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José de Espronceda |
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El Ministerio Mendizábal Aquí llaman esto un gobierno representativo;... yo llamo esto un hombre representativo. DIOS NOS ASISTA. 3ª carta de Fígaro |
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Cuenta un célebre escritor, alemán que un diestro maquinista
acertó a arreglar y organizar un cuerpo de hombre con tal perfección que
hasta, hablar podía, y aun tener necesidades como nosotros. Oyó el
hombre máquina decir un día que le faltaba el alma, y tomó tal empeño
de tenerla, que a todas horas pedía a voces un alma a su constructor. Y
como sus gritos y amenazas creciesen de todo punto, se vio tan acosado y
fatigado su pobre autor, que tuvo por último que abandonar su patria y
huir de su propia hechura, que le perseguía. Y a estas horas, es fama,
que aun le persigue por todas partes, y le grita que le de un alma con la
misma tenacidad.
Este cuento creo podría
aplicarse a nuestra España con respecto a sus gobernantes. Cadáver desde
el año de 23, había servido de pasto a los gusanos que su corrupción
producía, y cuando la muerte de Fernando le imprimió un movimiento galvánico,
movió los brazos y abrió los ojos, por primera vez después de diez años
de inmovilidad. La necesidad obligó entonces al maquinista a enderezarle
y colocar algunas piezas que le ayudaran a moverse, aunque con lentitud y
miedo; porque era muy grande el que tenía el maquinista de que al
levantarse y sentirse ágil su obra le pidiese un alma. Y así fue: lanzó
un grito, aunque débil, la máquina, puesta en pie, y el obrero huyó
aterrado al momento. Otros hombres se sucedieron; y la nación todavía,
pero ya con gritos mas terribles y mas temerosa muestra, les pide un alma.
Tal era la voz del pueblo en septiembre del año pasado: había arrojado
como inútiles a los hombres que
para nada le habían servido, sino para hacerle sentir una necesidad que
no podían ellos satisfacer, y el Estatuto, raquítico y presuntuoso como
su autor, desapareció ante el generoso alzamiento de las provincias. Sus
defensores, enanos de voz bronca, vanamente se esforzaron a sostenerle con
impotentes amenazas y bravatas ,ridículas: el Estatuto fue repudiado por
la nación. Pero como la intención que impelía principalmente al pueblo
no iba tan fundada en principios políticos como en odio personal a un
ministro, luego que este cedió su puesto, la tranquilidad sucedió a las
revueltas, y la alegría del triunfo, y sobre todo las grandes promesas
del ministro entrante, calmaron de repente la pública efervescencia, y
acallaron el clamor general. Por lo demás tampoco los pueblos se lanzan
de una vez ,en el abismo de la revolución, y al llegar a las orillas del
mar alborotado de sangre que les espera, tan fácil es contenerlos como
empujarlos; una palabra, una leve esperanza, una ilusión engañosa los
detiene en su marcha precipitada. Mendizábal, pues, se presentó en la
arena, pintó un, cuadro vistoso aunque mal concebido, poco profundo; pero
cualquier cosa bastaba: el movimiento había llegado a su término" y
era forzoso hacer alto. Nuestra posición no era buena, pero era la única
de que pudimos apoderarnos. La nación quedó entonces espada en mano ,y
sin dar un paso atrás, resuelta a dar la batalla si la
imprudencia o estupidez de sus gobernantes la provocaban a pelear.
¡Ojalá que no la obliguen nunca a disparar el primer cañonazo!
Dispuesta a todo, y con el ansia
de acabar de una vez con nuestro enemigo común, concedió ,cuanto se
quiso exigir mientras oía embobada, a manera de inocente niño, el cuento
tártaro que el ministro la refería. Puentes de oro, ríos de miel y
leche, palacios de pedrería, paz, gozo, unión, todo era para nosotros si
callábamos, sino metíamos bulla y dábamos un simple voto de confianza,
y sin pedir nada a nadie, ni dejar de pagar a nadie, ni molestarnos
apenas, habíamos de ver realizadas tantas y tan tornasoladas esperanzas a
poco que hiciera o dijera nuestro mágico prodigioso, no el de Salerno
Pedro Bayalarde, sino Don Juan Álvarez Mendizábal, primer ministro que
tenía en sus bolsillos nuestra fortuna y nuestro porvenir. Seguramente
parecería un cuento sino lo hubiésemos palpado nosotros mismos, y algún
día vendrá acaso en que se tengan por una alegoría estos seis meses de
nuestra historia, y se comente y se declare apócrifo el libro en que se
hallen consignados los hechos.
