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Carolina Coronado |
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Jarilla
¿Quién
no ha visto algún castillo feudal? Y ¿quién al ver uno tan magnífico
como aquél de que dio posesión D. Juan II al señor de Villena, no hace
en su mente un paralelo entre las torres que habitaban los hidalgos de
entonces y los palacios que habitan los grandes de ahora?.
Allá,
en una sierra sobre un pueblo donde se fabrican búcaros de rojo barro, se
alza todavía el castillo que prestaren los godos a los árabes para
hospedaje de siete siglos, y que después volvieron a habitar los mismos
godos, sin que una sola piedra hubiese dado indicio de la flaqueza que con
el tiempo revela toda fábrica de mortales. Allí Están todavía, negras,
severas, terribles, descollando por cima de los pueblos y viendo a las
generaciones batallar girando en torno de sus pies, como las nubes en los
días de tormenta.
Sería
por el mes de abril, cuando don Juan II de Castilla pasó desde Córdoba a
Extremadura, a combatir al maestre de Santiago y a su hermano el infante
don Pedro, que continuaban defendiéndose dentro de los muros de
Alburquerque.
Había
combatido don Álvaro de Luna con 80.000 hombres. y 10.000 caballos, y
seguido de la flor de los caballeros andaluces y de toda la, nobleza
castellana. Allí, entre muchos nombres distinguidos, lucieron sus
pendones los nobles condes de Haro, de Ledesma, de Castañeda, de Medellín,
de Plasencia, de Niebla y de Benavente. Allí, León, Saldaña, Toledo, Stúñiga
y Albornoz mostraron su heroico esfuerzo. Pero quien más se habla señalado
por su abnegación en el combate, fue un doncel del Rey, llamado Román,
que se decía hijo del marqués de Villena, si bien la dureza y el despego
con que siempre éste le había tratado no justificasen aquel título de
la naturaleza.
El
Rey le profesaba en cambio de esto un tierno cariño, que se había
aumentado en estos últimos años con las hazañas del caballero. No
faltaban envidiosos que motejasen a Román de haber en la batalla dado
sobradas muestras de piedad socorriendo a un moro que cayó herido en una
zanja, después de haber peleado con él, y librándole de la furia de los
cristianos que intentaban rematarle.
Antes
de pasar a Alburquerque tenía dispuesto el Rey dar a Román la posesión
del castillo de Salvatierra, entonces deshabitado, y para ello pensaba
detenerse un día en el de Nogales, que pertenecía a su hijo el Príncipe
heredero don Enrique.
Digo
que sería por el mes de abril cuando la comitiva del Rey atravesaba una
cordillera de cerrados montes, en cuyas entrañas solo las fieras se atrevían
entonces a penetrar. Su Alteza iba, como siempre, distraido en no pensar
en nada. El condestable don Álvaro de Luna iba pensando que si hubiera
nacido rey no tenía que intrigar para ser favorito; el Príncipe, en lo
poco que le aprovechaba ser de la sangre real, estando como estaba
sometido a la tiranía de don Álvaro; cuando un paje de lanza de la casa
de Villena exclamó santiguándose uno de los rostros más feos que había
producido Extremadura, de donde era nacido:
-La gracia del Señor nos acompañe, María Santísima nos proteja, Que
vamos a pasar, por los castillos del "Moro Regio".
-¿Qué castillos son esos?-preguntó Román.
-Esos castillos-respondió éste-eran de un Rey tan alto como aquel cerro,
y de una fuerza tan atroz que derribaba a un cristiano solo con poner en
su frente la punta del dedo índice.
-Y ¿qué fue de ese moro?
-Esos tres castillos que ve su señoría, Y toda la tierra hasta llegar a
la cima de aquella sierra eran suyos, y tenía además el moro grandes
tesoros encerrados en ellos, y una cristiana de tan peregrina hermosura
que daba pasmo a cuantos alguna vez acertaban a verla asomada a las
torres.
-Pero, ¿qué fue del moro?-repitió impaciente el heredero de Villena.
