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Montánchez y su territorio norteño. Emilio Jaraíz Rivas.

 
En el centro de la comunidad extremeña, al sur de la capital de la Alta Extremadura, encontramos un bello territorio formado por sierras y llanos: Montánchez y los pueblos y tierras que le rodean por el Norte. La Sierra de Montánchez, con sus mil metros de altitud sobre el nivel del mar se constituye en atalaya del corazón de Extremadura, pertenece al Sistema de los Montes de Toledo, en su parte más occidental, y está rodeada por Sierra Centinela (Alcuéscar), Sierra de San Cristóbal (Zarza de Montánchez) y Sierra de Robledillo (Robledillo de Trujillo).
Las llanuras que se extienden al norte de esta cordillera, pertenecen a los Llanos de Cáceres, y están salpicados de pueblos que guardan todavía sus riquezas ancestrales y caminan hacía el progreso valiéndose de todos los recursos que poseen para alcanzar una mejor calidad de vida.
Después de un recorrido por todo este territorio, nos dimos cuenta de que, a pesar de estar tan cerca de las grandes poblaciones de la región, es poco conocido y por ello escasamente visitado.
Nuestro recorrido por la zona comenzó en la Villa de Montánchez que posee atractivos suficientes para pasar un día agradable, lleno de sorpresas, en convivencia con sus gentes, adentrándonos en sus costumbres, visitando sus riquezas culturales, históricas, artísticas, gastronómicas y medio ambientales.
Partimos de la Residencia León Leal, alojamiento de la Diputación Provincial de Cáceres, y de inmediato nos hallamos en la localidad montanchega que está situada en la ladera noroeste de la sierra. Civilizaciones muy remotas dejaron sus huellas en el entorno. Se cree que el actual núcleo de población tiene su origen en el siglo I d. C.; cuatro siglos después fue ocupado por los godos; en el año 723 pasó a dominio musulmán y a mediados del siglo XII, tras muchos avatares, conquista estas tierras Alfonso IX y las entregó a la Orden de Santiago que imponía su dominio en buena parte del territorio.
Al iniciar el recorrido por la población pudimos darnos cuenta del predominio de la arquitectura de tipo popular, si bien existen dos zonas perfectamente definidas entre sí: la más antigua, es el barrio «Canchalejo», en un promontorio, al borde de un acantilado, con casas de una sola planta, construidas a base de piedra y cal, empleando enormes losas de granito en las portadas, pequeñas ventanas y cubiertas con teja árabe; la otra parte, la más amplia, está formada por edificios de mayor superficie, con cierto rango y riqueza, destacando algunas casas señoriales en las que no falta la heráldica.
Inmediatamente nos llamó la atención el castillo, el monumento más importante de Montánchez. Fue construido por los árabes, ampliado y reconstruido por los almohades en el siglo XII. Conquistado por los cristianos sufrió una reforma y una ampliación que borraron las huellas del primitivo recinto, salvo tres aljibes, las zonas bajas de algunos lienzos de su recinto y la barrera exterior de acceso. La impresionante mole se levanta en la cima de un escarpado risco. Desde este castillo, los partidarios de Juana la Beltraneja organizaron la sublevación contra Isabel la Católica. Más tarde la fortaleza se convirtió en residencia de la clase político-religiosa, y en su interior se levantó la ermita de la Virgen del Castillo, construcción barroca del siglo XVI, donde se venera a la Patrona de Montánchez, una talla visigoda, de madera policromada y estofada, del siglo V, que en la actualidad aparece vestida.
Nuestro especial interés por los monumentos nos llevó a la iglesia parroquial de San Mateo, edificio de mampostería y sillería, con torre algo alejada de la iglesia, data del siglo XVII, cuyo interior está repleto de obras de arte religioso; la ermita de Santo Domingo, construcción popular del siglo XVIII, de estilo barroco; la ermita de Nuestra Señora de los Remedios, obra popular del siglo XVI; la de la Soledad, de mampostería con sillares, del siglo XVI; la iglesia de la Consolación, obra renacentista con portada plateresca, que data del siglo XVI, entre sus obras de arte sobresale una tabla de la Virgen de la Leche, estilo hispano-flamenco; para terminar en la iglesia de San Miguel, de interés histórico-artístico, con mezcla de distintas corrientes estilísticas, fue construida a principios del siglo XV.
