Qué tendrá mi Extremadura! ¡Tierra de múltiples contrastes: de encinas y pedregales, de sobriedad granítica y arcilla alfarera, de labranzas y regadíos, de llanuras pardas y arboledas frescas y verdes, de manantiales y tierras cuarteadas, de desérticos parajes y núcleos superpoblados, de inviernos duros y veranos tórridos, de monasterios y castillos, de bullicio popular y recogimiento y clausura, primaria y señorial, pero siempre levantando su estandarte acogedor y emprendedor, que la hace ser un lugar mágico de descubrimientos y encuentros!

Parodiando al Quijote, podría continuar diciendo: En un lugar de Extremadura, cuyo nombre no puedo recordar, ya que en todos sus rincones existe el calor para los que aquí repostan y conviven con sus gentes, hubo un hidalgo caballero andante, Graham Greene, gran novelista inglés y su escudero, confidente y amigo personal, el padre Leopoldo Durán Justo, que recorrieron sus tierras en pos de aventuras y descanso.
Graham Greene y el padre Leopoldo Durán.
(De la colección particular de fotografías de Leopoldo Durán)
Allá por los primeros años de la década de los ochenta, dos personalidades del mundo de las letras acertaron en visitar nuestras tierras, para conocer sus campos, monumentos, sus gentes y su historia. Este caballero andante, Graham Greene, del que uno de sus títulos de su numerosa producción novelística ha sido, precisamente, «Monseñor Quixote», dedicado y en homenaje a su «amigo y hermano» el padre Leopoldo Durán, estaría orgulloso de haberle dado este cariñoso apelativo de hidalgo y caballero andante, que junto a su inseparable e infatigable acompañante y amigo, el padre Leopoldo Durán, escudero leal, donde los haya, cuya amistad con el genio superó los meros vínculos del arte literario, recorrieron las tierras de España, repitiendo los viajes a nuestra Extremadura, desde que descubrieron su elixir, su manantial inagotable de sabiduría. Un pozo sin fondo de arte y cultura, que hace aflorar la paz interior a los hombres de bien, que la buscan sin descanso y con esmero. Siendo posiblemente éste el porqué de sus repetidos viajes a esta bendita tierra, mezclándose con sus gentes, saboreando la historia desde sus raíces y adquiriendo anécdotas, que más tarde recordarán en sus quehaceres diarios, cuando alejados de la misma, broten y afloren los recuerdos y el anhelo de vivenciar esa paz descubierta. No dudaron ni un momento en repetir y acudir de nuevo a la cita extremeña, por una parte, para respirar sus aires de frescura y de descanso, y por otra, para adquirir savia nueva y esperanza en este difícil caminar cotidiano. En definitiva, haber descubierto los encantos de esta tierra, «piedra filosofal» en la vida de muchos de nosotros.
Es bueno e interesante recordar los datos biográficos más significativos, así como la extensa producción literaria de estas dos personalidades del mundo de las letras y exponer la opinión de los críticos y biógrafos de estas dos insignes figuras de la pluma, que entremezclándose con las propias gentes de la tierra extremeña en las calles y mercadillos de nuestros pueblos y ciudades, supieron digerir nuestras costumbres, admirar la artesanía y reconocer la cultura de nuestra región; de tal forma, que el acercarse periódicamente a este rincón de España, supuso una necesidad en sus vidas.
GRAHAM GREENE
Nació en la localidad inglesa de Berkhamstead, condado de Hertfordshire, el 2 de Octubre de 1904. Su padre era director de la escuela local, donde él se educó. Ingresó en la Universidad de Oxford, en el Balliol College, donde publicó un libro de versos y se graduó en 1925. Al año siguiente, trabajó como reportero en el «Journal» de Nottingham. Tras la publicación de su primera novela, en vísperas de la Depresión del año 30, se dedicó a la literatura y a la crítica literaria y cinematográfica, como escritor independiente. Colaboró en el «Times» desde 1926 a 1929, llegando a ser subdirector del mismo. En 1926 se convirtió al catolicismo, hecho trascendental para su vida y para su obra literaria. Y en 1927 contrajo matrimonio con Vivien Dayrell-Browning.
En 1938 fue enviado a Méjico como comisionado y periodista para informar de la persecución religiosa y anticlerical que existía en dicho país. Como resultado del mismo, escribió «Caminos sin ley» (1939) y «El poder y la gloria» (1940).
Su fama como escritor se inició tras la publicación de su cuarta novela: «El tren de Estambul»(Orient Express) (1932). Realizó un viaje a través de Liberia, que más tarde reflejó en su obra «Viaje sin mapas» (1978), y a su vuelta en 1939, fue crítico de cine en la revista inglesa «The Spectator», de la que posteriormente, en 1940, fue director literario.
Trabajó para el Foreign Office durante la II Guerra Mundial (1941-1944), permaneciendo poco tiempo en él. Fue enviado a Sierra Leona entre 1941 y 1943. Greene atendía los asuntos de Portugal, más allá de su extensión geográfica. Fue encargado de combatir el contrabando de cartas y diamantes en Georgetown, en vecindad con las colonias francesas adictas al pacto de Vichy. De regreso a Londres, Greene tomó a su cargo todas las operaciones en Portugal. En Lisboa trabajó con otro escritor inglés, Malcolm Muggeridge, en el comando del mítico Kim Philby, quien ya transmitía los secretos aliados al Kremlim. En 1941 Philby era responsable del trabajo de contrainteligencia en la península Ibérica. Allí su trabajo fue brillante y surgió una gran amistad entre los tres.
Sin que Greene supiese nada, Philby se escapó a Moscú en un barco ruso; pero la amistad entre ambos continuó hasta la muerte de Philby. Greene le escribía una carta cada año. Le visitaba siempre que iba a Rusia. Y Philby esperaba siempre estas visitas con enorme ilusión.
En 1968, Greene escribió el prólogo de un libro de Philby titulado: «My Silent War». Y fue tal su grado de amistad con él, que en su autobiografía, Greene escribió: «Un escritor que sea católico no puede evitar cierta simpatía por cualquier fe que sea sostenida con sinceridad, y me sentí complacido cuando más de veinte años después Kim Philby citó «El agente confidencial» (1939) para explicar su actitud ante el estalinismo» Todo ello, para exponer el predicamento de un agente con escrúpulos, en quien su propio partido no confía y el propio agente se da cuenta de ello, admitiendo que el partido está en lo correcto.
Greene veía a Philby como uno de esos cristianos que no perdieron la fe durante los peores momentos de la Inquisición, confiados en que llegarían tiempos mejores. Cuando Philby murió, un periódico inglés le insultó diciendo: «que esperaba que hubiera tenido una larga agonía». Graham Greene sintió mucho que el artículo fuese anónimo, pues le hubiera contestado como él sabía hacerlo en casos de esta índole.
Greene tuvo prohibida la entrada en Estados Unidos hasta el año 1952, tildado de comunista y amigo de ellos. Pero la verdad sobre ello fue, que Greene y un íntimo amigo suyo, allá por la época de sus 18 años de edad, se hicieron miembros del Partido Comunista, porque se les había prometido a cambio un viaje a Moscú. Todo quedó en nada, y su militancia en el Partido Comunista duró tres meses. Sin embargo, en América constaba esta aventura.
A partir de 1966 traslada su residencia a la Riviera francesa, precisamente a Antibes, cerca de Niza, por el excelente clima de aquel hermoso rincón de la Costa Azul, dedicándose a viajar por todo el mundo, sobre todo por España.
Murió el 3 de Abril de 1991 en Vevey, Suiza.
Es doctor «honoris causa» por Cambridge, Oxford, Edimburgo, Moscú, España y otros muchos lugares. Caballero de la Legión de Honor en Francia; posee la Orden del Mérito, considerada la mayor y mejor condecoración inglesa y rehusó muchas otras condecoraciones.
El periodismo fue para Graham Greene la antesala de la literatura, extrayendo de su experiencia como reportero un rico bagaje, al que recurrirá en sus relatos de ficción.
Ha escrito numerosas obras, habiendo sido traducidas a más de 30 idiomas. Su obra refleja los conflictos espirituales de un mundo en decadencia. Sus novelas se caracterizan por la intensidad de sus detalles y los lugares exóticos donde transcurren (México, África, Haití, Vietnam...), así como el retrato preciso y objetivo de los personajes inmersos en todo tipo de situaciones de tensión social, política y psicológica.
Inició su carrera de escritor en 1929 con la publicación de «El hombre interior», luego fueron: «Historia de una cobardía» (1929), «El nombre de la acción» (1930) y «Rumor al caer la noche»(1931). Desde entonces ha publicado un gran número de novelas en las que, por debajo de la intriga, el realismo y la psicología, late siempre, de alguna manera, una profunda preocupación religiosa.
Según el propio Greene, sus novelas se clasifican en: «de entretenimiento» y «serias». En el primer grupo se incluyen algunas de aventuras y de género policiaco. Greene sabe mantener el interés por la lectura, con lo que demuestra su maestría narrativa. A esta serie corresponden: «El tren de Estambul» (1932), «Campo de batalla» (1934), «Pistolero a sueldo» (1936), «El agente confidencial» (1939), —ambientada en la guerra civil española —, «El ministerio del miedo» (1943), «Diecinueve cuentos» (1947), «El tercer hombre» (1950), «Quien pierde gana» (1955), «Nuestro hombre en la Habana» (1958) —sobre el espionaje inglés en la Cuba precastrista y el objetivo fundamental de la guerra psicológica: que es sembrar desconfianza entre los aliados del bando enemigo—; también publica el libro de relatos «Veintiuna historias» (1954). «Una pistola en venta» (1936), —tiene como argumento central el conflicto humano entre el bien y el mal—, y puede considerarse como precursora del tipo de libro que Greene calificaría de sus grandes obras, en las que se entremezclan lo moral, lo existencial y lo religioso. Greene, desde una perspectiva católica, se acerca al alma humana y a las miserias del hombre. En un contexto de crisis religiosa, explora los misterios del mal y de la gracia. Para Greene, todo hombre, aun acosado por las fuerzas del mal, es portador de la santidad. Sus grandes obras sobre ello son: «Inglaterra me ha hecho así» (1935), «Brighton, parque de atracciones» (1938), «El poder y la gloria» (1940), —novela compleja con elementos metafísicos y realistas, ambientada en la revolución mexicana, donde el protagonista es un sacerdote alcoholizado y amante de los placeres carnales, con un hijo, en la época de las persecuciones anticlericales en su país; no abandonará nunca su sagrado ministerio, incluso con riesgo de su propia vida, por asistir a un moribundo. La Gracia puede convertir a un pecador en mártir heroico. Otras son: «El hombre por dentro», «El revés de la trama» (1948), —esta obra la escribió como homenaje a la obra «Corazón de la tiniebla» de Conrad, situando igualmente la acción en África—; luego aparecen «El fin del asunto» (1951), —que también trata de problemas serios y profundos, como la angustiosa búsqueda de Dios—.
