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Carolina Coronado

 
 

  

Jarilla

     

    ¿Quién no ha visto algún castillo feudal? Y ¿quién al ver uno tan magnífico como aquél de que dio posesión D. Juan II al señor de Villena, no hace en su mente un paralelo entre las torres que habitaban los hidalgos de entonces y los palacios que habitan los grandes de ahora?.

    Allá, en una sierra sobre un pueblo donde se fabrican búcaros de rojo barro, se alza todavía el castillo que prestaren los godos a los árabes para hospedaje de siete siglos, y que después volvieron a habitar los mismos godos, sin que una sola piedra hubiese dado indicio de la flaqueza que con el tiempo revela toda fábrica de mortales. Allí Están todavía, negras, severas, terribles, descollando por cima de los pueblos y viendo a las generaciones batallar girando en torno de sus pies, como las nubes en los días de tormenta.

    Sería por el mes de abril, cuando don Juan II de Castilla pasó desde Córdoba a Extremadura, a combatir al maestre de Santiago y a su hermano el infante don Pedro, que continuaban defendiéndose dentro de los muros de Alburquerque.

    Había combatido don Álvaro de Luna con 80.000 hombres. y 10.000 caballos, y seguido de la flor de los caballeros andaluces y de toda la, nobleza castellana. Allí, entre muchos nombres distinguidos, lucieron sus pendones los nobles condes de Haro, de Ledesma, de Castañeda, de Medellín, de Plasencia, de Niebla y de Benavente. Allí, León, Saldaña, Toledo, Stúñiga y Albornoz mostraron su heroico esfuerzo. Pero quien más se habla señalado por su abnegación en el combate, fue un doncel del Rey, llamado Román, que se decía hijo del marqués de Villena, si bien la dureza y el despego con que siempre éste le había tratado no justificasen aquel título de la naturaleza.

    El Rey le profesaba en cambio de esto un tierno cariño, que se había aumentado en estos últimos años con las hazañas del caballero. No faltaban envidiosos que motejasen a Román de haber en la batalla dado sobradas muestras de piedad socorriendo a un moro que cayó herido en una zanja, después de haber peleado con él, y librándole de la furia de los cristianos que intentaban rematarle.

    Antes de pasar a Alburquerque tenía dispuesto el Rey dar a Román la posesión del castillo de Salvatierra, entonces deshabitado, y para ello pensaba detenerse un día en el de Nogales, que pertenecía a su hijo el Príncipe heredero don Enrique.

    Digo que sería por el mes de abril cuando la comitiva del Rey atravesaba una cordillera de cerrados montes, en cuyas entrañas solo las fieras se atrevían entonces a penetrar. Su Alteza iba, como siempre, distraido en no pensar en nada. El condestable don Álvaro de Luna iba pensando que si hubiera nacido rey no tenía que intrigar para ser favorito; el Príncipe, en lo poco que le aprovechaba ser de la sangre real, estando como estaba sometido a la tiranía de don Álvaro; cuando un paje de lanza de la casa de Villena exclamó santiguándose uno de los rostros más feos que había producido Extremadura, de donde era nacido:

    -La gracia del Señor nos acompañe, María Santísima nos proteja, Que vamos a pasar, por los castillos del "Moro Regio".

    -¿Qué castillos son esos?-preguntó Román.

    -Esos castillos-respondió éste-eran de un Rey tan alto como aquel cerro, y de una fuerza tan atroz que derribaba a un cristiano solo con poner en su frente la punta del dedo índice.

    -Y ¿qué fue de ese moro?

    -Esos tres castillos que ve su señoría, Y toda la tierra hasta llegar a la cima de aquella sierra eran suyos, y tenía además el moro grandes tesoros encerrados en ellos, y una cristiana de tan peregrina hermosura que daba pasmo a cuantos alguna vez acertaban a verla asomada a las torres.

    -Pero, ¿qué fue del moro?-repitió impaciente el heredero de Villena.

    -El señor don Enrique III (q. e. p. d.)-contestó el paje descubriéndose (como todos los que alcanzaron sus palabras)-, lo echó de sus castillos; pero ha sido sin fruto, porque cuantos hidalgos han venido a habitarlos han sido muertos por la "sombra del moro", que se quedó "pegada a las paredes".

