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Vicente Barrantes

 

La línea recta 

    

    Carta a S.A. el Regente de España.

 

SERENÍSIMO SEÑOR:

 

   Tan alta idea tengo formada de sus bellas cualidades , que aunque la franca amistad con que desde hace muchos años me honra autorizaría la supresión del tratamiento concedido a V. A. por las Cortes Constituyentes, me complazco en dárselo por primera vez en público, para que, mortificados los instintos democráticos de V. A. , no menores que los míos, rindan a la ley el tributo que se le debe.

   Para ambos será honroso el sacrificio; que la modesta repugnancia con que V. A. recibe su alta investidura , no es tampoco menor que mi sentimiento al contemplarla, preocupado vivamente con la significación política que a este suceso dieron engañosas apariencias. ¿Quién que a V. A. estime, como yo, podrá haber oído indiferente, que a fin de hacerle torcer la línea recta de su conducta, que a fin de relegarle al limbo de los políticos sin objetivo y sin trascendencia, se le jubila con honores reales , ni mas ni llenos que en un banquete célebre para otro ex-Regente del reino se propuso?.

   ¡Ah! En los primeros momentos de la incubación parlamentaria de la Regencia, yo confieso que participé de esos temores, hasta el punto de abrigarlo muy grande sobre el porvenir de la Revolución de los elevados principios de orden y gobierno, que representa en ella V. A.; pero después me ha sucedido una cosa semejante a lo que acontece al viajero cuando navega en caliginosa tarde por el mar de la India, entre los golfos nunca serenos de Onam y de Bengala, mas célebres por, su trágica historia ,que por su inagotable poesía. El relampaguear de las encendidas nubes, la creciente fosforescencia de las olas, el temeroso hervidero del vapor que le arrastra, la pesada atmósfera que le envuelve, y el colorido fantástico que todos los objetos revisten luchando entre la luz y la sombra, en tal manera sobrecogen su espíritu, por valeroso que sea, que creé ir bordando el vórtice de ignotos volcanes, y espera de momento a momento oír el estallido del barco que en ellos se precipita, basta que el primer soplo de la brisa, refrescando su mente calenturienta, le hace recordar lo que nunca debió haber olvidado, las condiciones, el poder, la gallardía del barco en que navega, y sucede a su terrorífico desaliento la esperanza, la esperanza de arribar prontamente sano y salvo  a la hermosa región de Ofir, al país de los sueños, de Camoens, al Paraíso bíblico donde tuvo la humanidad su cuna entre flores, aromas y maravillas.

   Poseídos los amigos sinceros de V. A. de una ilusión semejante, olvidábamos las condiciones de su persona y del momento histórico en que a la Regencia es elevado, mar sin duda temible para barcos de escaso empuje, tranquilo y llano para los de gran potencia. Ni hemos sabido tampoco apartar la imaginación de la triste estrella que a otras Regencias alumbrara para recordar que le la de V.A. es de un brillo singular y como predestinado. Por muertes de Reyes o por conspiraciones contra las Reinas madres, han solido venir a España las Regencias y dicho se esta con esto que no podía dejar de abrirse bajo su mano la fuente de las calamidades públicas.

   Si por testamento real, que es lo común, los que no merecieron elección, al rey difunto, quedaban lastimados, herida y enojada toda la fama del príncipe, revuelto el pueblo, por sugestiones de unos y otros, y el pobre Regente sin mas fuerza que la de una autoridad de todos mal vista y de todos disputada, amen de la secreta enemiga de su mismo real pupila, mozo nunca bien educado ni aconsejado, nunca de ajeno poder obediente, como quien se lo siente propio, con la seguridad de gozarlo andando el tiempo. Pues de las Regencias que por asonadas e intrigas palaciegas vieron los antiguos sobreponerse a las legítimas, ¿qué se podrá decir en puridad, cuando de aquellas, tanto se ha dicho, sino que unas y otras fueron la ruina de nuestra patria por lo caras, por lo revueltas, por lo desmoralizadoras, como todo poder débil, que en odio o en ,miedo del porvenir, vive esquilmando el presente?.