-El señor don Enrique III (q. e. p. d.)-contestó el paje descubriéndose
(como todos los que alcanzaron sus palabras)-, lo echó de sus castillos;
pero ha sido sin fruto, porque cuantos hidalgos han venido a habitarlos
han sido muertos por la "sombra del moro", que se quedó
"pegada a las paredes".
Habían
llegado al primer castillo, que descollaba airosamente entre los otros
dos, separados a derecha e izquierda por el radio de dos leguas, y Román,
alzando los ojos hacia su inmensa mole, detuvo su corcel con respetuosa
admiración.
-Doncel-gritó don Juan II-, arriba y veamos cuantos valientes se pueden colocar
tras las almenas de tu castillo. .
Escapó
hacia el alto el caballo del Rey y tras él los principales señores de la
primitiva, excepto don Álvaro, que creyó inútil subir, cuando tenía
noticia de aquel y de todos los castillos que se hallasen en los dominios
de su Soberano.
Cuando
llegaron a las murallas del castillo, ya unos a otros no se distinguían.
Las nubes habían bajado a la loma de la sierra, y envolvían a los nobles
caballeros, haciendo brillar con sus relámpagos sus cascos, sus escudos,
sus acicates y sus espadas como millares de centellas.
Román,
saliendo de entre una nube, era el más adelantado, cuando un redoblado
trueno, que estalló a sus pies, espantó a su alazán y le obligó a
retroceder sobre un precipicio que tenía la sierra hacia la parte de
Oriente. Luchaba el bruto entre las piedras, haciendo saltar con sus
cascos encendidas chispas, y a cada trueno que retumbaba en aquella noche
repentina, se volvía desatentado y ciego, unas veces avanzando hacia la
sierra, y otras queriendo precipitarse de lo alto de ella.
Abalanzóse
el Rey a una ventana del salón principal, y tendió la vista sobre los
campos. Nada se veía sino las nubes girando en torno, como bandada de
negras y blancas cigüeñas.
-El más bravo de mis guerreros, dijo Su Alteza, volviéndose tristemente
a los señores, el más sabio no solo de los jóvenes, sino de los viejos,
se ha despeñado tal vez por esa altura, y tengo que señalar esta hora
entre las más desgraciadas de mi vida. Que salgan cuatro arqueros y que
le busquen.
Pero
en aquel instante una luz vivísima deslumbró al Rey; una culebra de
fuego cayó rozando la torre, y los que estaban más lejos vieron caer a
Su Alteza medio ahogado. Pacheco se acercó al Rey, le tomó en sus brazos
y le sacó al aire libre. En tanto decía el paje de lanza a los demás
mostrándoles una fuente que en un salón del castillo se conserva todavía:
-Esta es la fuente donde bebía el moro. ¿Por dónde viene el agua? Veis
que aquí no puede subir sino por arte de "encantamiento".
En
efecto, el agua de esta fuente no sube, sino que baja desde la plataforma
por medio de acueductos perfectamente dispuestos.[Tiene 30 pies de
longitud por 15 de anchura, y nunca se ha visto agotada, por lo que se
ignora su profundidad. El agua se conserva pura uno y otro año, y a ella
acuden las cabras a beber.]
El
Rey se recobró; cesaron los truenos, huyeron les nubes, despejóse el
cielo, y se pudieron ver desde las torres los campos cubiertos de árboles,
todavía inclinados al peso de la lluvia, los abismos cegados por el agua,
los arroyos recién nacidos que hacían su primer entrada en los valles.