La visita a los monumentos nos permitió hacer un amplio recorrido y conocer pormenorizadamente la localidad: calles empinadas y estrechas, cuyas casas muestran en sus puertas, ventanas y balcones, la importancia de los viejos oficios; a menudo descubrimos algunas bodegas en las que se elaboran curan y conservan, a parte del vino, los mejores jamones. También, de cuando en cuando, encontramos tabernas, mesones, bares y restaurantes, donde reponer fuerzas degustando los típicos productos de la tierra como el jamón de bellotas, embutidos al estilo casero, sabrosos guisos como las migas, el frite de cabrito, la caldereta de cordero, carnes asadas, entre otros.
Y después la Plaza Mayor con un encanto especial, sus típicas terrazas nos ofrecieron la oportunidad de descansar, de observar cómo cruzaban por los cielos las aves, el trajín de los labriegos, el paso de las mujeres con la cesta de la compra, el comentario sobre el suceso más importante del día…, el ambiente rural en toda su dimensión.
Aún nos quedaron fuerzas para visitar alguno de los grandes curaderos de jamones y embutidos, recibiendo detalladas explicaciones de sus propietarios, auténticos expertos sobre la curación del rico manjar y las cualidades que reúne Montánchez para conseguir que el producto sea esencialmente de calidad.
A la hora del copeo, en la tarde noche, cuando los labriegos han regresado del trabajo y faenas del campo, el pueblo recobró mayor actividad, las calles ceden su tranquilidad al bullicio, bares, tabernas, mesones, discotecas, centros culturales, centros de recreo o de exposiciones, se abarrotaron de público, comenzó el fin de semana en la noche del viernes y la juventud, y los menos jóvenes, hacían historia sobre cómo les había ido la semana e iniciaban la diversión hasta altas horas de la madrugada.
Cuando decidimos ir a dormir, a medida que avanzábamos por el camino que nos condujo a la Residencia León Leal, observamos que el cielo estaba más claro y limpio que en la ciudad, nos parecía poder tocar las estrellas con las manos, mirando hacía abajo advertimos que los llanos estaban salpicados de iluminados pueblos y ciudades, todo un deleite.
Por la mañana, después de tomar un suculento desayuno a base de migas acompañadas con café o leche, salimos para cumplir nuestro propósito: recorrer parte de la sierra montanchega y, sobre todo, acercarnos a los pueblos que la rodean por el Norte. Cubrimos los trayectos, primero en burro, después en automóvil, pero también pueden hacerse a caballo, en bicicleta, moto o mejor andando, si se dispone de tiempo y contextura física adecuada.
El macizo de Montánchez, con empinadas laderas y barrancos, alcanza una altitud de casi mil metros, se constituye en el más importante de estas latitudes junto con las sierras de San Cristóbal, Cancho Blanco, Centinela y Robledillo que dividen el centro de Extremadura y determinan las Cuencas Hidrográficas del Tajo y el Guadiana, naciendo en él los ríos Salor, que corre hacía el Tajo, y Aljucén, que vierte sus aguas al Guadiana. En la planiaplanación de las cumbres destacan cerros y lomas que dan lugar a amplias cañadas, prados y replanos de gran belleza, con clima subtropical y vegetación autóctona de tipo mediterráneo predominando la encina, alcornoque y un muy diverso matorral. La fauna es tan variada como importante. Conocer la sierra, palmo a palmo, a través de sus senderos, veredas y caminos, nos produjo una experiencia inolvidable.
Pudimos elegir entre las tres rutas o senderos que han sido establecidos por el Ayuntamiento: ruta de la garganta de los molinos, ruta de la Rivera del Robledo o la ruta de los balcones de Extremadura. El tiempo del recorrido será el que cada visitante quiera emplear, dependiendo de paradas para descansar, observar el paisaje, tomar fotografías, leer, curiosear en los recovecos, escuchar el canto de las aves, disfrutar del aire puro de la serranía, o simplemente prestarse a dar rienda suelta a la imaginación en tan propicio lugar.
