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Carolina Coronado |
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Jarilla (II) |
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Hay en la cima de la sierra de Monsalud, una habitación subterránea a la que se desciende por la bóveda. Muchas personas han tenido por maravilla semejante vivienda, dudando qué persona humana gustase de habitar aquel sepulcro, que apenas baña un rayo de sol y en donde el aire nunca se renueva. Pero una cisterna construida cerca de la misma morada, da a conocer claramente la existencia de un ser que la habitó por largo tiempo. [Aun existen en la cima de esta sierra las ruinas de un castillo; pero la bóveda de que trato, así como el aljibe, parecen de época posterior. En la misma cima de la sierra, se alzan también las paredes de la horca de este dominio feudal.] La noche en que se apareció en el castillo de Nogales la sombra del terrible mahometano, una semejante se deslizó a través de los muros y se dirigió hacia la sierra. Llegado que hubo el que caminaba a la mitad de la sierra, se sentó y se limpió el rostro con la punta del turbante. Contempló algunos momentos las luces que iluminaban el castillo, y se sonrió con esa amarga y desesperada sonrisa que- en los caracteres enérgicos hace las veces de llanto para expresar el dolor. Luego volvió a subir más lentamente, y sería como la media noche, cuando llegó a la cima. Una luz muy débil se percibía a lo lejos, en un extremo de la sierra, y a ella se dirigió el moro.
-Abac...
Abac, repitió el moro al pie de la bóveda.
-Entra, contestaron desde abajo.
Descolgóse
y se halló frente a frente con Abac.
-¿Qué traes? dijo Abac.
-La desgracia, como siempre.
-Habla.
-Jarilla ama a un cristiano.
-¿No hay más?.
-Es hidalgo.
-Continua.
-Y... está casado.
Calló Regio, y Abac meditó.
-La semilla vuelve a la tierra de donde ha brotado, dijo Abac ,gravemente;
hija de cristiana es, busca marido cristiano. Deja marchar al destino.
Doncella será hasta que el cristiano sea libre. No te inquietes por su
honra. La doncella honrada es más fuerte que los hombres. Si el cristiano
no es nunca libre, morirá doncella.
Regio
se dirigió a la huerta, tomó la azada y cavó alrededor de los árboles.
Ya alumbraba el sol, y el beneficio de las plantas estaba hecho por la
mano de Regio, cuando dejó la azada, se limpió el rostro, descansó un
instante y emprendió su camino hacia el castillo de Salvaleón.
Cuando
llegó a la mitad de la sierra, le pareció oír ruido de caballos; detúvose,
miró, no vio nada y siguió tranquilamente su camino. Pero al llegar a la
falda de la sierra se oyó el grito de
-¡Muera la sombra del moro!.
Una
flecha, silbando con fuerza, vino a clavarse en su frente y Regio cayó
brotando de ella un manantial de sangre.
Caballero
en un famoso potro granadino bajaba el Rey don Juan II con toda su corte,
por la pendiente de la sierra donde se eleva el castillo de Nogales, para
ir a dar posesión del de Salvatierra a su protegido el célebre Román.
Iba
la Reina en un vistoso palafrén enjaezado de terciopelo verde con flecos
de oro, y a su lado la duquesa heredera de Silves, radiantes ambas de
hermosura, de riqueza y de alegría. Seguíalas el viejo marqués de
Villena, sin apartar los ojos de su fugitiva novia y procurando llamar su
atención con palabras y con suspiros. Pero la duquesa, para librarse de
él, acercó cuanto pudo su palafrén al de la Reina, entando con ésta
una conversación en portugués que, aun a ser menos cerrado, no pudiera
comprenderlo el de Villena.
Pero
en aquel momento se espantaron algunos caballos, las dos ilustres
portuguesas empezaron a hacer exclamaciones en su idioma, y don Álvaro
acudió
-Doncel- dijo el condestable acercándosele con semblante ceñudo-, ved
que Su Alteza no viene a veras desempeñar el oficio de cirujano, sino a
daros posesión de un castillo.
-Condestable-respondió Román con solemne tono-la humanidad es antes que
el Rey.