-Mirad a nuestra izquierda, dijo Pérez, aquel monstruo negro que se
levanta desde aquella hondonada. Allí era donde más tiempo habitaba el
moro. Mirad a la derecha aquel fantasma blanco, donde se ve ondeando el
pabellón real. Allí vamos a dormir esta noche. ¡Loado sea Dios si no
nos suceden más desgracias! ¡Ya véis que solo por haber entrado en este
castillo han sucedido dos! La "sombra del moro" está
"pegada a las paredes" de sus tres castillos, y esa es la que ha
traido la tormenta sobre nosotros, y la que se ha llevado por los aires al
doncel! AVENTURA
DE ROMÁN EN UNA SELVA
En lo más recio de la tormenta dejamos a Román luchando con el espantado
Vióse
Román encerrado en una cuenca rodeada de sierras por todas partes. Decidióse
a esperar bajo un grupo de encinas a que pasara la tormenta, y deteniendo
su alazán, se desnudó el casco para respirar el aire fresco que
despejara su ardiente y aturdida cabeza. Lástima qué doña Leonor, viuda
del generoso don Fernando de Antequera, no pudiese en aquel instante
admirar el rostro del agitado doncel con aquel embeleso que hacía
murmurar a las damas de Toledo, no menos prendadas que doña Leonor del
heredero de Villena.
Cuando
levantó la cabeza, vió cerca de si una mujer que le miraba con una
expresión de gozo y asombro. Román esperó a que hablara; pero ella, con
la boca entreabierta y los ojos fijos como en la enajenación mental,
permaneció muchos instantes muda.
Era
muy joven. Carecía sí de la blancura mate que hacía parecer tan bellas
a las encerradas damas de Toledo; pero sus ojos, de una magnitud graciosa,
eran tan negros y brillantes como los de Román; blanqueaban sus dientes
en su fresca
-¿Quién sois?-preguntó Román.
-¿Quién eres tú?-preguntó a su vez ella-; no eres ni mi padre, ni
Barbellido, ni el Morro.
-¿Vives por aquí?-siguió Román.
-Además, continuó ella, nunca vienen por ese lado. No... te he visto
venir desde lo alto de aquella peña, y has bajado de la Madre del sol. Es
verdad que a lo lejos he visto pasar a otros que también vienen de la
Madre del sol. Pero tan hermoso como tú no vi ni los lejos ninguno.
-¿Quién es la Madre del sol y de quién sois hija?
-¡Cómo! ¡no conoces a la Madre del sol! exclamó la joven estupefacta.
Entonces eres violeta que tiene la cabeza escondida a la luz o cárabo que
no sale sino por la noche. Porque la Madre del sol es aquella, dijo señalando
a la sierra de Oriente. Lo saben la zarza-rosa y la campanita blanca, que
abren cuando nace el sol de la Madre, y lo saben la golondrina y la
perdiz, que cantan su nacimiento. Esa es la Madre del sol; el nombre de mi
padre no puedo decirlo; pero es alto como aquella encina, y puede más que
todos los de este mundo. Y ha venido de allí, de la Madre del sol, porque
él me lo ha dicho.
-¿Tiene muchos vasallos?
-¿Qué son vasallos?
-¿Tiene castillo?
-¿Qué es castillo?
-¿No habréis salido nunca de este bosque?.
-Nunca; pero desde lo alto de las peñas he visto todo el mundo.
Román
la miraba absorto. El distinguido cortesano de Juan II, ídolo de las
damas de Toledo, orgullo de las castellanas cuando conseguían atraerlo a
sus castillos, so pretexto de danzas y banquetes, no había sentido en
medio de sus
Y
todavía se sintió más conmovido cuando, después de haber mirado el
cielo y la tierra con un ansia de placer indefinible, le dijo Jarilla.
-Y más airoso que todas las ciervas y más hermoso que todos los pájaros,
eres tú; te mueves como garza y suenas como ruiseñor.
Después
examinó sus pies con infantil curiosidad, y se inclinó hasta el suelo
para ver de cerca sus acicates de oro, que orillaban al sol reflejando sus
rayos.
-Esto es lo que yo vi de lejos, continuó, y me parecía que te traían
dos estrellas. Puede ser que te hayan traído dos estrellas. Puede ser que
hayas venido de las estrellas... ¿Cómo te llamas?.
-Román.
-¡Román!
-¿Te gusta mi nombre?
-Sí.
-¿Y el tuyo cual es?
-Jarilla.
