Revista Alcántara. nº 58
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AL LEER A T. S. ELIOT

SANTOS DOMÍNGUEZ RAMOS

 

AL LEER A T.S. ELIOT

 

I

At the violet hour…

(T. S. Eliot)

 

Segregará la tarde

su lenta escarcha dura

sobre el fulgor macabro de la hierba y las hojas

que el otoño fermenta con sus rayos oblicuos.

 

Con su opaca costumbre de sombras y fogatas

destilarán en las fuentes el zumo del helecho,

el veneno del cuarzo por la floresta negra.

Ahí su efusión sesgada con ángeles y teas

sobre el ala de cuervo del horizonte bajo

de donde son las luces rojas de los fanales

pálidos de los trenes.

 

Como una ponzoñosa neblina amarillenta,

con olores mojados y cortezas con lepra,

subirá de las turbias raíces de los robles

la llamada secreta del musmo y de la ortiga

que alimentan la oscura procesión de sus jugos

cuando estalla la espora por las hojas podridas

en el talco del cráneo o la boca del buey.

 

Donde el cepo su herrumbre, en los ojos del lobo,

allí las nervaduras reclaman su sutento:

lo que desprecia el buitre y pule la intemperie.

 

II

El tiempo y la campana han enterrado al día

(T. S. Eliot)

 

Ay del que entonces vele o camine cansado

bajo el frío. Ay del solo

al que el recuerdo empape con un temblor de hogueras

nubladas por la lágrima extensa del viajero

que se ha sentado, póstumo, al borde del camino,

a contemplar el cerco de las luces sin fondo

y a escuchar las gabarras que arrastran sus cadenas,

como una pesadilla, por los mares sin luna.

 

III

Están presente y pasado presentes tal vez en el futuro

(T. S. Eliot)

 

Fluvial baja la rama

hacia un futuro áspero de turbios remolinos.

 

Se equivocó el efesio. El mar nos la devuelve

igual que nos devuelve el futuro al pasado

por el camino estrecho de la infelicidad.

 

Sólo al que azota el viento largo de la tristeza

le sirven los recuerdos. El feliz da al presente

sus ofrendas de frutos y flores y semanas.

 

Por la cíclica noria y el agua circular

van pasado y presente sobre sus cangilones

con el mismo quejido sobre el agua perdida.

 

IV

Los que bailaban yacen bajo el cerro

(T. S. Eliot)

 

Feliz de la serpiente que arrastra su ondulante

anatomía viscosa por la tierra nocturna.

Mineral se acompasa su cansancio reptil

al compás de rutina del reloj de los astros

y al ciclo subterráneo del hongo y el gusano.

Mientras cuenta las largas sílabas del silencio

su helado corazón de pedernal y luna

ejerce una costumbre de muerte transitoria,

igual que la corteza y las cuencas vacías

su lento similacro blanco bajo la nieve.

 

 

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