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Carolina Coronado |
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Jarilla (III) |
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Y al pensar en que volvería a verla, un placer frenético llamó a su pecho con golpes redoblados. No: no eran ni el orgullo de familia, ni el dolor de oírse apellidar bastardo, ni su aversión a doña Inés, las causas principales que inspiraron a Román la extraordinaria idea de mudar de religión. No. Esto solo no podía justificarle con su propia conciencia, si un delirio que perturbaba su razón no ahogase en él la voz de su fe cristiana. Este delirio era su pasión a Jarilla. Cuando se ama como amaba Román, cuando se hace de una mujer un ídolo no se conforma el alma con amarla en este mundo. Es preciso seguirla al otro; y para seguirla, para hallarla en la gloria o en el paraíso, quería Román identificarse con ella, profesar su religión, salvarse o condenarse con Jarilla. Este delirio que he dicho ya, este delirio es el que conduce a Román al borde del abismo. Los que no habéis amado como él, no podéis comprender su locura.
Mas allá del sepulcro de Regio está la gruta de Jarilla y la fuente de
las Adelfas.
Bien se adivina su proximidad por el alto concierto que se oye de ruiseñores
y de tórtolas. Los pájaros tienen sus sitios reales, sitios de
privilegio para pasar la primavera, y las tórtolas y los ruiseñores han
escogido las enramadas frescas, floridas, lujosas de la fuente de las
Adelfas.
La presencia de aquellos objetos amigos de Jarilla, el influjo de
aquella vegetación rica, lozana, vigorosa; el silencio, la inocencia, el
encanto, la frescura de aquellos sitios han hecho en el ánimo de Román
una revolución completa, y grita
con palpitante acento:
-¡Jarilla! amada mía, ¿dónde estás?.
Un eco suave respondió a su voz. Un eco como el pío de una
calandria. Román se acerca a la fuente, y recibe en sus brazos a la
hermosa Jarilla.
-Sí, dice Román estrechando con locura el talle de la joven; sí, soy
yo... ya cesaron las penas, las lágrimas, la ausencia, y cesaron para
siempre. Ya soy libre; ya he sacudido el yugo que sujetaba mi cuello, ya
he renunciado si mundo;
-Pero Jarilla no podía contestar a las extremadas protestas de su amante.
-¿Que tienes, amor mío? exclamó Román sobresaltado. ¡Qué pálida estás...
En efecto, Jarilla semejaba una sombra; su rostro tenía la
transparencia del hielo; parecía que sus fuerzas estaban agotadas en el
desaliento que se advertía en su actitud. Respiraba con dificultad. Quiso
hablar, y sus labios quedaron entreabiertos.
-Pero ya la salud, ya la alegría, prosiguió Román haciendo sentar a su
amada sobre el lecho de flores, volverá a reanimar tus tristes ojos, ¡alma
mía! Descansa, estás rendida.
Jarilla
estaba absorta mirando a Román. Hacía mucho tiempo que se había
apoderado de la joven una extraordinaria ilusión, y era que en todas
partes veía a Román. Acostumbrada a soñar con él, a verle y oírle en
la fantasía, creyó por, el pronto que estaba soñando y no dio muestras
de sorpresa ni de júbilo; pero cuando se convenció, de que era la
realidad, se arrojó otra vez en los brazos de su amante, y prorrumpió en
lágrimas.
Luego
habló así.
Al
fin te veo, Román.-Vienes cuando empieza a correr el arroyo de flores.
-Vienes cuando la zarza-rosa está en flor.-Estoy muy cansada de buscarte.