En la siguiente jornada iniciamos el recorrido por los pueblos próximos a Montánchez, comenzamos por Arroyomolinos. Para llegar a él bajamos de la Sierra y al llegar a la carretera Ex 381 (Trujillo-Cruce de las Herrerías) giramos a la izquierda, cuatro kilómetros más adelante tomamos un desvío que nos permitió llegar a la localidad, cuyos primeros asentamientos datan de la prehistoria. En el siglo XII el núcleo de población llevó el nombre de «Caserío de los Molinos» por el gran número de ellos construidos en el entorno.
En Arroyomolinos predomina la arquitectura popular tipo rural-labriego, existiendo además casonas de carácter señorial con rica heráldica en sus fachadas. Sus monumentos más destacados son la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Consolación, de los siglos XV-XVI, gótico-renacentista, considerada como la joya de la Diócesis de Coria Cáceres, en cuyo interior guarda cinco retablos barrocos, sepulcros y tallas o imágenes de gran valor artístico; peculiarmente su torre está sostenida sobre cuatro grandes pilares y por debajo de ella pasa una calle. La ermita de San Sebastián y varias cruces de granito tallado artísticamente levantadas en los alrededores del pueblo conforman su riqueza monumental.
Recorrimos también las rutas turísticas establecidas por el Ayuntamiento. La más importante es la de los Molinos. Por un camino de tierra, siguiendo la garganta de aguas cristalinas que cruza la localidad, ascendimos hacia la sierra de Montánchez por una hermosa rivera, un lugar paradisíaco, en el que existen hasta treinta molinos harineros, 5 de ellos restaurados y convertidos en albergues o mesones. En este recorrido, en un inigualable paraje, está la insólita «Piedra del dedo Meñique», un guijarro de cuarenta toneladas que permite la oscilación con tan solo tocarle con el dedo meñique. Otra importante ruta es la de las ruinas de los castillejos romanos y árabes.
Las charcas «Los Curanderos» y «Dehesa Vera», ofrecen la posibilidad de practicar la pesca de la tenca. En la sierra o en la llanura encontrará el aficionado al deporte cinegético especies de caza menor y mayor. La ornitología es un aliciente más para aquellas personas que les guste observar las aves.
En los diversos mesones degustamos la gastronomía autóctona y los excelentes vinos de pitarra cosechados en las tradicionales bodegas. Es fácil poder adquirir jamón de bellota, quesos de oveja y cabra, embutidos, dulces, aceite virgen de oliva, vinos, pan cocido en horno de leña y otras exquisiteces.
Después de disfrutar de todos estos placeres continuamos a través de higuerales, olivares y viñedos hasta llegar a Alcuéscar, localidad cargada de historia y tradiciones que fue creada junto a la Ruta de la Plata y que disfruta de un microclima especial. El núcleo urbano fue levantado por los moros de Huesca en el 830, aunque en la zona se encuentren vestigios mucho más antiguos.
Llegamos ansiosos por visitar la basílica hispano-visigoda de Santa Lucía del Trampal, construida en el segundo tercio del siglo VII, conservada en perfecto estado y que bien merece un viaje aunque sea desde la lejanía. En sus proximidades quedan algunos restos de lo que fuera convento de monjes templarios, todo ello en medio de un exuberante paisaje.
La iglesia parroquial de la Asunción, de estilo gótico-renacentista, fue construida en los siglos XVI y XVII, destacando en su interior una serie de columnas clasicistas y salomónicas.
La localidad mantiene una rica arquitectura popular, a veces salpicada por casas señoriales con abundancia de escudos y blasones, como la Casa de la Encomienda. Sus calles son empinadas, estrechas y tortuosas. Y como en todo sitio va cambiando el aspecto al realizarse construcciones con materiales de la actualidad que rompen con el pasado pero aportan un nuevo aire de modernidad y progreso actual.
