Revista Alcántara. nº 57
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LA PRIMERA MESTIZA NOBLE

(TEATRO)

 

JOSIANE POLART PLISNIER

M.ª DEL CARMEN CASARES GARCÍA

 

Personajes:

 

Doña Francisca (de unos 17 años, muy guapa)

Ñusta, una india, doncella de doña Francisca.

Un indio

Doña Catalina de la cueva (Aya de doña Francisca, de unos 50 años)

Juan Cortés

Mayordomo

Doméstico

Isabelita

Hernando Pizarro

Alcaide (carcelero)

Isidora, esposa del alcaide

 

ACTO I

 

Lugar: Plaza del arrabal de San Martín, frente a la casona de los Pizarro.

 

Salen a escena doña Catalina de la Cueva, doña Francisca Pizarro, Ñusta su doncella (india), un indio. Se oye el ruido de los cascos de los caballos. Acaban de bajar de la calesa, el indio intenta llevar el baúl, las maletas, los bolsos y demás bultos.

 

Doña Catalina: (pegando al indio que se muestra muy torpe, con su abanico, refunfuñando, intenta ayudarle) ¡Loado sea Dios! ¿Podrías no tropezar por una sola vez?

Doña Francisca: (hablando sola, mira a su alrededor, con cara entusiasmada) ¡Cual lo imaginaba! Majestuoso castillo coronando el batolito de granito.

Ñusta: ¿Bacalito, señora? Palabra nueva que no yo conoce.

Doña Francisca: No, Ñusta, Batolito (alzando la voz); es un cerro de piedra, de granito. Y mira, allá está la Iglesia de San Martín y de frente, el Palacio de los Vargas Carvajal.

Ñusta: (llevándose la mano a la boca como para aguantar la risa) ¡Ay señora, qué cosa! ¿Cómo alguien llamarse Cacagal?

Doña Francisca: no, Ñusta, CARVAJAL, noble e ilustre apellido trujillano. Observa ¡qué hermosas torres!, esa es la del alfiler con los escudos de los Chaves Orellana y, tras ella, la de Luis Chaves el Viejo, con sus almenas.

India: Sí señora ¡qué lindo!

Doña Francisca: Cierto, no han exagerado los trujillanos del Nuevo Mundo, es verdaderamente fascinante…

Doña Catalina: ¡Vamos, jovencitas!

Ñusta: Sí, sí, doña; pero… ¿qué cosa esa casa con redondeles y piedras…

Doña Francisca: ¡Ah, pues! Esa debe ser la Casa Consistorial, de donde debería haber salido el Consejo para recibirme (un poco malhumorada).

Doña Catalina: Hija, estamos ante la casa de tu ilustre linaje.

Ñusta: ¿Pillaje? ¿Aquí también?

Doña Catalina: (alzando la voz, casi desesperada) LINAJE, esto es personas que transmiten el mismo apellido con honor y gloria de generación en generación pero Francisca, ¿no podrías haberte traído a alguien menos sorda y menos torpe? (la india se esconde tras doña Francisca)

Doña Francisca: doña Catalina, Ñusta es hija de alto linaje inca también, me aprecia y me respeta; su corazón es bueno y noble aunque muchas luces en su cerebro no tenga (acariciando el pelo de la india con ternura).

Doña Catalina: Cierto es; mira jovencita (dirigiéndose a la india casi a voces) la familia, los antepasados del padre de doña Francisca, llegaron a esta Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Trujillo, en el siglo XIII, hace unos 300 años, para ayudar al rey de España a expulsar a los moros infieles de estas tierras; vinieron de Asturias, al norte de este reino.

Doña Francisca: (soñadora) Sus hazañas fueron inolvidables y a cambio tuvieron el privilegio de instalarse en la Villa, construyendo sus casas fuertes.

Doña Catalina: Ya tendremos tiempo de pasear por estas hermosas calles.

Doña Francisca: ¿Y veremos la parte alta de la Villa? Mi tía Inés me relataba que la nobleza vivía en la parte alta de la Villa no muy lejos del castillo y que su deber era defender la muralla.

Ñusta: ¿Y este cudo? (señalando al escudo de los Pizarro)

Doña Catalina: ESCUDO chiquilla, ESCUDO (con paciencia fingida) es el de los Pizarro.

Doña Francisca: El mío, Ñusta, el de mi familia.

Doña Catalina: El escudo indica que esta casona es de los Pizarro. La mandó construir el bisabuelo de tu señora, Alonso, y aquí vivió también su abuelo (señalando a doña Francisca) Gonzalo que Dios le tenga en su gloria (mirando al cielo), el pobre entregó su vida en Pamplona, en la campaña de Navarra.

Doña Francisca: Le llamaban el Romano ¿verdad aya?

Ñusta: ¿Le mataron los germanos?

Doña Catalina (juntando las manos al tiempo que vuelve a ayudar al indio) Dame paciencia, santo Dios (como para sí). Le lla ma ban el Ro ma no, porque hizo la campaña de Italia junto a su pariente el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba.