    Habían llegado al primer castillo, que descollaba airosamente entre los otros dos, separados a derecha e izquierda por el radio de dos leguas, y Román, alzando los ojos hacia su inmensa mole, detuvo su corcel con respetuosa admiración.

    -Doncel-gritó don Juan II-, arriba y veamos cuantos valientes se pueden

colocar tras las almenas de tu castillo. .

    Escapó hacia el alto el caballo del Rey y tras él los principales señores de la primitiva, excepto don Álvaro, que creyó inútil subir, cuando tenía noticia de aquel y de todos los castillos que se hallasen en los dominios de su Soberano.

    Cuando llegaron a las murallas del castillo, ya unos a otros no se distinguían. Las nubes habían bajado a la loma de la sierra, y envolvían a los nobles caballeros, haciendo brillar con sus relámpagos sus cascos, sus escudos, sus acicates y sus espadas como millares de centellas.

    Román, saliendo de entre una nube, era el más adelantado, cuando un redoblado trueno, que estalló a sus pies, espantó a su alazán y le obligó a retroceder sobre un precipicio que tenía la sierra hacia la parte de Oriente. Luchaba el bruto entre las piedras, haciendo saltar con sus cascos encendidas chispas, y a cada trueno que retumbaba en aquella noche repentina, se volvía desatentado y ciego, unas veces avanzando hacia la sierra, y otras queriendo precipitarse de lo alto de ella.

    Abalanzóse el Rey a una ventana del salón principal, y tendió la vista sobre los campos. Nada se veía sino las nubes girando en torno, como bandada de negras y blancas cigüeñas.

    -El más bravo de mis guerreros, dijo Su Alteza, volviéndose tristemente a los señores, el más sabio no solo de los jóvenes, sino de los viejos, se ha despeñado tal vez por esa altura, y tengo que señalar esta hora entre las más desgraciadas de mi vida. Que salgan cuatro arqueros y que le busquen.

    Pero en aquel instante una luz vivísima deslumbró al Rey; una culebra de fuego cayó rozando la torre, y los que estaban más lejos vieron caer a Su Alteza medio ahogado. Pacheco se acercó al Rey, le tomó en sus brazos y le sacó al aire libre. En tanto decía el paje de lanza a los demás mostrándoles una fuente que en un salón del castillo se conserva todavía:

    -Esta es la fuente donde bebía el moro. ¿Por dónde viene el agua? Veis que aquí no puede subir sino por arte de "encantamiento".          

    En efecto, el agua de esta fuente no sube, sino que baja desde la plataforma por medio de acueductos perfectamente dispuestos.[Tiene 30 pies de longitud por 15 de anchura, y nunca se ha visto agotada, por lo que se ignora su profundidad. El agua se conserva pura uno y otro año, y a ella acuden las cabras a beber.]

    El Rey se recobró; cesaron los truenos, huyeron les nubes, despejóse el cielo, y se pudieron ver desde las torres los campos cubiertos de árboles, todavía inclinados al peso de la lluvia, los abismos cegados por el agua, los arroyos recién nacidos que hacían su primer entrada en los valles.

    -Mirad a nuestra izquierda, dijo Pérez, aquel monstruo negro que se levanta desde aquella hondonada. Allí era donde más tiempo habitaba el moro. Mirad a la derecha aquel fantasma blanco, donde se ve ondeando el pabellón real. Allí vamos a dormir esta noche. ¡Loado sea Dios si no nos suceden más desgracias! ¡Ya véis que solo por haber entrado en este castillo han sucedido dos! La "sombra del moro" está "pegada a las paredes" de sus tres castillos, y esa es la que ha traido la tormenta sobre nosotros, y la que se ha llevado por los aires al doncel!

 

AVENTURA DE ROMÁN EN UNA SELVA

 

    En lo más recio de la tormenta dejamos a Román luchando con el espantado bruto, y no era en verdad probable que lograra refrenarle. Rendido al fin, dejó al corcel que se entregase a su propio instinto, y entonces empezó una carrera no interrumpida sino por nuevos espantos que le producían las rocas, hacia las cuales se precipitaba, y que hicieron creer de todo punto al nieto del nigromántico que iba a caer en uno de los abismos, sin que le quedase la esperanza de resucitar algún día como su abuelo en una redoma.