En otros títulos como: «El ídolo caído» (1936) y «El libro de cabecera del espía» (Este último escrito en colaboración con su hermano) —recurre a la esencial incomunicabilidad entre las conciencias infantiles y el mundo de los mayores y exhibe la invisible transcendencia que determinados hechos de la primera edad tienen en la vida futura de los seres humanos. «La defensa» (1972) —Historia corta con seis relatos además del que da el título al volumen, que pertenecen a su primer periodo y se sitúan en la Inglaterra de los años 30 y 40, anunciando ya de forma bien clara, los ingredientes, artificios y argumentos de su obra narrativa posterior: la torpeza, la ceguera de la justicia de los hombres, la incapacidad de estos para dar con las claves de sus destinos y controlar las fuerzas que los determinan, las pasiones y la crueldad en que se fundan las relaciones humanas, la imposibilidad de comprensión entre ellas...—. «El americano tranquilo» (1955), —trata sobre la guerra de Indochina—; «Un caso acabado» (1961), —donde cuenta la historia de una leprosería en África—; «Los comediantes» (1966), —en la que estudia la situación trágica de Haití, siendo Presidente de aquel país el Dr. Duvalier—; «Viajes con mi tía» (1969). «Una especie de vida» (1971) y su continuación «Caminos de evasión» (1980) son autobiográficas; escribe también una serie de historias cortas, editadas en Historias coleccionadas en el año 1972, como: «¿Podemos pedir prestado a tu marido?», «Un sentido de realidad», «Una visita a Morín», entre otras; en «Un lugar fuera de Edgware Road», —la clave es el absurdo y la soledad de unos seres perdidos. Posteriormente escribe: «El cónsul honorario» (1973), «El factor humano» (1978), «El doctor Fischer de Ginebra o La reunión de la bomba» (1980), «Monseñor Quixote» (1982), «El décimo hombre» (1985) —novela breve, escrita pensando en el cine, con la que ha conseguido suficiente densidad humana como para figurar entre sus obras más literarias—, «El capitán y el enemigo» (1988),... todas ellas jalonan su densa carrera de escritor.
Graham Greene también escribió obras de teatro: «El cuarto de estar» (1953), «La casilla de las macetas o el invernadero» (1958); en algunas comedias trata el problema de la infidelidad: «El amante complaciente» (1959). Más tarde escribe: «Labrando una estatua» (1964)», «El regreso de A.J. Raffler» (1975), «El gran Jowett» (1981), «Sí o No» (1983), «¿Por quién doblan las campanas?» (1983).
Ha escrito ensayos: «La infancia perdida» (1951), «Ensayos completos» (1969), «Dramaturgos británicos» —sobre estudios de otros escritores—, «La cúpula de la alegría», «Yo acuso» (1982).
Escribió libros para niños: «El pequeño tren», «El cochecito de caballos», «La pequeña apisonadora», «El cochecito de bomberos».
Sobre el tema de viajes escribió: Además de los ya mencionados «Caminos sin ley» (1939) y «Viajes sin mapa» (1978), otros como: «En busca de un personaje» y «Tratando de conocer al General».
Escribió dos obras biográficas: «El mono de Lord Rochester» y «Una mujer imposible».
Han sido adaptadas para el cine, guiones de sus propias novelas, como «El tercer hombre» —película de espías dirigida por Carol Reed—, «Orient Express», «Nuestro hombre en la Habana», «El poder y la gloria» — de la que hay varias versiones, una de las cuales fue dirigida por John Ford en 1943—, «Brighton, parque de atracciones», «El factor humano» — llevada al cine por Otto Preminger en 1979—, etc. Los problemas del pecado, del demonio y el infierno, el amor cristiano o el progreso técnico son temas que están presentes de muy diversas formas en las páginas de este gran escritor. Prácticamente obsesionado con los problemas de los hombres, estructura toda su obra narrativa sobre el bien y el mal. Y —nos dice Gilbert Signaux—, que la consecuencia inmediata a la que llega Graham Greene, queda resumida en las palabras de Jesús: «No juzguéis». Exploración implacable en los misterios del mal y de la gracia.
En su temática, incidió profundamente su conversión al catolicismo, acaecida alrededor del año 1926. También le influyó la Segunda Guerra Mundial, en la que como ya hemos dicho, trabajó como miembro del Servicio de Inteligencia Británico, proporcionándole numeroso material para tramas de espionaje, que le han dado celebridad en el mundo entero. Las historias que presenta con tonos de sutil emoción e ironía en difícil equilibrio son realistas y frecuentemente cargadas de violencia: guerras, intrigas, casos criminales y toda clase de aventuras en tierras exóticas. Sus personajes suelen ser atormentados, a veces siniestros. Sin embargo, tanto los hombres como los acontecimientos están siempre representados, en el fondo, como instrumentos de una voluntad superior que armoniza, en un vasto designio, las peripecias de toda la aventura humana. Y en este sentido, su narrativa es metafísica, con el estímulo adicional de un refinado autocontrol, una íntima moderación y una riquísima experiencia existencial.
Greene fue un viajero eterno. Sus personajes protagonizan, por una parte, toda suerte de peripecias políticas, aventureras, exóticas, historias de espionaje, pero si al comienzo esto le sirve para la indagación psicológica y moral de los individuos concretos, más tarde, sobre todo con la Guerra Fría, se concentra en la crítica de la sociedad, creada por las potencias occidentales: la injusticia, la barbarie, la deshumanización, la torpeza, la ceguera de la justicia de los hombres, la incapacidad de éstos para dar con las claves de sus destinos y mucho menos para controlar las fuerzas que los determinan; la absurda manera en que se entrelazan las pasiones y las aspiraciones de las personas; la inevitable crueldad en que se fundan sus relaciones; la imposibilidad de comprensión entre ellas... son los ingredientes, artificios y argumentos de la obra de la narrativa posterior a los años 40. En realidad, Greene arranca jirones de la vida del siglo en que le ha tocado vivir, a veces de su cara más secreta y oscura; y sus extraviados personajes se topan con hechos extraordinarios, o con acontecimientos triviales, que por obra de su genio, se tornan en significativos y reveladores, aunque siempre acaban desvelando nuevos interrogantes, nunca dando respuestas ni conclusiones.
Graham Greene.
(De la colección particular de fotografías de Leopoldo Durán).
Muchas de las historias de Greene comienzan o recomienzan por sueños. La mujer del psicoanalista que le trató, cuando Greene rondaba entre los 15 y 16 años, decía: «hubiera sido un buen medium»; y en una entrevista realizada a Greene en 1987 en su casa de la Costa Azul por Nicholas Shakespeare, el propio Greene recuerda una anécdota ocurrida sobre este asunto: «recuerdo un día a esta hora más o menos, que tenía una terrible depresión y pensaba que le había ocurrido algo a alguien de mi familia. Entonces llegó mi compañera, puso las noticias de la una. Un avión había sido derribado en el mar en Cap de D’Antibes. A bordo iba un amigo del Vietnam, el general Cogny».
Más adelante, en esta misma entrevista, al preguntarle por su fama en Inglaterra, Greene añade: «Tengo más repercusión en Lationamérica y Rusia que en Gran Bretaña. El peligro es que la juventud ahora no lee libros y ve la televisión».
Hablando sobre política, comenta en la entrevista, que ha votado sólo una vez: «Fue un voto de protesta, voté a los comunistas después de la guerra». –Continúa diciendo Greene: «Gorvachev es tan popular, que ya no es un insulto ser comunista».
Referente al tema de su conversión al catolicismo, expone que llegó a ello de forma muy fría, porque iba a casarse con una católica y quería comprender lo que ella creía. Después comprendió que había una posibilidad de que el catolicismo estuviera más cerca de la verdad que otras religiones. Y añade: «Rezo mis oraciones, voy a misa...». Ante la pregunta: ¿No es usted un hombre bueno?, Greene mueve la cabeza y responde: «Lamento muchas cosas en mi vida. Mi trato hacia gente a quien quería. Si pudiera volver mi vida atrás, hubiera cambiado las cosas».
Cuando el autor de la entrevista menciona «el premio Nobel», Ivonne, su compañera, que acababa de entrar, rompe a reír. Greene añade: «por encima de mi cadáver» es la frase que ha utilizado repetidamente Artur Lundkvist, uno de los miembros del jurado, asegurando que a Greene no se le concedería jamás. Luego explica: «Creo que fue porque yo tenía una relación amistosa con una chica que él debió conocer en Estocolmo». Por último, al preguntarle sobre la muerte, contesta: «No me gustaría morir después de una larga enfermedad. Preferiría una bala antes que una enfermedad prolongada»
El novelista Malcolm Bradbury está convencido de que Greene disfrutó jugando con la falta de estima hacia su obra, y asegura que no quiso ser un gran escritor a la manera del grupo de Bloolmsbury, resistiendo siempre los intentos de intelectualizar su trabajo. Sigue diciendo, que Greene comenzó a escribir cuando el ser autor estaba de moda y era algo importante. Sin embargo, rechazó ese concepto, y prefirió la popularidad que le daba su papel de outsider y de persona enigmática.
Ramón Sánchez Lizarralde afirma que el universo literario de Greene es inquietante; busca precisamente el desasosiego, conmover la vida confortable, tan inglesa, y mostrar el vacío y la desesperación que se ocultan tras ella. Y así, en sus obras: «Un sentido de la realidad», «El que pierde gana» y «Un lugar fuera de Edgware Road», la clave es el absurdo y la soledad de unos seres perdidos; en «El espía» y «El ídolo caído» recurre a la esencial incomunicabilidad entre las conciencias infantiles y el mundo de los mayores, y exhibe la invisible trascendencia que determinados hechos de la primera edad tienen en la vida futura de los seres humanos. Algún otro autor llega a afirmar que el odio de Greene hacia los tiempos de Berkhamsted, donde su padre era director, es clave en todos sus escritos.
–Afirmación, quizás, demasiado tajante y subjetiva–.
La editorial Prensa Ibérica de Barcelona publicó en España en el año 1998: «Reflexiones», una selección de los artículos escritos por Graham Greene para diversos diarios y revistas, a lo largo de casi setenta años. Este libro está basado en una recopilación de más de un centenar de piezas periodísticas, realizada por Judith Adamson, teniendo el interés de permitir seguir la evolución del pensamiento de Greene desde 1923, cuando era un joven y desconocido estudiante de Oxford, ansioso de viajar y de plasmar sus impresiones negro sobre blanco, hasta 1987, pocos años antes de su muerte.
Alfonso Basallo en un ensayo en «La Esfera» del Diario «El Mundo de los libros» de 10 de Octubre de 1998, comenta que estos artículos de Greene contienen el germen de numerosos motivos argumentales de su obra literaria. Todos los grandes temas de la novelística greeniana están ya, en esbozo, en sus trabajos periodísticos: el conflicto de conciencia, el escándalo del mal, la inquietud social, la fascinación por el idealismo revolucionario, la atracción obsesiva por el riesgo... Añade Alfonso Basallo, que en «Reflexiones» hay dos tipos de piezas: las crónicas y los artículos de fondo. Las primeras incluyen el análisis de política internacional y también el muy nutrido lote de los reportajes de viajes a escenarios exóticos o a zonas de conflicto. Los artículos de fondo abarcan desde la crítica cinematográfica hasta las reseñas de novelas o ensayos. Continúa diciendo Alfonso Basallo, que en sus comienzos en los años 20, Greene se interesa por la Europa rota de la posguerra. Refleja las humillaciones que sufre la parte de Alemania ocupada por Francia y el sufrimiento físico y moral de los vencidos. Greene es implacable con los totalitarismos y los pone en evidencia con el arma sutil de la ironía. El mismo Basallo en este ensayo añade: «Pero personajes como Ho Chi Minh o el general Giap ocupan un lugar destacado en las crónicas del escritor, y es el Fidel Castro de la primera mitad de los años 60, el líder que concita las mayores simpatías del escritor. Hasta tal punto se deja llevar por el entusiasmo de esta época de su vida, que compara la isla caribeña con la cuna de la democracia clásica. De todos modos, Greene terminó por no aprobar el sistema de Castro, y así se lo fue a decir al propio Castro, en nombre del General Torrijos de Panamá».
Sin embargo, las filias y las fobias del autor de «Los comediantes», no le impiden ser realista. Y es consciente, por ejemplo, de que la «era Allende» tiene los días contados en un mundo controlado por la CIA y los intereses del Coloso americano.
Alfonso Basallo continúa exponiendo en este ensayo que algunas de las páginas más expresivas del Greene periodista son testigo del dolor. Adopta un distanciamiento que acentúa el dramatismo de sus descripciones. Pero, a pesar de su flema inglesa, le inquieta un viejo problema metafísico: la existencia del dolor y del mal. Asunto que aborda desde su catolicismo, no exento de dudas. Dice Greene: «En nuestra definición de una civilización cristiana no deberíamos llamarnos a engaño por la presencia de las guerras, la injusticia o la crueldad, ni tampoco por la ausencia de la caridad en determinados momentos. No son huellas del cristianismo, sino del hombre». También aparece en sus obras el lado oscuro del corazón humano, y finaliza este ensayo diciendo, que en suma, la obra periodística de Greene rezuma pesimismo. La época que retrata, casi el siglo XX entero, está marcada por la violencia y el desencanto. Tal vez por ello, el autor de «El revés de la trama» se aferre a su gran pasión: «Las palabras son nuestro medio de vida; tal vez sean, incluso, nuestro principal motivo para estar vivos».