India: Mi señora dice a mí que faltaba ojo a ese hombre.

Doña Francisca: Sí; perdió el ojo batallando, como siempre, por eso le llamaron el Tuerto. Pero dígame doña Catalina ¿Por qué le apodaron el Largo? ¿en verdad era tan alto?

Ñusta: ¿Podaron? (asustada) ¿Cómo a un árbol? ¿Por alto? ¡Qué salvajes!

Doña Catalina: (desesperada): A PO DA RON insensata; darle otro nombre.

Doña Francisca: Ñusta, ya te lo explicaré más despacio querida.

Doña Catalina: Alto, no era muy alto, ¡pero libertino……! (Ñusta va a preguntar, pero doña Francisca le tapa la boca; doña Catalina continúa): ¡Que dios le tenga en su gloria! Ocho bastardos tuvo y a mucha honra, pero dejemos la charla, ya habrá tiempo de familiarizarse con tus antepasados y sus hazañas (dirigiéndose a doña Francisca). Date la vuelta, levanta los hombros, espalda erguida, que se vea el orgullo y el recato siempre honesto de las damas de Trujillo y el orgullo de los incas. ¿Dónde está ese porte que tenía tu madre la princesa Inés Huaylas Yupanqui? (los dos indios cuchichean) Y ustedes dos calladitos y atentos. (los dos aludidos se callan y bajan la cabeza).

Doña Francisca (rebelde): Déjeme, por favor, conozco harto bien mi papel y mis derechos (más alto y con orgullo) Soy hija del Conquistador del Tahuantisuyu, don Francisco Pizarro González, pero… (volviendo a la realidad) ¿Qué hace ese bobo que no llama a la puerta? ¡Rápido!

Ñusta (empujando al indio): Te lo dije. (El indio haciendo burla llama a la puerta y la india se esconde tras doña Francisca).

Doméstico: (la puerta se abre un poquito y asoma la cabeza) ¡Vive Dios! ¡Diantres! (y cierra la puerta al ver al indio).

Doña Catalina: (empujando al indio que se sienta en el baúl) ¡Ave de la casa! (gritando y refunfuñando). ¿Este es el recibimiento que sus mercedes hacen a su señora y heredera?

Doméstico: (con temor asoma la cabeza por el resquicio de la puerta) ¡En el nombre de Dios! ¿Quién va?

Doña Francisca: (adelantando el paso con la cabeza bien erguida) Doña Francisca Pizarro Yupanqui, primera mestiza noble, con sangre noble española y sangre de reyes incas; su futura señora.

Doméstico: ¡Válgame Dios! (abriendo la puerta de par en par, nervioso) Excusen sus mercedes, … yo… pensaba,… no esperaba…

Doña Catalina: (adelantándose) Haced diligencias. Anunciad a vuestro señor de nuestra presencia.

Doméstico: ¡No digáis más noble dama! Y pasen sus mercedes al zaguán que mi señor vendrá con premura a recibirles e indicarles sus aposentos (haciendo reverencias, nervioso al tiempo que van pasando) y sean ustedes bienvenidas, excelentísima… (la voz se pierde al tiempo que terminan de entrar todos).

 

ACTO II

 

(Dentro de la casona)

 

En el zaguán (o sala de espera) están esperando doña Francisca, los dos indios y doña Catalina. Aparecen Juan Cortés e Isabelita; ésta se adelanta.

 

Isabelita: ¡Loado sea Dios! ¡Por fin tenemos el honor de tenerla aquí!

Juan Cortés: (besándola la mano) A sus pies, doña Francisca y bienvenida a esta su casa. (se acerca a doña Catalina besándole también la mano) ¡Qué gusto volver a verla, doña Catalina!

Isabelita: (besando las manos a doña Francisca) Deje su excelencia que le bese las manos (emocionada) Gran deseo tengo de ponerme a su servicio, siempre fui criada al servicio de los señoritos Juan y Gonzalo, que en paz descansen, a los que respetaba y quería como a hermanos.

Doña Francisca: (sonríe) ¿Sólo como a hermanos?

Isabelita: Con ellos fui criada desde niña.

Doña Catalina: (tosiendo mucho y protestando por el polvo que ha tragado en el camino) ¡Santo Dios! La aridez de esta tierras pegada está a mi garganta.

Isabelita: (tocando la campanita) Raudo llamo para que le traigan una limonada, le sentará a usted de maravilla y también a usted, doña Francisca; está hecha con limones del huerto de vuestro señorío de la Zarza. (Ñusta y el indio se ponen a toser forzadamente para hacerse notar)

Isabelita: Para ustedes dos también limonada habrá, no se inquieten. (dejan de toser, se miran y sonríen)

Entra un sirviente con vasos y limonada.

Doña Catalina: (dando un trago de la limonada) De modo (mirando a Isabelita) que tú eres Isabelita, la que tanto quiso al señorito Gonzalo (acercándose más a Isabelita y en tono confidente) dicen que fue tu gran amor de juventud (más alto y dirigiéndose a todos) ¿Verdad que era el más temerario de los hermanos Pizarro?

