Revista Alcántara. nº 58
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EL ESTÚPIDO COMPÁS DE LOS MUERTOS

DAVID REMEDIOS SOLÍS

 

PARTE PRIMERA

 

Conducía un ciento veintiocho color blanco, y me adentré en mitad de una zona boscosa que la carretera atravesaba, para dormir un poco. Estaba cansado. Abrí la ventana para ventilar el coche y el pastor alemán que llevaba conmigo se escapó del vehículo. Salí a buscarlo, pensando que probablemente estaría orinando cerca. Mientras caminaba, me envolvió un olor a manzanas podridas, y un extraño ruido llamó mi atención; miré hacia el interior del bosque. Vi un cuerpo informe flotando entre los árboles y envuelto en una luz intensa. Me asusté, y presa del terror ni siquiera le di el alto, ni me identifiqué. Además, estoy seguro de que aquel extraño ser luminoso no habría respondido a mis órdenes. Con pánico saqué y monté el arma que llevaba en la pistolera del cinturón. En un momento comenzó a escupir plomo como una loca, con un claqueteo metálico y monocorde. En pocos segundos vacié un cargador de nueve balas sobre aquel ser, que en instantes se disolvió en el aire, como si no le hubiese afectado la ráfaga de fuego real que le descargué encima. Mientras el temblor de la pistola me tableteaba la mano al apretar el gatillo, aquella imagen me recorrió por dentro, como si auscultara mi interior sin pedirme permiso. Se me quedó grabada en la mente esa visión extraña y aterradora, y también recuerdo perfectamente cómo saltaban las vainas de las nueve milímetros parabellum a través de la ventanilla de mi Star automática color negro. Diciembre de 1978.

 

Eran las tres y cuarto de la madrugada, y era viernes. Fue para mí la peor noche que he tenido en mi vida. Al amanecer, y tras haber pasado toda la noche en aquel lugar, aturdido, llamé al inspector jefe de mi comisaría por teléfono desde una gasolinera. Se presentaron allí los peritos de la Guardia Civil, y dos militares de lo que entonces se denominaba Centro Superior de Información de la Defensa. Gente de la alta Inteligencia española, aunque a juzgar por sus miradas hieráticas parecían sacados de una película de cine negro. Fueron a comprobar que toda la estrambótica versión de lo que yo había contado era cierta, o si por el contrario estaba como una regadera y por tanto no era apto para continuar en el servicio. Acordonaron toda la zona donde efectué los disparos. Como yo no me moví durante los segundos que duró la descarga de balas, todas las vainas estaban allí, esparcidas por el suelo. Nueve casquillos. Ningún proyectil.

 

Yo sabía perfectamente que todos los disparos habían ido a parar al cuerpo de aquel ser, que tenía como dos veces el tamaño de un hombre corpulento. Clavé mi mirada horrorizada en él, y rígido como un mástil monté, sujeté la pistola y me puse a dispararle en el mismo centro. Cuando se desvaneció, tras haberle descargado encima una ensalada de plomo que habría descuartizado a cualquier ser humano, quedó al descubierto un árbol que había detrás, y que de haber atravesado las balas aquel cuerpo, habrían quedado incrustadas en el tronco. Pero no había ni un solo proyectil, ni en ese árbol ni en los alrededores. Nada. Se los llevó todos él. O ella.

           

Los Guardias y los de Inteligencia, por supuesto no se creían ni media palabra de lo que les conté, pero una cosa tenían muy clara: allí había nueve casquillos de bala, que fueron disparadas aquella noche con mi arma. Y aquellos disparos los hice yo, porque esa pistola era mía y a esa hora yo estaba en aquel bosque. Esos datos no eran suposiciones, sino realidades comprobables y comprobadas. Lo que no había era ninguna cabeza de bala, ni sangre, ni restos de ningún cuerpo, ni tampoco huellas de que allí hubiese habido nada sobre el suelo –excepto mi coche, mi perro y yo–, ni colgado de los árboles; y eso también estaba muy claro. Yo había vaciado un cargador de munición real sobre algo o alguien que ya no estaba allí, y que no dejó ni rastro de su presencia, ni siquiera aquel olor tan desagradable. Aquella era la única realidad, además de haber perdido definitivamente mi pastor alemán.

 

En los sucesivos días varias imágenes recorrieron mi memoria una y otra vez, aterrorizándome, haciendo de mis miedos una realidad cada vez más presente. Por un lado, me horrorizaba el recuerdo de aquel extraño ser al que disparé, y por otro, me atormentaba la pregunta de que si había actuado de aquella manera tan violenta ante esa circunstancia, ¿sería capaz de actuar así también contra un ser humano? La respuesta era sí, y el hecho de albergar la idea de poder matar alguna vez a alguien era para mí una tortura. Quizás nunca debí ingresar en el Cuerpo, y mucho menos acercarme a un arma, porque estaba claro que yo ya había utilizado una, y la había utilizado contra una presencia que, tan sólo por desconocida y por tanto aterradora, me pareció amenazante, aunque aquel ser no hizo nada contra mí; sólo emitió un extraño gemido y se dejó ver.