Las ideas expuestas en el libro «Reflexiones» y en el ensayo de Alfonso Basallo son bastante reales y fiables, pero debemos reconocer que estos pensamientos pertenecen a un periodo muy concreto en la vida del genio inglés, cuando tenía alrededor de 22 años, y aunque mantiene algunas de estas ideas a lo largo de su vida, es a partir de cumplir los 35 años, cuando se va a producir y a notar una evolución en los libros de Greene, con las novelas «La Roca de Brighton» y sobre todo «El poder y la gloria», fruto de su madurez y experiencia, como en cualquier ser humano, con las decepciones que la propia vida le va proporcionando, llegando a implicarse e incluso obsesionarse con el problema de la trascendencia del ser humano, que ya apuntaba en sus años de corresponsal.
Fue, incluso, reprochada su condición de converso, asunto que Anthony Burgess no le perdonó nunca. Le consideró ajeno al sufrimiento histórico del catolicismo inglés y demasiado cercano a una actitud meramente estética de la fe, que abrazó en 1926. En dicha conversión intervinieron dos factores humanos que, según el autor de la «Naranja mecánica», tampoco podía dejar de ver con la mayor desconfianza. Dice este autor que se convirtió al cabo de un largo periodo de psicoanálisis desarrollado en residencia, es decir, viviendo en el domicilio de quien lo psicoanalizó. Y que la conversión tuvo lugar a instancias de una mujer, Vivien Dayrell-Browning, con la que Greene se casaría en 1927.
Sin embargo, la verdadera razón de su conversión fue que su novia era católica. Y en lo referente a la estancia en la residencia del psicoanalista, diré que duró solamente seis meses, cuando tenía entre 15 y 16 años de edad. Eso sí, según el propio Greene, estos meses fueron de los más felices de su vida.
Existen algunas críticas más, que según el libro «Reflexiones», el propio Graham Greene realiza en sus artículos y escritos: sobre libros ignorados por la edición española, y un par de ataques contra William Shakespeare, al que el autor de «Nuestro hombre en la Habana» acusa de no haber dado cabida en sus obras a la voz del catolicismo martirizado, y de no haber querido ser desleal a su país, a sus leyes y a su fe.
Pero para poder hablar sobre Graham Greene, quien más nos acerca a la realidad del hombre y del escritor, es el padre Leopoldo Durán Justo, su confidente y amigo, quien en una entrevista realizada al periódico «Ya» de 9 de Junio de 1980, nos da unas pinceladas más reales y profundas sobre el gran genio de la literatura inglesa, Graham Greene. Cuando uno las lee, parece estar junto a ambos, conversando y entremezclándose en sus conversaciones de amigos. En definitiva, viviéndolas.
Al preguntarle sobre la obra más intensa de Greene, el padre Durán responde que quizás la obra con más profundidad que Greene ha escrito, ha sido una historia corta titulada: «Una visita a Morín» (1972), ya que está cargada de densidad teológica y política. Asegura más adelante, que Greene aborrece los totalitarismos y que el ideal político del genio de las letras inglesas es una especie de socialismo a lo Allende.
Al hablar sobre la crítica y críticos en la obra de Greene, el padre Leopoldo Durán apunta que son contadísimos los libros sobre sus obras, que realmente Greene valora: «Fe y ficción» de Philip Stratford; «Graham Greene, el novelista» de J.P. Kulshrestha y poco más. Luego añade: «Para estudiar a Greene hace falta estar equipado con una serie de conocimientos de los que la mayor parte de los críticos carecemos. Sin estos conocimientos, se cae en lo que Ortega y Dámaso Alonso llamaban «la beatería de las elegancias». Palabras, palabras. Y nada más». Continúa diciendo el padre Durán que una de las obras todavía desconocida en España es «Caminos de evasión». Y a la pregunta sobre su libro más autobiográfico, el padre Durán contesta que mucho más autobiográfico que «A modo de biografía» es todo esto. Porque, —añade—, yo sé que jamás se escribirá una biografía real del autor de «El poder y la gloria». Se escribirá la cáscara, lo externo... Pero lo verdaderamente característico, lo que realmente vale de este gran amador de la intimidad y del silencio, es el viajero eterno, que es lo que le indujo a ir creando su obra; el gran escritor que, tan humano a veces, desfallece en su caminar. Y finaliza diciendo que cuando un periodista sueco le preguntó a Greene sobre el Nobel, éste afirmó: «Yo tengo seguro un premio mucho más importante que el Nobel... Y estoy totalmente convencido de que ese premio nadie podrá arrebatármelo». —Ante los ojos interrogadores, atónitos del periodista—, Greene respondió: «¡La muerte!»
Todas sus obras son importantes para comprender su evolución y su pensamiento; pero son dignas de un breve comentario las que vertebran sus temas y llevan el hilo conductor en su producción novelística, sobre todo, las que ha publicado a partir de cumplir los 35 años.
«El poder y la gloria» (1940)
Sin duda, una de las diez novelas más importantes del siglo XX. Construida, como todas las obras de Graham Greene, sobre distintos planos: realista, metafísico y como un esquema que roza la narrativa tradicional de aventuras. Cualquier lector la encuentra asequible, independientemente de la perspectiva con que se mire. La figura central es un sacerdote, aparentemente indigno, blasfemo, bebedor, concupiscente, en el marco de la revolución mejicana. Tiene una grandeza trágica que lo aleja radicalmente de cualquier fórmula de la «literatura edificante» de signo maniqueo. Este sacerdote de aparente indignidad está en lucha consigo mismo, conserva la virtud de la esperanza y nunca abandonará su sagrado ministerio, incluso con riesgo de su propia vida. La gracia puede convertir a un pecador en mártir heroico. Pero el autor, escritor más que teólogo, ha construido una obra extraordinaria que no tiene nada en común con el género apologético de la «novela de tesis». Está basada en la crisis de la fe y la llamada de la gracia.
Cuando Graham Greene mantuvo una entrevista con el Papa Pablo VI, el Pontífice elogió la obra «El poder y la gloria»; Greene le recordó que había sido condenado por el Santo Oficio, a lo cual respondió su Santidad: «No se aflija, es una obra maestra»
«El revés de la trama» (1948)
Es la historia de un segundo comisario de policía, «Major» Scobie, en Freetown (Sierra Leone, África), en tiempo de guerra.
El ambiente de la novela es un clima tropical que juega malas pasadas a los nervios de la gente, sobre todo de los europeos: calor inaguantable, ataques constantes de fiebre y para coronarlo todo, una absoluta corrupción en lo moral y en lo político.
El personaje principal es «Major» Scobie. Un hombre de una gran integridad profesional, que ha luchado duramente quince años contra los abusos sexuales y el tráfico ilegal de diamantes. Esto le mereció el título de «el Justo».
Al principio llevó vida de soltero en la colonia, pero más tarde llegó allí su esposa Louise.
Louise se aburre y quiere tomarse unas vacaciones en África del Sur; y Scobie, aunque falto de dinero, le hace una promesa de pagar todos sus gastos. Él ya sabe lo decepcionada que su mujer está, porque él no ha ascendido a comisario, y a fin de asegurarle el dinero que ella necesita, Scobie juega con su propia integridad. Los bancos se niegan a darle un préstamo y así acepta dinero de un tal Yusef, comerciante sirio de mala fama, que se alegra de tener a Scobie en sus garras, ya que el «Major» es el único obstáculo en sus negocios ilegales.
Durante la ausencia de su esposa, Scobie se encuentra con una viuda, Helen, y comete adulterio. Helen se salvó de un naufragio en el que pereció su marido después de sólo un mes de vida matrimonial.
Una carta amorosa de Scobie a Helen cae en manos de Yusef, quien, mediante el chantaje, hace a Scobie cómplice de sus transacciones contrabandistas.
Louise en Sudáfrica, oye rumores de la infidelidad de su esposo y se vuelve inesperadamente a Freetown. Para confirmar o disipar los rumores, ella recurre a cierta estratagema: ruega a su marido que le acompañe a misa en la Nochebuena y comulgue. Scobie, converso católico creyente, se halla entre la espada y la pared, entre su apasionada afición por Helen y su temor de comulgar en estado de pecado mortal.
No tiene voluntad de romper con Helen y, por tanto, sabe que su confesión a un sacerdote sería espuria; así que se vale de todo género de evasivas y excusas para no acompañar a Louise al comulgatorio. En vista de la insistencia y creciente sospecha de la mujer, va a comulgar varias veces sin haberse confesado antes debidamente, y poco a poco sucumbe a la desesperación.
Finge tener angina de pecho, acumula comprimidos de «avipán», y al final traga una hiperdosis que lo mata.
«El tercer hombre» (1950)
Es casi la inauguración de un género: el de quienes se debaten en medio del reparto del mundo y de los destinos humanos entre dos fuerzas igualmente inicuas y destructoras; debate en el que el elemento clave será la determinación de si existe o no el libre albedrío de las personas individuales y en qué medida, en medio de tanto horror.
Manuel Vázquez Montalbán describe muy bien la trama de la misma en el prólogo a dicha obra, anunciando un mundo al borde de la tercera guerra mundial en plena guerra fría, sin que se hayan paliado las miserias de la segunda guerra mundial y en el que ya están marcadas, con toda su fatalidad, las fronteras futuras entre los dos sistemas. Una ciudad dividida por la voluntad de las grandes potencias, en la que los seres humanos tratan de ordenar sus vidas y de sobrevivir a partir del nuevo orden internacional. Un mundo de supervivientes en peligro, al que llega un mediocre novelista invitado por un amigo de la infancia, predestinado a ser triunfador. Martins, el novelista, llega a Viena en el momento en que están enterrando a su amigo Harry Lime, víctima de un accidente, y a partir de esa llegada se dedicará a la búsqueda de la verdad, movido por la lealtad al amigo, de hecho por la fidelidad a su infancia, al «país de su infancia»
Y pieza clave en esa investigación es la construcción progresiva del retrato robot de un testigo del accidente en el que murió Harry Lime; es un «tercer hombre» al que ha visto uno de los testigos y que no consta en el informe oficial. La búsqueda de ese tercer hombre permite el retrato de una dialéctica del bien frente al mal, no metafísica, sino concreta: la dialéctica entre los que luchan contra el criminal contrabando de penicilina y los supervivientes salvajes que son capaces de enriquecerse, aun a costa de la vida de los enfermos. Aunque el relator de la historia sea un policía inglés que dirige la investigación sobre la muerte de Harry Lime, el lector es invitado a recorrer la historia como si la contara Martins, el novelista mediocre. Historia contada como una elemental novela de aventuras. Y es que Greene se complace en recurrrir a ese truco para verificar el retrato que teme de sí mismo. Cuando llega Martins a Viena es confundido con un escritor importante, un tal Dexter-Forster... A la sombra de la horca, los sórdidos personajes de «El tercer hombre» sonríen, hacen sonreír e incluso se ríen de sí mismos.
«El factor humano» (1978)
Nos encontramos ante una de las más perfectas tramas de espionaje que jamás se han escrito y, además en esta novela, Graham Greene muestra una extraordinaria capacidad para poner al descubierto los complejos mecanismos que rigen el comportamiento humano. El descubrimiento de peligrosas filtraciones en una pequeña subdirección de los servicios secretos británicos es el desencadenante de una hermosa e inquietante novela llena de ternura, emoción y duda, en la que Greene denota una maestría que está más allá de la madurez.
