|
EL
ESTÚPIDO COMPÁS DE LOS MUERTOS
DAVID
REMEDIOS SOLÍS
PARTE
PRIMERA
Conducía
un ciento veintiocho color blanco, y me adentré en mitad de una zona
boscosa que la carretera atravesaba, para dormir un poco. Estaba cansado.
Abrí la ventana para ventilar el coche y el pastor alemán que llevaba
conmigo se escapó del vehículo. Salí a buscarlo, pensando que
probablemente estaría orinando cerca. Mientras caminaba, me envolvió un
olor a manzanas podridas, y un extraño ruido llamó mi atención; miré
hacia el interior del bosque. Vi un cuerpo informe flotando entre los árboles
y envuelto en una luz intensa. Me asusté, y presa del terror ni siquiera
le di el alto, ni me identifiqué. Además, estoy seguro de que aquel
extraño ser luminoso no habría respondido a mis órdenes. Con pánico
saqué y monté el arma que llevaba en la pistolera del cinturón. En un
momento comenzó a escupir plomo como una loca, con un claqueteo metálico
y monocorde. En pocos segundos vacié un cargador de nueve balas sobre
aquel ser, que en instantes se disolvió en el aire, como si no le hubiese
afectado la ráfaga de fuego real que le descargué encima. Mientras el
temblor de la pistola me tableteaba la mano al apretar el gatillo, aquella
imagen me recorrió por dentro, como si auscultara mi interior sin pedirme
permiso. Se me quedó grabada en la mente esa visión extraña y
aterradora, y también recuerdo perfectamente cómo saltaban las vainas de
las nueve milímetros parabellum a través de la ventanilla de mi Star
automática color negro. Diciembre de 1978.
Eran
las tres y cuarto de la madrugada, y era viernes. Fue para mí la peor
noche que he tenido en mi vida. Al amanecer, y tras haber pasado toda la
noche en aquel lugar, aturdido, llamé al inspector jefe de mi comisaría
por teléfono desde una gasolinera. Se presentaron allí los peritos de la
Guardia Civil, y dos militares de lo que entonces se denominaba Centro
Superior de Información de la Defensa. Gente de la alta Inteligencia española,
aunque a juzgar por sus miradas hieráticas parecían sacados de una película
de cine negro. Fueron a comprobar que toda la estrambótica versión de lo
que yo había contado era cierta, o si por el contrario estaba como una
regadera y por tanto no era apto para continuar en el servicio.
Acordonaron toda la zona donde efectué los disparos. Como yo no me moví
durante los segundos que duró la descarga de balas, todas las vainas
estaban allí, esparcidas por el suelo. Nueve casquillos. Ningún
proyectil.
Yo
sabía perfectamente que todos los disparos habían ido a parar al cuerpo
de aquel ser, que tenía como dos veces el tamaño de un hombre
corpulento. Clavé mi mirada horrorizada en él, y rígido como un mástil
monté, sujeté la pistola y me puse a dispararle en el mismo centro.
Cuando se desvaneció, tras haberle descargado encima una ensalada de
plomo que habría descuartizado a cualquier ser humano, quedó al
descubierto un árbol que había detrás, y que de haber atravesado las
balas aquel cuerpo, habrían quedado incrustadas en el tronco. Pero no había
ni un solo proyectil, ni en ese árbol ni en los alrededores. Nada. Se los
llevó todos él. O ella.
Los
Guardias y los de Inteligencia, por supuesto no se creían ni media
palabra de lo que les conté, pero una cosa tenían muy clara: allí había
nueve casquillos de bala, que fueron disparadas aquella noche con mi arma.
Y aquellos disparos los hice yo, porque esa pistola era mía y a esa hora
yo estaba en aquel bosque. Esos datos no eran suposiciones, sino
realidades comprobables y comprobadas. Lo que no había era ninguna cabeza
de bala, ni sangre, ni restos de ningún cuerpo, ni tampoco huellas de que
allí hubiese habido nada sobre el suelo –excepto mi coche, mi perro y
yo–, ni colgado de los árboles; y eso también estaba muy claro. Yo había
vaciado un cargador de munición real sobre algo o alguien que ya no
estaba allí, y que no dejó ni rastro de su presencia, ni siquiera aquel
olor tan desagradable. Aquella era la única realidad, además de haber
perdido definitivamente mi pastor alemán.
En
los sucesivos días varias imágenes recorrieron mi memoria una y otra
vez, aterrorizándome, haciendo de mis miedos una realidad cada vez más
presente. Por un lado, me horrorizaba el recuerdo de aquel extraño ser al
que disparé, y por otro, me atormentaba la pregunta de que si había
actuado de aquella manera tan violenta ante esa circunstancia, ¿sería
capaz de actuar así también contra un ser humano? La respuesta era sí,
y el hecho de albergar la idea de poder matar alguna vez a alguien era
para mí una tortura. Quizás nunca debí ingresar en el Cuerpo, y mucho
menos acercarme a un arma, porque estaba claro que yo ya había utilizado
una, y la había utilizado contra una presencia que, tan sólo por
desconocida y por tanto aterradora, me pareció amenazante, aunque aquel
ser no hizo nada contra mí; sólo emitió un extraño gemido y se dejó
ver.