Y
sin atender a más razones dio orden para que trajesen del castillo una
camilla; quitóse el casco, tomó agua de un próximo arroyo, que el
"Arroyo del
Aquella
marcha triunfar conduciendo a un moribundo, la alegría retratada en el
semblante de los cristianos, la agonía de la muerte en el pálido del
moro, un Rey de Castilla dominado por el favorito a quien había de hacer
decapitar, un marqués casado con la mujer de su hijo, Román unido a la
mujer que no urna, y a poca distancia Jarilla llorando por el amante que
no puede pertenecerla; he aquí reunirlas en una selva todas las miserias
de la vida.
-Pero- exclamó impaciente la heredera de Silves, dirigiéndose a la Reina
Oyó el marqués de Villena la palabra marido, y aprovechó la
ocasión de acercarse a doña Inés.
-No eres tú, dijo zumbonamente la Reina, es el marido joven.
Bajó el viejo la cabeza confuso y mortificado, y la Reina hizo
venir a Román.
-Tu mujer, dijo apoyando con intención el título, quiere hacerte una
pregunta.
-La duquesa, contestó Román inclinándose puede empezar cuando guste.
-Quería saber, balbuceó doña Inés desconcertada, desde cuando sois
amigo de los moros.
-Desde que soy cristiano, señora, me intereso por las desgracias de todos
-¡Ah! exclamó la duquesa, deteniendo su caballo para quedarse detrás
,con el
doncel; ¡si fuerais tan piadoso con las mujeres!.
-¿Qué queréis decir?.
-Que aun no os habéis dignado dirigirme una mirada.
-Perdonad, señora, si no me es dado satisfacer vuestra legítima
reconvención.
-No una es reconvención; es una queja.
-Perdonad, repitió queriendo alejarse de doña Inés.
-¡Román! siguió la portuguesa obstinadamente, una palabra sola.
-Que sea breve.
-Soy vuestra mujer.
-Ya lo sé.
-¿Amáis a otra?
-Sí.
-Pues olvidadla, porque jamás seréis libre... ¡Lo juro! Sea cualquiera
la decisión de la Iglesia, yo os amo y no renunciaré a mis derechos.
-Llevaréis mi nombre; pero nunca será vuestro mi corazón.
-¿Y quién es la mujer venturosa a quien amáis?.
-Su nombre debe importaros poco.
-¿Es también mora?.. ¿Guardáis silencio?.. ¿Teméis que descubra su
retiro? ¡Román, qué desgraciada soy! exclamó la portuguesa, limpiando
en seco sus hermosos ojos.
-¡Sí, señora, los dos somos muy desgraciados!... Que Dios os guarde.
Y
Román se colocó otra vez al lado del moro.
Media hora después llegaron al castillo.
La
ceremonia de la entrega era una de las más solemnes de aquellos tiempos,
mucho más si se considera hoy el aparato real con que iba a verificarse y
las numerosas tropas que acompañaban a SS. AA.
El
heraldo repetía el formulario que declaraba "al heredero de
Villena" dueño del castillo de Salvatierra, por la gracia del muy
poderoso y magnánimo Rey don Juan II, cuando Regio, que había estado
mirando con espantados ojos al marqués de Villena se levantó
repentinamente y gritó:
-¡Villena!... ¡Villena!... ¡Dame a mi hijo!... ¡el hijo de tu
cristiana, que es mi hijo!... Yo le vi nacer... Perro, ese hijo no es
tuyo; ¡te lo juro por el Korán! ¡Es mi hijo!.
El moro cayó en tierra desplomado, y un profundo silencio siguió
a sus palabras.
El
Rey quedó mohino; el condestable suspenso; doña Inés perdió el color;
alborotóse el marqués; los nobles se miraron confundidos; los pecheros
sonrieron gozosamente y Román acudió a levantar al moro, que exhaló en
sus brazos el útimo suspiro, al mismo tiempo que las gentes gritaban bajo
las almenas:
-¡Viva el Rey! ¡Viva el nuevo, señor del castillo!. * **
Doña
Leonor es recibida en el campo castellano como el ángel de la consolación.
Tan pronto como los farautes anuncian su venida, los sitiadores cesan de
avanzar, y los sitiados suspenden sus dardos. Los castellanos gritan: ¡viva
la Reina de Aragón! y sobre los muros de Alburquerque los aragoneses
repiten: ¡viva la Reina de Aragón!.
Este
grito se reprodujo en las peñas, y al oír este grito, el maestre de
Santiago y don Álvaro de Luna suspenden el combate, y desnudándose el
casco, claman también: ¡viva la Reina de Aragón!.