   A la mano tengo por ventura la Crónica del Rey don Enrique III, que uno de mis antepasados escribió, donde en el sencillo lenguaje de estos libros se dice que "el Rey determinaba de llamar a Cortes por muchas razones: la primera, porque los tutores, por sosegar las revueltas que en el reino andaban en tiempo de su gobernación, acrescentaron a los caballeros tierras e mercedes, quitaciones e tenencias de castillos en mayor cantidad que les dejó el Rey su padre, en tanta manera que las rentas del rein0 no lo podían sufrir, porque montaba el gasto que se hacía en estas costas treinta e cinco quentos e mas..,"

   Y en otro lugar deja dicho, que los sueldos que había señalado a los Regentes el Rey difunto, fueron éstos: "Al marqués de Villena cien mil maravedís, al arzobispo de Santiago ochenta mil maravedises, al maestra de Calatrava setenta mil maravedises, a Pedro González de Mendoza setenta mil maravedís, ad don Juan Alonso de Guzmán, conde de Niebla, setenta mil maravedís; al arzobispo de Toledo ochenta mil maravedís, y a cada uno de los seis ciudadanos quince mili maravedíses."

   Con ser ahora España mucho mas rica que en aquellos tiempos, nos dejaría por puertas un gobierno tan caro; pero afortunadamente; el de V. A. se nos entra por la de la economía, que hasta en esto le alumbra buena estrella; pues V. A, nunca ha sido de esos hombres fastuosos y despilfarradores, que padecen en los cargos públicos el vértigo del oro y de las vanidades insensatas.

   Pues mayor ventaja es todavía la que resulta para todos de la condición moral y política de esa Regencia, no alzada sobre un caliente cadáver, ni sobre un testamento mas o menos amañado, sino sobre el pavés de una solemne votación de las Cortes Constituyentes, donde la España entera tiene su voz y su voto. A otros Regentes quitaban el sueño los enojos del pueblo, con quien no se contó para su elección; las envidias de los grandes, que todos se creían en sus legítimas esperanzas defraudados, y el palacio del príncipe real, semillero de intrigas y de impaciencias; pero V. A. puede dormir tranquilo, que elegido por el pueblo en público certamen ninguna grandeza queda por su elección lastimada, y si quedaren algunas, bien cuidara de que no aspiren a mas ese pueblo que las ha tenido en menos.

   En cuanto a la educación del príncipe, es como de todas las Regencias, por el seguro temor de que luego se les  achaquen sus defectos, no ha de desvelar tampoco a V. A. que Isabel II ha dejado a nuestro país en muy semejante estado al que lo dejó don Enrique  el Impotente, "rey infeliz sobre cuantos reinaron en el mundo, como dice la Historia de Segovia, pues para quitarle la sucesión, fue necesario quitarle el honor."

   A esta luz veo yo clarísimamente que no ha de temer V. A. peligros por la espalda, que es grande satisfacción para sus amigos, y elemento incomparable para un poder popular; sino que todos los tiene delante de sí, y esos ha de poder vencerles con sólo atreverse a afrontarlos. ¡Noble y dichosa mudanza de los tiempos, cuya plenitud alcanza España por primera vez; tiempos en que no depende la pública felicidad de bajas intrigas cortesanas! Sólo por ver este día resucitaran de buen grado los Argüelles y los Torreros, los Mendizábal y los O'Donnell, cuya existencia fue una continua batalla contra la iniquidad y la falsía.

   Si yo dijera V. A. que no hay conspiradores en nuestro país en esta solemne hora, parecería una cándida ilusión del mas cándido optimismo; pero V. A. escudriñe con ojos sagaces esas que llaman conspiraciones, y comprenderá que, si no ha acertado a quitarles el nombre, les ha quitado el progreso moderno toda la importancia. Sólo pueden llegar a tenerla si nuestros errores se la dan, yesos a V. A. toca que no los cometamos. Quien ha sabido tan bien, como V. A. preveerlos en su discurso de gracias a las Cortes, harto, mejor sabrá evitarlos.

   "La época de los graves peligros, - decía V.A.,-"ha pasado ya, y comienza otra de reorganización, en que nada tenemos que temer como no sea de nuestra propia impaciencia, de nuestra desconfianza o de nuestras exageraciones."

