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Vanos
La
solidez constructiva viene acrecentada por la falta de ventanas en sus
paramentos, en la que sólo suele aparecer una puerta de acceso
rectangular. El hueco de la puerta está sostenido por un dintel de una
gran laja pizarrosa (FOTO 11). La altura suele ser inferior a la
altura media humana. Y la anchura no superior a los 80 cm. Los huecos
raramente están acompañadas de puertas de madera, siendo lo normal
utilizar haces de ramas. En ocasiones existen vanos exteriores de
reducidas dimensiones o interiores, como hornacinas, para colocar algunos
objetos (FOTO 12). Además de la puerta es usual que exista otra
abertura en el centro de la cúpula. Este agujero sirve para dar luz al
interior y como salida de humo. Dicha abertura puede cerrarse con una gran
piedra que se retira o coloca según el interés de los usuarios.
Foto
4. Manejo y precisión en las hileras del anillo circular.
Sistema
constructivo
Toda
la estructura depende del manejo y sabiduría en la colocación de las
hileras por parte de los pedreros (FOTO 4). La escasa dificultad técnica
y la reducida tecnología aplicada no implican que el sistema en global no
requiera cierta complejidad y sabiduría empírica. Aunque carecen de
cimentación, se suele preparar el suelo aplanando y marcando la primera
hilera de piedras (FOTO 5). Luego se suceden las hiladas hasta
levantar el círculo de piedras al metro de altura. En ese momento, la
tendencia a la convergencia de los paramentos y la tendencia a cerrar el
hueco poco a poco se hace evidente (FOTO 6). Cuando la altura del
muro es proporcional a la anchura y el dintel de la puerta está trabado,
la cornisa marcará el inicio del cerramiento por aproximación de
hileras, para ello se utilizan lajas de pizarra más alargadas, lo cual
permite ir cerrando la falsa cúpula (FOTO 7). El último hueco
central puede cerrarse o abrirse a voluntad (FOTO 8). A continuación
se suele recubrir con tierra o barro, con lo que se logra un excelente
aislamiento (FOTO 9). Por último se procede a limpiar el muro por
dentro y se procede a una tarea más minuciosa de colocación de piedras
diminutas o ripiado entre los huecos dejados por las piedras
mayores.
Foto
5. Primeras hileras de piedras.
Foto
6. Inicio de la convergencia de los paramentos.
La
pérdida de la funcionalidad económica y social de los chozos ha
provocado la desaparición de estas construcciones, tan abundantes en el
pasado y en el paisaje rural de nuestros campos, en ello han influido
varios elementos:
–
El proceso de modernización y adaptación a los cambios socioeconómicos
que han tenido lugar en España desde mediados del último siglo ha tenido
como finalidad la reducción de la mano de obra rural, la emigración a
las ciudades y el abandono de trabajos y oficios artesanales
conceptualizados desde entonces como “atrasados” y poco rentables.
–
La producción agrícola y ganadera se ha intensificado recurriendo a
maquinarías, abonos químicos, semillas seleccionadas, granjas
especializadas, piensos industriales, cercados metálicos,
que
retroalimentan el propio sistema capitalista.
–
La tendencia consumista y mercantilista de la sociedad contemporánea
requiere la obsolescencia de sus objetos y el recambio permanente en el
juego de necesidades y deseos.
–
Los nuevos materiales y recursos arquitectónicos hicieron que las meras
piedras, naturales y “brutas”, escaparan a los procesos de
racionalización, mercantilización y control capitalista (pero no las
piedras artificiales o tratadas). El trabajo manual con ellas resultó
improductivo, pesado y lento, pese a que estos mismos valores fueron
vistos en el pasado como valores positivos asociados a la solidez, la
dedicación y el esfuerzo, la permanencia, la tradición, y en suma, el
trabajo bien hecho.
Foto
7. Cerrando el chozo.
4.
EL LENGUAJE OCULTO DE LAS PIEDRAS
Nos
levantábamos ilusionados a las seis de la mañana para aprovechar el
frescor de esas primeras horas y llegaban las dos del mediodía sin darnos
cuenta, obsesionados por los círculos de piedras que íbamos componiendo.
Conforme pasaban las horas el sol apretaba y volvía el barro
caliente
y las piedras más toscas y silenciosas. Ver trabajar a Jesús y Amadeo
era recuperar una memoria de esfuerzos titánicos olvidados y
despreciados, una empresa de miles de arquitectos iletrados y anónimos
que humanizaron el paisaje y dieron nombres a las cosas y los territorios
con sólo sus manos y escasos recursos. Cada piedra colocada restituía
los saberes populares perdidos y el recuerdo de miles de brazos que
tocaron la tierra y se hicieron hombres. Sus bromas y chanzas, sus órdenes
y fuerzas, sus sudores y torceduras, sus disputas y accidentes, su sangre
y sus esperanzas.
En
el sabio trabajo de los pedreros y parederos (pareros), modestos
alarifes de chozos y cercas, poceros y canteros, se desvelaban también
los procesos y dispositivos históricos de las manifestaciones de poder
locales o nacionales que habían convertido a esas actividades y sus
construcciones menores agropecuarias en doblemente olvidadas. Olvidadas de
la “verdadera” y encumbrada arquitectura, y subalternas de otras
edificaciones y oficios rurales (Hernández León, 1999). Pero además,
manifestaban las resistencias del pueblo a esos procesos, su persistencia
y tenacidad frente la adversidad y la naturaleza, su alejamiento de los
poderes y su denodado optimismo en la reiteración de formas acordes con
el entorno y las necesidades humanas. Cada piedra encajada en su sitio
devolvía el orden al caos y daba sentido al mundo en un ritual que parecía
mágico.
Foto
8. Últimos huecos.