    Vióse Román encerrado en una cuenca rodeada de sierras por todas partes. Decidióse a esperar bajo un grupo de encinas a que pasara la tormenta, y deteniendo su alazán, se desnudó el casco para respirar el aire fresco que despejara su ardiente y aturdida cabeza. Lástima qué doña Leonor, viuda del generoso don Fernando de Antequera, no pudiese en aquel instante admirar el rostro del agitado doncel con aquel embeleso que hacía murmurar a las damas de Toledo, no menos prendadas que doña Leonor del heredero de Villena.

    Cuando levantó la cabeza, vió cerca de si una mujer que le miraba con una expresión de gozo y asombro. Román esperó a que hablara; pero ella, con la boca entreabierta y los ojos fijos como en la enajenación mental, permaneció muchos instantes muda.

    Era muy joven. Carecía sí de la blancura mate que hacía parecer tan bellas a las encerradas damas de Toledo; pero sus ojos, de una magnitud graciosa, eran tan negros y brillantes como los de Román; blanqueaban sus dientes en su fresca boca como las limpias chinas del arroyo y parecían sus cabellos tan suaves como las ondulaciones del agua: El jubón del vestido estaba abierto por delante hasta la cintura sin que el seno de la mujer aquella tuviese otro resguardo que una delgada camisa doblada en unos pliegues y sin sujeción alguna en la parte de los hombros. Así que al menor movimiento, se veía el contraste que formaba su rostro y su cuello tostados por el sol, con los hombros y el seno que estaban cubiertos.

    -¿Quién sois?-preguntó Román.

    -¿Quién eres tú?-preguntó a su vez ella-; no eres ni mi padre, ni Barbellido, ni el Morro.

    -¿Vives por aquí?-siguió Román.

    -Además, continuó ella, nunca vienen por ese lado. No... te he visto venir desde lo alto de aquella peña, y has bajado de la Madre del sol. Es verdad que a lo lejos he visto pasar a otros que también vienen de la Madre del sol. Pero tan hermoso como tú no vi ni los lejos ninguno.

    -¿Quién es la Madre del sol y de quién sois hija?

    -¡Cómo! ¡no conoces a la Madre del sol! exclamó la joven estupefacta. Entonces eres violeta que tiene la cabeza escondida a la luz o cárabo que no sale sino por la noche. Porque la Madre del sol es aquella, dijo señalando a la sierra de Oriente. Lo saben la zarza-rosa y la campanita blanca, que abren cuando nace el sol de la Madre, y lo saben la golondrina y la perdiz, que cantan su nacimiento. Esa es la Madre del sol; el nombre de mi padre no puedo decirlo; pero es alto como aquella encina, y puede más que todos los de este mundo. Y ha venido de allí, de la Madre del sol, porque él me lo ha dicho.

    -¿Tiene muchos vasallos?

    -¿Qué son vasallos?

    -¿Tiene castillo?

    -¿Qué es castillo?

    -¿No habréis salido nunca de este bosque?.

    -Nunca; pero desde lo alto de las peñas he visto todo el mundo.

    Román la miraba absorto. El distinguido cortesano de Juan II, ídolo de las damas de Toledo, orgullo de las castellanas cuando conseguían atraerlo a sus castillos, so pretexto de danzas y banquetes, no había sentido en medio de sus conquistas, una sola de las emociones que le hacía sentir, la vecina del bosque.

    Y todavía se sintió más conmovido cuando, después de haber mirado el cielo y la tierra con un ansia de placer indefinible, le dijo Jarilla.

    -Y más airoso que todas las ciervas y más hermoso que todos los pájaros, eres tú; te mueves como garza y suenas como ruiseñor.

    Después examinó sus pies con infantil curiosidad, y se inclinó hasta el suelo para ver de cerca sus acicates de oro, que orillaban al sol reflejando sus rayos.

    -Esto es lo que yo vi de lejos, continuó, y me parecía que te traían dos estrellas. Puede ser que te hayan traído dos estrellas. Puede ser que hayas venido de las estrellas... ¿Cómo te llamas?.