El aspecto paisajístico es muy importante pues Alcuéscar está rodeada de viñedos, higuerales, encinares, alcornocales y matorral, incluso posee importantes naranjales, cosa un tanto extraña en estas latitudes. En la sierra existen varios miradores naturales, el más importante de ellos es el situado en la Sierra del Centinela que pertenece a la Red Nacional de Miradores Naturales de España, desde donde se divisan los valles del Tajo y del Guadiana, con sus dehesas, regadíos, montañas y llanuras, hasta perderse la vista en el horizonte. Por la tarde nada más gratificante y relajante que ver desde este mirador la belleza de una puesta del sol, fenómeno que se repite día tras día, si las condiciones climatológicas lo permiten. Recorrer a detenidamente estos parajes constituye todo un placer.
En Alcuéscar nadie se aburre, la programación para el tiempo de ocio es perfecta y toda persona hallará cosas para su disfrute. A parte del senderismo (muy importante), abundan la caza mayor y menor, pudiendo ser abatidas toda clase de especies permitidas. Los pescadores encontrarán su deporte favorito con la captura de la tenca en la denominada Charca del Cura. Y a quienes sólo les guste la observación de animales también cuentan con todas las especies en la zona, entre ellas el buitre negro, el gavilán, el águila calzada, el jabalí, el ciervo… El manantial del Trampal, próximo a la basílica hispano-visigoda, ofrece sus aguas medicinales-curativas y espléndidos alojamientos tanto para quienes quieran curar sus dolencias como para aquellos amantes de la cultura de los cuidados del cuerpo.
Respecto a la gastronomía pudimos degustar en los establecimientos hosteleros el jamón de cerdo cebado con bellotas, sabrosos embutidos, quesos y platos tan exquisitos como las migas, caldereta, cochinillo, tencas y otros, sin olvidarnos de los caldos elaborados artesanalmente o industrializados, como en el caso de bodegas Sierra Centinela. Una larga lista de productos típicos y artesanales pueden adquirirse en las tiendas de la localidad.
También atrajo nuestra atención el desarrollo de actividades culturales de este pueblo.
Mereció la pena visitar los establecimientos hosteleros del Cruce de las Herrerías, sobre la carretera N 630, frecuentados por miles de personas, desde los que se divulgan las bondades y riquezas de Alcuéscar y su término. Nueve kilómetros de encinares y viñedos, tuvimos que recorrer hasta llegar a Albalá, localidad que apareció como comunidad en el 1240, si bien existen vestigios de anteriores pobladores.
Su arquitectura está comprendida en lo popular-labriego, con grandes casonas de tipo solariego y escudos de la época de Felipe II que recuerdan el momento de esplendor económico y poderoso del lugar.
Cabe destacar como monumentos la iglesia Parroquial de Santa María Magdalena, del siglo XIV, de estilo gótico- romano; hay varios pozos, columnas y castillejos de época romana y algunas ermitas como las de San Joaquín y Santa Ana de época temprana.
La artesanía del cuero, especialmente zahones y zapatería que realiza Isidro Leo tiene bien ganada la fama; los quesos de oveja elaborados artesanalmente y los derivados del cerdo, vinos y dulces, son de comprobada calidad.
En el aspecto tradicional es de destacada relevancia el que desde 1920 viene celebrándose cada sábado un importante mercado de ganado caballar, porcino, lanar… Entre sus fiestas tradicionales destacan las corridas de gallos que realizan los quintos durante el carnaval desde hace doscientos años con un cambio sustancial en la forma de llevarlas a cabo a fin de que no sufran los animales. Las Tablas (tableros con dulces, frutas y adornos que cargan a la cabeza las mujeres) tienen lugar el día de Navidad.
Nuestro viaje continuó, a través de una carretera local, hacia Torremocha. Encinas, praderas, monte bajo, rocas graníticas y cercados de antiguas paredes, casi de estilo celta, el río Salor, cubrían el terreno. La localidad está situada al borde de la carretera comarcal 520, Cáceres-Miajadas.
