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UN
ANDANTE CABALLERO INGLÉS Y SU ESCUDERO POR TIERRAS EXTREMEÑAS
TIBURCIO
AVENDAÑO SALAS
¡Qué tendrá mi Extremadura! ¡Tierra de múltiples contrastes:
de encinas y pedregales, de sobriedad granítica y arcilla alfarera, de
labranzas y regadíos, de llanuras pardas y arboledas frescas y verdes, de
manantiales y tierras cuarteadas, de desérticos parajes y núcleos
superpoblados, de inviernos duros y veranos tórridos, de monasterios y
castillos, de bullicio popular y recogimiento y clausura, primaria y señorial,
pero siempre levantando su estandarte acogedor y emprendedor, que la hace
ser un lugar mágico de descubrimientos y encuentros!

Parodiando al Quijote, podría continuar diciendo: En un lugar de
Extremadura, cuyo nombre no puedo recordar, ya que en todos sus rincones
existe el calor para los que aquí repostan y conviven con sus gentes,
hubo un hidalgo caballero andante, Graham Greene, gran novelista inglés y
su escudero, confidente y amigo personal, el padre Leopoldo Durán Justo,
que recorrieron sus tierras en pos de aventuras y descanso.
Graham
Greene y el padre Leopoldo Durán.
(De
la colección particular de fotografías de Leopoldo Durán)
Allá por los primeros años de la década de los ochenta, dos
personalidades del mundo de las letras acertaron en visitar nuestras
tierras, para conocer sus campos, monumentos, sus gentes y su historia.
Este caballero andante, Graham Greene, del que uno de sus títulos de su
numerosa producción novelística ha sido, precisamente, «Monseñor
Quixote», dedicado y en homenaje a su «amigo y hermano» el padre
Leopoldo Durán, estaría orgulloso de haberle dado este cariñoso
apelativo de hidalgo y caballero andante, que junto a su inseparable e
infatigable acompañante y amigo, el padre Leopoldo Durán, escudero leal,
donde los haya, cuya amistad con el genio superó los meros vínculos del
arte literario, recorrieron las tierras de España, repitiendo los viajes
a nuestra Extremadura, desde que descubrieron su elixir, su manantial
inagotable de sabiduría. Un pozo sin fondo de arte y cultura, que hace
aflorar la paz interior a los hombres de bien, que la buscan sin descanso
y con esmero. Siendo posiblemente éste el porqué de sus repetidos viajes
a esta bendita tierra, mezclándose con sus gentes, saboreando la historia
desde sus raíces y adquiriendo anécdotas, que más tarde recordarán en
sus quehaceres diarios, cuando alejados de la misma, broten y afloren los
recuerdos y el anhelo de vivenciar esa paz descubierta. No dudaron ni un
momento en repetir y acudir de nuevo a la cita extremeña, por una parte,
para respirar sus aires de frescura y de descanso, y por otra, para
adquirir savia nueva y esperanza en este difícil caminar cotidiano. En
definitiva, haber descubierto los encantos de esta tierra, «piedra
filosofal» en la vida de muchos de nosotros.
Es bueno e interesante recordar los datos biográficos más
significativos, así como la extensa producción literaria de estas dos
personalidades del mundo de las letras y exponer la opinión de los críticos
y biógrafos de estas dos insignes figuras de la pluma, que entremezclándose
con las propias gentes de la tierra extremeña en las calles y mercadillos
de nuestros pueblos y ciudades, supieron digerir nuestras costumbres,
admirar la artesanía y reconocer la cultura de nuestra región; de tal
forma, que el acercarse periódicamente a este rincón de España, supuso
una necesidad en sus vidas.
GRAHAM
GREENE
Nació en la localidad inglesa de Berkhamstead, condado de
Hertfordshire, el 2 de Octubre de 1904. Su padre era director de la
escuela local, donde él se educó. Ingresó en la Universidad de Oxford,
en el Balliol College, donde publicó un libro de versos y se graduó en
1925. Al año siguiente, trabajó como reportero en el «Journal» de
Nottingham. Tras la publicación de su primera novela, en vísperas de la
Depresión del año 30, se dedicó a la literatura y a la crítica
literaria y cinematográfica, como escritor independiente. Colaboró en el
«Times» desde 1926 a 1929, llegando a ser subdirector del mismo. En 1926
se convirtió al catolicismo, hecho trascendental para su vida y para su
obra literaria. Y en 1927 contrajo matrimonio con Vivien Dayrell-Browning.
