en mi hoja civil y militar; Quirico el Expósito, en fin, al tenor del
mote con el que soy conocido en toda la comarca,
¡que soy hijo de esa mujer y nieto de ese título, que en tal caso
sería mi ascendiente materno. ¡Verás Por qué!.
Pero el buen maestro Quirico no pudo seguir en su confidencia. Un
grupo de estudiantes amigos que nos atisbaron al pasar, cortaron el relato
con sus alegres risotadas de jóvenes llenos de ilusiones del vivir, y nos
arrastraron con ellos hacia la población, la cual comenzaba a encender
sus luces como otras tantas estrellita s en el manto de la noche, que por
los campos se tendía ya. III
Yo he tenido la juventud más tranquila del mundo porque procuré
siempre tratar con gentes de más edad, quienes pudieron aleccionarme con
sus experiencias en las cosas de la vida, convencido de que, si la
experiencia, según cierta ,definición admirable, es "una panoplia
formada por todas las armas que nos han herido", tomar lecciones de
la sabia experiencia ajena es algo que puede evitarnos muchos días de
dolor.
Entre mis viejos mentores, gozaba de preferencia mi tesorero,
"si tesorero puede tener un joven" que sólo disponía de dinero
en los tres primeros días de cada mes. Este vejete, de tipo rabínico,
esté loro disecado, este "alfiler de cabeza gorda", como
festivamente le apodaban en la ciudad, era el bueno de don Vicente Verdejo
y Velázquez, monago de Santa María allá por los años del
pronunciamiento de Espartero; escribiente del Juzgado municipal desde su
fundación, notario eclesiástico más tarde y "ojito derecho"
del obispo siempre, porque con su saber curialesco universal, y con ser un
mundo andando de marrullería, se habla hecho el indispensable en la Corte
de Su Excelencia. Oriundo de mi mismo pueblo, era mi apoderado, a quien no
en vano me confiaron mis padres, porque supo apartarme de no pocos
peligros, darme cuartos en el momento preciso, y consejos y amonestaciones
que valían mucho más.
Preocupado como quedé el día anterior con el misterio de la vida
de Quirico, se me ocurrió preguntarle sobre ella a don Vicente, porque él
la tenía que saber, y si la sabía, conocedor de mi prudencia, cuanto de
mi sincero interés por el músico, podría darme datos que el propio
interesado quizá no habrá llegado a conocer.
-Sí, sí; es un caso raro el de ese pobre hombre. Yo lo sé bien,
porque dicen que lo sé todo, "más por viejo que por diablo". A
mí me contaron cosas de su madre, de su padre y de sus abuelos, que, por
ser de conciencia, no habré de revelártelas; pero sí puedo decirte las
que se, hicieron públicas a través de mi cargo, a saber: que Quirico, a
ciencia cierta, no sabe quiénes fueron sus padres, aunque lo presiente;
ni cómo se llama, ni en el año que nació siquiera, porque a los siete días
de venir al mundo en la casa llamada "del Pecado Mórtal", junto
al mercado de los Mostenses, de Madrid, fue abandonado en el torno de la
Inclusa, por imposición de su linajudo abuelo paterno, siendo inscripto
en Madrid en 1871 como Quirico de la Montañá, y luego como Quirico
"Fernández de Jericó", en el propio día, pero ya en nuestra
ciudad y en el año de 1873. Sin duda su madre, recién muerto el fiero
abuelo paterno por entonces, le hizo inscribir de nuevo, así, a ciegas y
fuera de la Ley, como nacido en este segundo año, para darse el consuelo,
ya que no de reconocerle, porque la habían obligado a casarse con otro de
su clase, al menos de ponerle su rabínico apellido, cosa fácil por
entonces, en que sobre estos asuntos no se hilaba tan fino como se hila
hoy (1). Luego de nacer, como ya sabes, crióle a Quirico una
nodriza de tu pueblo, y a los siete años le volvieron al Hospicio de la
ciudad, haciéndole objeto de durísimos tratos por su carácter soñador
y rebelde, que tan mal (1)Como
toda novela suele tener una base real, de igual modo que toda
realidad tiene algo de novelable, te empeño, lector mi palabra de
caballero de que este personaje aquí novelado existe, y que él, a estas