En el núcleo urbano se dejan notar las grandes casas de labranza con sus enormes puertas de madera, si bien dominan las edificaciones reformadas con materiales de construcción más modernos que la pizarra usada antes.
Como principal monumento la iglesia parroquial de la Asunción de estilo barroco, obra del siglo XVIII, con restos del siglo XVI en los bajos de la torre; en su interior destacan un óleo con un crucificado y el púlpito de granito, ambos del siglo XVII. La ermita de Nuestra Señora de Torralba, obra de carácter popular, data del siglo XVI, retablo neogótico e imagen de la Virgen de Torralba del siglo XVII. La ermita del Santo Cristo es una obra barroca del siglo XVIII, en la que destacan pinturas al fresco y algunos óleos de bastante calidad.
Para cubrir el tiempo de ocio y festivo la localidad cuenta con la práctica de la pesca que puede realizarse en el pantano de «El Gallo», sobre el río Salor, en las cercanía del pueblo, donde abunda la tenca; la caza menor también es otro atractivo; la popular fiesta de «La Pica», se celebra el martes de Pascua y las ferias de ganado el 23 de mayo y el 13 de septiembre. En sus mesones pueden degustarse productos típicos, entre ellos embutidos del cerdo ibérico y quesos de oveja al estilo artesanal que también pueden comprarse. En un bello paraje de monte mediterráneo existen chozos tipo tradicional que pueden usarse para descansar o pasar un fin de semana, previo pago de una módica cantidad.
Siguiendo hacia Botija nos encontramos con un paisaje llano, eminentemente agrícola, convirtiéndose después en espléndidos encinares y matorral, como ocurre en toda la cuenca del río Tamuja, propios para la caza menor. En uno de estos parajes, dicho sea de paso, se encuentra la dehesa «Las Golondrinas», lugar frecuentado por la nobleza europea y adinerados donde practican el deporte de la caza, en especial la de la perdiz roja.
Todas las edificaciones del pequeño pueblo están construidas con pizarra, lo que le da un aspecto singular. Su único monumento es la Iglesia Parroquial de la Magdalena, su construcción comenzó a finales del siglo XIV y se prolongó hasta el XVII, con tipología barroca. Su principal retablo es de pinturas del siglo XVI y una imagen de la Magdalena Penitente del siglo XVII. Del siglo XVI data una artística cruz de camino. De 1791 es la ermita de los Santos Mártires San Fabián y San Sebastián.
Lo verdaderamente importante de este pueblo es la arqueología. A 3 kilómetros en sentido Sur y con buenos accesos, se encuentran unas importantes ruinas de época prerromana conocidas con el nombre de Villasviejas del Tamuja. Debió tratarse de una población de cierta importancia ya que incluso se acuñaron monedas con el nombre de Tamusia, es decir del río Tamuja. La población debió desaparecer tras la conquista romana.
En el lugar conocido por «Fuente de la Huerta», de aguas medicinales, existen restos de un antiguo balneario.
Tumbas, estelas y esculturas son frecuentes. Así mismo llaman la atención los brocales graníticos de los pozos de abastecimiento existentes en torno al pueblo, junto a ellos viejos lavaderos donde las mujeres de tiempos pasados hacían la colada.
Las pequeñas tascas ofrecen degustaciones de quesos de oveja y cochinillo, productos que también pueden adquirirse. Más adelante Benquerencia, rodeada por espesos encinares y castigada por la emigración.
Presenta una arquitectura de tipo popular labriego, en cuyas construcciones se empleó la pizarra. Sus monumentos quieren demostrar que un día fue un lugar relevante. Sobre la base de la iglesia de San Pedro que ya existió en el siglo XIV, se levantó la actual iglesia Parroquial entre los siglos XVI y XVIII, de estilo barroco, en la que destaca el púlpito de granito obra del siglo XVII. Muy singular es la ermita del Cristo del Amparo, obra barroca del siglo XVII, toda pintada al fresco con pinturas de los siglos XVII y XVIII. De importante calidad son las tallas, de Jesús Crucificado entre dos ladrones, del siglo XVII. La «Charca de Casillas», construida en 1820, está considerada como una gran obra.