Ñusta: Gonzalo, muy fuerte, muy valiente; a mi hacer mucha cosa aquí (se lleva las manos al corazón) ¡Guapo!

Isabelita: (mira a Ñusta con celos) Sí, era muy guapo (con adoración) el más guapo y apuesto de los muchachos de la comarca y ¡cómo montaba a caballo! El más perfecto de los jinetes. ¡Cuánto le amaba! Y él a mí (mirando a Ñusta desafiante) nunca podré olvidarle.

Ñusta: A mí, llevar a caballo (haciendo gestos como de montar a caballo)

Isabelita: (más celosa y con orgullo) Recuerdo nuestra última noche de amor. Era verano, el mes de agosto del año del señor de mil y quinientos y veintinueve (soñadora) en los alrededores de la Ermita de la Virgen de Fuente Santa de Zorita (comienza a llorar).

Ñusta: Señora ¿Por qué Isabelita llora? ¿Si ama a Virgen, a Fonte, a Torita…? Con tantos amores… por qué triste?

Juan Cortés: (dirigiéndose al sirviente) Saca un pañuelo para Isabelita. Por caridad señoras (dirigiéndose a doña Francisca y a doña Catalina) tengan la bondad de relatar a esta desdichada criatura (señalando a Isabelita) los acontecimientos acaecidos tras el asesinato de don Francisco Pizarro a manos de los almagristas.

Doña Catalina: Deja de llorar muchacha (con las manos juntas, rogando) por el amor de Dios; y escucha.

Doña Francisca: Tras la muerte de mi padre, el sublevado Diego de Almagro, el mozo.

Ñusta: ¿El Pozo?

Doña Francisca: ¡Ñusta! (casi gritando) Calla y escucha. Bueno pues como decía, EL MOZO, se auto nombró gobernador y Capitán General, para cargos importantes, eligió a personas de su confianza, los cuales tomaron nuevas disposiciones en contra de los Pizarristas. A pesar de que mi pobre padre había sido asesinado, los enfrentamientos entre los dos bandos, Pizarristas y Almagristas, continuaron (con tristeza).

Doña Catalina: Es una crueldad hacer recordar a mi señora estos terribles momentos (a modo de reproche, sujetando las manos de doña Francisca cariñosamente), tan sólo contaba siete añitos (volviéndose hacia Cortés e Isabelita). Gracias a su tía doña Inés Muñoz, una trujillana de las más bravías, salvarnos pudimos de la venganza de los demonios almagristas. Más tarde, conseguimos tomar un barco e ir hacia el norte para ir al encuentro de Vaca de Castro.

Isabelita: ¿Quién es Vaca de Castro?

Ñusta: ¿Vaca de Pago? ¿Por qué castellanos elegir nombres tan tontos?

Doña Francisca: (haciendo señas a Ñusta para que se calle, sonríe) Vaca de CASTRO era diplomático enviado a las Indias por la corona, como mediador entre mi padre y Diego de Almagro; el muy insensato (con rabia) llegó tarde ¡Si hubiese llegado antes quizás mi padre ahora a mi lado se hallaría!

Ñusta: ¡Pobre mi señora!

Doña Francisca: Al enterarse de la muerte de mi querido padre, se auto nombró también Gobernador.

Ñusta: Allá todos enfermar de querer ser Gobernador, ustedes no ir allá.

Doña Francisca: De haber estado cerca mi tío Gonzalo por aquel entonces. ¡Cuántas vidas habría salvado! (Isabelita suspira y se lleva las manos al corazón)

Doña Catalina: Y disgustos que nos habríamos ahorrado…

Isabelita: Si a vuestro lado no se hallaba ¿Dónde se encontraba mi señorito adorado?

Doña Francisca: En eso difíciles momentos, luchaba bravíamente en la selva, buscando el País de la Canela.

Isabelita: (sigue llorando) ¿Y su tío Juan? ¿Por qué no las protegió?

Juan Cortés: ¡No seáis insensata, jovencita! Recordad que el señorito Juan murió años antes. Me lo relataron hombres (dirigiéndose a los demás) que participaron en el cerco de Cuzco; alabaron su valentía y su intrepidez en la lucha por la toma de la fortaleza de Sacsahuamán. Murió por un desafortunado y certero golpe en la cabeza. Los incas tenían una perfecta puntería y el señorito Juan quiso el destino que ese desafortunado día no portase su casco protector debido a una herida abierta en su barbilla. ¡Jugarretas de la vida! De los cuatro hermanos Pizarro, valientes guerreros, Juan fue el único que tuvo el honor de morir en el campo de batalla.

Isabelita: (secándose las lágrimas) Lo que no comprendo es el porqué tanto Almagro como Vaca de Castro se nombraron gobernador. ¿No era mi señorito Gonzalo el heredero natural de la Gobernación de su difunto hermano Francisco?