-¡Jarilla!
-¿Te gusta el mío?
-Sí.
-¡Oh qué alegría, ven. Iremos a buscar otro sitio donde no te incomode
el sol. Román, yo tengo muchos sitios donde voy por las siestas sola. Hoy
vienes tú conmigo, Román!
Y
la joven lo condujo de peña en peña hasta el fondo del valle, donde
encontró una gruta formada de plantas acuáticas, que se enredaban en los
troncos de los fresnos, mitad naturalmente, mitad conducidas por la mano
de Jarilla, que había apartado de aquel sitio las malezas. Parecía
aquella gruta en la cuenca de las sierras, un nido de tórtolas. Jarilla
hizo entrar al opulento heredero en su recinto inocente, no hollado todavía
por la planta de un hombre, y le hizo sentar en el lecho de flores que
todos los días preparaba con las más perfumadas y bellas que podía
arrancar del valle. Sentóse luego a su lado, y empezó a contemplarle con
la misma tenacidad. Pero cuando estaban más embebecidos en contemplarse
los dos jóvenes, oyeron entre las zarzas un ligero ruido, y Jarilla se
levantó temblando. Luego una cabeza negra, adornada de dos airosas astas
se asomó a la boca de la gruta... Jarilla empezó a reir como un loca, y
arrojándose al cuello de la huéspeda, le dió un beso en la frente,
diciendo a Román:
-No tengas miedo, es mi vaquita.
Y volvió a sentarse.
-Román, continuó, a ti te había yo visto antes de ahora, dormida me
parece; soñando... una tarde que dormí aquí. La única tarde que he
despertado llorando. Sabes que había tormenta... Y cuando hay tormenta
tengo un afán de ver uno... para que esté conmigo, viendo lo que pasa...
y si truena que me defienda... En fin, no sé, mi padre sabe, esto, y me
da una bebida, porque si no me iría por el bosque a buscara aquel que
espera mi corazón... que esperaba, porque ya no le espero. Ya has venido;
pero hoy me escapé cuando hubo tormenta... ¡Ya te encontré! Eras tú...
Y
la joven, encendida, confusa, palpitante, trastornada, se pasaba las manos
por la frente, queriendo coordinar sus pensamientos.
-Doncella, exclamó Román, sueño y esperanza de mi corazón, también
solitario entre las gentes como el tuyo entre las aves, no, tú no te
pareces a mujer alguna de las de esta liviana raza...Yo volveré a verte,
pero no puedo detenerme un instante más.
-¡Cómo! ¿quieres dejarme? exclamó la joven asiendo su mano.
-Sí; pero volveré.
-¡No!.
-¿Cuándo quieres tú que vuelva? ¿En qué sitio he de encontrarte? Te
digo que volveré.
Ya
,el sol iba cayendo tras de la sierra de Monsalud, cuando Román divisó
desde la colina el castillo que creyó ser el destinado para morada de S.
A., si bien no veía en sus torres tremolando el pabellón real.
Seguía Román su dirección, y ya estaría como a media legua del
castillo, cuando el silbido de un dardo pasó cerca de sus oídos, y dos
hombres altos aparecieron junto a una roca. Desnudó Román su espada, y
colocándose tras de una roca esperó serenamente a uno de los dos
hombres, que preparaba la ballesta mientras el otro huía con el caballo.
Mas cuando el hombre de la ballesta se disponía a herirle, oyó tras sí
una voz fuerte que decía al de la ballesta: "Déjalo," y
entonces se marchó el hombre de la ballesta y ninguna otra voz volvió a
sonar, como no fuese la de los cárabos de monte que empezaban con las
sombras a repetir entre las jaras el ¡au! ¡au! no interrumpido.