En los alrededores del pueblo existen numerosos yacimientos romanos. En cuanto a fiestas, destaca la de San Blas que goza de gran tradición desde el siglo XVII.
Un corto trayecto separan Benquerencia de Valdefuentes, localidad cuyos orígenes se pierden en la oscuridad de los tiempos. Está situada sobre la carretera 520, Cáceres-Majadas.
Sus construcciones de tipo popular labriego, con destacadas casonas y algunos palacios.
La Iglesia de Nuestra Señora de Bienvenida de 1503, estilo barroco, es el monumento más significativo, como ocurre en casi todos los pueblos. De la misma época es la ermita de los Mártires. Del siglo XVI son la Iglesia-Convento de San Agustín, de los Agustinos Recoletos; el Palacio de Álvaro de Sande, Marqués de Valdefuentes, con arquerías de medio punto y columnas toscanas; el rollo o picota, situado en la Plaza Mayor y una cruz de camino. Callejeando descubrimos numerosas fachadas esgrafiadas e importantes muestras heráldicas. Los puentes Capellán, del Río Salor y Puente Nueva, junto a otros restos arqueológicos, en torno al pueblo, son las huellas que los romanos dejaron en este lugar.
Gastronómicamente hablando, no nos fue difícil encontrar buenos productos derivados del cerdo ibérico en las dos fábricas que existen; quesos de oveja artesanales en las dos industrias dedicadas a su elaboración; Higos pasos y derivados. Excelente es la calidad de los vinos que elaboran las bodegas de la localidad. Los establecimientos hosteleros ofrecen todo tipo de productos para su degustación. Y en lo festivo sobresale la Romería de la Magdalena, el 24 de abril y la fiesta de Nuestra Señora, el 15 de agosto y las ferias de San Agustín.
A poco de dejar Valdefuentes, satisfechos por cuantas riquezas encontramos, llegamos al Cruce de «Las Torres» donde existen varios establecimientos hosteleros en los que pudimos disfrutar de la exquisita gastronomía extremeña, entre ellos Restaurante «la Estrella» se lleva la palma con sus sabrosos guisos y asados. Tras reponer fuerzas, a quinientos metros, visitamos Torre de Santa María.
Arquitectura popular, casonas de tipo labriego que habitaron fuertes labradores y algunas familias nobles, son las muestras de riquezas de este pueblo situado en magnífico enclave. Y como no podía ser de otra manera, en medio del núcleo sobresale la Iglesia de la Asunción, obra del siglo XVII con restos del XVI, como el presbiterio; en su interior destacan una talla de la Virgen con Niño, del siglo XVI y el retablo del XVII. Son frecuentes los restos de la romanización con hallazgos de mosaicos y epígrafes de la época. Existe un pequeño puente medieval en las proximidades del pueblo.
Los productos derivados del higo, el pan de trigo cocido en horno de leña, la dulcería artesanal, las uvas pasas, el espárrago triguero, los productos del cerdo, el ovino y caprino, son de máxima calidad y al alcance de cualquiera. Sus caldos tienen enorme prestigio. Y como artesanía puede adquirirse o encargarse piezas de forja artística en el único taller que existe.
Después de pernoctar en la colonia León Leal de Montánchez, la tercera y última etapa de nuestro viaje se desarrolló por lo que ha dado en llamarse ruta de la historia, los paisajes y el deporte, es decir, por Zarza de Montánchez, Salvatiérra de Santiago y Ruanes.
Partimos nuevamente de Montánchez y siguiendo la carretera comarcal, dirección Trujillo, nos acercamos a Zarza de Montánchez, un poco a trasmano, casi escondido en el un valle junto a la falda de la Sierra de su nombre, un lugar del que salimos muy satisfechos por la hospitalidad de sus gentes y por los valores tradicionales que conserva desde tiempos remotos.