Pongo los primeros a los defensores del absolutismo, porque son, si no los mas hábiles conspiradores, los mas dignos de respeto, que harto merece la ignorancia en que están de las cosas de nuestro país. Piensan ellos que un nombre histórico, aunque sea manchado y aborrecible, se ha de llevar los pueblos tras sí como ovejas encariñadas con el pastor; piensan ellos que las exageraciones religiosas del fanatismo han de  encontrar eco en un país que fue tolerante con los moros y los judíos, mientras tuvo ,en el gobierno la parte que su antigua  organización democrática le daba; y piensan finalmente que la generación que aquí vive es de nuestros abuelos, la que ellos conocieron en las ,covachuelas y los locutorios, en las cofradías y las hermandades,.-y no una generación nacida en la plaza pública, amamantada en la prensa y-en los comicios, crecida al calor de los derechos individuales, movediza como la ola ,no petrificada como él molusco. Así ve V.A. a esos conspiradores encaramados en las crestas del Pirineo, como los monos en los árboles intertropicales, remedando los gestos de los hombres, pero sin atreverse a perturbar el espectáculo de verdaderos hombres que; España les presenta, ¡Desdichados!.

   Mucho más lo son todavía esos otros desperdicios de la pasada bacanal borbónica, gusanos que ,no contentos con haberse, comido un trono, hoy lo pasean al desnudo por Europa, haciéndola apartar de él la vista con horror y el estómago con asco o tema V. A, que salgan a lidiar a Toro, como los partidarios de la Beltraneja, únicos que en la historia se les parecen, que, aunque a ellos les cumpliera por su calidad hacerlo todas las fuerzas y todas las voluntades les quita el secreto convencimiento de que con esa desatentada rival, de Enrique IV, es mas peligrosa la lealtad que la traición; como ya de aquel se dijo. Acaso mientras ellos pelearan, ella a un mercader de vicios los vendería.

   No hay, pues, detrás de, V. A. alcázar tenebroso donde se le encastillen los enemigos sobre seguro, -y los que delante puedan ponérsele son niños que hace de las armas juguetes, y de sus, mismas palabras ajeno o propio terror. Gentes en quien todas los condiciones, buenas y malas del Mediodía tienen su tipo, suenan en altas voces, pregonan por calles y plazas ,sus delirios, y en lo arrebatado de su fantasía y en lo suelto de su lengua libran como don Quijote sus bienes y sus males. Soñaron ellos que a la plebe embelesaría una como reforma e invalidación del testamento de Adán, que desnudase a los vestidos y vistiese los desnudos, y en vez de decírselo a ella ,sola y muy por lo bajo, de tal suerte vociferaron, que asustada la sociedad, en vez de cumplir como cristiana las obras de misericordia, mira hoy en todo desnudo enemigo de su haber y su reposo. También por deshacerse del principio de autoridad, que tanto a sus planes se opone, y cegar su fuente suprema con piedra y todo, imaginaron borrar a Dios de todos los corazones; pero ,con tan poquísimo recato, que desde los lugares mas propíncuos pregonaban que era hijo de una tal por cual, y su obra una maquina torpe a quien no se le encuentra el alma con el escalpelo, para concluir que el único Dios de cielos y tierra, de mundo y carne, es esa misma razón que tales desvaríos padece, que con ninguna otra se concilia, y que en el tiempo y en el espacio halla siempre un muro de bronce que no puede traspasar, porque declarándola finita, debiera hacerle creer en lo infinito.¡Aberraciones infantiles! Recuerdan estas pobres gentes con su caduco materialismo a los alumbrados de Llerena, quede los mas vulgares apetitos quisieron hacer un dogma, y no pudiendo satisfacer siquiera los de las beatas y tas monjas dela ciudad, fueron por ellas mismas entregados a la Inquisición. Así nacen y así mueren a manos de la suma verdad las utopías religiosas.

   Mas no porque tan abigarrados elementos, que en montón asustan, sean baladíes en detalle para quien con alto espíritu; recta intención e ilustrado patriotismo, viene, como V. A., al poder Supremo, ha de considerarse fácil la tarea de la Regencia, que en esta crisis, suprema también de nuestra historia, tiene una misión mas alta que la de vencer enemigos, desbaratar cábalas y educar príncipes: tiene la de elegirlo, ¡y si fuera sólo elegirlo! la de prepararle trono robusto, país obediente, pueblo sensato, y como columna y corolario a par de tan grande obra, leyes sabias y liberales, donde quepan todos los partidos que no aspiren a la destrucción , sino al mejoramiento de lo existente. ¿Qué Regencia antigua tuvo misión mas noble y trascendental? A la Bélgica han ido muchos escritores a buscar el modelo histórico de la de V. A.; pero yo pienso que la nobilísima figura de don Fernando el de Antequera debe ser mas de su agrado, máxime reflexionando que en brillo y majestad la eclipsaría un Regente que a nuestro país aconsejara repetir el solemne espectáculo de Caspe, exceptuándose con noble modestia de los elegibles. La ocasión, los elementos políticos, las pasiones mismas se están brindando a V. A., como suave masa al escultor inspirado.