En ella presenta también, al igual que en «Nuestro hombre en la Habana», el objetivo fundamental de la guerra psicológica: que es sembrar desconfianza entre los aliados del bando enemigo. La trama está basada en una pequeña y gris subdirección del servicio secreto inglés. El descubrimiento de que se están produciendo filtraciones de información desencadena una tensa investigación en la que sólo hay dos sospechosos: Maurice Castle, que está pensando seriamente en jubilarse, y Arthur Davies, un soltero que reparte su tiempo entre la bebida y las apuestas en las carreras de caballos.
Fue llevada al cine por Otto Preminger en 1979.
«El doctor Fischer de Ginebra o La reunión de la bomba» (1980)
Dedicado a su hija Carolina Bourget, en cuya casa, durante una comida navideña, se le ocurrió esta trama. Cuenta la historia de un cincuentón, Alfred, sumido en la rutina de una existencia gris. Consideraba que la vida era poco atractiva... hasta que conoce a una hermosa joven, rica y enamorada a su vez de él. Ella iba a ser el vínculo entre él y el padre de ella, su aborrecido padre, el enigmático doctor Fischer, que ofrecía brillantes fiestas, que eran auténticas trampas, redes sutilmente tendidas para atrapar a sus huéspedes y divertirse, observando hasta qué punto la codicia lleva a los hombres a someterse a las más degradantes humillaciones. Una diversión, un juego macabro que podía llegar al extremo de poner la propia vida como apuesta.
El drama y la farsa se mezclan aquí con preciso equilibrio: la codicia y avidez de los hombres pueden llegar a lindar con lo grotesco; pero también existe la dignidad, capaz de desbaratar todo intento de rebajar el fondo más íntimo del hombre.
Se pueden observar en esta obra las brillantes dotes creadoras de Graham Greene, su talento cómico, su capacidad para intensificar gradualmente el suspense, su don para explorar e iluminar los más escondidos repliegues de la naturaleza humana.
Describe muy bien estos personajes el padre Durán, cuando expresa que Ana es joven, cultivada y hermosa. Ana era idealismo, mientras él era dinero. Dinero y materia únicamente. Ana era espíritu. Ella amaba la música y él la odiaba. Para ella el «sexo» significaba el dolor del parto y un gran sentido de soledad, mientras que él gruñía de placer «en el momento de la unión». Más tarde, Ana empieza a sentirse sola y conoce a Steiner, a veces se va al piso de éste, y ambos escuchan discos de Heifetz y de Mozart. Sus almas están unidas por la estética y por la música. Pero Fischer, el padre de Ana, lo descubre todo.
El problema para el doctor Fischer es que ella prefería a otro. ¡A un empleado miserable, cuyo salario era irrisorio! Este detalle aumenta enormemente su humillación. Confiesa Fischer: «Que ella se hubiese unido sexualmente con Steiner, esto no me importaría gran cosa. Un impulso animal después de todo. Pero ella prefirió su compañía a la mía». Era terrible. Ella le abandonaba entrando en una región donde él no podía seguirla. El doctor Fischer queda herido de muerte en su corazón. Se vuelve absurdo, obtuso, vengativo. Lleva el infierno dentro de sí: es un condenado; es el mismo infierno.
Para el padre Leopoldo Durán es la obra más autoexpresiva de cuantas Greene ha escrito. No se trata de una parábola, como cree David Lodge. Es sencillamente una historia, pero como toda obra de Greene, con varios niveles ideológicos. Poco más allá se puede ir en sencillez y ternura de estilo.
«Monseñor Quixote» (1982)
Esta obra dedicada a Leopoldo Durán, está considerada ya como clásica y fue uno de los frutos de sus viajes por España y Portugal. Está considerada como una novela que enfrenta marxismo y catolicismo, aunque posee un tono más moderado que las anteriores.
En 1985 Greene escribía al padre Leopoldo Durán la siguiente dedicatoria: «Con todo el cariño para un viejo amigo, sin el cual «Monseñor Quixote» nunca hubiera sido escrita».
Los trescientos treinta ejemplares están firmados por el autor. La edición es excepcionalmente lujosa, imitando la letra en oro de un códice medieval.
(Edición limitada y lujosa del libro en la que puede leerse la dedicatoria de Greene al padre Leopoldo Durán)
El padre Leopoldo Durán en su artículo publicado en el periódico «Ya» del 9 de Junio de 1980, en su página 4 habla sobre la misma, —y creo muy interesante plasmar sus propias palabras sobre este libro, dedicado a su persona y gestado en su propia compañía—: «La obra es de excepcional importancia para el público español. En ella vemos que Graham Greene tiene en manos algo serio, inspirado en la primera novela de nuestra lengua.
El prólogo es delicioso. En él se habla de nuestros viajes por España, camino de Galicia, y de cómo la idea del libro vino a su mente». Dice Greene: «Cada año tomamos la misma ruta: hacia Galicia, la tierra natal del padre Durán, camino de Salamanca, en donde visitamos el nicho numerado —que no puede llamarse tumba— de Unamuno, del que su gran comentario: «Nuestro señor don Quijote» me acompaña siempre en mi saco de viaje para leerlo por la noche. Delante de aquel nicho número trescientos y algo, «Monseñor Quixote» vino a la vida por vez primera, y él me obligaría a que pensase sobre él cuando nos paráramos en un prado para beber un vaso o dos de nuestra carga, antes de la comida, o en un frío desfiladero montañoso cuando descorchásemos mi whisky».
Añade el padre Durán que no olvidará nunca el itinerario: Madrid, Valle de los Caídos, Cementerio de Salamanca. A la entrada preguntamos por la tumba de Unamuno —¿Unamuno? Es el número trescientos cuarenta. Al fondo en la pared, la lápida número 340, con el epitafio famoso: «Méteme, Padre Eterno, en tu pecho, misterioso hogar» etc.
Estuvimos bastante tiempo en silencio mirando hacia aquella lápida. Al salir del cementerio, las primeras palabras de Greene fueron éstas: –«Tienes que escribir un artículo titulado «En busca del número 340» –Ese artículo ha de ser escrito por tí. Y así esta anécdota será conocida». La idea quedaría imborrable en su memoria.
Posteriormente, continúa diciendo el padre Durán, el propio Greene escribiría para mí, unas líneas soberanas, comparando las tumbas del Valle de los Caídos y el lugar donde Unamuno descansa. Han pasado bastantes años. En vez de un artículo escrito por mí, Graham Greene escribe un libro. —Oidle, oidle a él— (se refiere al propio Greene): «Cuando la idea vino a mi mente durante mi primer peregrinaje por España, en un pequeño Fiat Cinco conducido por un amigo de mi amigo y compañero padre Leopoldo Durán, sentí confianza en el futuro del libro, una confianza que provenía en parte del cargamento de puro vino gallego sin etiqueta, que llevamos siempre con nosotros. No tuve valor para comenzar el libro hasta después de nuestro segundo peregrinaje, y al tiempo de nuestra peregrinación tercera este capítulo estaba terminado, y yo me sentía más seguro de lo que me siento ahora, de que el capítulo no tendría continuación».
El padre Quixote ya no podría pararse ni podría morir. Quién sabe si monseñor, con su compañero el ex alcalde comunista del Toboso, no andarán ya por los amplios caminos de Castilla...
En el primer capítulo se nos cuenta cómo el padre Quixote sale a comprar vino a una cooperativa, a ocho kilómetros del Toboso, en la carretera general de Valencia. Vino de Marsala. Un Mercedes está parado en la carretera. Un cuello romano y una pechera púrpura indican que el dueño del coche de lujo es un clérigo de alcurnia. Un diplomático vaticano que va camino de Madrid para ver al Gobierno. El padre Quixote hace con él de ángel de la guarda. Le invita a su comida solitaria y hasta le pone en marcha su Mercedes, cuya única avería era la falta de gasolina. El obispo de Motopo regresa a Roma, y de allá viene un rescripto nombrando monseñor al padre Quixote. El obispo diocesano no consultado, le escribe una carta airada, magnífica, que se diría arrancada a un dicasterio eclesiástico. El padre Quixote tendrá que irse...
Hay unas palabras entrañables y profundas cuando el padre Durán habla sobre asistir al nacimiento de un gran libro: «El placer de la lectura es algo así como el caer de los largos hilos «de lluvia derramados» ¡La sorda gestación que madura el parto y el fiero júbilo del alumbramiento! ¡El alarido supremo con que se lanza al mundo un nuevo ser, y el grito de triunfo de una vida nueva!».
Más adelante manifiesta lo que anteriormente ya se había expresado, referente a la importancia de los sueños en Greene, diciendo que los sueños en las obras de Graham Greene son de una importancia capital, teniendo algunas de ellas origen en los mismos. Después añade que Greene es una persona modesta, y pocas veces está contento con las cosas que escribe, pudiendo corroborarse en el prólogo de este libro cuando manifiesta: «A veces pienso que éste no es un mal comienzo».
Luego hace alusión a los personajes que aparecen en sus obras. Aparecen toda la gama de tipos humanos. Pero resaltan tres grupos notablemente: sacerdotes, médicos y policías. Y añade: «El padre Quixote es sacerdote».
A la pregunta del reportero: ¿En qué clase de temática encuadraríamos esta obra?, el padre Leopoldo Durán manifiesta que es de una temática trascendental. Y he aquí, que ya en este primer capítulo aparecen los conceptos de «Dios», «alma», «oración», «eternidad», «fe», «misterio»... «—¿En dónde estaría nuestra fe si careciese de misterios?—», —dice el obispo romano al padre Quixote. Greene penetra, como muy pocos, en las interioridades del hombre y conoce profundamente el elemento humano de la Iglesia —el mundo clerical—. La carta insuperable que el obispo diocesano escribe al padre Quixote: —«Así que prudencia, mi querido padre, prudencia es lo que yo le pido»— es prueba clara de ello.
Más adelante, el padre Durán manifiesta que no es ésta la primera obra con temática española, ya que en el año 1931 publicó «Rumor al anochecer», —sobre la guerra carlista— y «El agente confidencial», aparecida en 1939, —que trata sobre la Guerra Civil Española—. Estas dos obras las escribió en seis semanas y por la mañana, al mismo tiempo que seguía trabajando despacio en «El poder y la gloria».
Una de las preguntas de interés del interlocutor, es querer saber si el padre Quixote y el padre Durán tienen alguna relación, a lo cual el padre Durán le responde que a esta pregunta ya contestó Tom Burns en un artículo en «The Tablet» (13-10-1980), asegurando que: «No debe identificarse al padre Durán y al padre Quixote.» Es evidente, si es Quixote no es Durán. Y añade el padre Durán: «La delicia de una amistad se evapora hablando de ella. Nuestras conversaciones interminables. Nuestros viajes, muchos y muy largos. Las fotografías... Todo ello revela alguna cosa».
«Yo acuso»(1982)
Una obra controvertida, valiente e interesante aparece en las postrimerías de su vida.
Hay un gran artículo publicado en el periódico «El País semanal» de fecha 7 de Marzo de 1982, en el que Paul Eddy y Jon Swain reflejan la entrevista mantenida con el autor en su casa de la Costa Azul, y en la que exponen la opinión del propio Greene sobre esta obra.
El centro del artículo está basado en la trama de este Ensayo, en las acusaciones con que Graham Greene denuncia las redes de delincuencia que se extienden por Niza, implicando a la propia policía, a los abogados y a los jueces. Diremos sus palabras terribles: «Aquellos que sientan la tentación de venir a vivir a la Costa Azul les aviso: huyan de Niza, la guarida privilegiada de una de las más criminales organizaciones de la delincuencia del sur de Francia; un mundo en el que incluso los extranjeros pueden verse envueltos, como lo hemos estado yo y mis amigos en estos últimos tres años... Y lo que es aún más grave, la gente de este mundillo está protegida por la policía, que colabora estrechamente con ellos... Tienen comprada a la policía; no hay duda de que el dinero está en el centro de toda esta corrupción... Y la justicia es impotente para desmadejar esta telaraña, cuando se permite respirar el aire viciado de la tentación...»