Los vestigios prehistóricos y los restos prerromanos dejan patente la antigüedad de la población. La arquitectura popular, las grandes casas de labradores aún nos hablan de un pasado en el que floreció su ganadería y agricultura. Centramos nuestra atención en la iglesia Parroquial de San Miguel, obra del siglo XVI, de estilo gótico-renacentista, declarada de interés artístico; en su interior destacan pinturas al fresco, un relieve del siglo XVI, el púlpito y algunos óleos; en la torre resalta un reloj de sol del siglo XVII. La ermita del Salvador y los restos de las ermitas de Santiago, Santa Catalina y de los Mártires, así como dos cruces de camino, son de gran interés. También son importantes los restos de una fortaleza denominada «El Castillejo». Pero lo que verdaderamente cuenta para los zarceños son los paisajes que les rodean. En las cercanías del pueblo se encuentra la encina conocida por «La Terrona» que es, según estudios realizados, la más grande y vieja del mundo; un auténtico monumento de la naturaleza, con 7,80 metros de perímetro de tronco, 16,5 metros de altura y su copa mide 27 metros. Es visitada por estudiosos, ecologistas y por miles de personas.
Otros lugares paisajísticos, podría decirse que vírgenes, donde en escasas ocasiones ha llegado la presencia del hombre, son: la Sierra de San Cristóbal y Cancho Blanco, donde existen paredes o acantilados, más prominentes, en los que viene practicándose el deporte del parapente. En ellos vive una extensa variedad de especies cinegéticas de caza menor y mayor; abundando así mismo, variadas especies protegidas. Y, en lo más recóndito de la sierra, los parajes «La Peña Cuadrada» y «Los Atambores», son de inigualable belleza, propios para la practica de los deportes de naturaleza como el senderísmo por rutas señalizadas, caza, pesca de la tenca y otras especies (pantano del Tamuja), rutas para recorrer a caballo, bicicleta o ciclomotor. «Las bolas», original juego de azar que permanece abierto, fines de semana, desde el 13 de septiembre al 10 de octubre.
La Fiesta «Del pan y el queso», el 19 de enero, viene celebrándose desde tiempos de la Reconquista; la Romería de la Virgen de Fátima, segundo domingo de mayo, es la más concurrida de la zona.
Y para comprar, jamones y embutidos de cerdo ibérico, carnes de cordero, cabrito y ternera. Quesos, pan cocido en horno de leña y dulces típicos.
Con el regusto de estos manjares partimos hacia Salvatierra de Santiago. El lugar estuvo superpoblado en la edad del bronce. Romanos, moros y judíos dejaron sus rastros sobre este lugar. La formación del núcleo actual parece que se consiguió en el siglo XII, donde la Orden de Santiago tuvo una destacada presencia, cediendo sus poderes posteriormente a la Orden de Caballería de Alcántara.
En la arquitectura y monumentos, concurren diversas tipologías como la monumental-religioso, popular y civil: en lo monumental, iglesia de Santiago de los siglos XVI a XVII, de estilo barroco, retablo mayor del siglo XVIII, de cuyo tiempo es también la imagen de Santiago Matamoros, de gran valor son el púlpito, varias imágenes, pila bautismal y los azulejos talaveranos del siglo XV; ermita de Nuestra Señora de la Estrella, estilo barroco, siglos XVII y XVII; ermita de San Salvador, del siglo XVI; capilla-panteón de Santa Catalina, neogótico, y varias Cruces de camino. En lo civil, la fachada de lo que fue Hospital de Peregrinos, siglo XVI; Hospital de la Orden de Santiago, edificio de mampostería, con enorme escudo con mitra y llaves de San Pedro, siglo XVI; fachada de la Casa del Cristo, siglo XVI y torre del reloj, arcos, puentes y escudos nobiliarios, del siglo XVIII. En lo popular núcleo urbano con viviendas de granito, adobe, pizarra y barro, molinos de cereales, zahurdas, viviendas para quienes cuidaban el ganado en el campo. La heráldica aparece en gran parte de las calles de la localidad. La rejería antigua de ventanas y balcones es de gran riqueza artística y artesanal.
