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En 1906 celebra una exposición en París llevando a ella cerca de 500
cuadros en la Galería de Georges Petit. El triunfo de Sorolla fue tan
maravilloso que en la «Revista de Art et Decoración» el célebre crítico
francés, Camilo Mauclair, decía: «Estamos en presencia de un hombre
que ha recibido un don misterioso y soberano, y que ha sido para pintar,
como el pájaro para volar». Esta exposición le animó para preparar
su viaje a Londres, en donde celebró otra en 1908, realizada en los
salones de “Grafton” con 400 obras, que al verlas el americano Mr.
Archer Milton Huntington, presidente de la Hispanic Society of American
de Nueva York, quiso conferenciar con el artista para convencerle de lo
conveniente que sería realizar una exposición de sus obras en aquel país. |
Como la fecundidad de Sorolla era tan extraordinaria, por lo cual sus amigos
calculan en muchos miles los cuadros ejecutados por él, entre apuntes, dibujos
y lienzos salidos de su mano, no le importa a Sorolla preparar otra salida con más
de 356 obras, que expuso, poco después en las salas de la Hispanic Society el 4
de febrero de 1909.
La amistad de Sorolla con Huntington se intima después del triunfo
alcanzado en Norteamérica. La Hispanic Society le adquiere constantemente
cuadros, pues compenetrado el gran admirador americano con el arte de Sorolla,
le apasiona y hasta llega un momento trascendental para la historia del arte. En
el verano de 1911 coincide nuestro gran artista con el multimillonario en París,
y, sobre la mesa del comedor de un hotel, se conviene el encargo de la obra más
importante de la pintura contemporánea.
En
la gran Hispanic Society aún no se había edificado la Biblioteca, que iba a
ocupar un extenso cuadrilátero que desarrollaba setenta metros de longitud,
entregándosele a Sorolla los planos y pidiéndole para tan importante
departamento un friso de esta medida por 3,50 metros de altura. Lejos de asustar
a Sorolla la magnitud de la obra comprometida, acrece su entusiasmo; su
imaginación se exalta en figuras alegóricas y representativas; forra las
paredes de una gran sala con trozos de papel y los cubre de dibujos trazados con
carbón y tiza. Los proyectos no le satisfacen y, por fin, decide no salirse de
sí mismo, de su temperamento sincero; no apartarse del natural, al que adora y
admira, y opta por llevar a la extensa superficie del lienzo la España que él
vive y conoce, con los trajes regionales que aún resisten la sañuda guerra
que, desde las capitales, le hacen las modas; aquellas fiestas características,
las raciales costumbres, y. en sus repetidas salidas por las provincias, tomando
grandes estudios, invierte dos años.
Terminados
los estudios se propone dar principio al trabajo definitivo. Encarga a Bélgica
la pieza de tela; corta de ella un gran trozo y en su estudio de Madrid comienza
a componer un tema y pinta las figuras a la vista de aquellos grandes estudios.
El trabajo se inicia con un entusiasmo y emoción enormes y con feliz resultado,
pues el maestro recorre y cruza puertos montañeros y se adentra por la risueña
Galicia, verde y gris en los días de lluvia, como roja, tostada y amarilla,
cual fuego de hogar pleno de sol. Luego por el mar y los montes por la región
cantábrica... Después Navarra, Cataluña, Valencia y Andalucía. Hasta
Ayamonte, por tierras fronterizas a Portugal, Extremadura...
El cuadro de Extremadura, tan encantador como bello, en donde vemos, con fondo
urbano de Plasencia, unas parejas de extremeños: Rubor en las caras almendradas
de las mozas mientras los mozos les dirigen frases galantes... En primer término
se admira un grupo de cerdos que llevan al mercado sus dueños para vender.

En Plasencia, cada mañana convertía en su taller el que fuera medieval
vergel de Las Algeciras. En 1917 era el jardín de la casa de Fernando
Sánchez-Ocaña Silva, alcalde de Plasencia. Pero no solo trabajó en el
jardín de las Algeciras, junto a la fuente, sino también en los cachones
del Jerte o en el Puente Trujillo donde enmarcó finalmente la obra.

Posaron tipos de Montehermoso ataviados a la usanza tradicional,
inmortalizados en la conocida obra.

El pintor realizó bocetos de
piaras de cerdos y estudios de montehermoseños y montehermoseñas con sus
vistosas gorras y trajes, o de porqueros vestidos a la usanza tradicional.

Los
instantes de Sorolla en Extremadura fueron inmortalizados por el fotógrafo
placentino Díez.
Bibliografía:
- Guillot Carratalá, José. Joaquín Sorolla -- 1ª ed. -- Plasencia :
Sánchez Rodrigo, 1950. 120 p. ; 20 cm . -- (Hijos ilustres de España ;
XIV). Páginas 51, 69, 70 y 74
- Diario Hoy. 7 noviembre 2007
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