Éste es precisamente el inicio de las manifestaciones con que comienza Greene las revelaciones, que bajo el título «Yo acuso» ha expuesto. Posteriormente, continúa desmenuzando todos los hechos que le han ocurrido a él y a sus amistades durante estos tres años de su larga y fructífera vida y los pasos que ha tenido que dar, procurando denunciar todo ello en los diferentes estamentos franceses, valiéndose de todas las personalidades que ha podido visitar para denunciar los hechos, intentando buscar descaradamente las mejores influencias para ello, incluso valiéndose de la condecoración que posee de Caballero de la Orden de la Legión de Honor.
En medio de tales acontecimientos y gestiones, el problema se agravó por causa de la huelga en correos, cosa que le impedía recibir cualquier comunicación al respecto. Es decir, se encontraba aislado en su «Residence des Fleurs», donde ha vivido desde 1966. Tan abrumado estaba con todo ello, que hace el siguiente comentario: «Sólo hace falta que caiga un ladrillo para que todo el mundo se desmorone. Estoy decidido a que sea así. Me dedico al negocio de derribos». La herramienta principal de su equipo de demolición es este libro, titulado «Yo acuso» son, sobre todo, sus artículos enviados a la prensa de todo el mundo, de tal forma, que lo que debería haber sido un simple caso de divorcio entre Martine y Daniel, fue lo que le abrió los ojos a toda esta trama que relata en el libro. Y precisamente, después de haber finalizado la novela «Monseñor Quixote», esta obra se convirtió en pasión dominante para el autor.
Como podemos observar, este gran genio y prolífero autor de la literatura inglesa del siglo XX se ha visto involucrado en muchísimos acontecimientos, incluso hasta el final de sus días, a veces por su carácter aventurero, otras por su antigua profesión, al haber estado al servicio del Departamento de Inteligencia Británico y otras por mera coincidencia, pero por unas cosas u otras, lo importante es la gran experiencia, entereza y profesionalidad con las que afronta todos ellos, y por el valor que demuestra al enfrentarse a cierta clase de organización tenebrosa: la mafia del sur de Francia, la misma que opera en Italia.
En este libro hay una familia víctima y también un testigo de excepción: el sacerdote español Leopoldo Durán, amigo y confidente de Greene durante más de dos décadas, la persona a la que está dedicada la obra de Greene: «Monseñor Quixote».
El padre Leopoldo Durán, en un reportaje que le hacen sobre este libro-denuncia contra la Mafia de Niza, al ser además de amigo personal de Greene, testigo directo en los sucesos que en él se relatan, hace una serie de comentarios muy interesantes sobre el mismo.
Leopoldo Durán hace un singular relato en primera persona de la génesis y circunstancias de este nuevo y estremecedor «J’accuse». En la introducción al reportaje, comienza diciendo que Graham Greene, uno de los escritores más importes del siglo XX, se encuentra por vez primera en su vida litigando en los Tribunales. Motivo: la reacción a su obra: «J’accuse», en la que el autor inglés hace una brutal denuncia de las actividades de la Mafia en Niza.
Después añade, que el «Times» de Londres publicó una carta de Graham Greene denunciando a la Mafia del área de Niza, donde se acusaba a oficiales de policía, a ciertos magistrados y algunos abogados de corrupción criminal. Y aunque Max Gallo ha escrito ya una novela sobre esta podredumbre, Greene prometía en su carta, un corto libro sobre los hechos vividos por él personalmente. Hasta anunciaba el título del libro, que pediría prestado a Zola: «J’Accuse».
La carta de Greene dio en pocos días la vuelta al mundo... Periódicos, hombres de radio y televisión, toda suerte de informadores formaron cola, durante meses, para hablar con el misterioso escritor inglés. Y añade el padre Durán: «Yo pasé con él la Semana Santa de ese año, y todavía presencié varias entrevistas».
Un año antes de enviar la carta al «Times» ya estaba redactada y enviada a Londres, por si hiciese falta entregarla a la prensa. Por desventura, y como siempre, el sexto sentido de Graham Greene adivinaba lo que iba a pasar... Y a pesar de que el mismo Ministro de Justicia y el propio Mitterrand le ayudaron todo lo posible, tuvo que echar mano de su arma más poderosa, su pluma.
Cuando el padre Durán habla sobre la forma y el contenido del libro, expresa lo siguiente:
«En «Yo acuso» el aspecto tenebroso de Niza ha aparecido. Es una obra breve. El ejemplar que poseo, bilingüe, en inglés y francés, tiene sesenta y nueve páginas. Lo había leído en Antibes —continúa diciendo, mecanografiado, una noche antes de acostarme. Imposible interrumpir aquella lectura. Entonces y ahora tengo la impresión de que se trata de un drama trágico, en cinco actos y seis anejos documentales. El párrafo inicial del acto primero es de una fuerza y dolor sangrantes: «Dejadme poner en guardia a todo aquel que para gozar de una vida tranquila, se siente tentado a establecerse en la Costa Azul. Huid de Niza y de su zona, porque es la guarida de algunas de las organizaciones más criminales del sur de Francia. Trafican en drogas; han intentado, en connivencia con altas autoridades, apoderarse de los casinos...» Y así continúa denunciando todo el entramado.
En el primer acto, Greene llama «drama» a esta historia, y se nos relata el origen de la profunda amistad con la familia Cloetta, las cualidades artísticas de Martine, y el matrimonio de ésta con un tal Daniel Guy, cuyas virtudes señeras son el arte del disimulo y el vicio de los celos. Los sufrimientos secretos de Martine en el matrimonio llegan a su cenit».
Continúa el padre Durán, que en una de las conversaciones que tuvo con Martine, le decía: «Prefiero antes morir que volver a vivir con él» (refiriéndose a su marido).
Luego entra en acción la corrompida justicia de Niza. El abogado de Martine la engaña... y el ex marido la asalta brutalmente varias veces prometiéndo destruirla. Ha comenzado el martirio de esta joven mujer...
Y así —expresa el padre Durán,— : «La pluma mágica de Greene otorga a un relato prosaico y cruel el suspense ascendente de una tragedia».
En el acto segundo se nos revela la vida tenebrosa de Daniel Guy, marido de Martine. Cuatro veces encarcelado en Francia y en Italia, por violencia, robo, fraude... Es un enfermo. No distingue el adulterio de la amistad. Greene ha basado el retrato de Daniel en uno de los personajes más dignos de compasión que ha creado en sus novelas: el doctor Fischer de Ginebra, protagonista de la novela del mismo nombre; y quizás algunos rasgos de Ana, la protagonista de dicha obra, están plasmados también en Martine. La conducta de Daniel con su mujer va empeorando de día en día, y uno de los amigos de Daniel amenaza seriamente a los padres de Martine. La familia denuncia el hecho a la Policía, pero Daniel se ríe de todo, pues sabe que hagan lo que hagan será letra muerta. La Policía está implicada. Luego, Martine se dirige a su abogado para pedirle ayuda, pero éste le propone acciones poco honestas, pretensiones que ella rehusa... Posteriormente narra algunas acciones en casinos, en los que está implicado el propio alcalde de Niza, Jaques Médicin. Más tarde, Martine ve como Daniel le arrebata la custodia de su hija Alexandra. Y durante una discusión, el propio Daniel Guy rompe las narices a Martine Escrivant. Siguen los acontecimientos hasta que incluso, intentan matarla. Ante estos hechos, y después de que Guy es absuelto, ¿Qué hacer?.
Greene renuncia a ser Caballero de la Legión de Honor y envía su insignia al Gran Canciller de la Orden y al mismo tiempo envía una copia de su carta al Ministro de Justicia. Posteriormente el Gran Canciller le devuelve su medalla y el Ministro le envía a dos inspectores generales a Niza.
Durante ese tiempo cesa el Ministro de Justicia, antes de concluir sus investigaciones. Martine apela al tribunal Supremo de Francia, pero desde Niza intentan impedir que la justicia se cumpla.
Y es entonces, apremiado por el dolor inagotable —que parece eternizarse—, y viendo como todo se ennegrecía y se cerraba. Greene decide acusar.
Más adelante, el padre Durán añade que los seis anejos del libro de Graham Greene, a su juicio, son seis pruebas, casi apodícticas, de que el caso que cuenta se mueve en una atmósfera de hampa y podredumbre: de Mafia. Y luego comenta: «Mas para mí, ni el libro de Greene ni todas las pruebas hacían falta. En el ejemplar que me envió, escribe estas palabras: “Para el padre Durán, testigo de excepción. Con afecto, de Graham Greene”».
El padre Durán realiza unas manifestaciones que explican y aclaran lo que, entre otras cosas, intento demostrar con este ensayo, referente a las relaciones del padre Leopoldo Durán con Graham Greene, y a la fiabilidad y diferencia que existe entre los escritos de algunos biógrafos y críticos de Graham Greene, con los que realiza el propio Leopoldo Durán, amigo de verdad y confidente de Greene. Dice el padre Durán al respecto: «Mi amistad con el gran escritor me ha tenido en contacto, casi día a día, con los avatares de este suceso tan triste. Me considero testigo de excepción de todo este «drama». Cartas, llamadas telefónicas, visitas a Antibes... Cada una de las líneas del formidable alegato me recuerdan largas horas, días y meses de conversación, de sufrimiento y esperanza, de optimismo y de depresión... Mi amistad con la familia Cloetta ya es antigua. ¡Cómo recuerdo una larga conversación con Martine, paseando entre árboles, no lejos del mar, en uno de los miradores más bellos de Niza! Allí conocí la hondura de Martine. La hondura de su sufrimiento silencioso. También descubrí que su matrimonio no era un matrimonio canónico. Fue el descubrimiento de una estrella en medio de la noche.
Poco después nacía Sandrine, y me fui a Antibes a bautizarla. En la misma ceremonia, el párroco bautizaba a Alexandra, y yo aceptaba el honor y la obligación —por primera y pienso que por última vez en mi vida— de ser padrino. Hoy mi ahijada está injustamente, bajo la tutela de su padre, y en consecuencia, en un estado de inmolación. Su carta autógrafa, fotocopiada en el libro, es desgarradora. —Y añade el padre Durán—: «Soy testigo de la absoluta verdad de cuanto Graham Greene escribe en «Yo acuso». La tensión en que hemos vivido y seguimos viviendo...» Y añade: «No piense nadie que este libro no está en la línea de Graham Greene. Es un libro de perseguimiento. Todas las novelas de Greene, a partir de «Brighton, parque de atracciones» son, sin excepción, novelas de perseguimiento... Y si toda la obra de Greene es un indicio para comprender este alegato tremendo contra la Mafia del sur de Francia, también aquí aparece el eterno defensor de los oprimidos y “el mártir de la esperanza”». Posteriormente el padre Durán manifiesta: «Quizá la preocupación más grande de Greene al escribir este libro es la suerte de las dos niñas en juego, Alexandra y Sandrine. Y uno recuerda la corrupción de los niños en esta sociedad, pecado que ha obsesionado siempre a Graham Greene. Recordemos, por ejemplo, a Brígida y Coral en «El poder y la gloria».
Termina el padre Durán este relato diciendo, que «Yo acuso» no es un libro triste, después de todo. Si los hechos narrados son lastimosos, nos llena de esperanza ver que todavía hay en nuestra raza un hombre que los denuncia ante el mundo entero. Y hace falta mucho valor para publicar este libro. Pero Greene ha vivido siempre en peligro. Su vida ha sido un juego incesante a la ruleta rusa.
Y lo concluye con las últimas palabras de Graham Greene en la introducción a su novela «Los Comediantes»: «Me siento orgulloso de haber tenido amigos haitianos que lucharon valerosamente en los montes contra el doctor Duvalier. Pero un escritor no es tan impotente como él suele pensar. Una pluma puede hacer salir sangre, tan eficazmente como una bala de plata».