   Con, todos los millones de voces que tienen los pueblos modernos, dice el de  España a V. A. lo que teme y lo que quiere. ¿Quién duda que V. A. las oye y las comprende, como político que es tan hábil. Ahí esta el discurso de gracias que he citado, puesto como  un dios Término el elocuente entre el período de Revolución y el período de acción, entre la debilidad del Gobierno engendrado en Alcolea, y la energía del poder casi definitivo votado por las Cortes. La Revolución piensa y la Revolución que obra, se unen en él como en estrechísimo lazo. Ahí está mas claro todavía el primer discurso del presidente del Consejo, que lo eleva, a la altura de un verdadero hombre de Estado, Poniendo de manifiesto su clarísima, percepción de los peligros y de las necesidades públicas. ¡Ojalá el ministerio que presentaba a las Cortes tuviese una significación que tan clara y tan completa como el discurso! "El Gobierno dijo el general Prim, -ha jurado guardar y hacen guardarla Constitución y las leyes, y esta resuelto a que ese juramento sea también una verdad en todas sus partes. Desgraciadamente, desde que ha mandado el partido liberal en España los motines han estado a la orden del día; y tanto ha sido así, que muchos de los señores diputados presentes recordarán haber oído decir a un señor ministro en este mismo sitio que "cada día que pasaba sin un motín era un día ganado;" y de ahí las debilidad de aquellos Gobiernos liberales, y de ahí su desprestigio y su impotencia para crear nada sólido y estable, y de ahí también a fuerza de nuestros enemigos para lanzarnos de poder...",Hizo una pausa el General Prim, como aquel que no ha completado su idea, y concluyó con ruda elocuencia militar:,-"Pues el Gobierno espera en Dios , en su propia fuerza y en el apoyo de las Cortes Constituyentes que semejantes días de desorden, de disturbios y de motines han de volver, porque el Gobierno está resuelto, muy resuelto a que no vuelvan, y será todo lo enérgico que pueda ser un Gobierno; y si fuese posible que en el cumplimiento de un deber se pueda ser duro, inflexible y basta cruel, el Gobierno será duro y cruel.

   En el hervidero de pasiones en que vivimos  envueltos, no se ha dado a las palabras del primer presidente del Consejo de ministros de la Regencia, todo el valor que tiene en garantías de orden, como anuncio inequívoco de la política gubernamental y sensata que los pueblos esperan de la nueva situación, y finalmente, como desenvolvimiento de principios que llegan a la plenitud en la mas oportuna de las ocasiones.

   Yo grabaría esas palabras con letras de oro en la historia del general Prim y de su partido, a quienes tanto enaltecen, porque son la síntesis lógica y fecunda de las grandes enseñanzas, de los terribles desengaños, de que esta es historia llena; síntesis también de los progresos de sus hombres en la educación política, tan necesaria en nuestro país, que armonizándolos con las clases que constituyen el fundamento social, los hará elemento indispensable de todo Gobierno, y muy en particular de la futura Monarquía.

   Esta es otra gloria en que cabe a V. A. mucha parte, por babel desde antes de Alcolea traído a los mas grandes partidos de España a punto de conciliarse y confundirse en- uno, como los estamos viendo; que si es siempre la unión y concordia entre los hombres cosa santa, mucho mas ha de estimarse entre partidos tan robustos y semejantes, pues vemos así también que por virtud de esa unión ya se prestan mutuamente las que les faltaban, con que el uno se hace mas liberal y expansivo, y el otro mas ordenado y preví sor. No son estas ilusiones que se forje mi buen deseo, si no movimientos deja esfera política que en hechos culminantes se revelan. ¿De qué otro modo, sino por una serie de evoluciones filosóficas, por la madurez de los principios políticos que han venido luchando tanto tiempo, puede explicarse la condensación en el Código fundamental de todas las aspiraciones más liberales y sensatas de los pueblos modernos, en términos que el inglés nos lo envidia, el alemán nos lo aplaude y a la Europa entera sorprende, que no esperaba ver por nosotros realizada la difícil armonía entre la ciencia política y la ciencia del Gobierno? ¿De qué otro modo se explicaran el aniquilamiento y la consunción en qué han caído en tan pocos días los bandos hostiles a lo presente, hoy punto menos que desvanecidos, como la niebla al salir el sol, y las alegres esperanzas que casi instintivamente los amigos del orden hermanado con la libertad abrigamos? Pues no se explican, sino por la fusión sincera y natural de los tres partidos mas fecundos de España, fusión que viene a consolidarse en la Regencia de V. A. y a decir verdad desnuda, el llamado en lo antiguo progresista merece bien de la patria masque otro alguno, pues sus preocupaciones históricas, sus instintos inconscientes, sus hábitos tradicionales, por decirlo así, están poniéndose a prueba con imponderable sagacidad y energía. El, en otro tiempo, cuando tras largas conspiraciones llegaba al poder, era para cruzarse de brazos, embebecido en contemplación estática, como esos indios, adoradores del nihil, que pasan su vida en los campos en fanáticas actitudes, hasta que la intemperie o las fieras" los devoran.