    -Román.

    -¡Román!

    -¿Te gusta mi nombre?

    -Sí.

    -¿Y el tuyo cual es?

    -Jarilla.

    -¡Jarilla!

    -¿Te gusta el mío?

    -Sí.

    -¡Oh qué alegría, ven. Iremos a buscar otro sitio donde no te incomode el sol. Román, yo tengo muchos sitios donde voy por las siestas sola. Hoy vienes tú conmigo, Román!

    Y la joven lo condujo de peña en peña hasta el fondo del valle, donde encontró una gruta formada de plantas acuáticas, que se enredaban en los troncos de los fresnos, mitad naturalmente, mitad conducidas por la mano de Jarilla, que había apartado de aquel sitio las malezas. Parecía aquella gruta en la cuenca de las sierras, un nido de tórtolas. Jarilla hizo entrar al opulento heredero en su recinto inocente, no hollado todavía por la planta de un hombre, y le hizo sentar en el lecho de flores que todos los días preparaba con las más perfumadas y bellas que podía arrancar del valle. Sentóse luego a su lado, y empezó a contemplarle con la misma tenacidad. Pero cuando estaban más embebecidos en contemplarse los dos jóvenes, oyeron entre las zarzas un ligero ruido, y Jarilla se levantó temblando. Luego una cabeza negra, adornada de dos airosas astas se asomó a la boca de la gruta... Jarilla empezó a reir como un loca, y arrojándose al cuello de la huéspeda, le dió un beso en la frente, diciendo a Román:

    -No tengas miedo, es mi vaquita.

    Y volvió a sentarse.

    -Román, continuó, a ti te había yo visto antes de ahora, dormida me parece; soñando... una tarde que dormí aquí. La única tarde que he despertado llorando. Sabes que había tormenta... Y cuando hay tormenta tengo un afán de ver uno... para que esté conmigo, viendo lo que pasa... y si truena que me defienda... En fin, no sé, mi padre sabe, esto, y me da una bebida, porque si no me iría por el bosque a buscara aquel que espera mi corazón... que esperaba, porque ya no le espero. Ya has venido; pero hoy me escapé cuando hubo tormenta... ¡Ya te encontré! Eras tú...

    Y la joven, encendida, confusa, palpitante, trastornada, se pasaba las manos por la frente, queriendo coordinar sus pensamientos.

    -Doncella, exclamó Román, sueño y esperanza de mi corazón, también solitario entre las gentes como el tuyo entre las aves, no, tú no te pareces a mujer alguna de las de esta liviana raza...Yo volveré a verte, pero no puedo detenerme un instante más.

    -¡Cómo! ¿quieres dejarme? exclamó la joven asiendo su mano.

    -Sí; pero volveré.

    -¡No!.

    -¿Cuándo quieres tú que vuelva? ¿En qué sitio he de encontrarte? Te digo que volveré.

    Ya ,el sol iba cayendo tras de la sierra de Monsalud, cuando Román divisó desde la colina el castillo que creyó ser el destinado para morada de S. A., si bien no veía en sus torres tremolando el pabellón real.

    Seguía Román su dirección, y ya estaría como a media legua del castillo, cuando el silbido de un dardo pasó cerca de sus oídos, y dos hombres altos aparecieron junto a una roca. Desnudó Román su espada, y colocándose tras de una roca esperó serenamente a uno de los dos hombres, que preparaba la ballesta mientras el otro huía con el caballo. Mas cuando el hombre de la ballesta se disponía a herirle, oyó tras sí una voz fuerte que decía al de la ballesta: "Déjalo," y entonces se marchó el hombre de la ballesta y ninguna otra voz volvió a sonar, como no fuese la de los cárabos de monte que empezaban con las sombras a repetir entre las jaras el ¡au! ¡au! no interrumpido.