Te fuistes del castillo y luego volviste.-Yo fui a buscarte y era
otro.-Después, una noche vinieron por mi sin luz.-Quise gritar y me
taparon la boca. Me llevaron en un caballo. -Fuimos a otro castillo.- Hubo
tormenta. –Cayó piedra.-Abrieron todas la puertas.-Me escapé.-Me
escondí tras deja torre. -Por la mañana abrieron, yo salí al campo,
corrí por todas partes, y te llamé. - Tampoco respondiste.- Vi la ribera
y seguí por su orilla.-Descansando algunas veces, llegué hasta otras peañas
altas; me subí en ellas, y te llamé.- Yo estaba muy cansada.-Me puse á
llorar, cuando vuelvo la cabeza y veo mi vaquita... -Le di muchos
besos.-Ella anduvo delante, y yo la seguí.-Ella me trajo a la
fuente.-Entré en la casa y no había nadie.-Ni Barbellido ni el Morro.-El
arca estaba abierta.- Allí tenía mi padre oro.-Me quité el vestido
blanco que me dio la señora, y me puse este.-Bebí leche de la vaca. y me
acosté a dormir.-Soñé contigo,-soñé
que venías ¡Ah, ya estás aquí! ¡Román, Román, ya viviré contigo
para siempre!.
Jarilla
había hablado con tal violencia, que cayó postrada por este esfuerzo en
una penosa languidez. Su respiración era ahogada, y a su palidez
había sucedido un sonrosado febril.
Román
la escuchaba estático. Los últimos rayos del sol bailaban el rostro de
su amada al través del ramaje, presentándole como una estrella
celestial. Román la miraba como a la esposa que después de tantas penas
le concedía Dios
¡El Dios de Jarilla, el Dios de los moros y el Dios de Román! Ya ni en
la otra vida se apartará de ella. Ya va a unirse a Jarilla por toda una
eternidad.
¿Quién
podrá evitarlo? ¿Quién será bastante poderoso para separar a Román
Román
está loco de felicidad. Besa la mano de Jarilla, y su cabello flotante, y
las orlas de su vestido.
Después habló a Jarilla de su vida futura, concierta con ella el
medio de vivir en la selva, manteniéndose de la caza, y de la fruta, como
su padre y se propone trabajar en el huerto y formar en la ribera muchas,
grutas donde venir a reposar con su amada. Román levantará las
enredaderas ya caídas, y trasplantará en la otra orilla nuevos rosales
para embovedar los hueco de las penas. Román limpiará la fuente para que
derrame sus cristales alrededor de la gruta dándole frescura y rumor.
Jarilla
está embelesada; una dulce y continua sonrisa agita sus labios. En el
colmo de la dicha vuelve los ojos hacia la ribera, y tomando una expresión
sublime exclama:
-Tu oíste mis ruegos. ¡A ti debo el haberle hallado! Román ven conmigo,
ven a la encina de María...
Más
allá de la fuente de las Adelfas, y escondida entre otras encinas, había
una vieja a la que solo quedaba ,el tronco carcomido y dos ramas que se
levantaban a otro lado y a otro del tronco. El agua corría al pié de ésta
encina lamiendo sus raíces del todo descubiertas, y queriendo en vano
reanimar con su frescura la perdida juventud del árbol. Jarilla se acercó
a él, respetuosamente, y levantándose sobre las puntas de sus pies,
separó las ramas con ambas manos.
El último rayo del ,sol doraba, la cúpula de la encina. Entre las dos
ramas, y en el hueco del tronco estaba la imagen hermosa y triste de la
Virgen de los Dolores, encerrada en una urna de cristal.
-Esta es, dijo Jarilla, la Virgen que adoraba mi madre. La escondió aquí
para que mi padre no la viese. A ella la pedí que volvieras. Arrodíllate,
Román, y reza conmigo.
Jarilla
se arrodilló, y besó el tronco, pero Román permaneció inmóvil,
petrificado, ¿veis el vástago del árbol nacido entre dos peñas? Así
está su planta arraigada en la tierra. ¿Veis la espiga en el mes de
Agosto? Así es el color de su semblante.
Jarilla
rezaba de rodillas.
"Santa Maria...madre de Dios... "
El
sonido de estas palabras sacó al fin a Román de su atonía; miró
despavorido a la virgen, y huyó como un demente por el valle.