   Hoy, ¿quién lo diría? de su extraordinaria actividad en todas las esferas da tan repetidos ejemplos, que con sólo citar los nombres de la gasta y Ruiz Zorrilla se excusa la enumeración, si no la excusara mayormente el recuerdo de que ha hecho en tres meses una Constitución política, él, que en 1806, no pudo hacerla en dos años, A este suceso van unidos otros de que no quiero prescindir, porque honran no menos al partido progresista que a sus hombres de gobierno: la excelente circular del ministerio de la Gobernación, en que se fija el límite racional de los derechos individuales, tina vez votada la Monarquía, y la defensa de los gobernadores que en cumplimiento de su deber han sido enérgicos, hecha con elocuencia por Sagasta, y no menor energía, actos son que para mí tienen todo la importancia de una síntesis política. Pues a la Milicia ciudadana, institución que sólo en las grandes crisis internacionales debe tener defensores, ¿no la consideraba ese partido innecesaria, principalmente por costosa para el pueblo trabajador, y cuando circunstancias eventuales se la trajeron, no le vimos poner las cosas en su verdadero punto, por boca de uno de sus ministros mas ilustrados, espíritu valiente de los que pedía Quevedo para decir la verdad a las naciones? ¿Ni quién pensara en otro tiempo, cuando se dejaba arrebatar de emulación por las mas vanas manifestaciones de liberalismo, que había de oír impasible los discursos de Castelar y de Figueras, seguro de que no le aventajan en amor a la libertad; que al discutirse la Regencia y el nombre de V. A. no había de volver los ojos a sus antiguos ídolos, y al mirar, finalmente, llenos los aires de oriflamas y gritos a su condición tentadores, él permanecería encerrado en su tienda, como Aquiles, desdeñando el mentiroso halago de las sirenas políticas que tantas veces le perdieron, la falsa popularidad a que tantas veces sacrificó su porvenir? ¡Ah! no, no puede dudarse de que el partido progresista, como el general Prim, su mas autorizado intérprete, y como todos sus periódicos y como todos sus hombres, esta ,resuelto, muy resuelto, a que no vuelvan los días de desorden, de disturbios y de motines, a ser partido de gobierno, en una palabra; y la patria y V. A. deben felicitarse por ello, pues como piensa ese partido piensa la gran mayoría del país. Hora es ya que hacemos en España la libertad ordenada de los pueblos cultos.

   Tales son las consideraciones que me han movido a desechar mi primer temor sobre el nombramiento de V. A., trocándolo por legitimas esperanzas de una era de paz y de reorganización, que nos facilite las soluciones definitivas del cambio de dinastía, "¿Sabe S. S.,-exclamaba el señor Olozaga, contestando al señor Castelar, - por qué los antiguos progresistas hemos sido los primeros en proclamar la Regencia del general Serrano? Pues es porque le encontramos desnudo de toda ambición personal é incapaz de faltara la libertad y al honor de España."

   Esto que a la persona se refería, es de todo punto aplicable a la política, donde esa persona tiene una significación muy clara y muy marcada.- Puesta en este terreno la cuestión, como lo esta para quien no sea ciego, y superabundantemente explicada al día siguiente por el discurso del general Prim, luego por las intimaciones hechas a los clubes republicanos con motivo de la manifestación del 22, y en ese mismo día por la conducta enérgica y dignísima del alcalde de Madrid, el porvenir se despeja, las nubes desaparecen, y los ánimos recobran su perdida tranquilidad. No es la Regencia, no, una desviación, ni mucho menos una mistificación: es una línea recta, que nos conduce sin trastornos ni vacilaciones a la Monarquía democrática.