fecha merced al piadoso lío de las certificaciones civil y parroquial, no
sabe bien ni cómo se llama ni qué día ha nacido, ni en qué pueblo, según
él mismo nos lo confiesa en cartas muy sinceras que hemos tenido a la
Vista al pergeñar esta pobre, pero verídica
noveleja, carta en la que se expresa así: “A los siete días de nacer,
y por imposición de mi abuelo materno, fui a parar al páramo del torno
del partido, y a los tres días de Inclusa a poder de un ama del pueblo
que usted sabe, hasta la edad de siete años, en que fui reingresado en el
Hospicio Provincial hasta los diez y ocho. En este largo tiempo jamás oí
una frase cariñosa ni alentadora, y toda mi obsesión se reducía a
librarme de los latigazos de los celadores, a quienes disgustaba mi nativo
e independiente carácter liberal. Esta frialdad ambiente me hizo amar la
filosofía, según como se podía entender en aquella edad, y fui
aficionadísimo a las lecturas extremistas, hasta el punto de, porque leía
El Motín, recibir con gusto palo y encierros. En cuanto tuve edad escapé
de aquel infierno, sentando plaza en el 2.° Regimiento expedicionario de
Marina, y con él fui a África, pasando las morás, como vulgarmente se
dice, y deseando ascender, tal era mi dicha, a la calidad de espíritu
desencarnado. Tal era, repito mi estado de ánimo a la sazón. Al ser
licenciado sentí las "caricias del hambre", y regresé a
nuestra ciudad. Y ahora entra en escena un nuevo personaje: el ama del
sacerdote director del Hospicio, amiga de la que yo ignoraba que fuese mi
madre, y por aquélla supe que, cuando mi servicio, esta última le había
escrito una carta interesándose por mí y preguntando si era vivo o
muerto, pero sin revelarse como mi madre. El ama en cuestión tuvo a bien
guardarse la carta, creyendo que era yo quien la había fingido, y cuando,
ya de regreso de Marruecos, fui a visitarla, ella se desató en
improperios contra mí, y sacando la carta me la hizo leer. Un vuelco de
mi corazón me reveló el resto: busqué a mi madre, y una vez encontrada
y tratado nos hemos convencido ambos de la tristísima realidad de que no
somos libres, ¡Ironías del Destino!, para tratarnos y amarnos, porque se
interpone entre los dos el marido de mi madre, un verdadero tirano,
impotente, sin embargo, contra la ley natural. Y vea usted por tanto, que
me encuentro con que mi padre vive; casado por tercera vez, y mi madre
también, casada con otro que no es mi padre: ¡dos casas y las dos
cerradas para mí! El Karma, que decimos los teósofos, nos ha acercado en
cuerpo, pero nuestras almas tienen que entenderse como
si estuviesen en diferente planeta...
En pugna, en fin, mi
personalidad civil y militar con la eclesiástica, me pregunté;
fundadamente. ¿Quién soy yo? ¿Cómo me llamo? ¿Qué año realmente nací?
Todo ello, por supuesto, lo soluciono tirando por el camino más corto, o
sea el de vivir sin preocuparse del mote que me quieran dar, pues creo
tener una individualidad responsable, que es la única que me interesa que
brille con la pureza del bien obrar...”
El mismo me lo
describía
El Verdejo de la cabeza gorda de alfiler y gafas curialescas de
buho eclesiástico, calló; y después de saludar sacristanescamente al
buen Quirico, que, en efecto, entraba, se alejó de mi casa, dejándome a
solas con él, pretextando no sé qué urgentes ocupaciones. IV
-Cortada por tus condiscípulos la conversación de ayer en el Depósito
de las aguas- me dijo Quirico después de unas cuantas frases de recíproco
afecto, procede, creo, que sustituyamos la lección del día por algo de música
trascendental, de mi música, porque has de saber que, para mí, la música,
el Arte supremo, la Arquitectura trascendente de la Nota y del Ritmo,
puede decir en su abstracto lenguaje lo que no alcanza a decir la palabra
hablada.
Quirico se animaba por grados: su ademán era solemne y augusto; su
mirada, antes vulgar, despedía el Fuego Sacrosanto, de los Iniciados.
