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HUMILDES
MORADAS. RECUPERACIÓN DE LA ARQUITECTURA TRADICIONAL DE CHOZOS DE PIEDRA
EN PALOMERO
IGNACIO
R. MENA CABEZAS
1.
INTRODUCCIÓN
El
trabajo con piedras sin elaborar, a diferencia del de canteros, albañiles
y otros oficios más especializados, ha constituido uno de los pilares básicos
de la historia humana. Basta caminar por cualquier paraje donde la
presencia humana haya estado presente para poder observar toda una serie
de construcciones humanas que utilizan las piedras en relación con la
agricultura y la ganadería: pozos, tapias, bancales, cercas, paredones,
chozos. En España son millones los kilómetros de paredes realizadas con
piedras. Tras ellos está el trabajo anónimo durante siglos de pedreros
que acumularon, recogieron, ordenaron y enfilaron piedras del terreno o
traídas desde lejos para esos propósitos. El carácter subalterno
respecto a la agricultura y la ganadería diferencia dichos trabajos de
las construcciones arquitectónicas propiamente dicha de casas, aldeas y
ciudades. Antes de que las alambradas y otros materiales modernos llegaran
a los campos, las piedras constituían la única y mejor herramienta. Este
trabajo quiere ser un homenaje a todos esos arquitectos anónimos,
pedreros sin firma ni fama, a ese descomunal esfuerzo pétreo que atesoran
nuestros campos, un esfuerzo desconocido y olvidado.
En
la tarea de conocer nuestro patrimonio cultural, nos propusimos recuperar
un chozo circular o muro tal y como son conocidos en la localidad
cacereña de Palomero. El estudio, catalogación y recuerdo de este tipo
de construcciones en Extremadura y España no es nada nuevo y contamos con
una rica bibliografía (1).
Los textos hacen referencia a edificios parecidos conocidos en toda la
zona occidental y central ibérica con los nombres de chozos o chozas, furdas
o chafurdoês en Portugal, casetas en Aragón, caracolas en
Jaén, guardaviñas en La Rioja, torrucas en la Sierra Norte
sevillana. Pero en nuestro caso tuvimos la ocasión de recrear todo el
proceso productivo y simbólico con un auténtico autor de cercas, chozos
y pozos artesanos. La posibilidad de contar con su colaboración era una
oportunidad única que no podíamos desaprovechar.
Jesús
Díaz Pérez, tenía 70 años cuando le rogué que construyéramos un muro
en el verano de 2001. Al principio se negó rotundamente, aduciendo
que eran cosas del pasado y que hacía mucho tiempo que se habían
perdido, pero poco a poco y ante mi interés comenzó a vislumbrar la
satisfacción de un proyecto como el que le proponía. Al final resultó
el más ilusionado y conmovido y contagió su entusiasmo a Amadeo, el
propietario, y a mí mismo (2).
(1)
Ver: Caro Baroja (1983), García y Bellido (1967, García Mercadal (1984),
Giese (1951), Bernabé Salgueiro (1997).
(2)
El autor agradece a los propietarios Amadeo Rina y Lali López su enorme
colaboración. Así como a Diego Sánchez y a la familia de Jesús Díaz.

Foto 1. Mjuro de Navagrande.
Palomero.

Foto 2. Muro de Vegaverde.
Palomero.
Su
familia procedía, antes de asentarse en Palomero, de la cercana localidad
de Santibáñez el Bajo, donde desde antiguo existía una tradición de
picapedreros y canteros conocida en la comarca, hasta el punto de recibir
ese apelativo sus lugareños. Pero era un oficio muy duro, que no dejaba
apenas para comer pese a los esfuerzos que entrañaba. Por otra parte era
una actividad socialmente poco reconocida (pese al grado de especialización
que conlleva), a la que se dedicaban jornaleros sin tierras. Aprendió el
oficio de su padre y de su abuelo, y junto a sus hermanos levantó decenas
de kilómetros de cercas y paredones. De vez en cuando les requerían para
trabajos más especializados como construir pozos, edificaciones como
zahurdas, tinahones, enramadas y cobertizos para el ganado o realizar
muros (chozos). Pero el último muro que construyó con su hermano fue a
primeros de los cincuenta del anterior siglo. Ahora vive de su pensión
pero sigue trabajando todos los días en sus tierras y atendiendo al
ganado hasta
que el cuerpo aguante.