Juan Cortés: ¡Por supuesto que lo era!

Doña Francisca: Ya ven sus mercedes; Vaca de Castro no lo respetó; a pesar de haber jurado que vengaría la muerte de los Pizarro y que nos serían devueltos todos los bienes que nos habían sido arrebatados.

Doña Catalina: (enfadada) Otra mentira, él tenía el encargo de parte de la corona de recortar las encomiendas de los Conquistadores; en el fondo la corona temía el poder que éstos iban adquiriendo.

Ñusta: ¿Cortar a comiendo? ¿Matarlos a hambre por conquistar?

Juan Cortés: ENCOMIENDAS, Ñusta; eran las tierras donde se instalaron estos valerosos caballeros; es decir, era el beneficio que obtenían los conquistadores por su labor. Pero (dirigiéndose ahora a doña Francisca) ¿Pretendían confiscarlos?

Doña Francisca: Creo que sí. Pero al menos algo bueno hizo Vaca de Castro, castigar a Diego de Almagro, el Mozo, por el asesinato de mi padre, el Gran Marqués, por traición y lesa majestad, lo hizo degollar en la Plaza de Cuzco.

Doña Catalina: ¡Carajo, el muy vivo! Deste modo él era el nuevo amo y señor del imperio; no lo hizo por vos querida.

Doña Francisca: Pero yo pude regresar a Lima; a la casa de mi padre. Aunque, mientras tanto, el muy ambicioso (con rabia) Vaca de Castro expolió todos los bienes de mi difunto padre. Confiscó una mina de plata de mi tío Hernando que, por aquel entonces ya estaba preso acá en Castilla (suspirando) y despojó a mi tía Inés de dos repartimientos.

Ñusta: Muy malo Vaco. Todo querer para él.

Doña Catalina: Los funcionarios de la corona debían hacerse ricos con premura ya que poco les solía durar el cargo.

Doña Francisca: De ahí las prisas de ese traidor.

Juan Cortés: El cargo y la vida… que Dios guarde a la buena gente… Cuando el señorito Gonzalo, que en paz descanse, regresó a la Ciudad de los Reyes, o Lima como la conocen acá, se ocupó de poner buen orden en el territorio conquistado por su hermano.

Doña Catalina: Sí, pero ¡a qué precio! Al eliminar al virrey Blasco Núñez, otro fue nombrado por la corona, el desgraciado Pedro de la Gasca.

Ñusta: Malo asesino de mi señorito Gonzalo (casi gritando). (Isabelita vuelve a llorar y a suspirar)

Juan Cortés: ¡Cuántas muertes, cuánto dolor! Pero gracias a Dios, aquí está su excelencia, sana y salva (le besa las manos) y un servidor dispuesto está a dar su vida si fuere necesario para protegerlas.

Ñusta: Sí, sí; proteger. Camino acá mucho malo; mucho pillaje.

Doña Catalina: (apurada) Gracias Juan, que Dios le bendiga.

Doña Francisca: Gracias amigo mío. Cierto es que mucho necesito de su apoyo y ayuda para llegar por fin a ver a mi único tío que aún conserva la vida. Le suplico organice rápidamente el viaje a Medina del Campo.

Ñusta: ¿Qué campo, señora? ¿Otra vez botes y mareos? ¿Dormir en árboles?

Doña Francisca: No Ñusta; Medina del Campo es una ciudad de la provincia de Valladolid, lugar donde se halla preso mi tío; injustamente, por cierto; en el castillo de la Mota.

Juan Cortés: A sus órdenes mi señora (haciendo una reverencia).

 

ACTO III

 

(en el castillo de la Mota)

 

En escena está el alcaide y su esposa Isidora que lleva una cesta con ropa, entrando.

 

Isidora: (que entra con rapidez y excitada) ¡Esposo, lo que se divisa desde la torre! ¡Una nube de polvo levantado por más de una calesa! ¡Vive Dios! (frotándose las manos) Creo que vamos a tener visita.

Alcaide: (enfadado) ¡Calla ignorante! Visiones has de tener ¿Quién va llegarse a estos lares olvidados de la mano de Dios? Nadie ha perdido nada por estos parajes.

Isidora: Le aseguro, esposo mío, que he visto caballos relinchando en el camino de Medina del Campo. Y no eran los de la pobre carreta de la señora Isabel Mercado, amante del preso Hernando.

Alcaide: (muy enfadado, amenazando con el puño a la mujer y mirando a todos lados) ¡Qué mujer ésta! ¡Qué lengua viperina! (bajando la voz) Te he dicho harto veces que no pronuncies el nombre de esa mujer. Tú nunca la has visto, ni oído (sacudiéndola brutalmente) ¿Está claro?

Isidora: (escapando del marido y dirigiéndose al público) De acuerdo; nunca la he visto… (comienza a sacar la ropa del cesto) ¿Y esta ropa que acabo de lavar? ¿Esta camisola con encajes, estas insinuantes bragas,…? ¡Claro! Son del caballero Hernando Pizarro de Vargas que

lleva en el pecho la Cruz de Santiago (con hipocresía) (dirigiéndose a su marido que hace ademanes de quererla matar). Ruego no os alteréis esposo, pero ¿esta ropita de bebé… entonces de quién es, juega el preso a las muñecas?