El gran pacificador de la
familia española, a despecho de sus deseos, es de vista tan corta, que
sus ojeadas solo han abarcado dos puntos. Por la capital ha juzgado de las
provincias, por la bolsa ha calculado los recursos de la nación. Su
primer paso fue acogerse al Estatuto, y tratar de este modo de conciliar
los partidos, buscando así la legalidad que en nuestra opinión al mismo
Estatuto faltaba- y en prueba de que su conciencia le remordía
interiormente, rara vez lo llamó con su propio nombre, y conociendo la
oposición que engendraba aquel decreto en los ánimos de los patriotas,
lo depositó en su estante para no sacarlo de allí hasta que fuesen a
revisado las Cortes. El principio legal no obstante tenia en él su
cimiento, y aquellas mismas Cortes caducas y desaprobadas por la nación
entera volvieron a reunirse como un Lázaro resucitado para hacer una ley
electoral que había de ser mala por necesidad. Nunca se halló sin
embargo ningún ministro colocado en situación más ventajosa que Mendizábal.
Los procuradores, se hallaban en el caso de ceder a todo cuanto él
exigiese de ellos, el aura popular resonaba en rededor del ministro,
mientras las Cortes del Estatuto no llenaban de manera alguna la confianza
de la nación. La oposición, pues, habla forzosamente de ser débil
contando en sus bancos únicamente a los hombres vencidos, y obligando a
ser ministeriales por consecuencia a los que el año anterior habían
combatido contra ellos para derribarlos.
Un, hombre de talento hubiera
usado de aquellas Cortes como un músico de las ocho notas que a su
placer, combina de mil distintas maneras.
Todos de por fuerza se hallaban en el caso de convenir con su parecer: Su
exigencia de un voto de confianza probó cuanto llevamos dicho; pero
piloto poco diestro abandonó el timón de la nave, y la cuestión
electoral, punto mas interesante para la nación que la de confianza, fue
el escollo donde estrelló su navío. Cualquiera pensaría al ver el ningún
resultado que hasta ahora ha tenido el voto de confianza, que suscitó el
gobierno aquella discusión únicamente con el intento de satisfacer su
amor propio, sin plan ni designio alguno, y concluir así la última parte
de su cuento de las mil y una noches. Lo cierto es que miró la cuestión
que lisonjeaba su vanidad como cuestión principal, y la que tocaba al
interés general como de muy secundaria importancia; lo que podría probar
en el señor ministro mas amor a sí mismo que al país si quisiéramos
analizar su conducta. Los hombres astutos del partido retrógado, y a los
cuales no
Todo el mundo aguardaba el alza
de los fondos, y los fondos no subían; y aun su suponiendo que hubiera
salido todo a medida de su deseo, ¿qué hubiéramos ganado con eso los
españoles? Algunos jugadores se habrían enriquecido, sin duda, pero los
pueblos no se hallarían menos infelices por eso. El ministro hubiera
encontrado algunos millones más, para salir del día, pero la causa de
sus apuros hubieran permanecido en pie. En un país que ha contraído
millones de deudas, de que no ha disfrutado jamás, que nada le han
producido sino gastos, cuyos acreedores son la mayor parte extranjeros, y
a quién paga intereses que ya casi se han igualado con el capital , ¿qué
puede influir el alza o baja de los fondos? ¿Qué provecho redunda para
el labrador que nada sabe de bolsas sino que tiene la suya vacía y se ve
obligado a pagar contribuciones que nunca han
Fijo siempre su pensamiento, en
la bolsa, nuestros acreedores han llamado su atención absolutamente, sin
acordarse de los deudores para otra cosa que para que paguen a aquellos.
Las riquezas de las naciones pueden compararse a un
caudaloso río confluencia y total los que en él desembocan. Una
mano diestra sangrándolo en varios ramales, vuelven estos a tributarle
sus aguas, y en este flujo y reflujo consiste sin duda la riqueza pública.
Así es que cada parte de esta riqueza viene a ser causa y resultado a un
mismo tiempo de toda ella. Ahora bien, si el gobierno hubiera fijado toda
su atención únicamente en el ramo de sedas (y aun este es ramo nacional
y la bolsa no) ¿no se le haría criticado de dedicarse solo a la cría de
aquellos gusanos? Si el señor ministro desea que los fondos suban, mire
por la paz y prosperidad de los pueblos, líbrelos de la miseria que los
acosa por todas partes, y verá entonces cómo se reanima el comercio y
nuestro crédito se afianza. De lo contrario, el alza de los fondos podrá
verificarse, pero será pobre recurso y de influencia mezquinar.
