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Notas Bibliográficas Emilio Cotarelo Bartolomé
de Torres Naharro y su "Propaladia," estudio crítico por DON M.
MENÉNDEZ y PELAYO, Presidente de la Sociedad de Bibliófilos españoles:
Madrid, Imp. de Fe, 1900.-8º, CLIII páginas.
El estudio de los orígenes de nuestro gran teatro nacional es de
los que más lenta y penosamente han ido elaborándose en el siglo que
ahora termina; no, en verdad, por dificultades inherentes á su contenido
histórico, sino por circunstancias meramente externas, relacionadas con
la dificultad de reunir las materiales indispensables para tal obra.
No hablemos de dramas litúrgicos, misterios ni moralidades de que
aún seguimos en casi total carencia, ni tampoco de farsas góticas,
escritas en la primera mitad del siglo XVI, pues aunque hoy, se cuentan
algunas docenas, son tan raras y alcanzan tan enorme precio y tal estimación
(léase ocultación) éntre los bibliófilos, que excepto algunas pocas,
modernamente reimpresas las demás son desconocidas de la generalidad de
los aficionados. Y digo que no debemos hablar de tales piezas de teatro,
porque aun de los autores más importantes de este período apenas si se
sabía otra cosa que lo que D. Leandro Fernández de Moratín dejó
consignado en su estimable, y en su tiempo preciosa obra, de los Orígenes
del teatro español.
Hasta que en 1893 la Academia Española publicó el teatro
completo, ó casi completo, de Juan del Encina, no era posible juzgar con
seguro criterio la obra de este patriarca de la escena castellana. La
misma Academia había reimpreso antes la rarísima colección de Farsas y
églogas de Lucas Fernández, contemporáneo de Encina y de su misma
escuela. En 1874 los Bibliófilos Andaluces estamparon por vez primera el
Cancionero de Horozco con sus cinco obras dramáticas, de las que, algunos
años antes, había impreso tres el Sr. Asensio. Dos mil duros dio el
Estado porque el único ejemplar conocido de la Recopilación de Diego Sánchez
de Badajoz no fuese á parar al extranjero y así pudieron salvarse para
nosotros las 28 piezas dramáticas que contiene, y que luego reimprimió
D. Vicente Barrantes. Cuatro años solamente hace que, gracias al
inolvidable bibliófilo señor Marqués de la Fuensanta, se vieron
reunidas todas las obras que se conocían de Lope de Rueda, y por último,
quedan todavía sumidos en el misterio de las primeras ediciones Gil
Vicente (1), Yanguas, Timoneda, Alonso de la Vega, Juan de la Cueva, Virués
y otros, salvo tal cual obra de alguno de ellos que figura en ciertas
colecciones de poco valor científico.
Con semejante penuria de textos comprendese que Cañete no pudiese
dar cima ni casi empezar seriamente su Historia, del teatro anterior á
Lope de Vega, ofrecida durante más de treinta años. Hoy, aunque la cosa
se ha simplificado y facilitado notablemente, todavía, á nuestro juicio,
no ha llegado á sazón, debiendo preceder algunas monografías ó
estudios parciales de cada uno de los autores como los ya indicados.
Sobre uno de ellos, y el más importante bajo ciertos aspectos,
versa el notable trabajo histórico
y crítico con que el Sr. Menéndez y Pelayo, practicando aquel consejo
del sabio que mandaba interpolar, con el principal, trabajos de índole
diversa, á fin de que el uno fuera descanso del otro, acaba de enriquecer
la historia de nuestra primitiva escena. También Bartolomé de Torres Naharro era autor casi inédito hasta hace algunas años, pues aunque sus comedias fueron varias veces impresas durante el siglo XVI, habían llegado á un punto tal de rareza, que, al menos en ediciones completas y no expurgadas, era sumamente difícil poder leerle.
(1)
De Gil Vicente se hicieran en el presente siglo dos ediciones; pero por
circunstancias especiales, una de ellas al menos no circuló en el
comercio, de modo que las abras de aquel insigne poeta san muy raras aun
en el mismo Portugal.
Moratín primero y
Cañete, que publicó, como va dicho, el tomo primero de los dos
que en esta edición habían de tener las obras de Naharro, ofreció para
el segundo el estudio biográfico y crítico del poeta; pero, sin duda á
causa de las dificultades de la empresa, fue abandonándola poco á poco,
hasta que once años después le sobrecogió la muerte sin llevarla á
cabo.
Hoy la realiza el Sr. Menéndez y Pelayo, y de modo, tal, que juzgo
que si la parte biográfica puede recibir, y recibirá probablemente,
nuevas adiciones el día menos pensado, porque los archivos parece que en
estos últimos años han dado en manifestarse pródigos de sus tesoros,
compensando con usura su antigua esquivez (quizá porque hasta ahora no
fueron debidamente solicitados), especialmente en lo relativo al teatro
del siglo XVI, en cuanto á la apreciación estética de las obras de
Naharro y al puesto histórico que al, autor señala Menéndez y Pelayo,
creemos que puede considerarse definitivo, al menos mientras el gusto en
materias de arte no cambie radicalmente.