    Román llevó las manos a la cabeza dando un gemido, tendió convulsivamente el brazo hacia la espada, y quedó inmóvil. Hubo un momento de silencio en que no se oía más que la respiración agitada del doncel. De repente la figura de un moro de colosal estatura apareció con un brillante puñal. El doncel abrió los ojos, y no pudiendo resistir la claridad, volvió a cerrarlos; pero sus dedos se crisparon sobre el puño de la espada, y quiso levantar la cabeza, dejándola otra vez caer de golpe. El moro se acercó a él y le examinó un instante; después le puso el pie en la frente, y se inclinó acercando el puñal a su corazón.-"Perro hidalgo"- murmuró en árabe cuando iba a hundir el acero. Pero de repente arrojó el puñal, alzó el pie que tenía sobre la frente del enfermo, la tocó con su mano, levantó los párpados suavemente, aplicó en su pulso las yemas de los dedos, y escapó precipitadamente.

    La primera luz del crepúsculo empezaba a clarear cuando el moro volvió trayendo sobre sus hombros un jergoncillo lleno de paja, un jarro que debía contener alguna bebida, y un lío de trapos blancos. Puso el jarro ,en el suelo, tendió el jergoncillo, sentóse luego cruzando las piernas, cerca de Román, sacó una lanceta, tomó la mano del joven, rompió la vena, examinó con profunda atención la sangre y vendó la herida. Tomó en sus brazos al joven, le colocó sobre el lecho, y cuando volvió en si le hizo beber del jarro. Después se perdió entre los árboles de la alameda.

 

*

**

    Después de doña María, Princesa de Portugal, la más hermosa dama de aquel reino era sin disputa su antigua dama de honor la duquesa heredera de Silves, Don Álvaro de Luna, que así disponía unas nupcias como facilitaba un divorcio, cuando se acomodaba a sus planes políticos unir o divorciar a las gentes, había llevado a cabo, la empresa de interesar al portugués en la guerra contra los infantes, por medio de un enlace entre dos familias poderosas. Ganóse la voluntad del duque de Silves, que era entonces jefe de los hidalgos, y consiguió del duque que aceptase la alianza del señor de Villena, casando a los herederos de ambos títulos.

    Antes de pasar don Juan de Toledo a las Andalucías, se verificaron por poder los esponsales, habiendo costado a doña Leonor, viuda de don Fernando de Antequera, muchas y amargas lágrimas el casamiento de Román; pero el joven se había prestado al deseo de su padre con la indiferencia del que no se ha enamorado todavía.

    Ciertamente que doña Leonor, viuda de don Fernando de Antequera, podía considerarse como una mujer muy diferente de todas las de su tiempo. A Su bella presencia reunía la majestad de princesa real, que daba a su actitud y a sus palabras la gracia de reina, cuando por otra, parte su modestia y dulzura embelesaban los corazones. Harto ingenua para disfrazar sus sentimientos apasionados, había distinguido al doncel con favores que no podían dejar a éste dudoso acerca del afecto que inspiraba; pero Román, para no amarla tenía una razón sola, poderosa, incontrastable: doña Leonor era "viuda". El poético ideal de aquel joven, que se adelantaba a las ideas de su siglo, era la hermosa doncella inteligente y espiritual, y no le permitía distinguir perfección alguna en las demás mujeres a quienes faltase alguna de esta cualidades.

    La duquesa de Silves había ido a Medina del Campo a unirse con la Reina, y ahora en el castillo se dispone el recibimiento para la ilustre Princesa y su noble dama, y se esfuerza don Juan II por parecer contento, cuando su corazón está despedazado por la huída del Príncipe don Enrique con el desleal Pacheco.

    El doncel se ha restablecido en los días que, transcurrieron desde que lo dejamos presa de una fiebre maligna. Está descolorido y lánguido, pero ya ha podido sentarse sobre el lecho, y escuchar a su doctor, que con las piernas cruzadas le habla sentado en el suelo.

    -Pensé matarte,-decía- pero al acercar a tu pecho el puñal, conocí por tu respiración, por tu encendimiento, y por el ardor de tu frente que penetraba en la planta de mi pie, que estabas enfermo, y me dió asco de matar a un hombre enfermo. Después te conocí... tú me salvaste cuando...

    -¿Conque os debo la vida?-interrumpió Román.

    -No quiero tu agradecimiento, hidalgo,-contestó el moro pronunciando esta última frase con despecho y cólera.

    -¿No ,queréis bien a los hidalgos?.

    -¡Perros!- gritó el moro levantándose y mirando con ardientes ojos a Román.