Román
llevó las manos a la cabeza dando un gemido, tendió convulsivamente el
brazo hacia la espada, y quedó inmóvil. Hubo un momento de silencio en
que
La
primera luz del crepúsculo empezaba a clarear cuando el moro volvió
trayendo sobre sus hombros un jergoncillo lleno de paja, un jarro que debía
contener alguna bebida, y un lío de trapos blancos. Puso el jarro ,en el
suelo, tendió el jergoncillo, sentóse luego cruzando las piernas, cerca
de Román, sacó una lanceta, tomó la mano del joven, rompió la vena,
examinó con profunda atención la sangre y vendó la herida. Tomó en sus
brazos al joven, le colocó sobre el lecho, y cuando volvió en si le hizo
beber del jarro. Después se perdió entre los árboles de la alameda. * **
Después
de doña María, Princesa de Portugal, la más hermosa dama de aquel reino
era sin disputa su antigua dama de honor la duquesa heredera de Silves,
Don Álvaro de Luna, que así disponía unas nupcias como facilitaba un
divorcio, cuando se acomodaba a sus planes políticos unir o divorciar a
las gentes, había llevado a cabo, la empresa de interesar al portugués
en la guerra contra los infantes, por medio de un enlace entre dos
familias poderosas. Ganóse la voluntad del duque de Silves, que era
entonces jefe de los hidalgos, y consiguió del duque que aceptase la
alianza del señor de Villena, casando a los herederos de ambos títulos.
Antes
de pasar don Juan de Toledo a las Andalucías, se verificaron por poder
los esponsales, habiendo costado a doña Leonor, viuda de don Fernando de
Antequera, muchas y amargas lágrimas el casamiento de Román; pero el
joven se había prestado al deseo de su padre con la indiferencia del que
no se ha enamorado todavía.
Ciertamente
que doña Leonor, viuda de don Fernando de Antequera, podía considerarse
como una mujer muy diferente de todas las de su tiempo. A Su bella
presencia reunía la majestad de princesa real, que daba a su actitud y a
sus palabras la gracia de reina, cuando por otra, parte su modestia y
dulzura embelesaban los corazones. Harto ingenua para disfrazar sus
sentimientos apasionados, había distinguido al doncel con favores que no
podían dejar a éste dudoso acerca del afecto que inspiraba; pero Román,
para no amarla tenía una razón sola, poderosa, incontrastable: doña
Leonor era "viuda". El poético ideal de aquel joven, que se
adelantaba a las ideas de su siglo, era la hermosa doncella inteligente y
espiritual, y no le permitía distinguir perfección alguna en las demás
mujeres a quienes faltase alguna de esta cualidades.
La
duquesa de Silves había ido a Medina del Campo a unirse con la Reina, y
ahora en el castillo se dispone el recibimiento para la ilustre Princesa y
su noble dama, y se esfuerza don Juan II por parecer contento, cuando su
corazón está despedazado por la huída del Príncipe don Enrique con el
desleal Pacheco.
El
doncel se ha restablecido en los días que, transcurrieron desde que lo
dejamos presa de una fiebre maligna. Está descolorido y lánguido, pero
ya ha podido sentarse sobre el lecho, y escuchar a su doctor, que con las
piernas cruzadas le habla sentado en el suelo.
-Pensé matarte,-decía- pero al acercar a tu pecho el puñal, conocí por
tu respiración, por tu encendimiento, y por el ardor de tu frente que
penetraba en la planta de mi pie, que estabas enfermo, y me dió asco de
matar a un hombre enfermo. Después te conocí... tú me salvaste
cuando...
-¿Conque os debo la vida?-interrumpió Román.
-No quiero tu agradecimiento, hidalgo,-contestó el moro pronunciando esta
última frase con despecho y cólera.
-¿No ,queréis bien a los hidalgos?.
-¡Perros!- gritó el moro levantándose y mirando con ardientes ojos a
Román.
-Venid- dijo éste con dulzura, tendiéndole la mano,-acaso haya alguno bueno.
-Tú,- respondió el moro con ternura y despecho al propio tiempo, y volvió
a sentarse.-¿No te acuerdas de mí? Yo ,té debo la vida, bien lo sabes.
En la zanja...
El
moro guardó silencio unos instantes, como abismado en dolorosos
recuerdos, y luego habló.
