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LITERATURA
ORAL DEL NORTE DE EXTREMADURA:
CUENTOS
DE SERRADILLA
JESÚS
BARBERO MATEOS
REMEDIOS
CUESTA GARCÍA
“Si
tuviésemos una fantástica como
hay
una lógica, se habría descubierto
el
arte de inventar historias”.
Gianni
Rodari (1)
¿Quién
no recuerda cuando de pequeño permanecía con la boca y los ojos muy
abiertos, mientras abuelos, padres, hermanos o vecinos desgranaban fantásticos
relatos ante nuestros fieles oídos infantiles?
Al
percibir la fórmula mágica, arrinconábamos nuestros quehaceres y
entretenimientos, prestándonos a oir una historia maravillosa. Nos
iniciaron con el cuento de los cinco lobitos que tuvo la loba, o con el de
los deditos que encontraron, frieron…, y se comieron un huevo. Nos
enternecieron con el de la cabra y los siete cabritillos. Nos hicieron reír
con las aventuras del singular Garbancito. Nos metieron miedo con el Tíu
del seu. Nos hicieron odiar a tantas y tantas viejas brujas y madrastras,
hasta que, ante nuestra tirana exigencia de más cuentos, nos aburrieron
con los cuentos sin fin.
1
RODARI, G. “Gramática de la fantasía. Introducción al arte de
inventar historias”. Ed. Ferrán Pellissa. Barcelona 1979.
Todos
estos relatos nos conectaron para siempre con nuestra cultura, al
aportarnos importantes mensajes sociales y familiares, contenidos
subliminares que despertaron sentimientos y deseos contrapuestos y que
coadyuvaron en el desarrollo de nuestra comprensión, imaginación y
sentido
de la estética.
Cualquier
relato atrae al máximo el interés de los niños, inflamados de
curiosidad, atentísimos a las peripecias, intolerantes con las
modificaciones que perciban en narraciones ya escuchadas y nuevamente
repetidas. El folclore es venero impresionante de cuentos realistas,
maravillosos, de animales… En ellos al oyente infantil le sobra toda
posible explicación. Lo que se recaba de la narración es acción, el
transcurrir vertiginoso de los acontecimientos. Actitud que es acorde con
los comportamientos vitales del niño, atendiendo más que a la reflexión,
a la improvisación y a los impulsos primarios.
El
esquematismo, la condensación argumental, la ausencia de lo superfluo
como notas distintivas de nuestros cuentos populares, encuentran semejanza
en la escueta edición de los juegos de los primeros años, en los
cuentecillos acumulativos, los de nunca acabar y los cuentos breves.
Por
todo ello, estimamos necesario dejar constancia de los relatos infantiles
serradillanos, caídos en el olvido últimamente, a partir de las
aportaciones efectuadas por Agustín Sánchez Rodrigo en “Folklore
Serradillano”. En los primeros años de relación social, constituyen
los entretenimientos del niño los juegos, los juguetes, las
“licantinas” que aprenden a recitar solos entre la familia y los
cuentos sencillos a los que comienzan a aficionarse. Su pesadez pidiendo
cuentos da lugar a la mala costumbre de aburrirles con cuentos
decepcionantes, con los que los padres y abuelos procuran quitárselos de
encima, lo que indudablemente consiguen, pero a costa del aturdimiento y
desencanto, que produce gran daño en la inteligencia y atención del niño.
Un recurso de las madres y abuelos para entretener a los niños que aún
son pequeños para salir a la calle con los demás, es contarles cuentos
sencillos, tales como: “la hormiguita”, “el ratón que cayó en la
viga y se rompió el carrillito”, “Juaniquitón”, “canta zurrón
canta” y algún otro que constituían el repertorio tradicional, pues
por el año ochenta del siglo XIX, aún no abundaban ediciones de cuentos
infantiles ni habían llegado por aquí las contadas colecciones que ya
circulaban impresas por aquel tiempo.Sin embargo, no eran sólo los
antiguos cuentos tradicionales los que se contaban a los niños pequeños.
