Revista Alcántara. nº 58
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Vanos

 

La solidez constructiva viene acrecentada por la falta de ventanas en sus paramentos, en la que sólo suele aparecer una puerta de acceso rectangular. El hueco de la puerta está sostenido por un dintel de una gran laja pizarrosa (FOTO 11). La altura suele ser inferior a la altura media humana. Y la anchura no superior a los 80 cm. Los huecos raramente están acompañadas de puertas de madera, siendo lo normal utilizar haces de ramas. En ocasiones existen vanos exteriores de reducidas dimensiones o interiores, como hornacinas, para colocar algunos objetos (FOTO 12). Además de la puerta es usual que exista otra abertura en el centro de la cúpula. Este agujero sirve para dar luz al interior y como salida de humo. Dicha abertura puede cerrarse con una gran piedra que se retira o coloca según el interés de los usuarios.

  

 

Foto 4. Manejo y precisión en las hileras del anillo circular.

 

Sistema constructivo

 

Toda la estructura depende del manejo y sabiduría en la colocación de las hileras por parte de los pedreros (FOTO 4). La escasa dificultad técnica y la reducida tecnología aplicada no implican que el sistema en global no requiera cierta complejidad y sabiduría empírica. Aunque carecen de cimentación, se suele preparar el suelo aplanando y marcando la primera hilera de piedras (FOTO 5). Luego se suceden las hiladas hasta levantar el círculo de piedras al metro de altura. En ese momento, la tendencia a la convergencia de los paramentos y la tendencia a cerrar el hueco poco a poco se hace evidente (FOTO 6). Cuando la altura del muro es proporcional a la anchura y el dintel de la puerta está trabado, la cornisa marcará el inicio del cerramiento por aproximación de hileras, para ello se utilizan lajas de pizarra más alargadas, lo cual permite ir cerrando la falsa cúpula (FOTO 7). El último hueco central puede cerrarse o abrirse a voluntad (FOTO 8). A continuación se suele recubrir con tierra o barro, con lo que se logra un excelente aislamiento (FOTO 9). Por último se procede a limpiar el muro por dentro y se procede a una tarea más minuciosa de colocación de piedras diminutas o ripiado entre los huecos dejados por las piedras mayores.

 

 

Foto 5. Primeras hileras de piedras.

  

Foto 6. Inicio de la convergencia de los paramentos.

    

La pérdida de la funcionalidad económica y social de los chozos ha provocado la desaparición de estas construcciones, tan abundantes en el pasado y en el paisaje rural de nuestros campos, en ello han influido varios elementos:

 

– El proceso de modernización y adaptación a los cambios socioeconómicos que han tenido lugar en España desde mediados del último siglo ha tenido como finalidad la reducción de la mano de obra rural, la emigración a las ciudades y el abandono de trabajos y oficios artesanales conceptualizados desde entonces como “atrasados” y poco rentables.

– La producción agrícola y ganadera se ha intensificado recurriendo a maquinarías, abonos químicos, semillas seleccionadas, granjas especializadas, piensos industriales, cercados metálicos,

que retroalimentan el propio sistema capitalista.

– La tendencia consumista y mercantilista de la sociedad contemporánea requiere la obsolescencia de sus objetos y el recambio permanente en el juego de necesidades y deseos.

– Los nuevos materiales y recursos arquitectónicos hicieron que las meras piedras, naturales y “brutas”, escaparan a los procesos de racionalización, mercantilización y control capitalista (pero no las piedras artificiales o tratadas). El trabajo manual con ellas resultó improductivo, pesado y lento, pese a que estos mismos valores fueron vistos en el pasado como valores positivos asociados a la solidez, la dedicación y el esfuerzo, la permanencia, la tradición, y en suma, el trabajo bien hecho.

  

Foto 7. Cerrando el chozo.

 

4. EL LENGUAJE OCULTO DE LAS PIEDRAS

 

Nos levantábamos ilusionados a las seis de la mañana para aprovechar el frescor de esas primeras horas y llegaban las dos del mediodía sin darnos cuenta, obsesionados por los círculos de piedras que íbamos componiendo. Conforme pasaban las horas el sol apretaba y volvía el barro

caliente y las piedras más toscas y silenciosas. Ver trabajar a Jesús y Amadeo era recuperar una memoria de esfuerzos titánicos olvidados y despreciados, una empresa de miles de arquitectos iletrados y anónimos que humanizaron el paisaje y dieron nombres a las cosas y los territorios con sólo sus manos y escasos recursos. Cada piedra colocada restituía los saberes populares perdidos y el recuerdo de miles de brazos que tocaron la tierra y se hicieron hombres. Sus bromas y chanzas, sus órdenes y fuerzas, sus sudores y torceduras, sus disputas y accidentes, su sangre y sus esperanzas.

 

En el sabio trabajo de los pedreros y parederos (pareros), modestos alarifes de chozos y cercas, poceros y canteros, se desvelaban también los procesos y dispositivos históricos de las manifestaciones de poder locales o nacionales que habían convertido a esas actividades y sus construcciones menores agropecuarias en doblemente olvidadas. Olvidadas de la “verdadera” y encumbrada arquitectura, y subalternas de otras edificaciones y oficios rurales (Hernández León, 1999). Pero además, manifestaban las resistencias del pueblo a esos procesos, su persistencia y tenacidad frente la adversidad y la naturaleza, su alejamiento de los poderes y su denodado optimismo en la reiteración de formas acordes con el entorno y las necesidades humanas. Cada piedra encajada en su sitio devolvía el orden al caos y daba sentido al mundo en un ritual que parecía mágico.