Sólo una cosa censurable hallamos en esta publicación (censura
que no reza en modo alguno con el autor del Estudio sobre Naharro) , y es
la escasa tirada que se ha hecho de tan excelente obra. Menéndez y Pela
yo, que fue de los primeros (también el ínclito Marqués de Valmar) que
lograron hacer amenos y atractivos los estudios de erudición, no debe
estar condenado á que sus libros sean raros desde el principio: lo que
debe procurarse es que sean baratos, para que lleguen á todas partes, y
con 350 ejemplares, repartidos en el acto entre los devotos del Maestro,
no se va muy lejos. Hay muchos bibliófilos que lo son al revés ó por
antífrasis. Parece natural que las sociedades que se crean con igual
dictado no lo sean para hacer más raros los libros; sino, al contrario,
para reimprimir los libros raros y buenos á fin de que dejen de serio.
Todo esto sin que de cuando en cuando no deba reimprimirse alguna obra de
poco valor intrínseco, aunque singular por otras razones. Pero de una
colección de Torres Naharro y con estudio preliminar de Menéndez y
Pelayo, ¿por qué no han de tirarse miles de ejemplares? ¿Es que en España
no se estudia literatura española en varias Facultades, ó se estudia sólo
para no volver á hablar de ella en lo sucesivo?
Pero dejando estas consideraciones, debemos ya dar una idea del
trabajo del insigne Director de la Biblioteca Nacional. Va dividido en dos
partes principales, estudiándose en la primera la persona del autor en
relación con la época gloriosa para España en que tuvo la suerte de
vivir. Menéndez y Pelayo traza vigorosas semblanzas de algunos personajes
amigos y protectores de Naharro, tales como el Cardenal D. Bernardino
Carvajal, su paisano; el primer Duque de Nájera, D. Pedro Manrique de
Lara; el General pontificio Fabricio Colonna, y su yerno el invicto D.
Fernando Dávalos, Marques de Pescara.
Descríbese también la solemne ocasión en que hubo de
representarse en la Corte papal y ante León X una de las obras de Naharro,
la Comedia Trofea, cuando la suntuosa embajada de Tristán de Acuña en
nombre del Rey D. Manuel de Portugal
Estúdianse igualmente en esta parte las poesías líricas de
Naharro, que no descolló mucho en este género de composiciones, si se
exceptúa la singular importancia que tiene como satírico, y termina con
algunas disquisiciones erudita y críticas acerca de la prohibición
parcial que á mediados del siglo XVI, es decir, cuando ya iban hechas
seis ediciones, sufrió la Propaladia, á fin de que en adelante no pueda
ya decirse que la tal prohibición fue causa de que Naharro no fuese
más popular entre nosotros.
Más interesante y curiosa es aún la segunda parte del estudio del
Sr. Menéndez y Pelayo, destinada al examen analítico y de conjunto de
las ocho comedias que se conservan del famoso autor extremeño. Empezando
por las doctrinas de estética y preceptiva dramáticas contenidas en el
proemio de la Propaladia, en que son de notar algunas cosas, como la
división que Naharro hace de la comedia en idealista y realista (que él
llama comedias a fantasía y comedias á noticia), entra el
Sr. Menéndez y Pelayo de lleno en el juicio de las obras de
teatro, fijando desde luego la parte que en ellas pueda haber de imitación italiana.
Del estudio comparativo resulta Naharro mucho más original que
otros dramáticos nuestros de época posterior (Rueda, por ejemplo), Pudo
tomar tipos ó caracteres, como el de fraile hipócrita, en muy reducido número,
porque la mayor parte de sus personajes son de los que él veía
diariamente en las plazas de Roma ó en las antesalas y tinelos de los
Obispos y Cardenales. Con tales figuras y otras que son de seguro creación
de su mente, teje Naharro la urdimbre de sus comedias, derramando las
sales cómicas, no siempre del mejor gusto, en un estilo y poesía muy
adecuados al asunto.
Entre todas las comedias del extremeño sobresale una, la Himenea,
que, á no constar de un modo positivo su autenticidad, pudiera ,creérsela
escrita setenta ó más años después. Es la comedia de capa y espada tal
como la entendió y desarrolló Lope de Vega y nadie más hasta él. El
Sr. Menéndez y Pelayo consagra á esta linda obra ,párrafos de gran
sustancia y belleza, así como los finales que dedica al resumen crítico
y á la influencia, por desgracia no tan inmediata y eficaz como merecía,
que ejerció la escuela de Torres Naharro en el curso de nuestra escena.
Si el insigne Académico, para descansar de ,sus grandes trabajos
de ilustrador de Lope de Vega y ordenador de la ya célebre Antología de
nuestra lírica, se decide á reimprimir algún otro dramático de los Orígenes
(Timoneda, por ejemplo), satisfará otro de los grandes deseos de los
aficionados á esta clase de estudios. EMILIO
COTARELO. Madrid
1.° dé Julio de 1900.
FICHA:
Bartolomé de Torres Naharro y su Propaladia, estudio crítico por Don M.
Menéndez y Pelayo...Madrid, Imp. de Fe, 1900 : notas bibliográficas /
Emilio Cotarelo. - P. 559-562 ; 24 cm
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