En
Palomero se conservan perfectamente una veintena de muros,
localizados en zonas como Las Guijas, Navagrande, Vegaverde, Turuñuelo,
las Zorreras, Las Barreras, las Cebollosas y las Retuertas, que alternan
olivares, cercas adehesadas y pequeños huertos (FOTOS 1 y 2). En
éstas y en otras zonas del término municipal, (con escasa llanuras y
donde predominan sierras suaves con olivos) se encuentran restos de otros
chozos perdidos. La mayoría tiene dimensiones pequeñas aunque hay
algunos más espaciosos con poyos en el interior. En la finca de
Navarredonda, elegida para la nueva construcción, no existían restos de
chozos anteriores pero sí en fincas próximas. La propiedad contaba con
un cobertizo de piedras y techumbre de tejas para el ganado de cabras y
ovejas, un prado despejado en pendiente de una hectárea aproximada y un
olivar cercado. La ausencia de otras edificaciones modernas, tendidos eléctricos
y otros elementos discordantes con el entorno hicieron del lugar el más
adecuado para el nuevo chozo (3)
(FOTO 3).
Foto
3. Entorno del nuevo chozo en Navarredonda.
(3)
Características técnicas de la obra: Materiales, 15 metros cúbicos de
piedras, 3 metros cúbicos de arena, agua. Diámetro máximo en la base: 4
m. Altura máxima en el centro: 2,5 m. Puerta: 80 cm de anchura y 150 cm
altura. Grosor de los muros en la base: 45 cm, 2 pequeños vanos.
2.
ARQUITECTURA TRADICIONAL Y CULTURAS DE TRABAJO
Como
hemos comentado anteriormente, el trabajo con piedras del entorno, con
toda su enorme diversidad de expresiones morfológicas, recursos técnicos
y finalidades, constituye una de las características más antiguas y
específicas de las culturas humanas. Dicho trabajo, como origen de la
arquitectura, se convirtió en un rasgo distintivo frente a las formas
naturales pero también de diferenciación entre los diversos pueblos y
grupos sociales. Las arquitecturas tradicionales son las depositarias de
esa rica y múltiple capacidad cultural para adaptar y modificar el
entorno, incluso cuando se trata de estructuras muy elementales como
cercas o chozos. Pero cualquier manifestación cultural carece de sentido
si no tenemos en cuenta los procesos históricos y los contextos sociales
de producción y uso en los que surgieron (Agudo, 1999). Los chozos de
piedra, como exponentes de nuestro patrimonio cultural, expresan
determinadas necesidades y actividades humanas así como experiencias,
vivencias, encuentros y significados ideológicos colectivos.
Los
elementos y formas de la arquitectura tradicional que nos rodea,
constituye la memoria viva y dinámica de nuestra historia y el testimonio
colectivo de nuestra sociedad. Su olvido o recuerdo, su conservación o
destrucción, suponen una tarea de todos. Pero la preservación de nuestro
patrimonio exige necesariamente su conocimiento y dotarlo de significación
colectiva. Independientemente de que las instituciones públicas promuevan
su recuperación hay que partir siempre de la percepción y concienciación
individual y colectiva de su valor cultural. Y ese patrimonio no puede
reducirse a las arquitecturas o acciones humanas más majestuosas o
excelsas, reconocibles y estimadas por su relevancia o su carácter típico
(precisamente su distinción y singularización responde a procesos ideológicos
hegemónicos que interrelacionan el capital económico con el capital simbólico),
sino al conjunto de creaciones y sectores sociales (Agudo Torrico, 1999;
Hernández León, 1999). La falsa dicotomía entre arquitectura culta y
popular responde al orden de jerarquización de las obras arquitectónicas
de acuerdo con la ideología dominante que siempre prioriza a las
construcciones que manifiestan el poder político y económico (Rapoport,
1972: 11). De ahí que otras obras menores requieran la misma atención
porque de ese modo estaremos atentos a las voces y contextos de sectores
menos favorecidos.
La
diversidad y reiteración, la permanencia y variabilidad, de las formas
constructivas tradicionales constituye por sí mismo un valor a tener en
cuenta. La observación de, por ejemplo, los millones de kilómetros de
cercas, bancales y paredones de nuestro entorno, debería ser motivo para
percibir y tomar conciencia de los millares de personas que intervinieron
pacientemente en pasadas generaciones en el proceso de humanización de la
naturaleza; para ser sensibles de la violencia simbólica que supone
sustituir un cercado antiguo de piedras (con una fauna y flora típica)
por vallas metálicas uniformes (4).