«El capitán y el enemigo» (1988)
Esta novela puede considerarse una culminación madura y reflexiva de sus inquietudes humanas y literarias. En ella nos propone un itinerario que nos lleva al centro mismo de la condición humana: un joven inglés de veintidós años recuerda su adolescencia londinense, su asombrosa convivencia con un personaje —el Capitán—, que despierta, con sus actitudes sociales y sus extrañas ausencias, una densa e inevitable fascinación en el ser que ha empezado a dejar la niñez. Alejado de los parámetros familiares oficiales que podría representar su verdadero padre, el joven protagonista va descubriendo el complejo tejido de la existencia humana a través del Capitán y de la compañera de éste, Liza. De ellos aprenderá, por encima de todo, que las relaciones humanas pueden asentarse en una zona de sentimientos, fronteriza entre la solidaridad y el amor. Luego el muchacho ingresa en el mundo de los adultos, donde observa las contradicciones del propio Capitán. Graham Greene logra una alegoría literaria extraordinariamente coherente sobre los mitos de la adolescencia y sobre el tránsito doloroso e implacable al mundo de los adultos. Por último, la muerte aparece en esta novela como un accidente que rompe ideales y esperanzas, pero su presencia está contrarrestada por unas realidades morales que trascienden, con mucho, la existencia temporal de los personajes. Y apoyándose en este contraste, la esperanza básica brota de todas las páginas de este relato.
Parece recorrer con ella, desde sus tiempos de escolar en Berkhamsted hasta sus aventuras en Panamá «el país pequeño y remoto de sus sueños».
Esta obra está dedicada a Yvonne Cloetta, por los recuerdos que juntos compartieron durante casi treinta años. Greene la conoció en el Camerún francés a su vuelta del Congo. Fue la compañera de Greene hasta el final de sus días.
Después de estos breves comentarios sobre algunas de las obras de Graham Greene, añadiré que Greene huyó siempre de la notoriedad y así en una entrevista realizada por Nicholas Shakespeare, estando Greene en su apartamento de la Costa Azul, el propio Greene expresa a sus 83 años de edad, que de su prosa, le hubiera gustado que su estilo pasara inadvertido y hubiera preferido también, que los detalles de su propia vida hubieran sido igualmente opacos. Luego Greene comenta: «Siento como si hubieran puesto un copyright a mi vida». Y más adelante, en la propia entrevista, manifiesta que todo cuanto tenía que decir lo ha escrito.
A veces se ha dudado si Graham Greene expresaba en las entrevistas ideas distintas a sus propias vivencias, pero en este artículo se puede comprobar que lo que expresa y manifiesta lo lleva a cabo y lo demuestra a través de la trayectoria de su vida, incluso en los viajes que realiza por España, procurando vivir siempre en el anonimato y deseando que respeten su vida sentimental, familiar y personal.
Norman Sherry, profesor de Literatura en la Trinity University de San Antonio, Texas, es autor de una voluminosa biografía sobre Graham Greene, en tres volúmenes, titulada «La vida de Graham Greene», publicada por Jonathan Cape; el primer volumen comprende desde 1904 a 1939 y fue publicado en 1989, el segundo desde 1939 a 1955 y el tercero desde 1955 en adelante. Esta biografía le ha servido para ganar el premio «Edgar Allan Poe». Norman Sherry es especialista en Joseph Conrad (el novelista preferido de Greene).
En una entrevista realizada a Norman Sherry y publicada por el corresponsal del periódico «El Mundo», José Martí Gómez, el 20 de Febrero de 1990, Norman Sherry asegura que Graham Greene sólo fue comunista por cuatro semanas. «Fue como un juego e intervino en ello un buen amigo mío, que después fue un verdadero comunista», —me dijo Greene—, refiriéndose al espía Philby. Más adelante, —dice Sherry—, que Greene le confesó una cierta simpatía por los comunistas que no han sido estalinistas, lo que le llevó a viajar al Chile de Allende y a la Checoslovaquia de Dubceck, siendo solidario con sus proyectos de reformas. Después se declaró admirador de los sandinistas de Nicaragua y de la guerrilla salvadoreña, pero hizo hincapié en la diferencia entre guerrilla y terrorismo, que dijo repudiar. Luego, añade sobre Castro, que es una mezcla de jefe de escuela y de gran artista. «Cuando hablé con él, Fidel tenía un curioso sentido de la utopía: creía que era posible vivir sin dinero e incluso probó la experiencia en pequeñas poblaciones cubanas. El experimento fracasó cuando quiso extender la utopía a todo el país. No era posible». —Manifiesta Greene.
Sherry escribe y confirma sobre Greene, que más que comunista fue otra cosa: la evolución de un hombre educado, perteneciente a determinada clase social: la clase media alta. Los ingleses se preocupan mucho por estas cosas y fue una de las dificultades que Greene tuvo que afrontar: salir de su clase social. Ningún gran escritor puede pertenecer a una clase social y tener unos prejuicios. Greene eso lo supo y también que tenía que tratar de escapar. El suyo fue un gran viaje interior, en el transcurso del cual, quedó varado durante algunas semanas en la playa del comunismo, para orillarla también y seguir su camino aprendiendo a escribir, alejado de esa clase poderosa que se creía superior. Le costó mucho tiempo escapar de su clase.
A la pregunta: ¿Por qué el mal subyace siempre en el trasfondo de las obras de Greene? Sherry contesta: «Greene me fascina porque no es un personaje objetivo, el ojo que lo ve todo y que todo lo sabe sobre el ser humano. Para mí, él es el último romántico, sin una pizca de cinismo. Su curioso catolicismo le lleva a reconocer el diablo en todos los hombres y en este sentido sus conocimientos se parecen mucho a los de William Golding».
En 1974 cuando acordaron que Sherry fuera su biógrafo, estando los dos en un pub de Londres, Sherry le preguntó: «Mr. Greene, ¿Por qué se convirtió en escritor?» A lo que Greene, con ese inglés tan calmado, que parece no tener nada que ver con él, con sus ojos azules y especulativos clavados en mí desde arriba, respondió: «Oh, no lo sé, de verdad que no parecía que hubiese otra cosa que hacer». Calló por un momento y luego añadió: «Ahora creo que debo continuar escribiendo porque ya soy demasiado viejo para cambiar».
Otra de las preguntas realizadas a Sherry fue: ¿El catolicismo de Greene es racional? El escritor contesta: «No. Greene es una persona muy inteligente y no creo que su catolicismo sea fruto de una experiencia racional o intelectual. Debajo del intelectualismo hay un instinto para forzar su capacidad de emoción, esa emoción que no muestra, que mantiene escondida». Y finaliza diciendo: «Pero creo que la conexión de Greene con el catolicismo es muy grande».
En una ocasión el profesor Sherry hizo una pregunta directa a Greene, sobre si era católico, Greene le respondió: «Bien, profesor Sherry, me pregunta usted si soy católico y tengo que responder que probablemente no». Pasaron diez años y Sherry le volvió a preguntar si todavía pensaba en Dios. La contestación la explica el profesor Sherry de esta manera: —cerró el libro entre sus manos y me respondió—: «Y compare usted esta respuesta con la de diez años antes: “Espero estar obsesionado por Dios, quiero estar obsesionado por Dios”». –Y no se puede estar obsesionado por Dios si no se es católico. El propio Sherry reconoce que a pesar de los deslices y contradicciones en Greene, la religión fue siempre tabla de salvación en Greene. Era su punto de luz en el horizonte cuando las cosas no iban bien.
Pero Graham Greene no se ha librado tampoco, como sucedió con Einstein, Churchill y otros tantos grandes personajes de la historia, de una leyenda negra, de los biógrafos sensacionalistas, cazadores de titulares y deseosos de artículos más o menos controvertidos y dudosos, sacando a la luz, y en ocasiones inventando las intimidades y secretos de alcoba de estos grandes personajes.
Así en un artículo aparecido en el «Sunday Telegraph» del Domingo 3 de Julio de 1994, firmado por Michael Shelden, autor de la biografía sobre Greene «The Man Within», publicada por Heinemann, relata una apasionada relación amorosa que Greene mantuvo con Catherine Walston, una bella mujer americana, esposa del aristócrata laborista Harry Walston. Todo ello basado en una serie de cartas que ambos dirigieron a Bronte Durán, que fue confidente de los dos y hermana de Lady Walston. El título del artículo fue «Éxtasis en el altar del adulterio». Artículo que no ha sido en absoluto del agrado de la familia de Lady Walston.
El propio Norman Sherry, quien decía ser amigo de Greene, en el segundo volumen de su biografía «La vida de Graham Greene», que como he mencionado anteriormente, corresponde al periodo de su vida desde 1939 a 1955, bajo el titular «El poder del pecado: la historia definitiva de Graham Greene y su amante Catherine Walston», nos describe esta relación como «el periodo más productivo y desgarrador emocionalmente» de la vida de Greene.
Sin embargo, el editor Max Reinhardt ha manifestado al respecto que se están aprovechando de que Graham Greene haya fallecido, sobre todo, la prensa sensacionalista, y se sienten con libertad para escribir lo que quieran sobre él.
Otro autor, Anthony Mockler, quiso sacar otra biografía sobre Greene, titulada «Drawn Swords», estando a punto de publicarse en 1989 cuando todavía vivía Greene, pero cuando Greene leyó un fragmento de la misma en el periódico «Sunday Telegraph», amenazó con una acción legal si se publicaba todo ello, viniéndose abajo dicho proyecto. El propio Mockler insiste en esta biografía, que Catherine Walston fue la mujer más importante en la vida de Graham Greene.
Parece ser que la llave de este amor en la vida de Greene está en un volumen de poemas que apareció en 1991.
Para Graham Greene, los asuntos del corazón siempre debían permanecer estríctamente privados. Y así lo corrobora el propio Norman Sherry cuando manifiesta que Greene le prohibió que mencionara todo lo referente a sus amantes.
Pero todo ello no fueron más que palabras y falsas promesas, porque nada más fallecer Graham Greene, empezaron a publicarse diversos artículos referente a este tema. Y aunque en ellos se le tacha de mujeriego, una vez que conoció a Yvonne Cloetta, fueron una pareja perfecta, siendo su compañera hasta el final de sus días.
El propio Norman Sherry le tilda de adúltero e inveterado pecador, e incluso manifiesta, que Greene era esclavo del secretismo y del engaño. Y añade que plasmó en su diario lo siguiente: «Quien escriba mi biografía no tendrá una tarea fácil, frecuentemente se verá despistado».
Sherry fue un gran admirador de Greene, pero cuando le propuso escribir sobre él, Greene, en un principio, pensó que se trataba de escribir sobre su obra, no su biografía. Y cuando Greene se dio cuenta de ello, le dijo que se entendiera con Elisabeth, hermana y todo para Greene, y que ella le proporcionaría sus archivos. Greene no quiso verle personalmente para nada referente a su biografía. Y según tengo entendido, no se vieron más de tres o cuatro veces.
A pesar de algunas extrañas manifestaciones del profesor Norman Sherry sobre Greene, aparecidas en algunos artículos periodísticos, olvida lo que él mismo había manifestado, cuando respondía a la siguiente pregunta de José Martí: ¿Por qué el mal subyace siempre en el trasfondo de las obras de Greene? A lo cual contestó el propio Sherry: «Para mí es el último romántico, sin una pizca de cinismo».
—Pero todo ello no es de extrañar. ¡Se ha abierto la veda, la caza del Hombre!—
Ante las declaraciones y manifestaciones mencionadas anteriormente por estos escritores oportunistas, se me ocurren dos cosas: ¡O todo ello es un puro sensacionalismo desorbitado y poco creíble o pretenden presentar a Graham Greene como un superhombre y superdotado en otros aspectos, además de su inteligencia!
El que Greene se hubiera enamorado de diferentes mujeres a lo largo de su vida, el que hubiera mantenido relaciones o hubiera tenido aventuras con algunas mujeres, sería lógico y de humanos, debido a su carácter aventurero y sus continuos viajes por el mundo entero, además de su profesión de espía al servicio secreto de su Majestad. Pero lo que no es de recibo ni elegante, es romper la palabra de un «amigo», como así se consideraba el biógrafo Norman Sherry y algunos otros autores; con el agravante de publicar los detalles morbosos de estas relaciones.