Las fábulas de Samaniego fueron abundante cantera de donde se extrajeron
con
este objeto las que mejor se prestaban a tal efecto, tales como “la
zorra y la cigüeña”, “la lechera”, “los dos amigos y el oso” y
otras varias. Al convertirse en cuentos, las fábulas perdían su belleza
literaria, adquiriendo el tinte de antigüedad con el consabido principio,
aquí obligado para todo cuento que se cuenta a los muchachos. “Has
de sabel y has de entendel que era…”, y aquí comenzaba el asunto
del cuento. Las terminaciones eran varias, unas serias, formales y otras
chirigoteras con pretensiones de graciosas.
De
las primeras son:
•
“Y ya se acabó mi cuento de tres paramentos que nunca se acaba y ya se
acabó”.
•
“Y mi cuento se acabó en paz y en la gracia de Dios”.
Algunas
de las terminaciones graciosas:
•
“Ya se acabó mi cuento de tres paramentos pa mi una manta de orillo, pa
ti tres peos en los colmillos”.
•
“Pa mi una manta de seda y pa ti tres peos en las muelas”.
•
“Pa mi una manta de oro, pa ti tres cachetes en los morros”.
•
“Pa mi un montón de trigo, pa ti un montón de pulgas”.
•
“Pa mi un saco de oro, pa ti un saco de piojos”.
Y
algunas cosas de peor gusto.
Los
niños, cuanto más inteligentes, más se aficionan a que les cuenten
cuentos, y llegan a molestar con su pesadez a quienes, más benévolos,
mejor les atienden. Contra esta pesadez existía la mala costumbre, de
deshacerse de ellos aburriéndoles con frases o diálogos sin sentido, que
con apariencia de cuentos sólo consiguen desconcertar la inteligencia débil
de los niños en vez de dirigirla, ayudándola con frases y ejemplos
siempre claros y educadores. Son los cuentos de nunca acabar.
De
esta costumbre dan idea los siguientes ejemplos:
–¿Quieres
que te cuente un cuento?
–Pues
haz un hoyo y mea dentro.
–¿Quieres
que te lo vuelva a contar?
–Pues
haz otro hoyo y vuelve a mear.
Este
es el cuento
de
pan y pimiento,
las
sábanas rotas
y
el culo contento.
Este
el cuento
de
Juan Perazules,
con
las bragas azules
y
el culo al revés.
–¿Quieres
que te le cuente otra vez?
Has
de sabel
y
has de entendel
que
quien hizo la cera
hizo
la miel
y
los panalitos también.
Iba
una cabrita
por
una pared,
se
jincó una pajita en el culo
y
dijo ¡bee!
Iba
una zorrita por un centenal
se
jincó una pajita en el culo
y
dijo ¡gua! ¡gua!…
–¿Quieres
que te cuente un cuento? –Sí.
No
se dice que sí,
se
dice que no
que
son las cartas azules
de
Nuestro Señor.
Se
repite la pregunta y escamado el niño contesta:
–No.
–Se
dice sí,
no
se dice que no,
que
son las cartas azules
de
Nuestro Señor.
Has
de sabel
y
has de entendel,
que
este es el cuento
de
Juan Pimiento
que
nunca se empieza
y
ya se acabó.
Este
es el cuento
de
Juan Pimiento
que
se fue a cagar
y
no ha vuelto.
Este
es el cuento
de
tres paramentos
que
nunca se empieza
y
ya se acabó.
Era
un pastor
con
una pata jinchá
y
se le dejinchó
y
ahora falta lo mejor.
Era
un Rey
que
tenía tres hijos,
los
metió en tres botijos
y
los tapó con pez,
¿quieres
que te lo cuente otra vez?
Borreguina
Beeeee
¿Tienis
madri?
sí,
peru de poco me vale,
que
se va por la mañana
y
vuelve por la tarde.
Has
de sabel y has de entendel:
que era un río y le iban a pasar en una barca Tío Juan y tía María,
pero no podían porque venían el río abajo muchos patos andando por
encima del agua; estuvieron esperando mucho tiempo pero no dejaban de
pasar patos, pasar patos, pasar patos…
Se
corta la narración y cuando el niño pide que continúe, se le contesta:
“Ahora están pasando los patos y hasta que no acaben no pueden pasar el
río Tío Juan y tía María”.
Dentro
de un momento insisten los niños y reciben la contestación: “Todavía
no han acabado de pasar los patos…”, y así hasta que se aburren y
buscan otro pasatiempo.