La
definición de arquitectura tradicional exige, siguiendo a J. Agudo, una
contextualización para valorar su carácter particular o compartido,
conocer sus técnicas constructivas, procesos de adaptación y actividades
productivas, condiciones ambientales e históricas: “valorando las
construcciones no tanto por sus posibles peculiaridades técnicas o morfológicas,
sino por su significación sociocultural: testimonio de diferentes grupos
sociales que construyeron y habitan en el marco de sociedades concretas,
de los procesos productivos en los que han estado insertas, y en su relación
con las maneras como dichas sociedades han expresado sus relaciones
sociopolíticas y el mundo de sus creencias y valores” (Agudo, 1999:
25).
En
relación a los procesos de trabajo, hay que señalar que el oficio de
pedrero es una actividad de gran interés etnológico por la complejidad
de los procesos de trabajo implicados. Pese a su mínima tecnología (las
técnicas empleadas han variado muy poco a lo largo de los siglos),
atesora un conjunto de saberes populares en torno a la geología y los
suelos, en suma, una etnogeología. Este patrimonio cultural aprendido de
la experiencia y trasmitido por imitación y vía oral de generación en
generación despierta el interés del investigador por su creatividad, técnica
y léxico, dado el abundante vocabulario y expresiones para definir tipos
de piedras, posición, orientación y discontinuidades, virtudes y vicios.
Las piedras atesoran un lenguaje propio, lleno de valoraciones y
experiencias.
(4)
Los bancales permiten un sistema de escalonamiento de las laderas que
permite aprovechar los suelos con un muro de piedras. Este muro retiene
las tierras y permite tanto retener como drenar el agua en casos de
excesos de humedad. Por otro lado, bancales, cercas y paredones albergan
comunidades de musgos, líquenes, helechos, además de insectos y
reptiles.
Además
de sus elementos materiales, el trabajo manual con piedras abarca otras
dimensiones sociales y simbólicas. Puede llegar a constituir signos de la
identidad social de muchos grupos humanos a la vez que determina la
identidad del individuo. Como ya hemos comentado puede adquirir un
significado colectivo para algunas localidades como Santibáñez el Bajo,
y ello con independencia de que los miembros de la comunidad se empleen o
no en dicha actividad. En definitiva, junto con su dimensión práctica o
estrictamente productiva existe la simbólica, que abarca tanto las
culturas del trabajo (que comprenden los modos y relaciones de producción
pero también los valores, creencias y formas sociales concretas) como a
nivel ideológico (en percepciones y construcciones sobre la realidad
social o en discursos de identificación social) (Hernández Ramírez,
2000; Berger & Luckmann, 1994: 91 y ss.).
La
experiencia del trabajo de recogida, extracción, transporte y colocación
de piedras sin manufacturar (he aquí la diferencia con los canteros y
otros oficios manuales similares) contribuye a configurar una concreta
cultura del trabajo. La recogida y movimiento de las piedras implican un
gran esfuerzo físico. Aunque todas las piedras pueden parecer iguales,
cada una de ellas tiene un destino diferente, todas valen por sí mismas
pero sus usos serán diferentes, ello implica un conocimiento empírico de
sus cualidades y formas (Acosta Naranjo, 2000) (5).
Para
un profano resulta sorprendente como el pedrero es capaz de colocar cada
piedra en su lugar preciso e idóneo, resaltando su perfil y posición más
adecuados y rechazando otras posibilidades y perfiles que pudieran parecer
a primera vista igualmente posibles. Ese ritmo armonioso en la colocación
adecuada de las piedras constituye toda una sabiduría de unión entre
manos y piedras. La forma precisa es siempre única, un rompecabezas que
excluye otras variantes. En esta fase el pedrero se convierte en un
artesano especializado, cuya pericia y técnica desvela un conocimiento de
las piedras y del oficio. Dichos rasgos hicieron de la profesión un
trabajo viril, asociado a los atributos propios de la hombría: fortaleza,
constancia, maestría. En algunos casos las piedras se rompen o martillean
buscando su posición concreta, se labran de acuerdo con el tamaño de la
forma requerida, con el auxilio de piquetas, martillos, marras, punteros o
cinceles. La relación continuada e íntima con las piedras puede
condicionar el carácter de los hombres, silenciosos, rudos, vigorosos,
constantes. Aunque existían cuadrillas para grandes obras lo normal eran
trabajos familiares o solitarios que permitían cierta autonomía. Aunque
dicha independencia es más aparente que real ya que se veían obligados a
trabajar a destajo, para garantizar la subsistencia, la comida o el
jornal. A pesar de ello, el hecho de trabajar en solitario o en familia,
con herramientas propias, sin jefes que le ordenen, en zonas con escasa
presencia humana, configuró sentimientos de individualidad e
independencia (Hernández Ramírez, 2000: 145).