En
la comisaría me dieron varios días de permiso, para que me calmara. No
convenía, dado mi lamentable estado psicológico, que continuara en
ejercicio, al menos hasta que pasaran unas jornadas. Por cierto, que la
Policía puso a mi disposición un psicólogo, al cual jamás me atreví a
acudir, por vergüenza a desnudar mi subconsciente.
PARTE
SEGUNDA
El
día había amanecido con intervalos de nubes y claros, aunque cuando los
rayos del sol encontraban vía libre hacia la tierra, daban un calor
bastante agradable al contacto con la piel. El año iba cayendo y el frío
empezaba a notarse. Acudí a mi trabajo en la oficina a pie.
Tras
aquel suceso dejé el Cuerpo, aunque hacía tiempo que el susto y la presión
psicológica habían sido arrinconados en la oscura hemeroteca de mis
profundidades. Nunca me decidí a contarle a mis compañeros de la oficina
nada de lo ocurrido durante mi periodo de vida policial, no me habrían
creído, y además contarlo no me habría reportado ninguna satisfacción
personal. Octubre de 1985.
Quizás
alguna mujer hubiese podido calmar aquella desazón interior y desfigurada
que me atenazaba desde hacía años. Pero sólo quizás, porque a lo peor
mis excentricidades hubiesen arrancado de cuajo la raíz de una relación
que, no me cabe duda, habría estado formada por un sentimiento
unidireccional de desamor absoluto hacia la existencia. Se habría
aburrido de mí. Por eso siempre he pensado que para dar amargor a dos
vidas mejor que sólo lo padezca una. Economía del sentimiento, lo llamaría
algún imbécil: yo.
Por
otra parte, desde hacía tiempo me había convertido en un ser asustadizo,
aunque de apariencia quieta y absoluto inmovilismo exterior, lo cual me
hacía aún más frágil. Como el cristal, que debido a su extrema dureza
y por su falta de flexibilidad, es desoladoramente quebradizo. El cristal
es frío, transparente, puro, duro y estúpido. Estúpido porque deja
pasar la realidad a través de sí mismo, sin la posibilidad de atrapar
aquellas cosas cuya imagen atraviesan su cuerpo, algunas de una belleza
eficaz y jugosa. Lo que hace el cristal es vidriarlas.
Desde
que sucediese aquel episodio, cuyo retorno a la memoria me delataba
herido, me sentía ir con frecuencia al estado donde las almas son la única
realidad. Me parecía estar cerca de la muerte. Y esa muerte que yo iba
conociendo, cada vez con mayor despreocupación y atrevimiento, hedía a
manzanas podridas.
Solía
pasear por las noches en ausencia de compañía, a solas por los
desfiladeros de mis pensamientos más angostos. Gustaba de adentrarme en
la oscuridad con frecuencia, aunque en realidad lo hacía por el malvado
deseo de volver a la realidad que siete años antes me había cambiado la
vida. Pero nunca pasaba nada en esa oscuridad. Me gustaba volver directo
de la oficina a casa por las tardes, para tomar un café en compañía de
mi aparato de radio, cuyos colores planos y en diferentes tonos de negro
me resultaban especialmente atractivos.
Llegó
mi cumpleaños, marzo de 1985, y decidí hacer un alarde de generosidad
conmigo mismo regalándome nada. Me levanté, y como quien presiente un día
algo exaltado, tomé mi café con más recelo de lo habitual, y sin estar
totalmente convencido de haberme despejado del todo, me marché con más
celeridad de la acostumbrada al trabajo, como si algún empuje
involuntario me expulsara de mi propia casa. Al cerrar la puerta, las
vueltas de la llave sonaron a incertidumbre. Crucé el vestíbulo con la
inquietud de quien cree estar siendo observado. Odiaba que me mirasen
clandestinamente, pero aquella mañana los ojos agudos y punzantes de una
presencia observadora e incorpórea se clavaron en mí. Me estaba mirando,
pero a medida que me fui alejando de mi casa aquella percepción se fue
haciendo cada vez más pequeña. Tenía muy claro que entre aquellas
paredes había surgido algo aterrador. Un golpe, un gemido, el aullido de
un gato celoso o el crujir de una madera no eran signos de temor para mí.
Notar aquella presencia no se ponía de manifiesto en sensaciones
audibles, visibles o palpables. Aquello se percibía a través de un
sentido cuyo órgano principal no estaba en el cuerpo, sino en la
inquietud del alma, a pesar de que esa sensación sí que despedía un
olor a manzanas podridas, mortecino y viscoso.