-Yo era Rey.
-¿Vos?.
-Era dueño de tres castillos.
-¡Regio!- exclamó Román.
-¡Cómo lo sabes! ¿Quién me vende?.. Desgraciado de ti... Habla, ¿has
venido a sorprender me? ¿Quieren perseguirme los cristianos?.
-Tranquilizaos: Nadie os molestará.
-Yo era Rey. La mujer cristiana más hermosa del mundo era mía. Juan Sago,
por mandato de Enrique III, sitió mis castillos cuando yo estaba en
Granada. Un perro hidalgo afrentó a mi mujer. Para mi vuelta habían los
cristianos preparado una emboscada, y me llevaron a Toledo cautivo. La
mujer del hidalgo se enamoró de mí y la seduje como el hidalgo a la mía.
Tuve un hijo. Allá quedó en Toledo por hijo del hidalgo. Diéronme
libertad y huí a estos montes. Mi mujer había dado a luz una niña... La
perdoné la vida e hice más.. La protegí cuando murió su madre... ¡Pobre
huérfana!.
Basta...
estoy fatigado... ¡Ah, qué tormento! ¡Cuánto sufro! Todo hidalgo que
habitó los castillos, ha perecido bajo mi puñal. ¡Huye! Si te
detuvieras, tal vez te mataría. La relación de mis desgracias ha
encendido mi cólera. ¡Huye, repito!.
El
moro retrocedió algunos pasos para dar espacio a que Román saliera; pero
éste le miró con bondad, haciendo con la cabeza un movimiento negativo.
-¿Qué quieres hacer aquí?-dijo, por fin, el moro con voz sombría.
-Consolaros.
-Inocente, son mis únicas alegrías. El que ha perdido su amada y sus
castillos, debe huir como yo de las gentes, y aguardar con ansia la voz
del profeta que te llame a descansar.
-¿Qué puedo hacer por vos?-repitió el doncel asiendo su mallo.
-La hija de mi mujer contestó Regio haciendo un gesto desgarrador-la hija...
del hidalgo, quedará sola.
-¡Jarilla!.
-¿La conoces? ¡Ah!-prorrumpió el moro levantándose otra vez y mirando
a Román con aire irritado.- Tu has descubierto su retiro y este
atrevimiento te
-Sosegaos: yo os lo contaré todo.
Refirióle
Román su encuentro en la selva, y Regio se serenó por fin.
-Te ama,- dijo luego- ¿la amas tú?.
-La amo.
-Hazla tu mujer.
-Estoy casado -respondió desesperadamente el esposo de doña Inés,
llevando su mano a la frente, como si este recuerdo le hiriera por primera
vez.
-Entonces la mataré,-dijo el moro con sangre fría.
-¡Ah, no! Regio, nada temáis. Soy caballero. La amo, pero la respetaré.
-¿Por quién lo juras?
-Por mi ,Dios.
-Toma mi mano.
Y
el doncel, estrechando su mano, cayó desvanecido por el esfuerzo que había
hecho su corazón.
Aquella
noche volvió y condujo al doncel por una ruta ignorada, hasta el castillo
de Nogales que habitaba don Juan II; pero la debilidad del joven era
tanta, que cerca ya de los muros sintió que le faltaban las fuerzas, y
tuvo que apoyarse contra un árbol.
-Mejor será-dijo el moro- que te l1eve en mis brazos por el subterráneo
que comunica con el primer piso, y del cual yo solo conozco el misterio,
porque yo le hice construir.
Y
tomando al doncel en sus brazos, lo llevó hasta unas rocas, y se hundió
con él en las entrañas de la tierra. * **
Se
,había cumplido una semana de...de que la duquesa heredera de Silves temía
haber perdido a su marido, y que el señor de Villena esperaba haber
perdido a su hijo, cuando ambos determinaron consolarse. No podía quedar
duda alguna de que Román era muerto, puesto que su caballo acababa de ser
encontrado cerca, del castillo con un acicate atado al pescuezo prueba
inequívoca de que asesinos de la selva habían concluido con el doncel.