    -Venid- dijo éste con dulzura, tendiéndole la mano,-acaso haya alguno

bueno.

    -Tú,- respondió el moro con ternura y despecho al propio tiempo, y volvió a sentarse.-¿No te acuerdas de mí? Yo ,té debo la vida, bien lo sabes. En la zanja...

    El moro guardó silencio unos instantes, como abismado en dolorosos recuerdos, y luego habló.

    -Yo era Rey.

    -¿Vos?.

    -Era dueño de tres castillos.

    -¡Regio!- exclamó Román.

    -¡Cómo lo sabes! ¿Quién me vende?.. Desgraciado de ti... Habla, ¿has venido a sorprender me? ¿Quieren perseguirme los cristianos?.

    -Tranquilizaos: Nadie os molestará.

    -Yo era Rey. La mujer cristiana más hermosa del mundo era mía. Juan Sago, por mandato de Enrique III, sitió mis castillos cuando yo estaba en Granada. Un perro hidalgo afrentó a mi mujer. Para mi vuelta habían los cristianos preparado una emboscada, y me llevaron a Toledo cautivo. La mujer del hidalgo se enamoró de mí y la seduje como el hidalgo a la mía. Tuve un hijo. Allá quedó en Toledo por hijo del hidalgo. Diéronme libertad y huí a estos montes. Mi mujer había dado a luz una niña... La perdoné la vida e hice más.. La protegí cuando murió su madre... ¡Pobre huérfana!.

    Basta... estoy fatigado... ¡Ah, qué tormento! ¡Cuánto sufro! Todo hidalgo que habitó los castillos, ha perecido bajo mi puñal. ¡Huye! Si te detuvieras, tal vez te mataría. La relación de mis desgracias ha encendido mi cólera. ¡Huye, repito!.

    El moro retrocedió algunos pasos para dar espacio a que Román saliera; pero éste le miró con bondad, haciendo con la cabeza un movimiento negativo.

    -¿Qué quieres hacer aquí?-dijo, por fin, el moro con voz sombría.

    -Consolaros.

    -Inocente, son mis únicas alegrías. El que ha perdido su amada y sus castillos, debe huir como yo de las gentes, y aguardar con ansia la voz del profeta que te llame a descansar.

    -¿Qué puedo hacer por vos?-repitió el doncel asiendo su mallo.

    -La hija de mi mujer contestó Regio haciendo un gesto desgarrador-la

hija... del hidalgo, quedará sola.

    -¡Jarilla!.

    -¿La conoces? ¡Ah!-prorrumpió el moro levantándose otra vez y mirando a Román con aire irritado.- Tu has descubierto su retiro y este atrevimiento te cuesta la vida.

    -Sosegaos: yo os lo contaré todo.

    Refirióle Román su encuentro en la selva, y Regio se serenó por fin.

    -Te ama,- dijo luego- ¿la amas tú?.

    -La amo.

    -Hazla tu mujer.

    -Estoy casado -respondió desesperadamente el esposo de doña Inés, llevando su mano a la frente, como si este recuerdo le hiriera por primera vez.

    -Entonces la mataré,-dijo el moro con sangre fría.

    -¡Ah, no! Regio, nada temáis. Soy caballero. La amo, pero la respetaré.

    -¿Por quién lo juras?

    -Por mi ,Dios.

    -Toma mi mano.

    Y el doncel, estrechando su mano, cayó desvanecido por el esfuerzo que había hecho su corazón.

    Aquella noche volvió y condujo al doncel por una ruta ignorada, hasta el castillo de Nogales que habitaba don Juan II; pero la debilidad del joven era tanta, que cerca ya de los muros sintió que le faltaban las fuerzas, y tuvo que apoyarse contra un árbol.

    -Mejor será-dijo el moro- que te l1eve en mis brazos por el subterráneo que comunica con el primer piso, y del cual yo solo conozco el misterio, porque yo le hice construir.

    Y tomando al doncel en sus brazos, lo llevó hasta unas rocas, y se hundió con él en las entrañas de la tierra.