   En manos, pues, de V. A. están los destinos de un gran pueblo en el momento mas crítico y solemne de su historia. ¡Envidiable situación! Clarísima estrella alumbra por cierto al que cubierto de gloria en cien batallas, colmado de cuantas dignidades puede tener un hombre, justifica tan cumplidamente merecerlas, que merece a la postre que el país se eche en sus ,brazos como en puerto de salvación. Y V. A. lo salvará, que esto no admite para mí la menor duda.

   ¡La línea recta! No hay sino seguirla con la decisión de quien lleva en sus manos una bandera tan noble tremolada. La primera necesidad de todos los pueblos es el orden, que les da pan para su cuerpo y para su alma, que los enriquece, los ilustra y los regenera. Hace casi un siglo que España vive hambrienta, pues los tres años de 1858 a 61, sólo fueron un iris en medio de la tempestad.

   En el orden únicamente se desarrolla la libertad como en su esfera propia, y de aquí que tengamos los nacidos una noción inexacta de las libertades públicas, porque el orden permanente, hijo del juego natural de las instituciones y de la buena educación política, ha sido para nosotros fruta vedada. Todo lo que se oponga al fecundo consorcio de estos dos principios fundamentales de la sociedad, debe ser reprimido con la energía que caracteriza al general Prim. En la apreciación de estos obstáculos buscara el sofisma ancha, puerta por donde combatir el majestuoso alcázar del Gobierno; pero ni aun el sofisma es posible donde la opinión habla tan robusta y poderosamente. Sintetizaba la no ha mucho en esta forma un notable artículo de El Imparcial, periódico que acierta a inspirarse en ella como pocos:

   "Votada (decía) por 214 votos contra 70 la forma monárquica, lo que vive en España después de esas declaraciones la Monarquía. La República  lo mismo que el absolutismo, podrán venir mañana, y entonces triunfarán, entonces vivirán en el mundo oficial: podrá ser suyo el futuro, podrá ser de su dominio el insondable porvenir; pero el presente es de la Monarquía democrática.

   Oponer, pues, al viva la Monarquía el viva la República o viva el rey absoluto, era perfectamente legal el día antes de que el país, representado por Cortes Constituyentes elegidas por Sufragio Universal, no había dado, su fallo. Esos tres vivas representaban y simbolizaban tres formas de gobierno que sus respectivos mantenedores sustentaban con sus esfuerzos y ofrecían al pueblo español para que eligiese. Desde que eligió la Monarquía democrática, los otros ,dos vivas son imposibles, son facciosos, puesto que sólo pueden sostenerse afirmando que las Cortes no representan al país, negando a las Cortes y al Gobierno por ellas elegido toda legitimidad.

   ¿Es esto atentar a los derechos individuales, es impedir su ejercicio? No. En la prensa, en la reunión, en la asociación, pueden los mantenedores de la República o del absolutismo afanarse por persuadir al pueblo español que vale más el federalismo ó el despotismo, y el día que la propaganda de sus ideas llegue a término, el Sufragio universal ,será suyo, el Sufragio universal mandará diputados y senadores que reformen la Constitución, y suprimiendo la Monarquía democrática, declaren que la mayoría del pueblo español quiere el federalismo o el despotismo, y entonces, y sólo entonces, será legal el grito de viva la Republica federal o viva el rey absoluto;"

   ¡El federalismo! Ese, ese es el verdadero enemigo de la patria en, estos momentos. De los partidos reaccionarios opinara V. A., como yo, que hay bien poco que temer, por su ridícula impotencia, por su profunda desmoralización; porque el país, escarmentado y empobrecido, unánimemente los rechaza; pero el federalismo...

   Si Dios ha mostrado alguna vez de una manera visible su protección a España, fue cuando a raíz de la victoria de Alcolea no puso su suerte en manos de ese, partido, gracias a la profunda habilidad y al acendrado patriotismo de hombres tan inteligentes, como Rivero, Martos y Becerra, que conocieron a tiempo el estado del país y la falta de madurez de esas teorías. Porque si fascinados por la incomparable elocuencia de Castelar, por la hábil táctica de Figueras, por la cándida buena fé de Orense, o por la irresistible dialéctica de Pi y Margall,