En 1938 fue enviado a Méjico como comisionado y periodista para
informar de la persecución religiosa y anticlerical que existía en dicho
país. Como resultado del mismo, escribió «Caminos sin ley» (1939)
y «El poder y la gloria» (1940).
Su fama como escritor se inició tras la publicación de su cuarta
novela: «El tren de Estambul»(Orient Express) (1932). Realizó un
viaje a través de Liberia, que más tarde reflejó en su obra «Viaje
sin mapas» (1978), y a su vuelta en 1939, fue crítico de cine en la
revista inglesa «The Spectator», de la que posteriormente, en 1940, fue
director literario.
Trabajó para el Foreign Office durante la II Guerra Mundial
(1941-1944), permaneciendo poco tiempo en él. Fue enviado a Sierra Leona
entre 1941 y 1943. Greene atendía los asuntos de Portugal, más allá de
su extensión geográfica. Fue encargado de combatir el contrabando de
cartas y diamantes en Georgetown, en vecindad con las colonias francesas
adictas al pacto de Vichy. De regreso a Londres, Greene tomó a su cargo
todas las operaciones en Portugal. En Lisboa trabajó con otro escritor
inglés, Malcolm Muggeridge, en el comando del mítico Kim Philby, quien
ya transmitía los secretos aliados al Kremlim. En 1941 Philby era
responsable del trabajo de contrainteligencia en la península Ibérica.
Allí su trabajo fue brillante y surgió una gran amistad entre los tres.
Sin que Greene supiese nada, Philby se escapó a Moscú en un barco
ruso; pero la amistad entre ambos continuó hasta la muerte de Philby.
Greene le escribía una carta cada año. Le visitaba siempre que iba a
Rusia. Y Philby esperaba siempre estas visitas con enorme ilusión.
En 1968, Greene escribió el prólogo de un libro de Philby
titulado: «My Silent War». Y fue tal su grado de amistad con él,
que en su autobiografía, Greene escribió: «Un escritor que sea católico
no puede evitar cierta simpatía por cualquier fe que sea sostenida con
sinceridad, y me sentí complacido cuando más de veinte años después
Kim Philby citó «El agente confidencial» (1939) para explicar su
actitud ante el estalinismo» Todo ello, para exponer el predicamento de
un agente con escrúpulos, en quien su propio partido no confía y el
propio agente se da cuenta de ello, admitiendo que el partido está en lo
correcto.
Greene veía a Philby como uno de esos cristianos que no perdieron
la fe durante los peores momentos de la Inquisición, confiados en que
llegarían tiempos mejores. Cuando Philby murió, un periódico inglés le
insultó diciendo: «que esperaba que hubiera tenido una larga agonía».
Graham Greene sintió mucho que el artículo fuese anónimo, pues le
hubiera contestado como él sabía hacerlo en casos de esta índole.
Greene tuvo prohibida la entrada en Estados Unidos hasta el año
1952, tildado de comunista y amigo de ellos. Pero la verdad sobre ello
fue, que Greene y un íntimo amigo suyo, allá por la época de sus 18 años
de edad, se hicieron miembros del Partido Comunista, porque se les había
prometido a cambio un viaje a Moscú. Todo quedó en nada, y su militancia
en el Partido Comunista duró tres meses. Sin embargo, en América
constaba esta aventura.
A partir de 1966 traslada su residencia a la Riviera francesa,
precisamente a Antibes, cerca de Niza, por el excelente clima de aquel
hermoso rincón de la Costa Azul, dedicándose a viajar por todo el mundo,
sobre todo por España.
Murió el 3 de Abril de 1991 en Vevey, Suiza.
Es doctor «honoris causa» por Cambridge, Oxford, Edimburgo, Moscú,
España y otros muchos lugares. Caballero de la Legión de Honor en
Francia; posee la Orden del Mérito, considerada la mayor y mejor
condecoración inglesa y rehusó muchas otras condecoraciones.
El periodismo fue para Graham Greene la antesala de la literatura,
extrayendo de su experiencia como reportero un rico bagaje, al que
recurrirá en sus relatos de ficción.
Ha escrito numerosas obras, habiendo sido traducidas a más de 30
idiomas. Su obra refleja los conflictos espirituales de un mundo en
decadencia. Sus novelas se caracterizan por la intensidad de sus detalles
y los lugares exóticos donde transcurren (México, África, Haití,
Vietnam...), así como el retrato preciso y objetivo de los personajes
inmersos en todo tipo de situaciones de tensión social, política y
psicológica.