Doña
Leonor, seguida del conde de Benavente, vuelve al sitio de la lucha y se
arroja en los brazos de su hijo.
Doña
Leonor conjura al condestable para que torne a los reales de don Juan,
y pide a su hijo hospitalidad en Alburquerque. Su poderosa voz
subyuga, y obedecen. Pero doña Leonor se vuelve al Rey castellano y le
obliga también con sus ruegos a que ofrezca levantar el sitio, con la
condición de que los infantes cesarán en su rebeldía. A todo accede don
Juan, y la ,Reina fatigada, exánime, entra en Alburquerque oyendo por
todas partes las aclamaciones de entusiasmo.
En
el gabinetito del maestre, sobre un sillón de alto respaldo forrado de
baqueta, se sentó a reposar doña Leonor; pero no bien hubo reposado unos
instantes, cuando se levantó con inquietud. Echó sobre sus sienes el
desceñido manto, y ordenó a los de su servidumbre que la condujeran al
lugar donde hubiesen colocado a los heridos. Era en una vasta enfermería
mal alumbrada, descompuesta y fría, donde los moribundos yacían hacinado
s en los rincones. Acercóse la Reina con maternal solicitud, y los hizo
colocar sobre los lechos, llevando ella misma la lámpara en sus manos.
Pero dos de ellos no daban señales de vida. Rociaron a uno el rostro,
moviéndole con fuerza, y se vio que era cadáver. Examinóle doña
Leonor, y vio que un dardo se hallaba clavado en su corazón tan
profundamente, que no debía haberle dejado el menor resto de vida:
arrancaron, el dardo y no brotó sangre. Rezó doña Leonor y apartó su
vista del desgraciado guerrero. El otro, que parecía también muerto, tenía
calada la visera, y la mano derecha aferrada en el puño de su espada
rota. Era de gentil catadura, sus piernas cruzadas se sostenían
levantadas del suelo por las ruedas de los brillantes acicates de oro.
Desnudáronle el casco... acercó doña Leonor la lámpara, y retrocedió
espantada. En aquel rostro cadavérico y salpicado de sangre acababa de
reconocer las facciones de Román. Un dardo atravesaba su pecho. ¡Ay, tal
vez al arrancarlo, tampoco brotaría sangre! ¡Ay si le viese Jarilla!.
Arrancaron
el dardo que atravesaba el pecho de Román, y brotó un raudal
Doña Leonor pudo respirar, y el herido fue trasportado al lecho.
La Reina de Aragón aplicó el bálsamo a la herida del caballero cuando
volvió a la vida. La Reina misma le dio a beber el elíxir que había de
restaurar sus fuerzas; y luego se volvió al lado del maestre devorada por
crueles inquietudes.
A
la noche siguiente, repitió su visita y halló al herido muy aliviado.
Pero su razón había padecido un gran trastorno, y se le escapaban todavía
palabras desacordes. Cuando la Reina se acercó a su lecho se animaron los
ojos de Román con un fuego extraordinario, y levantando vivamente la
cabeza, exclamó:
-¡Al fin has venido! Cuanto tiempo te he esperado. ¿Iremos a la gruta? La
Reina puso la mano en su frente para obligar le a reposar, pero él la,
asió
-¡Te amo! prosiguió Román delirante. ¡Te amo! ¡Huye conmigo!... ¡Dónde
estás!... ¡Dónde estás!...
La Reina volvió a mostrarse al enfermo.
-¡Qué hermosa eres!... ¡Qué luz tan brillante tienen tus ojos!... ¡Huiremos
a la selva!... ¡Estaremos
solos!.,.. ¡Hija mía!...¡Hermosa mía... amante mía... te amo con
todos los amores!...
Román
apoyó su cabeza en la palma de la mano, y clavó en doña Leonor su
mirada abrasadora y tenaz. La Reina se estremeció. Desde que en Toledo
tuvo un fatal sueño que le presentó a Román ensangrentado y sin vida,
la pasión de la Reina había tomado un carácter maravilloso, una fuerza
de fanatismo, una ternura religiosa que la llevaba a mirar al caballero
como a un ser a quien el mismo cielo
protegía, dándole el misterioso aviso para que lo salvase.
Román cerró los ojos y cayó en un profundo letargo.