hubiéramos dado suelta a la loca de la casa; como llamaba Montaigne a la imaginación, a estas horas España representaría el campo de batalla de los galeotes, donde quedaron míseramente tendidos don Quijote, y Sancho, Rocinante y Rucio, por haber hecho tanto bien a Ginesillo de Pasamont y sus colegas. Aquellos mismos hombres, hoy gloria, de la tribuna y del país, se hubieran hundido inmediatamente en ese abismo cubierto de flores ,que oculta a las sirenas de La Igualdad soñando en cortar cabezas a cercen, a los idólatras de la diosa Razon, que proscribirían de nuestros templos: la Virgen María, a los niveladores de fortunas, que nos harían recordar con hambre la sopa de los conventos, y finalmente a los partidarios de esa desatentada federación; que nos volvería a entregar exhaustos y envilecidos a los condes de Castilla y Barcelona, a los Reyes aragoneses, y acaso a las taifas morunas de Córdeba y de Granada.

   Si alguna duda quedara del gravísimo peligro que entraña para el país la República federal, la que cuenta más adeptos en el partido, nos la quitarían los unitarios, que por cierto son los menos, porque son los más razonables. Nadie habrá olvidado las gravísimas declaraciones hechas en el Congreso por el señor García Ruiz, incansable campeón de la integridad de la patria española. “Todavía no sabemos, -añade El Pueblo, combatiendo a ,los federales con justa indignación, -todavía no sabemos cuantos pedazos se harían de la túnica del Cristo para luego tenerlos todos pendientes de un hilo; esto es, todavía no sabemos en cuantos estaditos o cantones quieren dividir a la España, porque unos dicen que serían 14, mientras que otros aspiran a 49, y no faltan innovadores que deseen 100 o más .

   ¡Ah! ¡Cuánto daño habéis hecho a la causa de la República con ese afán adjetivo! ¡Cuantos no se habrían asustado de la República y estarían hoy a nuestro lado! Pero... al mismo tiempo que les brindáis con ese sistema de gobierno, les presentáis en triste perspectiva y próximo porvenir la debilidad. de la patria, hoy que debe ser mas fuerte la divisiones de muchas cosas, hoy que deben estar más unidas; el fraccionamiento respecto de otras, hoy que debe tener mas cohesión; la proscripción del crédito por la falta de orden, hoy que mas necesita de aquel para reponerse del infame y desmoralizador despotismo del, último reinado...Pues ¿tan grande es la España, para que pretendáis dividida en estaditos microscópicos y altamente ridículos.

   Y como sino dejara ya a la víctima in extremis, añade por nota:

   Escrito esto, llega a nosotros el llamado pacto federal de Castilla, por el cual vemos que se piensa ya en los dos Estados de Castilla la Vieja y Castilla la Nueva. Por algunos se, predicó hasta el día que cada provincia debía convertirse en un Estado; y ahora aspiran a hacer dos de 17 provincias. Y se habla también de provincias y de CANTONES, y de FEDERACIONES y de SUPREMAS... ¿Tiene ni puede tener todo esto asomos siquiera de seriedad?."

   Pues aun hay más. Donde quiera que una voz republicana de buena fé se levanta contra el federalismo, pone de manifiesto que ese sistema destruiría la nacionalidad de España. En una carta que el Ateneo catalán de Reus ha dirigido a la minoría del Congreso en 17 de junio, hallamos la siguiente declaración ,importantísima:

   "Antes que ser republicanos federares, preferiríamos proclamar la independencia de Cataluña.," Es decir, que todos los caminos, por la federación, nos llevarían a la desmembración... Ya lo creo.

   Ellos deben saber como yo, que el primero que ha pensado en el Federalismo deja Península sólo para engrandecer a Portugal lo hacía. Un insigne historiador, honra de aquel país, sostuvo públicamente con el que escribe estas líneas largas polémicas en el círculo literario de Lisboa, por agosto o septiembre de 1861, presentando como, el bello ideal de la organización ibérica la que tuvo en los tiempos medios; pero a condición de que el Estado portugués comprendiese la, Galicia y la Extremadura. ¡Ni siquiera son originales nuestros utopistas! Pero a fé que ya nos ha dicho Castelar que él no había pensado en semejante cosa hasta que estuvo en Suiza. ¡Pobres niños! Se enamoran de lo que ven ,ignorando si es veneno o es triaca.