Alcaide: (persiguiendo a su esposa con gesto de querer estrangularla) ¡Esta mujer será mi perdición! (la mujer corre) Perdóname Dios mío ¡pero si la agarro…! ¡Me saca de quicio! (parándose y como implorando al cielo) ¡Me juego el puesto por un puñado de maravedises y esta ignorante y lenguarona no se da cuenta! (dirigiéndose al público) Tengo a un caballero preso, el cual me paga muy bien pagado por servirle y por poder recibir a su amante en sus aposentos. Acabo de recibir órdenes estrictas de que el preso sea incomunicado. Su majestad, nuestro rey Carlos V, se preocupa de lo que pasa en la cárcel; como alcaide, he de enviar cada mes un informe a palacio. El preso es un soberbio caballero, de linaje importante en Extremadura.

Isidora: (cotilleando) En su habitación tiene toda una colección de espadas; utilizolas en las campañas de Navarra, en las guerras de Flandes y en la de Italia; acompañó a su hermano Francisco Pizarro en la Conquista del Nuevo Mundo… es poderoso, rico; pero, sobre todo, un seductor… Gusta mucho a las mujeres (dirigiéndose al público en plan confidente y con picardía) a mí, me gusta muchísimo, pero una servidora es pobre y muy decente, pero una, ¡una no es de piedra!

Alcalde: ¡Calla mujer y vete a la cocina; que ese es tu sitio! (Isidora sale de escena). ¿Cómo habré podido aguantar a esta cotilla media vida? ¡Habla por los codos! ¡Como llegue a oídos de la justicia que la señora Isabel convive con el preso! Y para colmo de desgracias ¡ahora también la criatura de ambos! Estoy perdido. Me encarcelarían… pero no con lujo y confort como el que disfruta mi huésped; pocas cárceles tiene que haber como ésta del castillo de la Mota, donde los presos tienen criados, secretarios e incluso, ahora también, ¡un hijo! (Isidora vuelve a entrar corriendo)

Isidora: ¡Han llegado, esposo mío! ¡Allí están! Han izado el puente… son unas…

Alcalde: (interrumpiendo a la mujer y levantando el brazo) Desaparece o no respondo. (Isidora sale corriendo, por el otro lado aparecen Juan Cortés, doña Francisca, doña Catalina y los dos indios)

Alcalde: (nervioso se acerca a los viajeros) ¿A qué debo el honor de esta su visita? ¿Quiénes son sus mercedes?

Juan Cortés: No creo que sea de su interés pues esta visita no es para usted. (Aparece otra vez Isidora, mirando con curiosidad la ropa elegante de las señoras y tocando a los indios que le dan manotazos)

Alcaide: Entonces prosigan su camino vuestras mercedes ya que en este lugar no habita nadie excepto este servidor con su… (señalando a Isidora). (Juan Cortés le interrumpe desenvainando su espada y amenazando al alcaide)

Juan Cortés: ¡Vive Dios! Jure vuesa merced si no se halla prisionero en aqueste castillo el caballero Hernando Pizarro de Vargas. (Ñusta grita asustada con aspavientos y se esconde tras doña Francisca).

Doña Catalina: (separando a los dos hombres) ¡Santo Dios! Ruego no se alteren los caballeros. No son estos modos de recibir a nuestra señora la Marquesa doña Francisca Pizarro Yupanqui, descendiente de Huayna Capac, último emperador inca, sobrina de los difuntos Atahualpa y Huascar; hija de don Francisco Pizarro que Dios tenga en su gloria, la primera mestiza noble peruana.

Alcalde: ¡Válgame Dios! (sujetando tras él a su esposa que se ha quedado con la boca abierta).

Juan Cortés: Es menester no deje entrar al instante pues en nuestro manos se halla un poder entregado por la corona.

Alcalde: Dicho poder vuesa merced me ha de entregar; de otro modo no puedo dejarles pasar.

Ñusta: (dando tirones del traje a don Juan que la aparta) Dalo, dalo señor. Yo no soportar cabeza cortadas.

Juan Cortés: Helo aquí (entregándolo al alcaide). (El alcaide mira el poder por detrás, por delante, lo voltea hacia arriba, hacia abajo. Doña Francisca se acerca a doña Catalina y le dice aparte).

Doña Francisca: Juraría que este carcelero analfabeto es. Ya me contaba mi preceptor que los de Castilla consideraban se una raza superior (enfadada) ¡Con látigo debieran tratar a estos funcionarios de la corona!

Ñusta: Señora. No gustar hombre apestoso (señalando al alcaide) y mujer ¡muy extraña! Toca y toca.

Doña Catalina: ¡Calma chiquilla! Por estos parajes encontrarás almas de Dios muy diferentes a las que dejaste allá.