-Yo creo que los músicos no hacen ni inventan la Música, sino que
ella es algo divino, inefable y abstracto existente por si mismo, y que se
va manifestando en la vida través de ellos, a los que toma como meros
instrumentos. Algo de lo que luego, por reflejo, vemos en la misma
orquesta, de un motivo cualquiera, vago y fugaz, que va tomando cartas de
naturaleza. Primero en un instrumento solo luego en otro, después en dos
o más, y por último en todos de un modo triunfal. ¿No recuerdas, por
ejemplo, que en diversas obras clásicas el oboe o haut-boe, "el alto
niño", como traducía del inglés un músico medio loco que tuve en
la Banda de Melilla, el que con su nota gangosa y astral parece arrebatar
al mundo del ensueño un motivo del que al punto se apoderan el fagot y
las trompas para pasar luego a la cuarta cuerda de los violines, al
violoncello, a las violas y clarinetes, al resto del viento y al metal en
wagneriana sonoridad? Pues lo mismo, exactamente lo mismo pasa con los
grandes Maestros. Unas notitas de una rarota fuga del divino Bach pasa a
ser en Beethoven el final del último tiempo de la, Quinta Sinfonía; un
motivo de danza de la Invitación al wals, de Weber, sirve de tema a
Wagner para el Idilio de Sigfredo, como la contextura de la obra 22 de
Mozar, con su juego de viento y de cuerda, es la base absoluta de toda la
contextura sinfónica de las Nueve musas o Sinfonías beethovenianas,
y como una nota, una nota sólo del segundo tiempo de la sonata 27 del
maestro de Bonn es la nota cumbre de Parsifal. La gran Sinfonía de Sinfonías
de la ópera moderna a través de la trilogía de Bach-Mozart-Beethoven-
Wagner es la que da motivos corales en el primero, de viento en el
segundo, de cuerda en el tercero y del metal en el cuarto. Porque en a música
todo es orgánico, todo es según una inestudiada ley numérica de
unidades, decenas, centenas, millares; quiero decir que la armonía es la
variedad en la unidad, lo mismo en la lógica musical que en la música de
la Naturaleza: el motivo más simple lanzado al azar, sin pretensiones,
por un instrumento va evolucionando primero en el instrumento mismo que,
le lanza; luego, como dije, en otros, pero en medio de su desarrollo,
aparecen en los grandes maestros unas notas largas, que son como las
piedras llamadas pasaderas que enlazan pared con pared y aun edificio con
edificio, trabándolos entre sí para mayor consistencia, notas como las
que se oyen en el primer tiempo de la Pastoral o al final de la overtura
de Tanhawser, natas largas con las que se escala el cielo, notas en las
que queda también un autor para que sobre ellas comience a trabar un
nuevo edificio musical otro nuevo compositor. Si fuese filósofo me
atrevería a decir que un Ser Superior, una especie de Divinidad Pagana es
la que se ha manifestado a través
-Me dirás que a qué viene todo, este largo preámbulo, pero él
es necesario a la gran revelación de mi vida, para que ni me tomes por
loco, o mejor para que me tomes por loco de remate quizá. Porque ya que
soy todo música, me creo hijo, así como suena, del adagio que ayer, al oírle
de paso a tu lado, me hizo llorar, y él ha entrado como argumento en la
novela de mi vida que precedió, como sabes, a mi boda; mas antes dime: ¿conoces
mi pasado como le conoce la ciudad toda? Si le conoces me ahorrarías
explicaciones, y si no...
-Conozco- le insinué con leve movimiento de cabeza -el impío mote
que te dan...
-Pues eso me basta para evitarme el enumerarte detalles enojosos,
aunque de ellos no sea, en verdad, el responsable. Mi santa madre, que era
también una reencarnación de la música, sin duda amó, como ama todo
artista sincero, es decir, con, el alma y el corazón, sin pararse a
considerar sociales convencionalismos, muy desafinados por lo mismo que
son siempre rutinarios. Y si amó y conoció la Obra del amor del Maestro
cuando enamorado de Julieta Guichiardi compuso en añoranza de su amor
imposible el "arrullo de palmas" del célebre adagio, como conocía,
sin duda, toda la filiación de amor imposible en que Wagner apoyó el
Tristán, ¿qué de extraño tiene que le dejase grabado también en mi
alma de huérfano y hasta en mis ropas incluseras como pieza de
identificación para un mañana de libertad?