Román se huyó por la selva, y Jarilla le sigue y le llama en
vano. Mil veces ha repetido ¡ven!... ¡ven!... El cárabo responde con su
perenne canto.
Jarilla, sin aliento, destrozado el pecho por las palpitaciones redobladas
de su corazón, se deja caer en una piedra, y rompe en amarguísimo
llanto. Vénse correr por sus mejillas una tras otra lágrima bañándola
el pecho; ya la luz de la luna remeda la imagen de María aquel rostro
dolorido. Lloró mucho lloró sin descanso la pobre doncella. La luna había
andado la mitad de su camino, y aun no había cesado de llorar; sus labios
estaban ensangrentados con la fuerza de sus sollozos... ¡Pobre Jarilla!.
Román entretanto giraba por el monte sin saber cómo librarse de
su propia sombra.
La
fe del cristiano caballero, reanimada con la vista de la virgen María,
abrasaba su corazón, y le acosaban los remordimientos del sacrilegio que
había cometido.
Detúvose
sobre una colina, y permaneció abismado en una sombría desesperación.
Pero luego se acordó de Jarilla, a quien había dejado sola.
Entonces reflexionó; su espíritu agitado recobró un poco de
serenidad, y se dirigió a la fuente, triste, pero resignado.
Cuando
Jarilla sintió el ruido de sus pasos, se levantó, y al verlo tendió los
brazos hacia él; pero Román la rechazó dulcemente, y tomando su mano la
hizo sentar en la peña.
-¡Ah! exclamó Jarilla aún acento desgarrador. ¡No me amas!- Huyes de mí.
-Sí, hermana mía; sí te amo. No huyo de ti. He venido a buscarte.
-¡Ay Román¡, cuánto he llorado!... -creí que me abandonabas para
siempre.
-Hace algún tiempo qué sufro mucho,- tengo la cabeza ardiendo,-creo a
veces que vaya morir, y necesito estar a tu lado. -No quisiera morir aquí
sola.
Jarilla al decir esto inclinó su cabeza sobre el hombro de Román; pero
éste se levantó con respeto y se alejó un poco de ella. Era
extraordinario lo que acontecía. Tocar solamente su mano, le parecía una
profanación. La religión había vuelto a poner entre él y Jarilla una
barrera insuperable. Jarilla era cristiana. La Virgen de los Dolores era
la madre de Jarilla. ¿Quién sería bastante osado para acercarse a ella?
¿Cómo el siervo de Mahoma se atreverá a ser esposo de la doncella
cristiana?.
Al
día siguiente empezaron Román y ;Jarilla a realizar sus proyectos de método
de vida, igual en un todo al que tenía su padre. Román cazaba con el
arco de Regio, mientras que Jarilla disponía su almuerzo de leche y
legumbres, y después se iban a la gruta en tanto pasaban las horas de
calor.
Además
de la vaquita negra de Jarilla, tenía Regio otras vacas, que
acostumbradas, desde que nacieron a las caricias de Jarilla, venían por
las tardes a regalarle su leche. La huerta cultivada por Regio daba a los
dos jóvenes hartas legumbres para su regalo, y a esto se añadía la caza
que diariamente traía Román. Así, la vida poética de los bosques había
podido hacerse práctica sin inconveniente alguno.
Pero
sucedía una cosa bien extraña. No pasaba un solo día sin que Jarilla
vertiese lágrimas amargas. Levantábase al amanecer risueña y feliz con
sus dorados ensueños, y corría a los brazos de Román ansiosa de dar
pasión a su cariño. Román se adelantaba a recibirla palpitante de
placer, y luego retrocedía y la rechazaba. Jarilla prorrumpía en
sollozos y entonces el joven se arrodillaba ante
ella y besaba el extremo de su vestido. Marchábase a la caza, y cuando
tornaba se repetía la misma escena. La doncella le nombraba con los
nombres más tiernos, y le tendía los brazos... Pero él se retorcía los
suyos desesperado, y huía lejos de ella.