Nuestro gobierno ha marchado a
la casualidad, saltando breñas y trepando cerros que no ha visto hasta el
momento mismo de ir a tropezar con ellos. Nuevo Faeton, se ha puesto a
dirigir el carro del sol, obrando en todo como el pintor de Orbaneja, que
pintaba lo que saliera.
En su conducta política no ha
sido menos azarosa y aventurada su marcha. Hemos visto al señor
presidente del Consejo al frente de un gabinete incompleto, compuesto de
hombres que eligió él mismo para los altos puestos que ocupan, sin saber
conducir los negocios de una manera vigorosa y organizada. Así ha faltado
homogeneidad en el ministerio, y cada cuál se ha manejado, puede decirse,
de distinto modo. El de la guerra decretó una quinta de cien mil hombres,
mientras que se descuidó su equipo y demás medios de mantenerlos. No
hablemos del de la gobernación, porque si se exceptúa el colegio científico,
miserable remedo de la escuela politécnica francesa, no ha dado apenas señales
de vida. Don Martín de los Heros está visto que no quiere dar que decir.
¿Y qué reformas se han hecho?
¿ Qué empleos inútiles se, han abolido? ¿Qué empleados carlistas han
sido separados de sus destinos? ¿Qué ahorros de importancia se han hecho
en el oneroso presupuesto que abruma a los pueblos? Porque esto era lo que
mas interesaba a un gobierno que había ofrecido llenar todas sus
obligaciones, sin agravar a la nación con nuevos tributos ni, recargada
con deudas. En España, donde hay sin número de empleos inútiles,
oficinas enteras, asilo de hombres ineptos u holgazanes que deben al favor
únicamente sus destinos, o al abandono y descuido de los gobernantes, es
una medida importante, y produciría un ahorro considerable la supresión
de ellas todas. Y no se diga que sería en ese caso aumentar el número de
los cesantes, porque no habría para qué dejados en esta clase, que debería
enteramente abolirse. El empleado no tiene derecho a un sueldo sino
mientras ejerce el destino; en el momento que por inconveniencia o
inutilidad lo pierde, debe asimismo dejar de percibir su paga. Solo en un
pueblo en que se vive de abusos, podría existir esa innumerable clase de
cesantes, que bien pudiera llamarse parásitos del tesoro público. Ni es
razón contestar que esas oficinas no pueden suprimirse porque sería
dejar sin comer a multitud de familias. Otro tanto equivaldría decir que
no deben introducirse máquinas porque sería quitar al jornalero el
trabajo. Si el número de empleos se redujese a aquellos de absoluta
necesidad, no habría para qué rebajar el sueldo a los que los sirven, lo
cual tiene menos de económico que de ruin, sino que al contrario pudiera
aumentárseles, obligándoles de este, modo a que cumpliesen con su deber.
Pero el señor ministro de Hacienda no ha tenido tiempo sin duda para
ocuparse de tamañas frioleras, y el empeñado en acabar la guerra de
Navarra en seis meses ,no ha podido hacer otra cosa tampoco. Así es que
no se ha acordado del señor, Cea
Bermúdez ni de Llauder, quienes después que el primero gobernó a
disgusto de la nación y con perjuicio de ella, el segundo abandonó
cobardemente el puesto huyendo del indignado pueblo de Barcelona,
disfrutan con toda tranquilidad sus pagas en un país extranjero, olvidos
de la patria que contra su voluntad los mantiene y de corazón los
detesta. Pasamos en silencio a los demás ex-ministros que cobran sueldo
por no habernos sabido gobernar bien, como asimismo el nuevo arreglo de
los gobernadores civiles cesantes, a quienes se ha señalado veinte y
cuatro mil reales, porque para denunciar abusos de este genero no bastaría
un libro en folio. ¿Y son estas las economías ofrecidas, las reformas
tan ponderadas?
Y donde quiera se resiente todo
de tan defectuosa administración, sin que el señor ministro aparezca de
otro modo que como un segundo Sísifo abrumado bajo el enorme peñasco con
que le cargó su propia osadía. Allí un capitán general de provincia
,se abroga facultades que de ninguna manera ,pudieron concedérsele nunca,
y violando los mas sagrados derechos del ciudadano, prende y destierra a
su capricho arrancando del seno de sus familias sin número de hombres,
inocentes sin duda, puesto que la ley no los ha declarado culpables, o
impone a los
La promesa que mas reanimó a
los defensores de la libertad es la que hizo el ministro presidente de
acabar en seis meses la guerra de Navarra siempre que todos unidos le
ayudasen en su intención, pensando sin duda que
Hay un refrán en nuestra España
que explica por qué la multitud ,ignorante aclama el despotismo, y aun
hace esfuerzos para sostenerlo. “Mas vale malo conocido que bueno por
conocer,” decimos; y si el gobierno hubiera examinado alguna de las
ideas que encierra este proverbio, ya hubiera tratado de dar a conocer lo,
bueno, y no que está por conocer todavía.