En
Serradilla había una serie de cuentos favoritos que todos los niños
querían oír y que constituían el repertorio narrativo de los
adultos. A continuación, se detallan los que con mayor fidelidad son
recordados aún por los que escuchamos tantas veces las fantásticas
historias que nos contaban nuestros mayores.
EL
TÍU DEL SEU (2)
Cuando
los adultos no encontraban mejor manera de controlar la incansable
actividad y curiosidad infantiles, les hacían coger miedo nombrándoles
diversos personajes fantásticos y desconocidos que, por el tono de voz y
el contexto en el que se nombraban, asustaban a los más pequeños y les
hacían desistir de sus intenciones. Los “personajes siniestros” más
generalizados son el “Hombre del saco” y “el coco”. Pero en
Serradilla existía desde siempre el temible “Tíu del Seu”, que se
llevaba a los niños malos y desobedientes para hacerles miles de perrerías
(3).
Este personaje apenas se utiliza actualmente en las relaciones con los
pequeños, bien porque otros más genéricos se han apoderado de la
imaginación de los adultos, o quizás porque los adultos de ahora viven
la relación con sus hijos de forma diferente y conectan con ellos mejor.
JUANIQUITÓN
(4)
Has
de saber y has de entender que Juaniquitón era un niño muy mentiroso.
Una mañana se fue su padre a arar con la yunta de vacas y le dijo:
Padre:
Juaniquitón, di a tu madre que cuando yo venga a la tarde, debe haber
echado de comer a las vacas.
Pero
Juaniquitón en vez de decir a su madre lo que el padre le había dicho,
le dijo: Juaniquitón:
Madre, ha dicho padre que cuando venga de arar a la tarde, tenga usted
matado el choto.
Madre:
Pero ¿cómo va a haber dicho eso tu padre?
J.:
Pues ha dicho que si no, la mata.
Entonces
la madre se hizo caso de juaniquitón y mató el choto. Lo desolló y puso
la piel a orear en el sobrao. Cuando el padre llegó por la tarde, se
enfadó mucho, ya que nadie había echado de comer las vacas.
M.:
Pero si Juaniquitón me ha dicho que querías que matara el choto.
P.:
¿Dónde está? ¿Cómo me la ha trampeado así?
(2)
Aportado por María Josefa Mateos Martín, de 64 años.
(3)
Perrería: fechoría.
(4)
Contado por Amelia Real Barbero, de 78 años
Cuando
el padre le encontró le metió una buena tollina y Juaniquitón se subió
corriendo al sobrao. Allí vio el pellejo del choto, lo cogió, lo metió
en un saco y se fue a Madrid. Al llegar a la ciudad se puso a dar tantas
voces que parecía que se iba a desgañitar. Decía:
J.:
¡¡Compañeros, corred, corred!!, ¡¡que traigo en este saco el tesoro
del mundo!!
Gente:
¿Qué será eso?
J.:
No, no me lo toquéis. Si queréis os lo vendo.
G.:
¿Cuánto quiere usted por él?
J.:
Cincuenta duros. Uno
de los presentes se lo compró y con los cincuenta duros que le dieron,
regresó al pueblo diciendo:
J.:
En Madrid, los pellejos de choto valen a cincuenta duros. Así
es que los vecinos del pueblo mataron todos los chotos y se fueron a
Madrid a vender los pellejos. Cuando comenzaron a pregonarlos:
Vecinos:
¡¡Se veeeendeeeen pelleeeejoooos de choootoooo a cincueeeeenta
duuuuuuros!!
…los
transeúntes les decían
Transeúntes:
¡Ustedes están tontos, aquí no hay quien compre pellejos de choto!
V.:
¡¡Hay, hay, hay, este Juaniquitón nos ha enredado!!, ¡¡Déjale, que
buena le espera!! Cuando
llegaron al pueblo, le calentaron bien caliente y se subió al pajar a
llorar la tunda que le habían metido. Estando allí vio como un ratón se
paseaba de aquí para allá. Cogió un saco, lo atrapó y lo metió en una
caja. Bajó muy despacio la escalera y se fue de nuevo, ya que pensaba que
en su casa no le querían.