Al fin Román, no pudiendo resistir sus melancólicas miradas, ni
su apasionado acento, se abstuvo de mirarla y de oírla. Prodigaba a
Jarilla los más tiernos cuidados sin levantar los ojos hacia ella, y la
acompañaba a sus solitarios paseos sin desprender sus labios una sola
vez.
Esta
conducta se le hizo insoportable a la ingenua amante. Su corazón se
oprimió lleno de angustia. La creencia de que Román habla dejado dé
amarla, se apoderó de ella, y faltó el sueño a sus ojos y el sosiego a
su alma, y su enfermedad se agravó.
Una
noche en que la luna empezaba a menguar, y que algunas nubes cubrían
el cielo, estaban los dos sentados en una peña, y dijo, Jarilla
muy lentamente y con mucha tristeza:
-¿Quién volverá a verte, luna, tan ,hermosa como estabas?
Román la miró sorprendido, y la preguntó con dulzura:
-¿Porqué dices eso, hermana mía?.
-No sé, respondió Jarilla sin apartar los ojos de la luna
pero tengo miedo...
Román hizo como que la rodeaba con sus brazos, y replicó sonriéndose
para
-¡Miedo!... ¿Pues no estoy yo contigo?
-Sí, pero no tengo miedo de los lobos,-ni nada es otro miedo, es miedo de
la oscuridad... no sé... anoche desperté angustiada... -Me falta la
respiración...-siempre estoy bebiendo, y siempre tengo sed. Sufro
tanto...- Veo tantas visiones...
Al
decir esto, escondió la joven su cabeza en el seno de Román, y quedó
-¡Dios mío! exclamó Román asustado; abrasa tu cabeza... hija mía...
amante mía: ¡ah qué cruel he sido! Pero qué había de hacer... ¡Qué
había de hacer sino huir!...
Jarilla
había cerrado los ojos y parecía que descansaba más tranquila en los
brazos de Román. La luna acabó de ocultarse; hubo algunos minutos de
silencio en que Román no se atrevió ni respirar siquiera, temiendo
inquietar a Jarilla.
-¡Ah! exclamó ésta como soñando; no me separes de ti
no huyas... -déjame morir a tu lado.-Román, prosiguió con febril
violencia, Román, te amo...
-Te amo.-El miedo que tengo es de perderte.-Me siento morir, y no quiero
Calló Jarilla, y su pecho resonaba con un ruido sordo. Quiso
proseguir y se desmayó.
Román la trasportó a su lecho, y veló toda. la noche de
rodillas, rezando oraciones cristianas.
* **
Yo
no sé; pero hay días peligrosos para los enfermos del corazón. Días
cargados de electricidad que agitan nuestro ser con sensaciones
desconocidas. Días en que se piensa en la vejez, porque se ve marchitada
una flor; días en que se piensa en la muerte, porque se ve morir la
primavera. Todo nos sobresalta en estos días. Dos garzas que van en una
dirección a esconderse en los fresnos. Una alondra que lleva en el pico
una paja para su nido. Una vaca que da leche a su cría en lo alto de un
monte. Siéntese en el corazón una cosa, como miedo, como el vacío, como
la indefinible emoción que sentía Jarilla.
Es
el último día de mayo, el día más solemne para la juventud. En este día
es cuando vienen a espantarnos todos los fantasmas de nuestros sueños de
doncellas, y este día decide de nuestro porvenir, ya perdiendo para
siempre a los amantes, ya ciñéndolos con una aureola de eterno
resplandor.
-Román, dijo Jarilla cuando estuvieron en el bosque y al pie de la
ribera.
Román, dame agua con tu mano. Coge el agua de entre las mismas flores.
Román dio de beber a Jarilla, y se estremeció al sentir el ardor
de sus labios.
En su primer impulso besó la mano dónde había, tocado Jarilla.