Ahora se puede empezar a percibir los recelos del propio Greene, sobre sus silencios en algunos aspectos de su vida, el no descubrir completamente las interioridades de su corazón a los biógrafos, que se apodaban con el título de «amigos». ¡Cómo conocía las debilidades de los hombres, que sin escrúpulos, no han respetado sus propios deseos de mantener ocultos los asuntos del corazón, incluso dando todo tipo de detalles! ¡Cuánto conocía las veleidades humanas, sus carencias; en definitiva, los defectos del ser humano!
Lo que sí está claro, es su trayectoria discreta en el asunto de mujeres, nunca traicionó la memoria de las mismas, nunca aireó sus relaciones, incluso, a pesar de todo ello, nunca se separó de su esposa, Vivien, aunque vivieron alejados durante casi cuarenta años.
Quiero añadir, ante algunas de las respuestas que el profesor Sherry y el corresponsal manifiestan en la entrevista realizada, que hay que conocer muy profundamente el carácter de Graham Greene, su flema inglesa, su conocimiento sobre el ser humano, su sexto sentido, para entender el porqué de sus reservas y de sus respuestas en algunas ocasiones.
Por todo ello, no es de extrañar, después de conocer las manifestaciones de estos biógrafos, que Graham Greene se hubiera dado cuenta al poco de conocerles cómo eran, qué aire respiraban, y si no lo sabía certeramente, al menos lo intuía. ¿Sería ese sexto sentido que la mujer de su psicoanalista decía que poseía Graham Greene, cuando en una de las entrevistas comentaba que hubiera sido un gran medium? Pero hay otra apreciación que nos puede dar la pista exacta sobre la diferencia entre un verdadero amigo y el que no lo es, basta con leer todos los libros, escritos, manifestaciones, entrevistas y conferencias que el padre Leopoldo Durán ha realizado sobre Greene. ¡Éste sí que es un amigo, un verdadero biógrafo, respetuoso, elegante, amigo de su familia, acompañante incansable, confidente...! ¡Qué diferencia de trato y manifestaciones! ¿Puede un verdadero amigo traicionar al otro con sus declaraciones y manifestaciones? Rotundamente, No.
A Graham Greene le gustaba mucho leer los obituarios de la prensa londinense, ya que eran también, —según manifiesta José Martí Gómez— en su artículo «Una mirada sobre Gran Bretaña» del periódico «El Mundo» de fecha 26 de Febrero de 1990, unas piezas maestras del difícil y nunca suficientemente valorado género necrofílico. Y añade que leyendo los obituarios de «The Times» se comprende a Graham Greene, cuando hace unos años le decía al periodista, que se encontraba algo alicaído porque la inacabable huelga del viejo periódico le impedía estar al día de los importantes que se morían en el mundo. Por aquellas fechas Greene, en espléndida forma mental, salvo contrariado por lo anteriormente expuesto, había recibido desde Buenos Aires la noticia del fallecimiento de su gran amiga Victoria Ocampo; pero para Greene aquella muerte no podía ser asumida hasta leer sobre Victoria Ocampo lo que dijese «The Times», el diario que un día glorioso tituló: «El continente, aislado por la niebla». «No hay necrológicas como las de “The Times”», –dijo mister Greene con desazón semejante a la que debe sentirse bajo el síndrome de abstinencia–. Y añadió: «Los obituarios ingleses son piezas maestras».
Pero lo más importante de todo es que Graham Greene sigue consiguiendo y acumulando el respeto que se merece, a pesar de la prensa sensacionalista. Así lo demuestra, que el Boston College norteamericano se ha gastado más de doscientos millones de pesetas en la compra de papeles y documentos pertenecientes a Graham Greene.
PADRE LEOPOLDO DURÁN JUSTO
Nacido en Penedo de Couso – Avión, Orense. Es sacerdote católico y doctor en Teología por el Angelicum de Roma, doctor en Literatura Inglesa por el King’s College de Londres, doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid con premio extraordinario de doctorado.
Profesor de Literatura Inglesa en la Universidad Complutense. Profesor de Filosofía y Teología en varios seminarios mayores. Escritor. Confidente, amigo personal y hermano de Graham Greene, como él mismo confirma en el título del libro, publicado por Espasa Calpe, «Graham Greene, amigo y hermano».
El grado de influencia mutua entre estos dos grandes hombres durante la última etapa de Greene, jamás será conocido.
Sus viajes juntos, su mutua admiración y la fe en común que profesan, alimentan la inspiración de una de las grandes novelas de Graham Greene: «Monseñor Quixote», dedicada al padre Leopoldo Durán. Sus veintisiete años de relación con Greene hacen que el padre Durán posea una opinión muy directa y personal sobre este genio de las letras inglesas y guarde muy silenciosamente las anécdotas, carácter e interioridades de este gran hombre de la literatura del siglo XX.
Padre Leopoldo Durán Justo.
(De la colección particular de fotografías de Leopoldo Durán)
Entre sus obras más importantes figuran: «La crisis del Sacerdote en Graham Greene» publicado por la B.A.C en 1974. Estudio sobre «El poder y la gloria» de Greene, Parábola Metafísica, publicado por la revista Arbor, nº 387 – Marzo 1978; «Miguel de Palacios, un gran teólogo desconocido» (1988), «Graham Greene, amigo y hermano» (1994), «Los médicos con Graham Greene» (1998), «Gerard Manley Hopkins – Soledades y sonetos terribles» publicado por la editorial PPC en 1999; además de innumerables ensayos, artículos periodísticos y conferencias.
Conoció a Graham Greene después de su tesis doctoral sobre «El sacerdocio en los escritos de Graham Greene». Y desde entonces ha ido acercándose y enriqueciendo su amistad con el genio inglés, que sólo acabaría con la muerte del gran escritor en el año 1991.
Durante veintisiete años los dos hombres de letras se encontraban varias veces al año, bien en España, bien en la casa de Greene en Antibes o en Londres. Cada verano viajaban en coche por toda España y Portugal. Disfrutaban del aire libre y daban buena cuenta de los caldos y de los productos típicos de nuestra tierra. Precisamente estos viajes fueron tremendamente importantes para Graham Greene y le inspiraron su novela «Monseñor Quixote», con una información de primera mano, fruto de una entrañable y duradera amistad y respeto mutuo.
Algunos autores se han atribuido el título de «biógrafos» de Greene, pero el verdadero biógrafo, confidente y amigo fue el propio Leopoldo Durán Justo, que junto a Greene, compartieron alegrías, sufrieron situaciones delicadas, en definitiva, vivieron momentos durante los cuales se forjan las grandes amistades. Su aventura diaria con el propio autor es la que permite lazos de hermandad entre ambos. Y es en esa convivencia casi permanente, en sus viajes por toda España y Portugal, en las anécdotas y vivencias de cada día, donde se conoce el carácter de las personas, las virtudes y defectos de los amigos más íntimos y donde se está de acuerdo o se discrepa en los asuntos más profundos del ser humano, como ocurre en todas las familias.
En una entrevista que publica en Diciembre de 1994 «La voz de Galicia», el padre Leopoldo Durán asegura que el propio Greene le ha dejado una serie de pensamientos y reflexiones autobiográficas, además de una serie de glosas, que Greene le escribió durante siete años, que arrojan nuevas luces sobre la visión de la vida que tenía el propio Greene. El autor llamaba a este libro inédito «A very common place book», aunque los dos lo conocían como «el Picasso», aludiendo a que era un recuerdo inolvidable. Con ello, el padre Leopoldo Durán sale al encuentro de las desagradables declaraciones del biógrafo sensacionalista Michael Shelden, que insinúa que Greene utilizaba a Leopoldo Durán, definiendo al famoso escritor inglés como «un cínico explotador de sus amistades». Añade el padre Leopoldo Durán, que si hubiera sido ese el comportamiento de Greene con él, jamás su amistad hubiese llegado a donde llegó.
Según expresa el padre Durán en su libro: «La crisis del sacerdote en Graham Greene», editado por la B.A.C., Graham Greene fue varias veces candidato al Premio Nobel, siendo el autor inglés más leído actualmente en el mundo. Sigue diciendo de su propio amigo y hermano, que esta especie de Unamuno de Inglaterra ha dado lugar a las polémicas más dispares, sobre todo desde el ángulo de sus ideas religiosas. Sus sacerdotes han llamado poderosamente la atención; y cuando alguno es personaje principal en sus libros, indefectiblemente, es el personaje en torno al cual se mueve toda la trama; cuando el sacerdote es una figura secundaria, su influencia en la intriga va siempre mucho más allá de lo que de su papel era de esperar. Pero estos sacerdotes, continúa diciendo, han sido juzgados casi siempre de modo peyorativo en esta hora en que ya nadie pone en duda la crisis del sacerdote contemporáneo; y asimismo, el padre Leopoldo Durán revaloriza apodícticamente en este libro estos caracteres, casi proféticos, creados por Graham Greene.
Leopoldo Durán ha llenado con este libro un vacío existente en lo referente al conocimiento del pensamiento del gran escritor inglés. Y así lo aprueba el propio Graham Greene, cuando después de haber leído el libro, en una carta prólogo que él mismo escribe y que se incluye en el propio libro, confirma todo ello con una frase definitiva: «Su tesis me ha causado grandes alientos».
El padre Leopoldo Durán, en su «Parábola metafísica sobre “El poder y la gloria» de Graham Greene”» publicada en la revista «Arbor», nº 387, Marzo 1978, comienza diciendo: «En “El poder y la gloria” se expresan, por vía de analogía, ciertas verdades vitales profesadas por la Iglesia católica, a saber: que la función sobrenatural del sacerdote no depende de sus cualidades humanas; que Dios obra en el alma del hombre de la manera más misteriosa, mediante los medios establecidos de la Iglesia institucional, y por medio de los innumerables caminos extraordinarios, incluso la aparente Divina Ausencia; que la Iglesia está siempre perseguida y siempre sale triunfante.
Durante toda la novela estamos confrontados con lo natural y lo sobrenatural (no lo preternatural), situados en una especie de contraste u oposición.
Quitando unas cuantas alusiones a ciertos temas trillados de Graham Greene, v. gr.: la corrupción de los niños, los matrimonios infelices, etc., lo restante del libro es simbolismo».
En «Graham Greene, amigo y hermano», con una información de primera mano, fruto de una entrañable amistad, Leopoldo Durán nos revela el retrato más íntimo, auténtico y desconocido de Greene y expone las claves de la fe católica del propio Greene, quien, contrariamente a la teoría más aceptada, nunca se separó completamente de la iglesia. En este libro hay un capítulo dedicado a los viajes realizados por España, donde cuenta anécdotas curiosas que ambos compartieron.
Padre Leopoldo Durán Justo.
(De la colección particular de fotografías de Leopoldo Durán)
A continuación, expongo algunas experiencias y anécdotas que estas dos personalidades del mundo de las letras acumularon en las visitas que realizaron a nuestra tierra extremeña, comenzando con un breve relato sobre el inicio de mi amistad con el padre Leopoldo Durán y la posterior descripción del encuentro que tuve con ellos en la propia Ciudad de Trujillo.
Conocí al padre Leopoldo Durán en el año 1976 en la Universidad Complutense de Madrid. Fue en principio, la típica relación alumno-profesor de Literatura Inglesa. Sin embargo, esta relación no tardó en tornarse más fluida, debido a mi condición de Delegado de curso y de algunos problemas que surgieron, debido al boicot organizado contra su condición de profesor de Literatura Inglesa, sólo por el mero hecho de ser sacerdote, pretensión que naturalmente no triunfó, primeramente porque era un hombre íntegro y de una impecable rectitud y en segundo lugar porque los alumnos supimos estar al lado de lo que era justo. Todo ello no era de extrañar desde el punto de vista del cambio político que se estaba produciendo en nuestro país. Fue allí donde conecté con el profesor, hombre y sacerdote amigo. Así comenzó nuestra amistad, la cual continúa hasta el momento presente y espero y deseo que continúe para siempre.