Llegó
entonces a Madrid a ver si podía vender el ratón. Entró en casa de un
posadero y dijo a su señora:
J.:
Traigo dentro de esta caja la adivinanza del Rey. Ahora voy a preguntarle
cuándo se la puedo llevar. La dejo aquí, pero no la toque usted, porque
se puede escapar y vale mucho dinero. Salió
Juaniquitón de la posada, lo que aprovechó la posadera para abrir la
caja… ¡¡¡ssssssúúú!!!, el ratón se escapó.
Posadera:
¡¡Ay dios mío, ya le quedé sin la adivinanza del rey!!
Al
cabo de un rato llegó Juaniquitón de nuevo a la posada, y antes de
entrar, vio a la posadera con su amante y observó cómo éste al oír
ruido se escondía en un arca que allí había. Ya que estaba dentro, la
posadera le explicó lo que había ocurrido con la caja y le preguntó cuánto
debía darle para que no dijera nada al Rey acerca de su curiosidad.
J.:
Pues, ¿qué menos que cincuenta duros?
Cuando
la mujer le estaba dando el dinero, Juaniquitón dijo:
J.:
Bueno, si no me va a dar usted aquel arca que tiene sobre la pared, que
con él me conformo.
Cuando
el niño salió con el arca a la calle, comenzó a vociferar:
J.:
¡¡Muchachitos, muchachitas, traed palos, que vamos a quemar este arca!!
La
mujer, que lo estaba oyendo todo, salió y dijo:
P.:
Pero ¿cómo vas a quemar el arca, cuánto quieres por él?
J.:
Bueno, pues me va a dar los cincuenta duros de antes y otros cincuenta
duros más por el arca.
Total
que la mujer le dio los cien duros y se llevó a cambio el arca con el
amante dentro. Juaniquitón regresó de nuevo al pueblo. Cuando le vieron
llegar los vecinos, aún no se les había olvidado que les había enredado
dos veces, y se dijeron los vecinos:
Vecinos:
Nos ha enredado una y dos veces, pero ya no nos enreda más, así es que
le vamos a llevar al río y le vamos a tirar allí para que no vuelva a
hacerlo.
Cuando
le llevaban por el camino, Juaniquitón comenzó a cantar:
A
ser Rey me llevan,
y
yo no lo quiero ser.
A
ser Rey me llevan,
y
yo no lo quiero ser…
Un
pastor que pasaba por allí con el rebaño de ovejas, oyó la canción y
se sorprendió. Entonces, en un momento, cuando los que custodiaban a
Juaniquitón se pusieron a hablar, se acercó el pastor y le dijo:
Pastor:
¿Cómo que no quieres ser Rey? Pues quédate tú con las ovejas y yo me
voy a ser Rey. Cambiamos y ya está.
Así,
mientras los custodios seguían con su conversación, el pastor y
Juaniquitón intercambiaron sus papeles: el pastos se metió en el saco y
se lo llevaron al río y Juaniquitón se quedó cuidando las ovejas.
Llegaron los hombres al río y allí tiraron al pobre pastor y a algunas
ovejas que éste había metido en el saco. Y dicen que cuando se vinieron
hacia el pueblo, salió del agua un bomborita grande y otra chica. En el
camino de regreso, los hombres se encontraron de nuevo con Juaniquitón.
Vecinos:
Pero ¿a ti no te hemos tirado al río?
J:
Sí, pero ¿no vieron aquéllas bomboritas?, pues de la grande salí yo y
de la chica las ovejas. Y aquí estamos.
A
partir de aquel día nadie volvió a meterse con Juaniquitón, es más,
todos le pedían consejo acerca de lo que tenían que hacer en cada
momento. Y ya se acabó el cuento de tres paramentos, que nunca se acaba y
ya se acabó.
EL
RATÓN QUE CAYÓ DE LA VIGA Y SE ROMPIÓ EL CARRILLITO (5)
Has
de saber y has de entender que iba un ratoncito por una pared, se cayó en
una viga y se rompió un carrillito. Entonces se acercó a casa del
zapatero para que se lo arreglara y le dijo:
Ratoncito:
Zapatero, cóseme este carrillito que mira como le tengo… y
el zapatero contestó:
Zapatero:
Pues tráeme cerda.
El
ratoncito se acercó a casa de un puerco.
R.:
Puerco, ¡dame cerda! Cerda doy a zapatero que me cosa este carrillito. ¡Que
mira como le tengo!