Ñusta: ¡Y tanto señora! ¡Acá almas yo pienso no son de Dios, son de Diablo!

Doña Catalina: ¡Calla insensata!

Alcalde: Excusen sus mercedes mas este lugar es una prisión, no un molino donde cada cual entra y sale a su antojo… (don Juan amenaza don la espada, el carcelero retrocede) ¡Raudo envío a mi esposa anunciando vuestra visita al señor Hernando Pizarro y… veremos si les puede recibir (empujando a su esposa). Mientras tanto háganme el favor, tomen asiento (dirigiéndose a Isidora) ¡Vamos mujer! Sube a los aposentos de su excelencia don Hernado y hazle saber que tiene visita, la visita de (mirando el poder al revés y con ironía) doña Francisca Pizarro Yupanqui, Marquesa de la Conquista.

Isidora: (mirando al público) Creo que esta aburrida vida tocando está a su fin… vamos a vivir intrigas palaciegas (se frota las manos muy contenta, se vuelve hacia el marido). Voy, voy volando esposo mío (sale de escena).

Doña Francisca: (dirigiéndose al carcelero con superioridad) Sepa usted, señor mío, que mi tío Hernando permanece encerrado en este castillo por capricho de la corona. Pasose ya tres años en el Alcázar Real, en Madrid, y cinco años ha que permanece como (con ironía) “huésped”  suyo en aqueste lugar; pagándole a usted y a sus guardianes harto más de lo que se merecen. La corona, empeñada está en confiscar los bienes del último Pizarro conquistador así como los míos propios. Le exijo más respeto, porque acá estamos para luchar por lo nuestro y usted tiene mucho que perder.

Ñusta: Yo dije señora. Acá sólo alma de diablos.

Doña Catalina: Tristes son, mi señora, estos tiempos que corren, y muy duros. El Consejo Real desea borrar de la faz de la tierra hasta el ilustre apellido Pizarro. ¡Ese! ¡Ese es el agradecimiento hacia los conquistadores! El pobre Cristóbal Colón sufrió el olvido, desprecian a Hernán Cortés, cortaron la cabeza de Vasco Núñez de Balboa que descubrió el Pacífico (se lleva las manos a la cabeza). Son tiempos tristes, muy tristes.

Ñusta: Y muy diablos, mucho.

 

ACTO IV

 

(El encuentro de doña Francisca con don Hernando)

(En escena están doña Francisca hablando en voz baja con doña Catalina, don Juan Cortés reprendiendo a los indios, el alcaide y su esposa. Sale a escena Hernando).

 

Hernando: (acercándose a doña Francisca con los brazos abiertos) Adorable criatura, hermosa, muy hermosa, una verdadera dama mi querida sobrinita, digna de su apellido. Cuatro añitos teníais la última vez que os vi en La Ciudad de los Reyes; una niña que apenas si balbuceaba unas palabras (toma en brazos a su sobrina besándola en las mejillas y ella encantada. Luego inca la rodilla ante ella sujetándole una mano, mira al cielo). Mil gracias os doy Señor por regalarme tamaño placer; volver a ver a mi sobrina sana y salva tras un viaje tan largo y arriesgado. Seis injustos meses, desde que abandonasteis el Perú. Y yo aquí encerrado sin poder acudir a socorreros ¿Podréis perdonarme algún día?

Doña Francisca: ¡Oh, mi señor! ¡Levántese, por caridad! Arrodillarme yo debería para agradecerle sus desvelos y constantes despachos a la corona para, al fin, conseguir el salvoconducto y así poder realizar este mi viaje a España. (Emocionada) La felicidad no cabe en mi pecho. ¡Por fin estar acá! ¡con usted, el único hermano vivo de mi padre, mi último pariente… (se echa a llorar, su aya le limpia las lágrimas).

Hernando: (Acercándose a doña Catalina y besándole la mano). Usted, señora mía, ha de ser el aya y protectora de mi sobrina; doña Catalina de la Cueva. A usted debo en gran medida el inmenso placer de poder reunirme con la heredera de mi difunto hermano. Se lo agradezco desde lo más profundo de mi corazón. Tenga usted la seguridad de que no he de escatimar en el precio de lo que a sus servicios se refiere.

Doña Catalina: Me ofende usted, don Hernando, entre mi señora y yo tiempo ha que no se habla de gratificación alguna. ¡Son tantos los momentos de auténtico peligro transcurridos juntas!, tanto en la travesía del océano como en Sierra Morena, que prometido hemos el no separarnos jamás. (Implorando) Ruego a su Excelencia no me separe de mi niña, ¡tan jovencita, y tanto que ha sufrido!

Hernando: Si tal es el deseo de mi sobrina, no se diga más; una orden para mí es. Siempre un lugar de honor entre los Pizarro hallará la fiel aya doña Catalina. (Dirigiéndose al alcaide) Alcalde, no permanezca cual estatua. Vaya presto a preparar los aposentos para mis huéspedes.