 

En la comisaría me dieron varios días de permiso, para que me calmara. No convenía, dado mi lamentable estado psicológico, que continuara en ejercicio, al menos hasta que pasaran unas jornadas. Por cierto, que la Policía puso a mi disposición un psicólogo, al cual jamás me atreví a acudir, por vergüenza a desnudar mi subconsciente.

 

PARTE SEGUNDA

 

El día había amanecido con intervalos de nubes y claros, aunque cuando los rayos del sol encontraban vía libre hacia la tierra, daban un calor bastante agradable al contacto con la piel. El año iba cayendo y el frío empezaba a notarse. Acudí a mi trabajo en la oficina a pie.

 

Tras aquel suceso dejé el Cuerpo, aunque hacía tiempo que el susto y la presión psicológica habían sido arrinconados en la oscura hemeroteca de mis profundidades. Nunca me decidí a contarle a mis compañeros de la oficina nada de lo ocurrido durante mi periodo de vida policial, no me habrían creído, y además contarlo no me habría reportado ninguna satisfacción personal. Octubre de 1985.

 

Quizás alguna mujer hubiese podido calmar aquella desazón interior y desfigurada que me atenazaba desde hacía años. Pero sólo quizás, porque a lo peor mis excentricidades hubiesen arrancado de cuajo la raíz de una relación que, no me cabe duda, habría estado formada por un sentimiento unidireccional de desamor absoluto hacia la existencia. Se habría aburrido de mí. Por eso siempre he pensado que para dar amargor a dos vidas mejor que sólo lo padezca una. Economía del sentimiento, lo llamaría algún imbécil: yo.

 

Por otra parte, desde hacía tiempo me había convertido en un ser asustadizo, aunque de apariencia quieta y absoluto inmovilismo exterior, lo cual me hacía aún más frágil. Como el cristal, que debido a su extrema dureza y por su falta de flexibilidad, es desoladoramente quebradizo. El cristal es frío, transparente, puro, duro y estúpido. Estúpido porque deja pasar la realidad a través de sí mismo, sin la posibilidad de atrapar aquellas cosas cuya imagen atraviesan su cuerpo, algunas de una belleza eficaz y jugosa. Lo que hace el cristal es vidriarlas.

 

Desde que sucediese aquel episodio, cuyo retorno a la memoria me delataba herido, me sentía ir con frecuencia al estado donde las almas son la única realidad. Me parecía estar cerca de la muerte. Y esa muerte que yo iba conociendo, cada vez con mayor despreocupación y atrevimiento, hedía a manzanas podridas.

 

Solía pasear por las noches en ausencia de compañía, a solas por los desfiladeros de mis pensamientos más angostos. Gustaba de adentrarme en la oscuridad con frecuencia, aunque en realidad lo hacía por el malvado deseo de volver a la realidad que siete años antes me había cambiado la vida. Pero nunca pasaba nada en esa oscuridad. Me gustaba volver directo de la oficina a casa por las tardes, para tomar un café en compañía de mi aparato de radio, cuyos colores planos y en diferentes tonos de negro me resultaban especialmente atractivos.

 

Llegó mi cumpleaños, marzo de 1985, y decidí hacer un alarde de generosidad conmigo mismo regalándome nada. Me levanté, y como quien presiente un día algo exaltado, tomé mi café con más recelo de lo habitual, y sin estar totalmente convencido de haberme despejado del todo, me marché con más celeridad de la acostumbrada al trabajo, como si algún empuje involuntario me expulsara de mi propia casa. Al cerrar la puerta, las vueltas de la llave sonaron a incertidumbre. Crucé el vestíbulo con la inquietud de quien cree estar siendo observado. Odiaba que me mirasen clandestinamente, pero aquella mañana los ojos agudos y punzantes de una presencia observadora e incorpórea se clavaron en mí. Me estaba mirando, pero a medida que me fui alejando de mi casa aquella percepción se fue haciendo cada vez más pequeña. Tenía muy claro que entre aquellas paredes había surgido algo aterrador. Un golpe, un gemido, el aullido de un gato celoso o el crujir de una madera no eran signos de temor para mí. Notar aquella presencia no se ponía de manifiesto en sensaciones audibles, visibles o palpables. Aquello se percibía a través de un sentido cuyo órgano principal no estaba en el cuerpo, sino en la inquietud del alma, a pesar de que esa sensación sí que despedía un olor a manzanas podridas, mortecino y viscoso.