En mis conversaciones telefónicas y personales con el padre Leopoldo Durán, así como en la correspondencia que mantenemos, siempre he encontrado una persona dispuesta a ayudar en todo; un gran amigo, educador y conversador, al que tengo gran admiración personal por su constancia e infatigable dedicación al trabajo, siempre basado en sus creencias y principios, en los que ha fundamentado toda su obra literaria y su estilo de vida.
Recuerdo con gran agrado y satisfacción una larga y fructífera conversación mantenida por los dos en la Casita del Príncipe en El Escorial, donde una tarde parda y gris charlábamos bajo los pinos y abetos que configuran los paseos de este jardín natural: sus reflexiones teológicas, sus consejos de amigo y profesor.
Por supuesto, el conocimiento y contacto de mi familia con el padre Durán ha supuesto un acercamiento más estrecho en nuestras vidas.
Me une por tanto, la suficiente relación, para haberme relatado algunas particularidades sobre sus viajes y curiosas experiencias y anécdotas vividas junto al otro genio de la pluma, Graham Greene, en estos parajes de nuestra tierra extremeña.
En una de sus primeras visitas a Extremadura, Julio de 1980; estaba yo observando los muros y casas solariegas que configuran la maravillosa Plaza Mayor de Trujillo, como suelo hacer en incansables ocasiones, cuando de repente, ¡No podía alcanzar a imaginar lo que mis ojos podían ver! ¡No podía creérmelo! No era ninguna almena ni torre que hubiese brotado por generación espontánea en el horizonte que dibujan las crestas de la «Villa Trujillana», y que configuran la agradable y placentera vista del visitante y autóctono. Tenía frente a mis ojos, a pocos pasos de mi persona, a mi profesor y amigo, el padre Leopoldo Durán, junto a, ¡Todavía con más asombro!, ¡Al genial novelista inglés, de quien tanto nos había hablado el padre Durán en sus clases, Graham Greene! Después del correspondiente y efusivo saludo y presentación, intenté reprocharle amigablemente el no haber avisado con anterioridad para haberles hecho los honores que merecían y haberles acompañado gustosamente en la visita a mi querida tierra extremeña, fuente de inspiración de mis artículos y estudios literarios y de mis obras musicales. ¡Pero qué ocurrencia y atrevimiento el mío, ante personalidades tan importantes, sumamente prudentes y gustosas y deseosas del anonimato!
Posteriormente, con la grata y maravillosa sorpresa todavía en el cuerpo, les invité a casa de mi familia, en la calle Zurradores, situada en el corazón de la judería trujillana, donde después de los saludos correspondientes, nos sentamos en el patio de aspecto sevillano que tan engalanado y adornado está siempre con las plantas y flores oportunas y precisas. Quedaron admirados de la casa, de la tranquilidad y sosiego que se respiraba en ella, de la escucha agradable del trinar de los pájaros, estando en pleno centro de la Ciudad; incluso el propio Graham Greene hizo el siguiente comentario: «sitio ideal de inspiración para escribir buenos guiones». Recuerdo perfectamente que después de tomar algunas bebidas refrescantes, debido al fuerte calor de esa época, ya cerca del mediodía, el propio Graham Greene sacó algunas fotografías a mi hija Marta en mis brazos, las cuales me fueron enviadas posteriormente por el padre Leopoldo Durán y que guardo con gran recuerdo e ilusión.
Tenían prisa, pues se dirigían a Guadalupe, y no tardaron mucho en dejar Trujillo, no sin antes elogiar efusivamente la Ciudad y Extremadura entera, pues habían quedado prendados de su encanto.
El recorrido de estas dos personalidades por tierras extremeñas ha sido muy prolijo y periódico, quedando como cita obligada el paso por nuestra tierra, que tanto caló por su encanto y sus gentes en estos dos escritores. Su paso por Plasencia, Cáceres, Mérida, Guadalupe, Badajoz, Trujillo… demuestra el carisma que tiene esta tierra para todos sus visitantes, que atrae a todos aquellos que aquí confluyen por uno u otro motivo, como ocurrió con estas dos figuras ilustres de la Historia de la Literatura. Normalmente sosegaban su ajetreado e infatigable caminar y constante viajar en Paradores de la Región: Mérida, Cáceres, Guadalupe..., así como en otros acogedores y entrañables alojamientos, como la Casa de los Paúles en Badajoz, la Posada de Guadalupe, etc. Todo este deambular por nuestra tierra ha enriquecido sus vidas con innumerables anécdotas que, en las conversaciones con los más íntimos, han relatado con sorna y humor inglés.
Entre ellas hay algunas muy divertidas y curiosas: Un día que residían en la Posada de Guadalupe, instalados en sus habitaciones respectivas, cuenta el padre Durán que estando en plena faena con el cepillo de dientes en la mano, salió de su habitación dejando la puerta abierta y se dirigió a la habitación de Greene, después de llamar, cuando Graham Greene abrió la puerta y le vio en pijama y con el cepillo de dientes en la mano en plena limpieza, le preguntó muy sorprendido –Leopoldo, ¿Es que no hay lavabo o agua en tu habitación? o ¿Es que ha ocurrido algún problema importante para venir así? El padre Durán, muy tranquilo, le responde –por supuesto que hay agua y lavabo, lo que no hay es nadie para poder conversar. Y todo ello, después de haber salido del Parador de San Marcos de León a las 8’30 de la mañana, no habiendo cesado de hablar desde entonces, siendo ya las 20’30 de la tarde, y sabiendo que les aguardaba la conversación durante la cena que, por norma, solía durar cerca de dos horas. Y sin embargo, todavía buscaba el padre Durán más conversación. Lo cual demuestra el talante comunicador y la gran amistad y sinceridad que ambos se profesaban.
Graham Greene y Leopoldo Durán por tierras extremeñas.
(De la colección particular de fotografías de Leopoldo Durán)
Una estampa pintoresca y curiosa de estas dos grandes figuras de las letras, lo configura el haber comprado en el mercadillo de Plasencia un capacho, e ir de compras con el capacho colgado del brazo de Greene, depositando todas las adquisiciones realizadas. ¡Cerremos los ojos por un momento e imaginémosnos este típico y curioso paisaje costumbrista de nuestra tierra!
Otra anécdota, no menos divertida, y así la disfrutan ellos cuando la cuentan, fue la que les ocurrió en Badajoz una noche de calor sofocante, estando alojados en la Casa de los Paúles. Después de un día de calor plomizo e inaguantable de los veranos pacenses, después de que el sol había abrasado campiñas, paredes y aposentos, una de esas noches donde uno no sabe dónde situarse para aliviar el agobiante bochorno. A su llegada a este alojamiento y entrar por primera vez en la habitación de Greene, no se veía absolutamente nada. El padre Durán comienza a dar todas las llaves existentes en la habitación, intentando hacerse con la correspondiente a la de energía eléctrica. Una vez que encendió la luz, alegraron sus caras y se despidieron hasta el día siguiente. El padre Durán se dirigió a su habitación. ¡Sus cuerpos seguían consternados por el asfixiante calor! Después de un buen rato, Greene sale de su aposento intentando escuchar algún indicio que le indicara el paradero de su amigo y hermano, el padre Durán, que en ese momento conversaba con un antiguo conocido y amigo que había encontrado cuando se dirigía a su habitación. Al escuchar su voz, Greene se acerca y comenta: «–¡Es insorportable!» —El sudor cubría todo su cuerpo—. Luego, Greene añade: «–¡Esto es el infierno!».
Se dirigieron de nuevo a la habitación para ver qué sucedía. ¿Qué había ocurrido? Sencillamente algo natural y lógico, con tanto tocar llaves y registros a su llegada, el padre Leopoldo Durán había activado la llave de la calefacción de la habitación, en pleno mes de Agosto.
Y como ésta, tantas anécdotas que solían recordar en sus conversaciones privadas, y que actualmente, tan solo el padre Leopoldo Durán puede dar fe de ellas, debido al fallecimiento en el año 1991 del insigne escritor inglés.
No obstante, algunos de los datos que aporto en este ensayo, además de mi propio testimonio, y el del padre Leopoldo Durán, se reflejan en algunas de las publicaciones ya existentes en las diversas editoriales. Así, el padre Leopoldo Durán, en su libro «Graham Greene, amigo y hermano», editado por Espasa Calpe, en uno de los capítulos dedicado a sus viajes por España, en la página 105 del mismo, dice: «al llegar a Trujillo...». Más adelante, en la página 154, al hablar sobre los Paradores Nacionales, nombra entre otros al de Guadalupe y Mérida, y asimismo, en los últimos párrafos de esta misma página, manifiesta el padre Durán: «nunca podré agradecer suficientemente las delicadezas que Graham Greene, el «Tercer hombre» y yo recibimos en estos lugares durante tanto años...» Luego, aparece un comentario realizado por el propio Greene, con las siguientes palabras: «Los Paradores Nacionales de España contribuyeron mucho a la felicidad completa de nuestras salidas y visitas» y continúa diciendo Greene, que en ninguna nación del mundo había encontrado algo semejante a nuestros Paradores: la limpieza, la atmósfera familiar que en ellos se respira; más adelante, añade el padre Durán: «La sencillez hacía de ellos el lugar ideal para este hombre». Y algo más que encantó profundamente a Greene, fue el secreto inviolable de anonimato de los Paradores; secreto que no fue quebrantado ni una sola vez.
En un nuevo párrafo, en la página 175 del mismo, confirma su paso por nuestra tierra, en él vuelve a mencionar el padre Durán su paso por Extremadura con su fiel acompañante Graham Greene, diciendo: «Camino del Teatro de Mérida, Trujillo con su Pizarro ecuestre, y Guadalupe otra vez. Nos volvimos a Madrid...»
Otra curiosa anécdota que les sucedió, según me ha relatado el padre Durán, tuvo lugar en Sintra, en el camino de Extremadura a Lisboa, donde Greene residió algún tiempo cuando trabajaba para el servicio secreto británico. Al llegar a esta localidad, el padre Durán encontró a un señor a quien le preguntó por la casa donde había residido Lord Byron. El buen señor se quedó pensativo y le preguntó: –¿Continúa todavía viviendo aquí? A lo que el padre Durán muy pausadamente le respondió: «–No, ya se ha marchado».
Años más tarde en el prólogo a la edición numerada del primer capítulo de «Monseñor Quixote», titulado: «Cómo el padre Quixote llegó a ser monseñor», Graham Greene recuerda la aventura infernal (refiriéndose a la anécdota vivida en la Casa de los Paúles de Badajoz) de esta manera: «El comunista ex alcalde de El Toboso estaba destinado a ser el compañero de monseñor Quixote y el crítico sarcástico de sus libros de teología... en una ocasión, él experimentó (lo mismo que yo) las llamas del infierno en un monasterio de Badajoz, habiendo Sancho, incidentalmente, activado la calefacción central una noche en la que la temperatura estaba ya a 100º C».
Puedo incorporar a todo lo aquí expuesto una confirmación más personal, cuando en una de las cartas de mi correspondencia personal con el padre Leopoldo Durán me recuerda su paso por la Ciudad de Trujillo, y de la que incluyo a continuación una fotocopia, siempre con el previo consentimiento y autorización del propio padre Durán, lo cual es una prueba más, que verifica el paso de estos dos genios de las letras por nuestra tierra extremeña.
Carta manuscrita del padre Leopoldo Durán Justo, recordando Trujillo
¡Cómo ennoblece a esta tierra el placer de saber que es y ha sido tan importante en la Historia de nuestra España y del Mundo! ¡Cómo personas tan eruditas, emprendedoras e ilustres descienden de ella y en ella han recabado, siendo querida y admirada por todos! Y, sin embargo, a veces, ¡No bien tratada y olvidada!