Alcaide: Como su excelencia ordene, sus deseos son órdenes para un servidor (saluda con una inclinación; llama a Isidora) ¡Mujer, rápido! ¡Sube a preparar los aposentos para las señoras y un cuarto para el caballero!

Ñusta: (enfadada) ¿Y nosotros? ¿Con caballos?

Isodora: (dirigiéndose a los dos indios) Ustedes, acompáñenme, suban el equipaje y ya hallaremos un lugar donde acomodarlos. (salen los tres de escena con el equipaje, tropezando)

Hernando: Cuénteme sobrina, las últimas disposiciones que tomásteis antes de abandonar la Ciudad de los Reyes.

Doña Francisca: Hice testamento.

Hernando: ¿Testamento decís?

Doña Francisca: Sí, cierto es que no albergaba esperanza alguna de llegar con vida a su presencia; me aterraban los meses de travesía por el Atlántico, plagado de piratas y de huracanes; sin contar las enfermedades que podríamos encontrar tanto al atravesar de costa a costa como a bordo.

Doña Catalina: ¡Pobre criatura!

Doña Francisca: Antes de abandonar Lima, hice preparar la capilla enterramiento para mi querido padre en la catedral, que por cierto allá dejamos en construcción; en ella trabajan canteros españoles, entre ellos los mejores de Trujillo.

Doña Catalina: (acariciando a doña Francisca) Permítame señor señalar lo orgullosa que estoy de mi niña. En su testamento asume gestos de responsabilidad respectos a los indios. Ella no olvida que por sus venas corre sangre india y no esconde el origen de su madre la Ñusta (o princesa) Inés Huaylas Yupanqui aunque también consciente es de ser la heredera del jefe de la Conquista. Una de las obras hechas por esta primera noble mestiza peruana es el Hospital de Indios de Lima, nuevo nombre dado a Ciudad de los Reyes.

Hernando: En ti, querida sobrina reconozco la nobleza de nuestro linaje. Pero dime, ¿cómo tardaste seis meses para llegar de Lima a Sevilla?

Doña Francisca: Pues partimos del Puerto del Callao en marzo del año del señor de mil y quinientos y cincuenta y uno. Realizamos varias paradas a lo largo de la costa peruana a fin de renovar las provisiones y recoger agua y leña.

Doña Catalina: En el puerto de Chimbote esperaban nos una multitud de indios cargados de regalos; al lugar se llegaron indios hasta del Callejón de Huailas a despedirse de su princesa.

Doña Francisca: Cuán gran emoción me embargó (suspira y se lleva las manos al pecho) ¡Fue tan lindo! ¡Qué despedida! Jamás podré olvidarlo; (soñadora) indios tocando instrumentos de música, otros con cestos de flores o de frutas a la cabeza….

Doña Catalina: Arrivamos a Panamá completamente mareadas; mi niña no estaba nada bien hube de encargar unas brebajes al barbero para aliviarla.

Hernando: (como recordando) Más tarde les tocaría cruzar de Panamá, en la costa del Pacífico a la costa Atlántica, largo y penoso camino.

Doña Catalina: Cierto es. Hice construir un lecho con estrado para mi niña y hubimos de alquilar bestias para el transporte del escaso equipaje que nos dejaron traer. Reunimos los suficientes víveres para llegarnos hasta La Habana, que nos recibió el mes de junio; desde este paraíso emprendimos la travesía del océano Atlántico.

Doñas Francisca: Gracias al Señor nuestro Dios tuvimos la suerte de no toparnos con piratas, tampoco nos sorprendió ningún huracán. (Sonriente) Sobrevivimos.

Doña Catalina: Nuestro galeón llamábase “La Graciosa” y con él arribamos hasta Las Azores donde hicimos escala.

Doña Francisca: Por fin en septiembre tocamos tierra peninsular, llegamos a Sanlúcar de Barrameda. Yo estaba llena de ilusión por conocer la capital de las Indias, Sevilla. No imaginé nunca que pudiese existir una ciudad con tantas actividades, las calles llenas de gentes alegres, ruidosos carruajes, mercaderías irresistibles… un sueño… al fin estaba en el país que vio nacer a mi difunto padre.

Doña Catalina: Pero mi niña no estaba satisfecha en Sevilla; rápidamente nos pusimos en camino; cruzamos Sierra Morena para llegarnos hasta Trujillo tras siete agobiantes y fatigosos días y noches.

Hernando: ¿Teníais ganas de llegar a Trujillo, verdad? (dirigiéndose a su sobrina) ¿Os gustó Trujillo? Yo pienso que es el lugar más bello y más maravilloso para vivir. Cuando mi libertad consiga recuperar, ruego a Dios oiga mis súplicas; haré construir para usted querida sobrina, el más espléndido de los palacios; y el lugar será… justo encima de la casa de mis padres, de sus abuelos, la casona donde fueron recibidas a su llegada a Trujillo.