La historia filosófica del
pueblo español me atrevo a decir que se halla consignada en sus refranes,
y para gobernar este pueblo es preciso estudiado profundamente, porque no
se parece a otro ninguno en la tierra. La verdad es que mientras el
gobierno no identifique las masas con la marcha de la revolución, la
facción durará; aunque se acabe en Navarra, porque, alzará otra bandera
si es aquella vencida, suscitarán otra querella, promoverán nuevos desórdenes,
y nunca disfrutaremos sosiego.
El instinto del hombre es su
conservación; de aquí su deseo de mejorar, y su derecho de encontrar en
la sociedad de que hace parte los medios de subsistir, según su capacidad
y su aplicación.
Este bien estar, esta diferencia
de un pueblo libre a un pueblo esclavo, es forzoso que
el gobierno acierte a darla a conocer
al ,nuestro, y cuando él palpe tantas ventajas, cuando trueque, en goces
sus padecimientos, seguro es que dejará
la senda de abrojos por donde le guían a su perdición el fanatismo y, la
locura, y entrará en la de flores por donde han de conducirle la sabiduría
y la verdad. He aquí en lo que desearíamos hubiera pensado el señor
ministro, he aquí el uso que creemos debiera haber hecho del voto de
confianza, y en ese caso podría presentarse en las Cortes con
desembarazo, aun cuando su promesa de acabar la guerra no estuviera
cumplida. El camino qué habría tomado en tal caso abonaba su palabra
para en adelante. ¿Y dice que a él se debe la quinta de los cien mil
hombres, cuando la mayor parte aun no están armados ni uniformados? ¿cuando
en medio de que el Estado mantiene un ejército de mas de doscientos mil
hombres escasean tropas en Navarra, faltan en Valencia, y donde quiera
claman por soldados para perseguir las facciones? ¿Dirá acaso que la
Inglaterra y la Francia nos auxilien, gracias a la consideración e
influjo de nuestro gobierno, cuando él mismo, o nos engañó en la
Gaceta, o ignoraba la resolución de aquellos gabinetes? Pero es inútil
amontonar mas cargos contra un ministerio a quien sus propios defensores
no aciertan a defender, y aún muchos de ellos, a despecho de su talento y
amor propio, confiesan las faltas de sus defendidos, y acuden a razones efímeras
de conveniencia supuesta, y a la popularidad de que se cree que aun goza
el primer ministro. Popularidad que en ningún modo confirman las
representaciones de unos cuantos que piden a ;la Reina le conserve en su
puesto para bien de la monarquía, ni tampoco que haya sido electo
procurador por ocho provincias. Conocemos la ley electoral que ha regido
en las elecciones, y la influencia y ,los medios de que puede valerse el
que manda. Y en cuanto a las representaciones, también las hemos leído
firmadas por ayuntamientos enteros y generales del ejército pidiendo a
Fernando VII el restablecimiento de la inquisición, presumiendo así
aquel partido manifestar cuál era la voluntad nacional. Y aún cuando
todavía se hallase el pueblo deslumbrado con el oropel de tanta oferta
como ha halagado sus esperanzas, y no hubiese; palpado por si mismo los
inconvenientes de una administración tan poco acertada, y los males que a
cada momento se aumentan, aun cuando todavía como el minero avaro no
viese mas que el oro de sus ilusiones en una mina no descubierta, deber es
de todo patriota verdadero alzar la voz y predicar la verdad al pueblo y
desengañarlo ,para que coloque en mejor sitio su entusiasmo y sus
afecciones.
Concluiré en fin este opúsculo
manifestando que el amor a mi patria me ha movido a hacer estas
reflexiones, fundadas a mi parecer en la misma razón.
Hagan las Cortes una buena ley
electoral, amplia y popular, y ensáyese en fin esa juventud cuyo
patrimonio son las épocas de renovación y turbulencia. Esa juventud que
llena de esperanzas no debe titubear en arrojarse, iluminada del talento,
por los sombríos senderos del porvenir, aboliendo de una vez tanta práctica
antigua, tanto abuso, tanto cadáver resucitado como atrasa, entorpece y
corrompe la sociedad. Y no se tenga por una petulancia este deseo que debe
hacer latir todos los corazones y arrebatar la imaginación de los jóvenes,
no, porque un siglo de renovación pertenece, sin duda, de derecho a la
juventud.
FICHA: El Ministerio Mendizábal / por José Espronceda. -- Madrid : Repullés, 1836. 24 p. ; 16 cm .(sign. 6059) |
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