Seis
días después se hallaba Román tan recobrado, que pudo levantarse,
ansioso como estaba de dar las gracias al maestre, pues en su nombre se le
había asistido con tan generosa solicitud.
Ciñó
el casco a su pálida frente, sombreada todavía por el dolor, y se dirigió
al palacio.
En
vano doña Leonor había empleado con los Infantes, su elocuencia, sus
ruegos, sus lágrimas. para hacer los renunciar a sus designios de
permanecer en Alburquerque. Tal vez el maestre hubiera cedido a los
esfuerzos de su madre; pero don Pedro, rencoroso y agriado con los reveses
de la lucha, juró que no se rendiría mientras quedase en sus venas una
gota de sangre.
-Hoy mismo dijo, con aquella voz que hacía temblar a los navarros-, hoy
mismo anunciaremos al campo de don Juan la resolución de resistir su
ataque, y aun de avanzar hasta sus reales si se obstina en el sitio.
La
Reina conoció que eran inútiles sus palabras y se entregó a un doloroso
silencio... Cuando después de mil precauciones fue introducido Román en
la cámara del maestre, Román se inclinó ante la Reina sin fijar en ella
los ojos, y dio las gracias al maestre con expresión es llenas de
reconocimiento y dignidad.
-Dádselas a mi madre-contestó el maestre- que es la santa enfermera de
Al decir esto besó con ternura la mano de su madre, y se la hizo
besar al doncel.
-Yo me doy el parabién -prosiguió luego- por tu restablecimiento. Eres
el más, valiente campeón del tercio enemigo, y tu muerte nos hubiera,
robado la mitad de la gloria que nuestros pendones han de conseguir cuando
lleguen hasta los reales de don Juan, a pesar de tu defensa.
-Sí es esa la suerte que Dios reserva al Rey de Castilla- replicó el
caballero- permitid que me entregue al más vivo pesar por no haber
perecido en el primer choque.
-Eres noble y bizarro. joven, y no puedes, comprender la existencia sin
gloria.
Lástima
que sirvas a don Álvaro, para quien la gloria es la existencia de su
poder.
Nada
contestó Román. Y añadió el maestre:
-Ese poder caerá. Don Álvaro ha sido consentido por Dios para
escarmiento de ambiciosos.
-No seré yo, señor, quien le detenga en su caída; pero hay de aquellos
que al
empujarle al abismo osen mover una sola rueda del trono de Castilla.
-Ese trono, caballero no tiene ruedas. Marcha en hombros del condestable, y
cuando le falten esos hombros...
-Le sostendrán nuestras espadas -interrumpió impetuosamente el
caballero.
-Gracias- dijo la Reina, colocándose. Como siempre, en medio de la cuestión-
gracias Román, por tu adhesión a mi muy amado sobrino el Rey de
Castilla. Dios guarde su vida tan largos años como la de mis hijos.
La
Reina salió majestuosamente, y el maestre la acompañó hasta su
estancia.
-Quisiera saber- preguntó Román-si al maestre le place tenerme como prisionero
o si tengo libertad para volver me a los míos.
-Al darte el parabién por tu restablecimiento- contestó el maestre- te
he manifestado
la satisfacción que tengo en hallar adversarios dignos de ser batidos.
Eres dueño de volver al campo de don Juan. * **
Una
hora después se puso en movimiento la pequeña corte de don Enrique y de
la viuda de Aragón.
Pálida, absorta, con el dolor retratado en el rostro, la
infortunada dama caminaba al lado del obispo, sin que una sola palabra
interrumpiese su silencio.
De
pronto resonó clara y distintamente por la selva el nombre de Román.
Este se detuvo en su primer impulso, y luego siguió marchando al pensar
que su mente le engañaba. Pero su corazón palpitó fuertemente cuando
don Enrique dijo:
-Creo haber oído tu nombre...
-Es el eco dijo Román- y lo
repitieron las peñas.
-Sí, si; es el eco.
Pero a los pocos minutos, dijo la reina.
-Ahora no es el eco... yo no he pronunciado tu nombre.
-¿Y lo habéis oído?
-Claramente.
Román apretó su corazón, con la mano haciendo chocar contra el
peto resonante guantelete, y dijo entre dientes.
-¡Volveré muy pronto... muy pronto, Jarilla! Los espíritus traen tu voz
por los aires. Mahoma quiere que seas mía, y... volveré.