Doña Catalina: Pues fíjese usted don Hernando que tampoco disfrutó en Trujillo, tal era la premura de emprender de nuevo el viaje para venir a su encuentro. Este parece más bien parece un viaje sin fin ¿Hacia dónde nos dirigiremos mañana?

Doña Francisca: (a doña Catalina) Perdóneme querida aya. Se que he abusado de su paciencia y que ha de estar usted exhausta. Mas no se inquiete, finalmente el viaje tocó fin y podrá usted reposar. (Dirigiéndose a su tío Hernando) Puesto que mi señor prisionero acá está, no albergo duda alguna de que este es mi lugar hasta que usted recupere la tan ansiada libertad.

Hernando: ¡Tan joven! ¡tan bella! (como volviendo en sí) No puedo permitir tal abnegación. Este castillo no es el que vos merecéis; es una cárcel. Aunque, a Dios gracias, tengo el privilegio de poder pagar a guardianes y a este sinvergüenza de alcaide; deste modo puedo disponer de buena cama, comida en abundancia, no paso demasiado frío; dispongo de domésticos y secretario a mi servicio; mas (con añoranza) lo que pagar no puedo es lo más preciado: mi libertad. No obstante pueden permanecer ustedes por una temporada, lo cual me causaría un gran placer.

Doña Francisca: Siento contradecirle querido tío, mas usted ha de saber que yo no llegué a estos lares tan solo con la idea de visitarle; sino con la de permanecer a su lado. Usted es la única persona de la familia Pizarro que me queda y mi intención es (mimosa y provocativa) quererle, mimarle,…¿No piensa querido tío, que mi presencia puede hacerle más llevadero y placentero este encierro?.

Doña Catalina: (enfadada se interpone entre los dos dirigiéndose a Hernando) Excuse usted mi señor a mi niña, está… trastornada; ya sabe… el viaje, la emoción, el cansancio… no tenga en cuenta sus desvaríos. (Dirigiéndose a Francisca) Señorita, los palabras recién pronunciadas son un atrevimiento; sólo me cabe pensar que perdió la cabeza y que inmediatamente rectificará su conducta.

Doña Francisca: (ingenuamente a doña Catalina) Tan sólo llevo a término sus enseñanzas mis querida aya. ¿No me inculcó que hablase claro y que la sinceridad era gran virtud? Sinceramente estoy dichosa por el reencuentro con mi tío Hernando, y mi voluntad sería la de permanecer a su vera para siempre.

Hernando: en tal caso, amada sobrina, a mi lado permanecerá para siempre.

Doña Francisca: (a Hernando) No es tan solo el cariño de un tío lo que añoro; mi deseo así mismo es recomponer el patrimonio familiar y a tal fin necesario me son su apoyo y sus consejos… Creo que ambos nos necesitamos para que el buen nombre y la buena fortuna de los Pizarro no se pierda (o “no quede relegada en el olvido”).

Doña Catalina: (dirigiéndose a Hernando y señalando a doña Francisca) Su herencia en Lima, así como la de la Sierra del Perú a salvo están, sus tutores, doña Inés Muñoz y don Antonio de Ribera quedaron a cargo de las encomiendas heredadas de su madre, en el departamento de Huaylas así como de los repartimientos que la dejó su padre.

Doña Francisca: No esté tan segura doña Catalina, el poder de la corona ilimitado es; recuerde como los bienes de mi tío Gonzalo le fueron confiscadas tras su asesinato por el virrey; éste hizo incluso derribar su casa y en su lugar ordenó sembrar de sal el solar. (A su tío) Creo, amado tío, que tan solo uniendo nuestros esfuerzos podremos al fin recuperar todo lo que tan injustamente la corona confiscó a nuestra familia.

Hernando: Nos uniremos, querida sobrina…(dirigiéndose al público) Nunca pretendí merecer tanto honor ni tanta dicha; una sobrina joven, bella, luchadora, valiente, llena de frescura y encanto… (vuelve a dirigirse a su sobrina) En verdad amada mía que sois la digna hija del Conquistador del Tahuantisuyu, don Francisco Pizarro. Doña Catalina, a usted tomo por testigo; doña Francisca Pizarro Yupanqui (tomando de las manos a su sobrina) y un servidor, Hernando Pizarro de Vargas, acabamos de unirnos para lo bueno y para lo malo.

Doña Catalina: (interponiéndose entre la pareja) ¡No tan rápido, caballero! ¡Y usted señorita, aquí a mi vera! No permitiré que esta unión se lleve a cabo sin antes ser bendecida por Dios.

Hernando: (llamando a voces) ¡Alcalde! (entran el alcaide, su esposa, Juan Cortés, los dos indios) En este lugar, se va a celebrar un desposorio; ve raudo en busca de un notario y de un sacerdote. Y tú Isidora, vaya preparando los más espléndidos manjares para el banquete.

Doña Francisca: (a Ñusta) ¡No llores, querida! Voy a desposar a mi tío. Nosotras somos las primeras mujeres del Nuevo Mundo que hallaron la felicidad en este Viejo Mundo.

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