Cuando
llegué a casa desde el trabajo, aquel olor que de vez en cuando me venía
a la mente con cierta facilidad mediante la memoria olfativa, se hizo físicamente
presente a partir del vestíbulo. Me puse muy nervioso, mi pulso se aceleró
súbitamente cuando al tocar las llaves para abrir la puerta, noté en el
metal un frío que me acuchilló el ánimo. La puerta parecía tener un
color más oscuro del habitual, y además se abrió con extremada
suavidad. Una vez hube abierto, nada pudo detenerme, como atraído por una
fuerza sobrenatural penetré en aquella estancia, que horas antes era mi
casa. Y allí estaba, luminoso, flotante, gemidor. Era el horror. Eché
mano de la pistola que ya no llevaba en el cinturón, queriendo disparar
unas balas que ya no tenía, para matar aquello a lo que ya no podía
escapar más. Nunca más. La voz no lograba salir de mi tórax, cuando al
querer gritar con fuerza para pedir auxilio lo único que pude emitir fue
un patético sonido laríngeo parecido a la tos asmática de un moribundo.
Y vi claramente que no podía hacer otra cosa sino abandonarme a ello, a
pesar de mis miedos.
A
la mañana siguiente desperté, y me encontré dormido en el suelo de la
entrada de mi casa. Me levanté y recordé, con una inquietante
tranquilidad, el episodio sucedido la tarde antes, solo que allí ya no
estaba aquel ser; en su lugar había nueve proyectiles depositados en el
suelo, sin vaina, que parecían haber sido disparados, pero sin signo
alguno de haber golpeado en ningún sitio.
Y
el caso es que todas y cada una de mis cosas estaban en su lugar, tal y
como las había dejado. Por otra parte, me sentía como si hubiese perdido
la rigidez de mis músculos cansados. Parecía no pesar nada, y estaba
rodeado de una leve oscuridad que mezclada con la luz que entraba
insolente por la ventana, parecía envolverme. Era una combinación antagónica
que me atraía. Además, los sonidos eran distintos, porque retumbaban con
un eco húmedo, un tanto escalofriante. La realidad se presentaba ante mí
tamizada como por el efecto de una gasa semitransparente. Había cambiado
la forma en que percibía las cosas, parecía como si las estuviese viendo
desde el otro lado de la existencia.
Me
había sumergido en un reposo espiritual muy raro, que combinaba la
seguridad en mí mismo con la inquietud de no saber exactamente lo que
pasaba. Sonó el teléfono, pero a pesar de mi empeño, no logré
coordinar mis movimientos para contestar. Parecía estar impulsado por una
voluntad exterior que me impedía mantener contacto con mis semejantes.
A
medida que fueron pasando las horas, reparé en que me había olvidado de
aquello de lo que nadie, por muy despistado que fuese, se olvida nunca:
las funciones vitales. Llevaba nueve horas sin ingerir ningún tipo de
bebida ni de comida, sin ir al baño. Incluso se me olvidó cómo se
respiraba, aunque por lo que estaba experimentando no necesitaba
recordarlo.
Realmente
mi forma de vida había cambiado. Ya no necesitaba nada para vivir, y lo
único que me desagradaba de mi nueva existencia era el olor vomitivo a
manzanas podridas que inundaba todo, y al cual no lograba acostumbrarme,
por mucho tiempo que lograse permanecer en él. El sentido del olfato era
el único que se asemejaba en ciertos momentos a la cadena de percepciones
que habitualmente tiene un ser humano. Por lo demás, no me sentía en
absoluto incómodo. Por supuesto, aquel ser que se me volvió a aparecer
por segunda vez, a la entrada de mi casa, no estaba presente ya, aunque su
recuerdo no me hería en el pensamiento como antes, sino que ahora parecía
no provocar en mí más que una cierta indiferencia.
Naturalmente,
si aquella era mi nueva forma de vida, pensé que en absoluto podría ser
mala, si bien al contrario un mundo donde no necesitas consumir energía
exterior para mantenerte, era signo –casi– de inmortalidad.
Estuve
varios días recorriendo mi casa, como si a cada paso que diese hubiera
ido redescubriendo una realidad que ya conocía, pero desde otro plano.
Miré en mis cajones, y observé que todo seguía igual que lo había
dejado. Abrí la nevera, sintiendo la necesidad de volver a cerrarla
porque lo que allí había me parecía innecesario, pues no lo necesitaba
para seguir viviendo. Pero aquellas nueve balas…
Tras
volver a analizar repetidamente la existencia tal y como la veía ahora,
quise hacer un esfuerzo por tratar de entender lo que me estaba pasando,
pero nunca pude asimilar aquello de una forma puramente humana, porque
estaba muerto.
|
|