   El país ha rechazado esa forma de gobierno, y, sin embargo, esa forma existe; la federación se esta llevando a cabo enfrente del Gobierno del país,¿Cabe dentro del derecho de asociación una asociación que plagia al Estado, que puede suplantarle, que aspira a ello visiblemente, y que reviste una forma proscrita por los altos poderes públicos? El comité presidido en la Coruña por un señor Costales, y otros muchos Costales de otros comités, se han negado a reconocer la Constitución o la han quemado públicamente a la faz de los jefes de provincia, a quien llaman a boca que llena ciudadano gobernador...  Ayuntamientos enteros hacen lo mismo, y tanto embravece a los partidos radicales la debilidad que en el Gobierno suponen, que el país en estos momentos presenta un espectáculo desconsolador. Casi todos los pueblos de la rivera del Ebro viven poseídos de la legitimidad de Carlos VII, uniformados y regimentados a la manera facciosa, mientras a la opuesta orilla del Guadalquivir se juzgan los pueblos en plena República, y mandan y se apellidan en términos no menos facciosos, hechos que, bajo el punto de vista de la educación popular, recuerdan a aquellos ignorantes indios mejicano que preguntaban por Fernando VII a los soldados del general Prim ¿Es sostenible tal situación después de votada la Monarquía y la Regencia después del discurso inaugural del nuevo Gabinete? He aquí un problema, cuya solución urge sobre todas las cosas, si el Gobierno esta resuelto ha guardar y hacer guardada Constitución y las leyes. Si hoy ya no puede oponerse, como dice con mucha sensatez El Imparcial, al ¡Viva la Monarquía! el ¡Viva la República! ¿podrá oponerse a la Monarquía legal, declarada solemnemente, la República subrepticia, por todos títulos ilegal?.

   No se me oculta, sin embargo, que este peligro ha disminuido notablemente desde que la Regencia de V. A., vigorizando todos los elementos de gobierno, dándoles unidad, cohesión y objetivo, ha empezado a resolver las resistencias y a allanar las dificultades de la situación. Tampoco se me oculta, por cierto, ola grande fuerza que puede sacar un poder bien intencionado de esos gérmenes de acción y de vida, que palpitan, en las entrañas del pueblo, fuego que puede abrasar, pero que también calienta, y alumbra y vivifica, utilizándolos por los medios que tiene siempre a su disposición el hábil gobernante; y esto es, sin la menor duda, lo que es espera el país de V. A. Aconséjanle los republicanos que se ilustre, que se organice, que se arme, como si necesitara, armas ni organización un pueblo ilustrado, que tiene la conciencia de sus derechos y sus deberes. El día que todos los españoles sepan siquiera leer y escribir, ¿a quién asustara el Sufragio universal, ni la mayor amplitud posible de las libertades públicas! Y puede estar muy próximo ese día, yo así lo espero con profunda convicción, si aprovechando la docilidad, la buena fé instintiva con que los buenos elementos políticos tienden a reconocer las necesidades, del país, se satisfacen con decisión, con energía, con patriotismo; si a la vez que mucha libertad, se le da mucho orden y mucho gobierno; si se castiga con rigor a todos los que se salgan de la Ley, y no se hace pesar la ley demasiadamente sobre ninguno; si se busca con avidez y buen deseo la solución de las cuestiones sociales que traen a las masas perturbadas, haciendo vivir al Estado y a los individuos con economía, con moralidad, como cumple a un pueblo pobre , pero honrado y digno; y finalmente, si estimulando el trabajo en todas las esferas, se hace de esta santa virtud, casi desconocida en España, cualidad distintiva de los españoles. Entonces el pueblo estará organizado poderosamente, y armado con invencibles armas, y no se asustarán de la República los hombres de bien. Entretanto, la mejor organización es la que el país ha elegido por Sufragio universal, la Monarquía democrática, evitando por supuesto el círculo vicioso, que trazó con tanto acierto Castelar cuando exclamaba:

   “Ya sé yo que el señor Topete dice, como el señor Olózaga: Yo haré lo que quiera la mayoría; y como cada uno de los individuos de la mayoría dice lo mismo, el caso va a ser que nos vamos a encontrar sin rey, porque todos van a querer aquello que quiere el otro, y nadie sabe lo que el otro quiere”.

   De V.A. apasionado afectísimo, seguro servidor Q.B.S.M.

 

   V.B.

 

   Madrid 26 de junio de 1869

 

 


FICHA:  La línea recta: carta a S.A. El Regente de España / por V. Barrantes. -- Madrid: [s.n], 1869 (Imp. de los Señores Rojas).  31 p. ; 13 cm *  be 12524

 


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