Había
prometido el Rey dar a Román el castillo de Salvatierra, cuando se casara
con la duquesa; pero no pudiendo ya cumplirse esta oferta en el hijo hizo
presente al condestable el señor de Villena que podía cumplirla en el
padre. La alianza del portugués ,era en estos momentos tan importante que
don Álvaro se prestó a satisfacer los deseos del de Villena. Pero antes
que se pusiese el castillo de Salvatierra en disposición de recibir a los
ilustres novios, se less señaló a estos un departamento en el que
habitaba el Rey, eligiendo tres habitaciones del primer piso, donde se
recogieron sus señorías a las once de la noche.
Calcúlese
la sorpresa al ver aparecer de nuevo al heredero de Villena.
-¡Mi hijo! exclamó aterrado el viejo novio.
-¡Mi marido! exclamó doña Inés, mirando con alegría el novio joven.
-Huid, gritaba Pérez; ese no es el que pensáis, es la "sombra del
moro".
Aunque
Juan II era Rey, no carecía de inteligencia, y en vez de ordenar que se
tapiase, como hubiera querido el marqués de Villena, la sala donde se
hallaba el aparecido, lo hizo venir a su presencia.
-¿Es verdad que estás aquí por arte del diablo? preguntó Su Alteza
sonriendo, y alargando la mano al doncel.
-Estoy por gracia de Dios, contestó éste besándola.
Refirióle
brevemente cuanto le había acaecido, reservando su entrevista con Jarilla
y su encuentro con el moro; y concluyó diciendo que había entrado en el
castillo por el subterráneo que le enseñó un pastor.
-No veo tan claro eso del subterráneo, dijo Villena.
-Lo que ves algo turbia, repuso de muy buen humor el Rey, son tus bodas
deshechas con la venida de tu hijo.
-Señor, contestó el cortesano, la Iglesia entenderá en este asunto.
-Pero en tanto que consultamos al arzobispo de Toledo, dijo el Rey con
firmeza y resolución, Román vivirá con su mujer legitima en el castillo
que le hemos regalado, y del cual iremos a darle posesión mañana mismo.
A no ser que la hermosa doña Inés, añadió maliciosamente, advirtiendo
el interés con que la portuguesa miraba a su primer novio, prefiera
retirarse aun convento hasta que el arzobispo decida.
-Señor, contestó doña Inés. V. A. ha dicho antes lo que ha de ser, y
yo no tengo más voluntad que la de V. A.
No
bien se habían separado del Rey, cuando Villena condujo a Román a la
sala de armas del castillo, y le dijo con un furor que la ironía de don
Juan había exasperado:
-Tenemos que batirnos.
-¡Con mi padre! exclamó Román.
-¡Con mi hijo! respondió el marqués, tomando dos espadas y empujando al
-¡Jamás!
-Cobarde ¿temes a un viejo?.
-Temo matar a mi padre, contestó Román, conteniendo su primer movimiento
de ira.
Villena
condujo a Román a una estancia apartada, y le arrojó el arma repitiendo:
-¡Defiéndete! ¡defiéndete!.
-Matadme, dijo con abatimiento, pero no me batiré con vos.
-Miserable ¡tú me robas mi felicidad!.
-¡Desgraciado de mí! ¡esa felicidad va a hacer mi desgracia! ¡Padre,
yo no amo a esa mujer, yo amo a otra!
Villena
soltó la espada, y dijo con más templanza:
-¿Luego te alegrarías de que el arzobispo decidiese en mi favor?
-Sería mi mayor dicha.
-¿Respetarás a tu mujer hasta que el arzobispo responda?.
-Lo prometo por ,vuestro honor. * ** |
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FICHA: Jarilla / Carolina Coronado. -- Madrid : La Novela Corta, 1920 (Madrid : Prensa Popular , 1920) [20] p. ; 20 cm . -- (Novelistas Españoles del Siglo XIX. La Novela Corta ; 258) (sign. 1520) |
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