|
Segregará
la tarde
su
lenta escarcha dura
sobre
el fulgor macabro de la hierba y las hojas
que
el otoño fermenta con sus rayos oblicuos.
Con
su opaca costumbre de sombras y fogatas
destilarán
en las fuentes el zumo del helecho,
el
veneno del cuarzo por la floresta negra.
Ahí
su efusión sesgada con ángeles y teas
sobre
el ala de cuervo del horizonte bajo
de
donde son las luces rojas de los fanales
pálidos
de los trenes.
Como
una ponzoñosa neblina amarillenta,
con
olores mojados y cortezas con lepra,
subirá
de las turbias raíces de los robles
la
llamada secreta del musmo y de la ortiga
que
alimentan la oscura procesión de sus jugos
cuando
estalla la espora por las hojas podridas
en
el talco del cráneo o la boca del buey.
Donde
el cepo su herrumbre, en los ojos del lobo,
allí
las nervaduras reclaman su sutento:
lo
que desprecia el buitre y pule la intemperie.
|