Puerco:
Pues tráeme salvao. Fue
el ratoncito a casa de una panadera.
R:
Panadera, ¡dame salvao! Salvao doy a puerco, puerco me da cerda, cerda
doy a zapatero que me cosa este carrillito. ¡que mira como le tengo!
Panadera:
Pues tráeme trigo.
El
ratoncito fue a una cilla.
R.:
Cilla, ¡dame trigo! Trigo doy a panadera, panadera me da salvao, salvao
doy a puerco, puerco me da cerda, cerda doy a zapatero que me cosa este
carrillito. ¡Que mira como le tengo!
(5)
Contado por Amelia Real Barbero.
Cilla:
Pues tráeme llave.
Fue
entonces el ratoncito a casa de un herrero.
R.:
Herrero, ¡dame llave! Llave doy a cilla, cilla me da trigo, trigo doy a
panadera, panadera me da salvao, salvao doy a puerco, puerco me da cerda,
cerda doy a zapatero que me cosa este carrillito. ¡que mira como le
tengo!
Herrero:
Pues tráeme carbón. Fue
el ratoncito a una sierra.
R.:
Sierra, ¡dame carbón! Carbón doy al herrero, herrero me da llave, llave
doy a cilla, cilla me da trigo, trigo doy a panadera, panadera me da
salvao, salvao doy a puerco, puerco me da cerda, cerda doy a zapatero que
me cosa este carrillito. ¡Que mira como le tengo!
Sierra:
Pues tráeme lumbre.
El
ratoncito se acercó a una vieja.
R.:
Vieja, ¡dame lumbre! Lumbre doy a sierra, sierra me da carbón, carbón
doy al herrero, herrero me da llave, llave doy a cilla, cilla me da trigo,
trigo doy a panadera, panadera me da salvao, salvao doy a puerco, puerco
me da cerda, cerda doy a zapatero que me cosa este carrillito. ¡que mira
como le tengo!
Vieja:
Pues tráeme leche.
El
ratoncito fue donde estaba una vaca.
R.:
Vaca, ¡dame leche! Leche doy a vieja, vieja me da lumbre, lumbre doy a
sierra, sierra me da carbón, carbón doy al herrero, herrero me da llave,
llave doy a cilla, cilla me da trigo, trigo doy a panadera, panadera me da
salvao, salvao doy a puerco, puerco me da cerda, cerda doy a zapatero que
me cosa este carrillito. ¡Que mira como le tengo!
Vaca:
Pues tráeme hierba.
Fue
el ratoncito a un prado.
R.:
Prado, ¡dame hierba! Hierba doy a vaca, vaca me da leche, leche doy a
vieja, vieja me da lumbre, lumbre doy a sierra, sierra me da carbón, carbón
doy al herrero, herrero me da llave, llave doy a cilla, cilla me da trigo,
trigo doy a panadera, panadera me da salvao, salvao doy a puerco, puerco
me da cerda, cerda doy a zapatero que me cosa este carrillito. ¡que mira
como le tengo!
Prado:
Pues tráeme agua.
Se
fue el ratoncito a un río.
R.:
Río, ¡dame agua! Agua doy al prado, prado me da hierba, hierba doy a
vaca, vaca me da leche, leche doy a vieja, vieja me da lumbre, lumbre doy
a sierra, sierra me da carbón, carbón doy al herrero, herrero me da
llave, llave doy a cilla, cilla me da trigo, trigo doy a panadera,
panadera me da salvao, salvao doy a puerco, puerco me da cerda, cerda doy
a zapatero que me cosa este carrillito. ¡que mira como le tengo!
Río:
Pues cógela tú mismo.
Entonces,
cuando el ratoncito se agachó a coger el agua del río, se cayó y se
ahogó. Y mi cuento se acabó en paz y en gracia de Dios.
LA
HORMIGUITA (6)
Has
de saber y has de entender que había una vez una hormiguita que era muy
limpia, muy limpia. Todos los días salía a barrer la puerta de casa,
hasta que un día se encontró dos perras y dijo:
–
“¿En qué emplearé
estas dos perras, en qué las emplearé? ¿Compraré una galleta? No, no,
no, que me llamarán golosita. ¿Compraré un caramelo? No, no, no, que me
llamarán golosita. ¿Compraré una cinta para el pelo? Sí, sí, sí, que
me llamarán buena mocita”.