 

Cuando llegué a casa desde el trabajo, aquel olor que de vez en cuando me venía a la mente con cierta facilidad mediante la memoria olfativa, se hizo físicamente presente a partir del vestíbulo. Me puse muy nervioso, mi pulso se aceleró súbitamente cuando al tocar las llaves para abrir la puerta, noté en el metal un frío que me acuchilló el ánimo. La puerta parecía tener un color más oscuro del habitual, y además se abrió con extremada suavidad. Una vez hube abierto, nada pudo detenerme, como atraído por una fuerza sobrenatural penetré en aquella estancia, que horas antes era mi casa. Y allí estaba, luminoso, flotante, gemidor. Era el horror. Eché mano de la pistola que ya no llevaba en el cinturón, queriendo disparar unas balas que ya no tenía, para matar aquello a lo que ya no podía escapar más. Nunca más. La voz no lograba salir de mi tórax, cuando al querer gritar con fuerza para pedir auxilio lo único que pude emitir fue un patético sonido laríngeo parecido a la tos asmática de un moribundo. Y vi claramente que no podía hacer otra cosa sino abandonarme a ello, a pesar de mis miedos.

 

A la mañana siguiente desperté, y me encontré dormido en el suelo de la entrada de mi casa. Me levanté y recordé, con una inquietante tranquilidad, el episodio sucedido la tarde antes, solo que allí ya no estaba aquel ser; en su lugar había nueve proyectiles depositados en el suelo, sin vaina, que parecían haber sido disparados, pero sin signo alguno de haber golpeado en ningún sitio.

 

Y el caso es que todas y cada una de mis cosas estaban en su lugar, tal y como las había dejado. Por otra parte, me sentía como si hubiese perdido la rigidez de mis músculos cansados. Parecía no pesar nada, y estaba rodeado de una leve oscuridad que mezclada con la luz que entraba insolente por la ventana, parecía envolverme. Era una combinación antagónica que me atraía. Además, los sonidos eran distintos, porque retumbaban con un eco húmedo, un tanto escalofriante. La realidad se presentaba ante mí tamizada como por el efecto de una gasa semitransparente. Había cambiado la forma en que percibía las cosas, parecía como si las estuviese viendo desde el otro lado de la existencia.

 

Me había sumergido en un reposo espiritual muy raro, que combinaba la seguridad en mí mismo con la inquietud de no saber exactamente lo que pasaba. Sonó el teléfono, pero a pesar de mi empeño, no logré coordinar mis movimientos para contestar. Parecía estar impulsado por una voluntad exterior que me impedía mantener contacto con mis semejantes.

 

A medida que fueron pasando las horas, reparé en que me había olvidado de aquello de lo que nadie, por muy despistado que fuese, se olvida nunca: las funciones vitales. Llevaba nueve horas sin ingerir ningún tipo de bebida ni de comida, sin ir al baño. Incluso se me olvidó cómo se respiraba, aunque por lo que estaba experimentando no necesitaba recordarlo.

 

Realmente mi forma de vida había cambiado. Ya no necesitaba nada para vivir, y lo único que me desagradaba de mi nueva existencia era el olor vomitivo a manzanas podridas que inundaba todo, y al cual no lograba acostumbrarme, por mucho tiempo que lograse permanecer en él. El sentido del olfato era el único que se asemejaba en ciertos momentos a la cadena de percepciones que habitualmente tiene un ser humano. Por lo demás, no me sentía en absoluto incómodo. Por supuesto, aquel ser que se me volvió a aparecer por segunda vez, a la entrada de mi casa, no estaba presente ya, aunque su recuerdo no me hería en el pensamiento como antes, sino que ahora parecía no provocar en mí más que una cierta indiferencia.

 

Naturalmente, si aquella era mi nueva forma de vida, pensé que en absoluto podría ser mala, si bien al contrario un mundo donde no necesitas consumir energía exterior para mantenerte, era signo –casi– de inmortalidad.

 

Estuve varios días recorriendo mi casa, como si a cada paso que diese hubiera ido redescubriendo una realidad que ya conocía, pero desde otro plano. Miré en mis cajones, y observé que todo seguía igual que lo había dejado. Abrí la nevera, sintiendo la necesidad de volver a cerrarla porque lo que allí había me parecía innecesario, pues no lo necesitaba para seguir viviendo. Pero aquellas nueve balas…

 

Tras volver a analizar repetidamente la existencia tal y como la veía ahora, quise hacer un esfuerzo por tratar de entender lo que me estaba pasando, pero nunca pude asimilar aquello de una forma puramente humana, porque estaba muerto.

 

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