 

*

**

    Se ,había cumplido una semana de...de que la duquesa heredera de Silves temía haber perdido a su marido, y que el señor de Villena esperaba haber perdido a su hijo, cuando ambos determinaron consolarse. No podía quedar duda alguna de que Román era muerto, puesto que su caballo acababa de ser encontrado cerca, del castillo con un acicate atado al pescuezo prueba inequívoca de que asesinos de la selva habían concluido con el doncel.

    Había prometido el Rey dar a Román el castillo de Salvatierra, cuando se casara con la duquesa; pero no pudiendo ya cumplirse esta oferta en el hijo hizo presente al condestable el señor de Villena que podía cumplirla en el padre. La alianza del portugués ,era en estos momentos tan importante que don Álvaro se prestó a satisfacer los deseos del de Villena. Pero antes que se pusiese el castillo de Salvatierra en disposición de recibir a los ilustres novios, se less señaló a estos un departamento en el que habitaba el Rey, eligiendo tres habitaciones del primer piso, donde se recogieron sus señorías a las once de la noche.

    Calcúlese la sorpresa al ver aparecer de nuevo al heredero de Villena.

    -¡Mi hijo! exclamó aterrado el viejo novio.

    -¡Mi marido! exclamó doña Inés, mirando con alegría el novio joven.

    -Huid, gritaba Pérez; ese no es el que pensáis, es la "sombra del moro".

    Aunque Juan II era Rey, no carecía de inteligencia, y en vez de ordenar que se tapiase, como hubiera querido el marqués de Villena, la sala donde se hallaba el aparecido, lo hizo venir a su presencia.

    -¿Es verdad que estás aquí por arte del diablo? preguntó Su Alteza sonriendo, y alargando la mano al doncel.

    -Estoy por gracia de Dios, contestó éste besándola.

    Refirióle brevemente cuanto le había acaecido, reservando su entrevista con Jarilla y su encuentro con el moro; y concluyó diciendo que había entrado en el castillo por el subterráneo que le enseñó un pastor.

    -No veo tan claro eso del subterráneo, dijo Villena.

    -Lo que ves algo turbia, repuso de muy buen humor el Rey, son tus bodas deshechas con la venida de tu hijo.

    -Señor, contestó el cortesano, la Iglesia entenderá en este asunto.

    -Pero en tanto que consultamos al arzobispo de Toledo, dijo el Rey con firmeza y resolución, Román vivirá con su mujer legitima en el castillo que le hemos regalado, y del cual iremos a darle posesión mañana mismo. A no ser que la hermosa doña Inés, añadió maliciosamente, advirtiendo el interés con que la portuguesa miraba a su primer novio, prefiera retirarse aun convento hasta que el arzobispo decida.

    -Señor, contestó doña Inés. V. A. ha dicho antes lo que ha de ser, y yo no tengo más voluntad que la de V. A.

    No bien se habían separado del Rey, cuando Villena condujo a Román a la sala de armas del castillo, y le dijo con un furor que la ironía de don Juan había exasperado:

    -Tenemos que batirnos.

    -¡Con mi padre! exclamó Román.

    -¡Con mi hijo! respondió el marqués, tomando dos espadas y empujando al doncel para que le siguiera.

    -¡Jamás!

    -Cobarde ¿temes a un viejo?.

    -Temo matar a mi padre, contestó Román, conteniendo su primer movimiento de ira.

    Villena condujo a Román a una estancia apartada, y le arrojó el arma repitiendo:

    -¡Defiéndete! ¡defiéndete!.

    -Matadme, dijo con abatimiento, pero no me batiré con vos.

    -Miserable ¡tú me robas mi felicidad!.

    -¡Desgraciado de mí! ¡esa felicidad va a hacer mi desgracia! ¡Padre, yo no amo a esa mujer, yo amo a otra!

    Villena soltó la espada, y dijo con más templanza:

    -¿Luego te alegrarías de que el arzobispo decidiese en mi favor?

    -Sería mi mayor dicha.

    -¿Respetarás a tu mujer hasta que el arzobispo responda?.

    -Lo prometo por ,vuestro honor.

 

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FICHA: Jarilla / Carolina Coronado. -- Madrid : La Novela Corta, 1920 (Madrid : Prensa Popular , 1920)   [20] p. ; 20 cm . -- (Novelistas Españoles del Siglo XIX. La Novela Corta ; 258) (sign. 1520)


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