Fue
a comprar la cinta, se peinó y se la puso haciéndose un lazo. Y en éstas
estaba cuando pasó por allí un burro y le dijo
:
Burro:
–“Hormiguita, hormiguita, ¡qué guapa estás!”
Hormiga:
–“Sí, de lo que tú no me das.”
Burro:
–“¿Te quieres casar conmigo?”
Hormiga:
–“¿Y cómo me dormirás al niño?”
Burro:
–“hía, hía, hía…”.
(6)
Id.
Hormiga:
–“¡No, no, no, que así se asustará!”.
Al
cabo de un rato, pasó un perro y le dijo:
Perro:
–“¡Hormiguita, hormiguita, qué guapa estás!”.
Hormiga:
–“Sí, de lo que tú no me das”.
Perro:
–“¿Te quieres casar conmigo?”.
Hormiga:
–“¿Y cómo me dormirás al niño?”.
Perro:
–“¡Guau, guau, guau…!”.
Hormiga:
“¡No, no, no, qué lo morderás!”.
Pasado
un rato, pasó por su puerta un ratoncito y le dijo:
Ratoncito:
–“¡Hormiguita, hormiguita, qué guapa estás!”.
Hormiga:
–“Sí, de lo que tú no me das”.
Ratoncito:
–“¿Te quieres casar conmigo?”.
Hormiga:
–“¿Y cómo me dormirás al niño?”.
Ratoncito:
–“Hi, hi, hi.”
Hormiga:
–“¡Sí, sí, sí, que se dormirá”.
Se
pusieron tan contentos, se casaron y tuvieron un niño. La hormiguita como
era tan linmpia, todos los días, lo bañaba, lo lavaba, lo limpiaba…
Pero un día que tenía que ir a lavar la ropa al arroyo de la garganta,
dijo al ratoncito:
Hormiga:
–“Mira ratoncito, ya he dado al niño las papas y lo he dejado dormido
en la cuna. Tú no le toques. Dejo la olla de los garbanzos a la lumbre
cociendo, pero no te acerques. Si le quieres dar la vuelta la das con el
cucharón grande y no con el pequeño.
Al
cabo de un rato, el ratoncito se acercó a la olla y vio el trozo de
tocino que nadaba encima del caldo. Decidió dar la vuelta a los garbanzos
pero, en vez de coger el cucharón grande cogió el chico y se cayó
dentro.
Llegó
la hormiguita de lavar de la garganta y al ver que el ratoncito no estaba
empezó a llamarle:
Hormiga:
–“¡Ratoncito, ratoncito!”.
Pero
el ratoncito no contestaba, claro. Y como las hormigas agatean, pues subió
por la pared y entró por una ventana. Al ver que el niño estaba bien, se
puso a buscar al ratoncito. Cuando se asomó a la olla, vio el rabo que
estaba asomando y empezó a gritar muy triste:
“¡El
ratoncito Pérez
cayó
a la olla,
y
la hormiguita
suspira
y llora
suspira
y llora”.
Y
ya se acabó mi cuento de tres paramentos, para mí una manta de orillo,
para ti tres peos en los colmillos.
CANTA
ZURRÓN, CANTA (7)
Has
de saber y has de entender que esto era una vez una muchacha que era muy
buena, muy buena. El día de su santo, su madre le compró una sortija de
oro y a ella le gustó mucho y se puso muy contenta. Un día le dijo su
madre que se fuera a por agua a la fuente. Mientras esperaba se quitó la
sortija no fuera a ser que se le cayera dentro. Cuando acabó de coger el
agua, se fue sin acordarse de lo que había dejado allí.
Pero
al llegar a casa se dio cuenta de que no llevaba el anillo y salió
corriendo a la fuente. Cuando llegó, ya había pasado un hombre y se lo
había guardado. La niña preguntó a todos si habían visto una sortija,
pero todos le contestaron que no. Cuando iba para su casa, afligida y
apenada, se encontró con el hombre y le preguntó:
Niña:
–“¡Ay, mire usted! ¿No se habrá encontrado un anillo en la
fuente?”.