-Hazme, añadió ella, una almohada con las ramas de la retama fresca...
¡me
Román
cortó los ramos floridos, y colocó sobre ellos la cabeza de Jarilla. Su
pálida frente contrastaba con el oro de las flores y sus cabellos castaños
ondeaban sobre ellas como las alas de una paloma torcaz tendidas al sol.
Román
se sentó a su lado y estrechó contra su seno las pequeñas manos de
Jarilla, frías y temblorosas. Poco a poco fue inclinando su cabeza para
aspirar el aliento de la doncella, cuya respiración difícil la precisaba
a tener la boca entreabierta. Sus dientes brillaban con una blancura
semejante a las de las florecillas del riachuelo. Los ojos de Jarilla,
animados de un fuego facisnador, estaban fijos en Román sin apartarse un
instante.
-Duerme, dijo Román muy agitado, viendo que la joven, cada vez más lánguida,
no podía tener los ojos abiertos.
-No tengo sueño, contestó, no sé qué tengo...
Guardaron
silencio, y luego preguntó Jarilla:
-¿Oyes las tórtolas como arrullan?.. ¡Cuántas tórtolas hay aquí...
Yo no sé qué me sucede cuando las oigo arrullar, prosiguió con los ojos
brotando lágrimas.
Hacía
unos instantes que Román estaba agitado por una idea dominadora. En vano
procuraba serenar su espíritu. En vano apartaba sus ojos de Jarrilla. Una
fuerza superior a su voluntad le traía magnetizado a los pies de su
amada. No atreviéndose a tocar la mano con su boca, besaba continuamente
su ropaje y las flores que había en torno de su cabeza.
-Amada mía, exclamó por fin Román, levantándose precipitadamente;
huyamos de aquí... Abandonemos este sitio; ya lo hemos visto; vamos a
otra parte...
Román atribuía a la influencia de aquellos sitios la turbación
que experimentaba. Nada hay más supersticioso que la pasión.
Levantóse
Jarilla, y apoyada en su brazo, siguieron la ribera arriba. Veíase la
banda blanca del arroyuelo hinchado de flores, que no cesaba de temblar
como el seno de Jarilla.
-Vamos, dijo ésta, a la fuente de las Adelfas.
-Vamos, replicó Román con la esperanza de recobrar allí calma.
Se
aproxima la siesta y el aire empieza a sofocar. Cada vez las nubes, cargadas
se interponen entre el sol y la tierra y hacen más pesada la atmósfera.
El mismo color aplomado, sombrío y melancólico tienen los cielos que las
montañas. Las nubes semejan montes, y los montes nubes, y Román y
Jarilla parecen a, lo lejos dos seres que flotan en la inmensidad.
Sentóse
Jarilla en el borde del manantial y Román al lado de ella. La fuente
exhalaba un débil rumor, al verterse por entre las raíces de los árboles.
Parecía a veces un gemido.
-¿Oyes, Román, dijo Jarilla, qué dulce ruido hace la fuente? Corta las
flores de las madre-selvas.
Román
hizo una corona de flores, que ciñó a las sienes de Jarilla, y ésta se
sonrió. Pero las flores, ya un poco marchitas, se deshojaban, y Román
iba besando cada hoja que caía. Jarilla al mismo tiempo arrancaba las
flores de otro ramo y las echaba en la fuente. Las flores giraban en
torno, luchaban con el agua, se sumergían, tornaban a la superficie y
luego corrían arrastradas por la corriente.
Fatigóse
la joven de aquel juego y reclinó su cabeza en el hombro de Román. ¡Ultimo
día de mayo, qué hermoso eres! Tus fuentes tienen una música melancólica
que nos conmueve el alma. El agua, tibia exhala no sé qué miasmas de
placer.
Román
inclinó su frente sobre la cabeza de Jarilla. La corona de madre-selvas
separaba su boca de sus cabellos. Muro harto débil y harto perfumado para
que salvase de sus arrebatos a la doncella.