Pero esa libertad, ¡ay!, no llegará jamás, como no nos llega
nunca la liberación verdadera de las cadenas materiales sin que le
preceda la muerte, que es la gran libertadora en el resplandeciente
"Más allá". Llegue o no llegue, sin embargo, nadie podrá
impedirme, en este solemne momento, que desahogue en tu pecho amigo la
pena de toda mi alma, al par que te doy la lección más honda de música
que nadie te pueda dar.
-Bien, amigo y maestro-interrumpíle mientras le servía el jerez y
bizcochos de las clásicas once-. Reconfórtese con este aperitivo y hable
como quien se confía a un verdadero hermano espiritual.
-No aquí, sino en el piano, es desde donde debo darte esta lección
teórico-práctica de la música y del amor: ¡del Amoral que debo el ser!
Y con inspiración tan beethoveniana que en momentos parecía
transfigurarle en el Maestro mismo, después de él apurar su copa me hizo
tocar con él, a cuatro manos primero el Allegro o tiempo inicial de la
amorosa sinfonía, y en seguida los dos pasajes fundamentales del adagio,
cuyas notas transcribiría aquí gustoso, en pentagramas si no, temiera
ofender la ilustración del lector, a quien recomendamos al menos, para
mejor comprender estos renglones, las vea u oiga en la propia obra en
cuestión.
-Mira bien- me decía inspirado cual bardo de los viejos tiempos-.
Primero el tema de entrada del adagio, el dulce y consabido del arrullo de
amor; luego el tema fundamental del centro, en que el arrullo ese no es ya
una realidad, sino algo que vive sólo con el recuerdo amante, y, por fin,
el tema mismo reaparece siendo en La Gran Sonata 29 muchos años después,
cuando el Maestro, envejecido más por el dolor y la incomprensión de los
demás que por su propia edad, hace añoranza genial de aquel recuerdo de
recuerdos, como verás también ahora mismo.
Y uniendo el hecho al dicho, me hizo retirar del piano y comenzó
él solo a tocar de un modo prodigiosamente descriptivo el primer tiempo
de la sonata 29, opus. 106, donde el segundo pasaje, aquel del adagio sinfónico
de la Cuarta se repite idéntica en el fondo, pero de un modo más amargo,
más esfumado, más astral aquí...
-¡Lo ves bien!-clamaba subrayando las notas- El Maestro, cuando compuso
el adagio de la Sinfonía Cuarta era joven y amaba: cuando años después,
concibió esta su más prodigiosa sonata de piano, verdadero cartón sinfónico
también, ya no amaba en el sentido físico y concreto, sino que al borde
ya del sepulcro era todo amor. ¡Lo mismo que ellos; lo mismo que yo!
Quirico, el bueno, pugnando por contener las lágrimas de ternura
que se agolpaban bajo sus párpados, me completó la revelación de su
pasado familiar y de su propia juventud en estas palabras:
-Mi abuela, la pianista prodigiosa, enloqueció de amor con el
mismo musical arrullo sinfónico al duro prócer de mi abuelo materno, y
ella después, al verse abandonada por su amante, supo hallar en el
segundo motivo musical de la sinfonía y de la sonata el modo de atesorar
eternamente en su pecho, ni más ni menos que en el suyo el Maestro,
alimento eterno para la nostalgia del perdido amor. A mi madre la diva
acaecióla otro tanto con otro aristócrata en condiciones análogas, y en
cuanto a mí, estando en Melilla y conocer a la que hoy es mi esposa...
¡Era una fatalidad verdaderamente diablesca!: siempre que Quirico,
quería confiarme su magna revelación, alguien de fuera llegaba a
interrumpirle. Esta vez la interruptora del último diálogo lo fue la
propia señora de Verdejo, mujer muy lista, de arrogante ancianidad, sobre
cuya cara, a la que hacían aristocrático marco unas canas de absoluta
nieve, se dibujaba cual en verdadero palimsexto de arrugas la topografía
más singular de historias, dolores y marchitos ideales de la azarosa vida
que, sin duda, pasó. Y la buena señora, a quien recibimos entrambos con afecto y sincero respeto cual nueva profetisa de su hebraica raza después de apurar un vaso de agua, se expresó en los términos que el lector va en seguida a saber.
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| FICHA: El Misterio de Quirico : novela inédita / Roso de Luna. -- Madrid : La novela corta, 1925. [8] p. ; 20 cm . -- (La novela corta ; 497). (sign. 2080) |
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