Los restos arqueológicos son tan abundantes que sería casi imposible enumerar todos los existentes en el termino. Los más destacados son:«El Castillejo», recinto fortificado a 650 metros de altitud; «Los Canchuelos», restos de un recinto fortificado del siglo IV a. C.; incluso en las propias calles pueden apreciarse restos de civilizaciones muy antiguas y un gran número de romanos, columnas, capitales, sillares, epígrafes, lápidas funerarias, aras votivas, hasta un total de 80 descubrimientos. Existe, con trazado apreciable, un cordel o cañada que cruza el pueblo y unía Trujillo con Mérida por la Vía de la Plata.
Un dato histórico a resaltar es que en la noche del día 2 de marzo de 1526 pernoctó en el Hospital de Peregrinos el Emperador Carlos V, en su viaje hacía Mérida. Se tienen noticias del entusiasmo de la población y de los suculentos manjares que se ofrecieron al emperador, llegando a saborear el afamado vino curado en las canales de los tejados.
La fiesta popular por excelencia es La Pica, el Lunes de Pascua de cada año, data de 1697.
La gastronomía tiene su sustento en los productos del cerdo ibérico curados a la antigua usanza. Destaca el «vino del tejado», que tras fermentar en las bodegas se llenan botellas que se colocan durante todo el año sobre las canales de los tejados, a la intemperie, consiguiendo por este sistema uno de los mejores caldos que nuestros paladares puedan saborear.
Muy cerca, a 4 kilómetros de Salvatierra, continuando hacía Trujillo, está Ruanes, localidad que en el siglo XVIII llegó a tener el mayor índice de población noble o hidalga de Extremadura, en proporción a sus habitantes; esta clase social abandonó después el lugar y pasó a vivir masivamente en Trujillo donde fueron considerados señoritos, en su mayor parte, esa clase que proliferó en la ciudad de Pizarro sin títulos de nobleza ni académicos, y desde donde atendían sus propiedades; otros fueron a vivir a Cáceres o Madrid para que sus hijos estudiasen carrera, muchos ruanejos destacaron en los campos de la cultura, la medicina, el ejercito, etc., borrando con ello su imagen del pasado; pero nunca perdieron el contacto con su pueblo, aunque la mayoría solo regresaron a la hora de ser sepultados.
El núcleo urbano se encuentra deshabitado actualmente, parece un pueblo fantasma, el pueblo de los ricos e intelectuales ha quedado en nada; presenta el aspecto de antigüedad en toda su pureza, con casonas señoriales en cuya construcción se empleó la pizarra y el ladrillo. Sus edificios
conservan la huella de los señores acaudalados que le habitaron. La mayor prueba de riqueza se muestra en el cementerio, donde existen capillas y mausoleos en los que aún se entierran los descendientes de aquellas poderosas familias. Es un pueblo que permanece intacto, propio para los aficionados a la fotografía o filmaciones. Por sus calles aparecen animales salvajes como gatos, perros, gallinas y aves como la lechuza, grajas, que ambientan el paisaje urbanístico, convirtiéndole a veces en tétrico.
El monumento más representativo actualmente es la iglesia de la Asunción, con estilos gótico y neogótico, data del siglo XV, reconstruyéndose a principios del pasado siglo XIX; de gran valor son las imágenes de San Gregorio (siglo XVI) y la Virgen de la Breva (siglo XVII), que se veneran en ella.
Los restos romanos son muy numerosos en todo el término municipal. Se cree que Ruanes pudo ser la aldea romana denominada «Revuaena», nada de extrañar si se tienen en cuenta esos vestigios. El único mesón existente en Ruanes, situado en la carretera, es un lugar apropiado para la degustación de una buena gastronomía con productos típicos del lugar como el cordero asado, el cochinillo frito y la caldereta, entre otros. Y en Ruanes, también nosotros abandonamos el itinerario, aunque por diferentes razones: las de volver a la actividad cotidiana, pero, eso sí, complacidos de haber conocido estos pueblos y sus riquezas culturales, sus paisajes, su gastronomía, sus costumbres, su progreso y sobre todo la personalidad y bondad de sus gentes que, con su trabajo y sus ingenios, están consiguiendo dar una vuelta de ciento ochenta grados a ese pasado que no les fue tan bondadoso.