   

Foto 8. Últimos huecos.

 

Porque los chozos, buhardas o muros son construcciones que expresan el resultado de la adopción de patrones compartidos, modelos de valores y creencias, de inseguridades y deseos. Representan las condiciones socio-económicas y ecológico-culturales colectivas pero permitían ciertas variaciones individuales y locales. Pese a la pobreza de sus materiales, consecuencia directa de la utilización de recursos próximos y no costosos en la zona y de su uso esporádico por pastores y labradores, espacios ocupados tan sólo periódicamente en la rotación de los ganados o en los trabajos agrarios, esconden la belleza de su simplicidad y perfección, la dialéctica del trabajo humano como síntesis de la relación del hombre con la naturaleza, la ingenuidad de toda creación como compromiso y vocación con la obra y los materiales. Sin embargo, los espacios de estas edificaciones inadvertidas y auxiliares (debido a la funcionalidad económica directa de su concepción), no sólo eran apropiadas económicamente sino culturalmente. Su integración en el paisaje las hacía naturales a la par que extraordinariamente funcionales fruto de arquitecturas aceptadas y compartidas. De esta manera, “los espacios no sólo son  utilizados económicamente sino también concebidos socialmente, así los diferentes elementos arquitectónicos manifiestan las distintas posiciones en la jerarquía social. No en vano los pastores, habitantes de las chozas, ocupan una posición muy baja en la escala social: a la funcionalidad económica del espacio se le une una concepción social que diversifica los espacios según sus usuarios” (Hernández León, 1999: 87). Así pues, la arquitectura rural de los chozos expresaba su lejanía del espacio social, la distancia simbólica respecto a otras construcciones más cercanas a las jerarquías establecidas en los pueblos o en los cortijos. Su carácter circular les hacía inconmensurables con las viviendas y la sociedad.



Foto 9. Cubierta de barro.

 

Al cabo, no podemos olvidar otras aspectos. La sociedad tradicional no era un paraíso. Como toda sociedad estaba sometida a conflictos y contradicciones, miserias e injusticias, cambios y desajustes, debido a su carácter vivo y dinámico. El trabajo de los pedreros también los reflejaba.

A la construcción de los primeros cercados y barreras en tierras comunales o de propios, destinados a la rotación de pastos para el ganado, la protección de cultivos, la eliminación de piedras y rocas molestas o la retención de tierras en pendientes, le siguieron el desarrollo paulatino de la propiedad privada y la sucesión paciente o conflictiva de herencias, compraventas y particiones, datas e hijuelas.

 

Pero volvamos a escuchar el lenguaje de las piedras. Porque Jesús Díaz y otros tantos alarifes, picapedreros, pedreros y poceros, conocían su gramática y su sintaxis. Cada piedra estaba dotada de una cualidad que la hacía insustituible. “Todas valen. No hay piedra mala. Unas valen para relleno, otras para contrafuertes, techumbres o esquinas” me decía. En sus manos cada piedra hablaba y comunicaba el lugar y posición apropiada en el chozo o en la cerca, algo que el torpe aprendiz de etnógrafo no alcanzaba a comprender y demoraba su colocación tanteando varias posibilidades vanas. Pero al igual que las piedras tienen sus virtudes: “qué piedra más buena…, esta que me traes si que es perfecta…, cae por su peso de lo buena que es…, que buena amiga te traigo…”, bondad, adaptabilidad, aplomo, compañerismo con otras de su especie; tienen sus vicios, por eso su conocimiento es fundamental: “las piedras no tienen amigos, detrás de cada piedra puede haber un alacrán, una serpiente o un corte en las manos, por eso requieren mimo, cuidado y respeto…, Las piedras malas y mal puestas se dicen unas a otras: se ha muerto mi mejor amigo que todas las faltas me tapaba (el barro)”. Este carácter moral proyectado al trabajo con piedras nos recuerda el origen de los valores referidos a las necesidades y deseos. Y junto a las cualidades axiológicas los aspectos estéticos: “que piedra más bonita…, vaya lo fea que es…, has visto la cara tan bonita que tiene…, esto es una cara limpia…, que mal asiento tiene…, que fea y torcida…, vaya compostura y cuerpo tiene esta laja… hay piedras como rabiacanes, que no asientan y te rabian las manos y te machacan los dedos”.

 

Los paredones cercas y los chozos tenían su firma. Mientras las gentes convivían con sus constructores conocían quien había hecho tal cercado, paredón o muro por su aspecto, virtudes o defectos. Había propietarios o pedreros que les gustaba carear mucho, ofrecer siempre las mejores caras de las piedras a la vista pero descuidaban los reveses quedando el peor aspecto para el interior de la cerca de la propiedad o del chozo. Otros abusaban de las piedras soga, grandes piedras alargadas que permitían adelantar el trabajo pero que hacían perder solides a la pared de la cerca o del chozo. Por último, otros optaban por la solidez y anchura de la construcción, con abundantes piedras llave que cruzaban como contrafuertes sobre los muros y que impedían en caso de derrumbes destrozos mayores.

 

Finalizamos el texto con estas palabras de Jesús que sintetizan los cambios sociales, las frustraciones y dependencia económica, los saberes ecológicos y el valor de la tradición: “Si las aceitunas valiesen bien estaría dispuesto a hacer paredones de plata a cada olivo, pero ahora apenas valen y por todos sitios se caen paredones y la gente no los repara o meten una oruga o un tractor para derrumbarlos sin saber que con el tiempo perderán la tierra y perderán el olivo… tanto trabajo para nada”.

 

Foto 10. El muro y sus autores.

 

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