Pero
volvamos a Alburquerque. Se disponía ya Román a abandonar a doña Leonor,
pero don Enrique le dijo:
-Ha terminado, bizarro joven, nuestra enemistad con tu Rey, y han cesado,
por lo tanto, las honrosas causas que te alejaban de nuestra corte:
nuestro agradecimiento por el servicio que has prestado a mi amada madre,
es sin límites, y queremos darte un testimonio de él haciéndote aceptar
en nuestra corte uno de los cargos más dignos que tenemos.
-Señor,-respondió el doncel inclinándose hasta el suelo-,-nada debo
aceptar, porque no lo merezco, y porque no puedo permanecer en vuestra
corte...
-La Reina desea hablaros, y señalando al aposento de doña Leonor; le
despidió de si.
La
Reina estaba radiante de felicidad; había salvado a su hijo. Hallábase
transformada su persona, con el matiz carmín que la reacción del
cansancio había traido a su rostro, y que brillaba sobre él manto de
terciopelo negro, como la luna cuando aparece entre nubes con el color
encendido, presagio seguro de tempestad.
-Nunca,- dijo doña Leonor dando a besar su mano al caballero- nunca, Román,
se desanubla tu entrecejo. ¿Eres desgraciado, hijo mío?.
La dulzura con Que la Reina pronunció estas ,palabras, conmovió
al doncel; y exclamó con efusión:
-No, señora, no puede ser desgraciado el que logra de vos que le habléis
con tal bondad...
-Hemos resuelto -continuó la Reina más animada- que te quedes en nuestra
corte.
-Imposible.- replicó Román retrocediendo un paso.
-Tendré tres hijos -añadió la Reina con acento verdaderamente maternal. Te
miraré como a hermano de don Enrique y de don Pedro.
-Imposible, señora.
-¿Tan fuertes lazos te sujetan a la corte de don Juan? ¿Amas a doña Inés?
-Voy a abandonar la corte de don Juan, y no volveré a ver a doña Inés.
-¿Pues dónde vas?- prorrumpió la Reina, levantándose a medias del sillón.
-No lo sé.
-Román, ¿qué misterio es ese? ¿No merezco que me confíes tus
secretos?.
-¡Ah, perdone V. A.! Mi secreto debe morir conmigo.
Un
rayo de esperanza penetró en la mente de la Reina. ¿La amará el doncel,
y su pundonor le obligaría a huir de ella?.
-Román,-le dijo- este momento es muy solemne para los dos; habla. ¿Amasa
otra que no sea doña Inés?.
-Sí.
-¿Temes ofenderla?.
-Ya lo sabe.
-¿Lo sabe?
-Lo adivina;
-¡Ah!...
La
dama se dejó caer en el sillón como temiendo haber comprendido
demasiado.
-¿Y quieres huir de ella?.
-Voy a buscarla.
-A buscarla- Gritó doña Leonor fuera de si, levantándose de su asiento, pues
¿donde está? ¿Quiénes?..
-No la conoce V. A.
-Basta,- repuso doña Leonor con dignidad.-Sé dichoso. ¡Adiós!
-Adiós, señora.
Iba
a salir el doncel cuando un golpe como de cuerpo que se desploma, resonó
en la estancia; volvió y halló a la Reina sin sentido. Al ruido
acudieron las damas, y la trasportaron al lecho. Román esperó en la
antecámara a que volviera en si, y después se despidió de los infantes
y se dirigió a los reales castellanos.
Nada;
ni el amor de la hermosa Reina había podido torcer aquel corazón de finísimo
acero, templado al fuego que ardía en el siglo XV, y que ya en nuestros
tiempos no volverá a arder. Allá va atravesando el Gébora en su negro
caballo... Ya llega al campo de don Juan.
Román
besó la mano al Rey, y saludó a don Álvaro.
-Su Alteza- dijo don Álvaro -ha sabido vuestra acción, y en premio de
ella...
Pero
Román se adelantó vivamente, y besando de nuevo la mano del Rey,
-Sé- añadió - que me expongo a perder la gracia del más generoso de
todos los soberanos; pero no debo abusar de su magnanimidad. Solo una
demanda, hija del único deseo que tiene mi corazón; solo una demanda
tengo que hacer a S. A. Dichoso yo, si en cambio de la sangre que he
derramado por S. A. se digna otorgármela. Mi agradecimiento será tan
eterno, como el amor que tengo a mi Rey.