-¡Román, balbuceó Jarilla, Román, te amo!
-¡Dios mío, exclamó Román, huyamos de aquí!
Y con mano vigorosa apartó de la fuente a la doncella.
Pero
Jarilla estaba como exánime. Un frío nervioso la estremecía.
-Si, dijo Jarilla débilmente. La humedad me hace daño... y el ruido de
la fuente... yo no sé Román, llévame a la gruta... allí estaré
mejor... sosténme bien... dan vueltas los árboles...
Oprímese
el corazón con ambas manos, como si quisiera contener sus palpitaciones,
y prorrumpe en dolorosos gemidos.
Román,
silencioso y con la desesperación retratada en el semblante, se aproxima
más a ella y la llama por los nombres más santos. Jarilla, en vez de
responder, se tuerce los brazos y se golpea la frente. Román besa aquella
frente adorada y se arrodilla delante de ella.
-¡Román, exclamó Jarilla con una expresión indefinible, Román ya me
amas...lo conozco... has besado mi frente!.
Y la joven tendió los brazos hacia él.
Pero Román retrocedió, y arrepintiéndose luego volvió a
aproximarse a ella para volver a retroceder.
-¡Dios mío, gritó alzando los ojos al cielo con enérgico ademán, Dios
mío, basta ya; tened piedad de mi...
Y por segunda vez de su vida corrieron otras dos lágrimas por las
mejillas de Román. Las últimas que había de verter aquel caballero
noble y desgraciado.
Jarilla, ya con el delirio de la fiebre, se levantó y vio llorando a Román.
Entonces su piedad instintiva se despertó en ella y estrechando contra su
pecho la frente del joven la inundó de caricias.
Román
estrechó a Jarilla entre sus brazos como queriendo ahogarla y morir con
ella; y luego, furioso consigo mismo, se desprendió de la gruta y huyó
como un insensato. * **
Ya
veo tu postrer reflejo hundirse tras de la cumbre de la sierra, último día
de mayo.
Triste alumbras estas selvas. Te despides dejando a la doncella en
la agonía dentro de la gruta.
Ya
era tiempo de descansar. La enfermedad había recorrido todos sus grados.
Anoche debió de morir Jarilla, y su misma pasión reanimó su aliento
algunas horas más. Harto hizo con resistir todo el día.
Ya
su cerebro empezaba a trastornarse cuando la abandonó Román. Espantóse
al ver huir a su amado y quiso salir de la gruta; pero le faltaron
las fuerzas. Acordóse de la virgen María... quería verla. Fue a gritar
y se le entorpeció la lengua, ya amoratada, ya negra. Agitáronla
violentas convulsiones: Cayó luego en un letargo.
Último
día de mayo... ¡Adiós! .............................................................
Román,
después de haber dejado la gruta, giró sin saber adónde, por una y otra
senda. Subió a lo alto de las peñas y tuvo ideas de precipitarse, pero
Román pensó en que Jarilla quedaba abandonada.
Aguardó
a serenarse. Pasó una hora sobre las peñas, y al descender el sol volvió
a la gruta. .............................................................
Al
día siguiente de la muerte de Jarilla y en el fondo de tan horrible
precipicio se encontró el cadáver de Román destrozado por las puntas de
las rocas...
-¡Orad-por Román, que no supo ser fuerte ni débil!
-¡Orad por Román, que no supo huir a tiempo de la selva!
-¡Orad por Román, que vino la selva cristiano y se hizo moro, para no
ser moro ni cristiano!...
No
lloréis por Jarilla... los ángeles no han menester nuestras oraciones.
Diez
años después de estos sucesos fue cuando unos piadosos monjes, avisados
por un pastor, hallaron en la encina la virgen que adoraba Jarilla, y
fundaron la ermita que hoy existe cerca de la fuente de las Adelfas en los
montes de la "Jarilla". FIN
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