El
hombre le dijo que sí, que lo llevaba metido en su zurrón. Cuando la niña
se asomó para cogerlo, el hombre la empujó dentro y cerró el saco. Se
fue por todos los pueblos de la comarca para sacar dinero. Llamaba a las
casas y decía:
Hombre:
–“¡Canta, zurrón canta, que si no te doy una porrá!” (Mientras
amenazaba con un palo).
Zurrón:
–“¡Cantaré o no cantaré
Por
una sortijita de oro
que
en la fuente me dejé!”.
(7)
Contado por María Josefa Mateos Martín, de 64 años.
Y
así iba por todos los pueblos y se ganaba la vida, pues tenía un zurrón
que cantaba, y nadie sabía lo que había allí dentro. Al cabo de mucho
tiempo, llegó el hombre a la posada de un pueblo. Después de comer, dejó
el zurrón allí y se fue a dar una vuelta por sus calles.
La
posadera, que era muy curiosa, quitó la cuerda para ver qué había
dentro del zurrón.
Cuál
fue su sorpresa cuando de él salió una muchacha muy guapa y muy delgada.
Entre
todos los que estaban en la posada llenaron el zurrón de bichos,
culebras, ratas y todo lo que pudieron encontrar.
Pasado
un rato, llegó el hombre, cogió el zurrón y se marchó. Llegó a una
casa y dijo:
Hombre:
–“¡Canta, zurrón canta, que si no te doy una porrá!”.
Pero
como no cantaba, el hombre se puso a dar palos al saco. Éste emitía unos
ruidos raros, los que hacían los bichos que estaban dentro. Entonces,
picado por la curiosidad y de mal humor desató el saco y, al abrirlo,
salieron todos los bichos y se lo comieron.
A
partir de entonces, aquellos pueblos fueron felices, comieron perdices, y
a nosotros nos dieron con los huesos en las narices.
Y
ya se acabó mi cuento de tres paramentos, para mí una manta de seda,
para tí tres peos en las muelas
.
LA
ASADURA DEL PADRE (8)
Has
de saber y has de entender que era una madre que tenía una hija. El padre
se había muerto y ya lo habían enterrado.
Un
buen día, la madre dijo a su hija:
Madre:
Toma hija, ve a buscar asadura a la carnicería.
Entonces
la hija fue y se entretuvo en jugar, perdiendo el dinero. Como no sabía
que hacer, se fue a la sepultura del padre, que estaba recién enterrado,
y le cogió las asaduras.
(8)
Contado por Amelia Real Barbero, de 78 años.
La
madre las guisó para cenar, se las comieron y se acostaron. Al llegar la
media noche, cuando estaban dormidas, empezó a oírse por las escaleras:
Voz:
María, María,
dame
la asaúra
que
me robaste de la sepultura.
Hija:
Ay madre, ¿quién será?
Madre:
Cállate hijita, que ya se irá.
Voz:
No, no me voy,
que
entrando por la puerta estoy.
Voz:
María, María,
dame
la asaúra
que
me robaste de la sepultura.
Hija:
Ay madre, ¿quién será?
Madre:
Cállate hijita, que ya se irá.
Voz:
No, no me voy,
que
en el medio casa estoy.
Voz:
María, María,
dame
la asaúra
que
me robaste de la sepultura.
Hija:
Ay madre, ¿quién será?
Madre:
Cállate hijita, que ya se irá.
Voz:
No, no me voy,
que
por las escaleras subiendo estoy.
Voz:
María, María,
dame
la asaúra
que
me robaste de la sepultura.
Hija:
Ay madre, ¿quién será?
Madre:
Cállate hijita, que ya se irá.
Voz:
No, no me voy,
que
entrando por la puerta de la habitación estoy.
Voz:
María, María,
dame
la asaúra
que
me robaste de la sepultura.
Hija:
Ay madre, ¿quién será?
Madre:
Cállate hijita, que ya se irá.
Voz:
No, no me voy,
que
en la habitación estoy.
Voz:
María, María,
dame
la asaúra
que
me robaste de la sepultura.
Hija:
Ay madre, ¿quién será?
Madre:
Cállate hijita, que ya se irá.
Voz:
No, no me voy,
que
agarrándote estoy.
Y
ya se acabó mi cuento de tres paramentos, pa mí una manta de oro, pa ti
tres peos en los morros.
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