Y diciendo esto volvió a hincarse de rodillas.
Maravillados
quedaron los de la corte de las palabras de Román, y no menos maravillado
el Rey ordenó al caballero que declarase su deseo.
-Señor,-dijo Román- pido a V. A. la venia para retirarme de la corte,
renunciando a los empleos y gracias que he debido a la bondad de V. A.
Mudo
estuvo el Rey por unos instantes, examinando el rostro de su doncel para
ver si traslucía la causa de su extraña petición; pero como no la
adivinara, le mandó que aclarase aquel secreto.
-¿Estás descontento?- le dijo.-¿Tienes querella contra alguno de mi
corte?
-Se ha negado Villena a darte tu mujer? ¿Cuál es el origen de ese
inaudito despecho?.
-Señor, no estoy descontento de la corte, ni tengo con sus nobles
caballeros querella alguna, ni el señor de Villena me ha rehusado nada;
pero deseo retirarme.
El
Rey, aunque algo mohino, concedió a Román el permiso de retirarse, y la
corte emprendió su marcha para Medina.
Era martes 15 de Mayo.
Román volvió a tomar el camino que había atravesado con la
Reina, acompañado solamente de su escudero y de dos pajes de lanza; llegó
al castillo de Nogales, donde dejó su gente, descansó una, hora y volvió
a montar a caballo después de haberse informado de si existían algunos
moros en Salvaleón.
Cada
vez su rostro se iba poniendo más sombrío. Conociase en el mirar
incierto, y en la palidez de su semblante desencajado, que alguna idea
terrible batallaba en su interior. Una vez se detuvo, cruzó las manos y
alzó los ojos al cielo y por la primera vez le desprendieron de ellos dos
pesadas lágrimas. Luego queriendo animarse a sí mismo con el movimiento
aplicó espuelas al caballo y se metió en una cañada que conducía al
castillo de Salvaleón.
Por
allí corría el arroyo del Moro. Allí fue donde Román socorrió al
desgraciado Regio, cuando los ballesteros lo llevaban arrastrando; y de
aquel arroyo tomó el agua para bañarle el ensangrentado rostro. De todo
se acordaba Román.
-¿Pero porqué está tan desesperado?
Es
preciso que ahondemos hasta la raíz de los ,pesares de Román.
Cristiano
nació Román en la católica Toledo; jamás hubo caballero más exacto en
cumplir los preceptos del severo dogma, ni tampoco otro alguno excedió el
ardor de su fe. Pero desde su casamiento con doña Inés y su encuentro
con Jarilla, Román empezó a enojarse contra las leyes de la Iglesia, que
le condenaban a una desgracia eterna, y acabó de exasperarse su genio y
de entibiarse su piedad, cuando vió al arzobispo sancionar un lazo que él
juzgaba sacrilegio. Luego la declaración del moro y el desprecio que
algunos caballeros le mostraron, despertó en su alma ese enérgico
instinto de orgullo, de amor de familia que inclina al hijo a adorar lo
que adoró su padre. La sangre de Regio, sangre de reyes, se animó en las
venas de Román, comunicándole todas su pasiones. Román pensó en la
grandeza de alma, en los infortunios de su padre y pensó también en su
religión...
-¡Ah!- dijo para sí.- Como hubiera sido moro, sería esposo de
jarilla...
Esta
idea, que pasó rápidamente por su imaginación, le sobrevino muchas
veces, y una de ellas se fijó tanto en su cabeza, que le obligó a
discurrir.
-Si yo abrazase la religión de mi padre, yo seria libre... y podría
unirme a Jarilla... con ella, tan inocente, tan bella, tan enamorada. De
otro modo jamás podré acercarme a Jarilla. No, jamás, la amo, la
respeto demasiado... Pero siendo moro la sacaría del castillo de
Salvatierra y...
Desechó
este pensamiento y se arrojó a los muros de Alburquerque. decidido a
morir. Pero más tarde supo la decisión del arzobispo y entonces se dijo
con firmeza: -Seré moro, y seré libre.
La noche de contemplación a la luna en el castillo, pensó solo en
esto.
Cuando
acompañando a la Reina creyó oír su nombre repetido por Jarilla; dijo
también: -Volveré pronto, Jarilla, volveré...
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