Porque
los chozos, buhardas o muros son construcciones que expresan el
resultado de la adopción de patrones compartidos, modelos de valores y
creencias, de inseguridades y deseos. Representan las condiciones
socio-económicas y ecológico-culturales colectivas pero permitían
ciertas variaciones individuales y locales. Pese a la pobreza de sus
materiales, consecuencia directa de la utilización de recursos próximos
y no costosos en la zona y de su uso esporádico por pastores y
labradores, espacios ocupados tan sólo periódicamente en la rotación de
los ganados o en los trabajos agrarios, esconden la belleza de su
simplicidad y perfección, la dialéctica del trabajo humano como síntesis
de la relación del hombre con la naturaleza, la ingenuidad de toda creación
como compromiso y vocación con la obra y los materiales. Sin embargo, los
espacios de estas edificaciones inadvertidas y auxiliares (debido a la
funcionalidad económica directa de su concepción), no sólo eran
apropiadas económicamente sino culturalmente. Su integración en el
paisaje las hacía naturales a la par que extraordinariamente funcionales
fruto de arquitecturas aceptadas y compartidas. De esta manera, “los
espacios no sólo son utilizados
económicamente sino también concebidos socialmente, así los diferentes
elementos arquitectónicos manifiestan las distintas posiciones en la
jerarquía social. No en vano los pastores, habitantes de las chozas,
ocupan una posición muy baja en la escala social: a la funcionalidad económica
del espacio se le une una concepción social que diversifica los espacios
según sus usuarios” (Hernández León, 1999: 87). Así pues, la
arquitectura rural de los chozos expresaba su lejanía del espacio social,
la distancia simbólica respecto a otras construcciones más cercanas a
las jerarquías establecidas en los pueblos o en los cortijos. Su carácter
circular les hacía inconmensurables con las viviendas y la sociedad.

Foto 9. Cubierta de barro.
Al
cabo, no podemos olvidar otras aspectos. La sociedad tradicional no era un
paraíso. Como toda sociedad estaba sometida a conflictos y
contradicciones, miserias e injusticias, cambios y desajustes, debido a su
carácter vivo y dinámico. El trabajo de los pedreros también los
reflejaba.
A
la construcción de los primeros cercados y barreras en tierras comunales
o de propios, destinados a la rotación de pastos para el ganado, la
protección de cultivos, la eliminación de piedras y rocas molestas o la
retención de tierras en pendientes, le siguieron el desarrollo paulatino
de la propiedad privada y la sucesión paciente o conflictiva de
herencias, compraventas y particiones, datas e hijuelas.
Pero
volvamos a escuchar el lenguaje de las piedras. Porque Jesús Díaz y
otros tantos alarifes, picapedreros, pedreros y poceros, conocían su gramática
y su sintaxis. Cada piedra estaba dotada de una cualidad que la hacía
insustituible. “Todas valen. No hay piedra mala. Unas valen para
relleno, otras para contrafuertes, techumbres o esquinas” me decía.
En sus manos cada piedra hablaba y comunicaba el lugar y posición
apropiada en el chozo o en la cerca, algo que el torpe aprendiz de etnógrafo
no alcanzaba a comprender y demoraba su colocación tanteando varias
posibilidades vanas. Pero al igual que las piedras tienen sus virtudes: “qué
piedra más buena…, esta que me traes si que es perfecta…, cae por su
peso de lo buena que es…, que buena amiga te traigo…”, bondad,
adaptabilidad, aplomo, compañerismo con otras de su especie; tienen sus
vicios, por eso su conocimiento es fundamental: “las piedras no
tienen amigos, detrás de cada piedra puede haber un alacrán, una
serpiente o un corte en las manos, por eso requieren mimo, cuidado y
respeto…, Las piedras malas y mal puestas se dicen unas a otras: se ha
muerto mi mejor amigo que todas las faltas me tapaba (el barro)”. Este
carácter moral proyectado al trabajo con piedras nos recuerda el origen
de los valores referidos a las necesidades y deseos. Y junto a las
cualidades axiológicas los aspectos estéticos: “que piedra más
bonita…, vaya lo fea que es…, has visto la cara tan bonita que
tiene…, esto es una cara limpia…, que mal asiento tiene…, que fea y
torcida…, vaya compostura y cuerpo tiene esta laja… hay piedras como
rabiacanes, que no asientan y te rabian las manos y te machacan los
dedos”.
Los
paredones cercas y los chozos tenían su firma. Mientras las gentes convivían
con sus constructores conocían quien había hecho tal cercado, paredón o
muro por su aspecto, virtudes o defectos. Había propietarios o
pedreros que les gustaba carear mucho, ofrecer siempre las mejores
caras de las piedras a la vista pero descuidaban los reveses quedando el
peor aspecto para el interior de la cerca de la propiedad o del chozo.
Otros abusaban de las piedras soga, grandes piedras alargadas que
permitían adelantar el trabajo pero que hacían perder solides a la pared
de la cerca o del chozo. Por último, otros optaban por la solidez y
anchura de la construcción, con abundantes piedras llave que
cruzaban como contrafuertes sobre los muros y que impedían en caso de
derrumbes destrozos mayores.
Finalizamos
el texto con estas palabras de Jesús que sintetizan los cambios sociales,
las frustraciones y dependencia económica, los saberes ecológicos y el
valor de la tradición: “Si
las aceitunas valiesen bien estaría dispuesto a hacer paredones de plata
a cada olivo, pero ahora apenas valen y por todos sitios se caen paredones
y la gente no los repara o meten una oruga o un tractor para derrumbarlos
sin saber que con el tiempo perderán la tierra y perderán el olivo…
tanto trabajo para nada”.

Foto
10. El muro y sus autores.
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