(5)
Este autor realiza un interesante análisis sobre el papel de los sistemas
cognitivos de los campesinos o conocimiento local, para el manejo de los
recursos naturales, las taxonomías, las condiciones de producción y los
procesos de trabajo (Acosta Naranjo. 2000: 9-12).
3.
LOS CHOZOS DE PIEDRA. HISTORIA, RASGOS Y SISTEMA CONSTRUCTIVO
Los
chozos o muros son construcciones abovedadas, de planta circular,
por lo general exentas. Construidas con piedras secas sin elaborar, en
ocasiones acompañadas de barro, con nulos o escasos vanos y de reducidas
dimensiones. A diferencia de los chozos, que tienen techumbres de piedras
de pizarra, las chozas pueden estar cubiertas de ramas vegetales.
Hay
consenso historiográfico y arqueológico en relacionarlos con el
desarrollo y extensión del megalitismo en España a partir del IV
milenio, con la pervivencia de castros celtas y con otras viviendas
similares tartésicas y prerromanas. Pero a estos testimonios prehistóricos
se sucedieron procesos tecnoeconómicos relacionados con actividades
agroganaderas de ocupación y aprovechamiento del territorio a lo largo de
las vías de comunicación ganaderas del oeste peninsular, que mucho más
tarde fueron reutilizadas por la Mesta en la Edad Media y Moderna, y que
repitieron los mismos esquemas de planta circular, gruesos muros de piedra
de pizarra o granito, poco altura y escasos vanos, y falsa cúpula por
aproximación de hiladas de piedra o con techumbre vegetal y tierra. Estos
modelos parece que permanecieron en los pastores, cabreros y labradores de
nuestras tierras cuando la Mesta perdió su importancia. Su uso aparece
asociado y cercano a las majadas, espacio donde se recogía el ganado de
noche, pero también al cultivo de viñedos y olivares.
En
el caso de Extremadura (6) la
presencia de estas edificaciones circulares se distribuye en las zonas de:
Gata y Hurdes (denominadas choçus, chafurdos, zahurdones, según
la localidad), Ahigal-Palomero (muros), Alcántara (bujíos o
bohíos), Usagre (chozones) y en Llerena (buhardas o
bujardas)
hasta entroncar con Sierra Morena.
(6)
Ver por ejemplo: Montano (1987), Martín (1995), Rubio (1987), Hasler
(1966) o Sánchez & Sanz (1975).
Rasgos
y elementos
El
material utilizado es la piedra, normalmente de pizarra (granito en Gata)
recogida de la tierra o de canteras (afloramientos rocosos del terreno) lo
más próximas a la obra. Aunque en los chozos predomina la pizarra las
construcciones pueden combinar diferentes tipos de piedras en función del
lugar que han de ocupar, de los empujes y cargas que han de soportar y sus
resistencias. Son abundantes aquellos muros en los que se combinan
las lanchas de pizarras con piedras desiguales que dan a los paramentos
una composición horizontal. Las rocas más grandes y alargadas suelen
colocarse en la base como sostén del edificio y en las cubiertas
abovedadas y en los perímetros interiores y exteriores de los muros, La
pizarra es también el material de las jambas y el dintel plano sobre la
puerta. Si en la zona hubiera losas de granito estas se reservan para los
dinteles y jambas de las puertas. En ciertas condiciones puede utilizarse
también el barro. El muro circular suele seguir una pauta de
proporcionalidad clara, a más altura y anchura de la cubierta, más
altura y anchura en las paredes (Bernabé Salgueiro, 1997: 210). El grosor
de las paredes de mampostería, que en ocasiones utilizan argamasa de
barro, oscila entre los 60 cm en los pequeños y los 90 cm en los mayores.
Los paramentos internos y externos dejan de ser paralelos a partir de
cierta altura (un metro) y comienzan a ser convergentes posibilitando el
inicio de la falsa cúpula. Como suelen carecer de revestimientos, el
barro y el viento conforma su típico aspecto externo de líquenes e
hierbas. A veces se colocan bancos o poyos de piedra, con lajas grandes de
pizarra o granito tanto en el interior como en el exterior.
Foto
11. Puerta con dintel.
Los
chozos o muros utilizan un sistema de cierre mediante aproximación
de hileras de grandes piedras de pizarra, dando lugar a una falsa cúpula.
Es usual que se recubra exteriormente por una capa de tierra o barro que
la impermeabiliza y la protege de la lluvia y el viento. También es
frecuente que la conexión entre paredes y cubierta se realice con un
voladizo o alero alrededor de toda la construcción, formando una discreta
cornisa que sirve para proteger los muros exteriores. Los tamaños de
estas cúpulas se sitúan entre los 3 metros de diámetro y los 9 m.
Foto
12. Ventanucos.
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