Inició su carrera de escritor en 1929 con la publicación de «El
hombre interior», luego fueron: «Historia de una cobardía» (1929),
«El nombre de la acción» (1930) y «Rumor al caer la noche»(1931).
Desde entonces ha publicado un gran número de novelas en las que, por
debajo de la intriga, el realismo y la psicología, late siempre, de
alguna manera, una profunda preocupación religiosa.
Según el propio Greene, sus novelas se clasifican en: «de
entretenimiento» y «serias». En el primer grupo se incluyen algunas de
aventuras y de género policiaco. Greene sabe mantener el interés por la
lectura, con lo que demuestra su maestría narrativa. A esta serie
corresponden: «El tren de Estambul» (1932), «Campo de batalla»
(1934), «Pistolero a sueldo» (1936), «El agente
confidencial» (1939), —ambientada en la guerra civil española —,
«El ministerio del miedo» (1943), «Diecinueve cuentos» (1947),
«El tercer hombre» (1950), «Quien pierde gana» (1955),
«Nuestro hombre en la Habana» (1958) —sobre el espionaje inglés
en la Cuba precastrista y el objetivo fundamental de la guerra psicológica:
que es sembrar desconfianza entre los aliados del bando enemigo—; también
publica el libro de relatos «Veintiuna historias» (1954). «Una
pistola en venta» (1936), —tiene como argumento central el
conflicto humano entre el bien y el mal—, y puede considerarse como
precursora del tipo de libro que Greene calificaría de sus grandes obras,
en las que se entremezclan lo moral, lo existencial y lo religioso. Greene,
desde una perspectiva católica, se acerca al alma humana y a las miserias
del hombre. En un contexto de crisis religiosa, explora los misterios del
mal y de la gracia. Para Greene, todo hombre, aun acosado por las fuerzas
del mal, es portador de la santidad. Sus grandes obras sobre ello son: «Inglaterra
me ha hecho así» (1935), «Brighton, parque de atracciones» (1938),
«El poder y la gloria» (1940), —novela compleja con elementos
metafísicos y realistas, ambientada en la revolución mexicana, donde el
protagonista es un sacerdote alcoholizado y amante de los placeres
carnales, con un hijo, en la época de las persecuciones anticlericales en
su país; no abandonará nunca su sagrado ministerio, incluso con riesgo
de su propia vida, por asistir a un moribundo. La Gracia puede convertir a
un pecador en mártir heroico. Otras son: «El hombre por dentro», «El
revés de la trama» (1948), —esta obra la escribió como homenaje a
la obra «Corazón de la tiniebla» de Conrad, situando igualmente
la acción en África—; luego aparecen «El fin del asunto» (1951),
—que también trata de problemas serios y profundos, como la angustiosa
búsqueda de Dios—.
En otros títulos como: «El ídolo caído» (1936) y «El
libro de cabecera del espía» (Este último escrito en colaboración
con su hermano) —recurre a la esencial incomunicabilidad entre las
conciencias infantiles y el mundo de los mayores y exhibe la invisible
transcendencia que determinados hechos de la primera edad tienen en la
vida futura de los seres humanos. «La defensa» (1972) —Historia
corta con seis relatos además del que da el título al volumen, que
pertenecen a su primer periodo y se sitúan en la Inglaterra de los años
30 y 40, anunciando ya de forma bien clara, los ingredientes, artificios y
argumentos de su obra narrativa posterior: la torpeza, la ceguera de la
justicia de los hombres, la incapacidad de estos para dar con las claves
de sus destinos y controlar las fuerzas que los determinan, las pasiones y
la crueldad en que se fundan las relaciones humanas, la imposibilidad de
comprensión entre ellas...—. «El americano tranquilo» (1955),
—trata sobre la guerra de Indochina—; «Un caso acabado» (1961),
—donde cuenta la historia de una leprosería en África—; «Los
comediantes» (1966), —en la que estudia la situación trágica de
Haití, siendo Presidente de aquel país el Dr. Duvalier—; «Viajes
con mi tía» (1969). «Una especie de vida» (1971) y su
continuación «Caminos de evasión» (1980) son autobiográficas;
escribe también una serie de historias cortas, editadas en Historias
coleccionadas en el año 1972, como: «¿Podemos pedir prestado a tu
marido?», «Un sentido de realidad», «Una visita a Morín»,
entre otras; en «Un lugar fuera de Edgware Road», —la clave es
el absurdo y la soledad de unos seres perdidos. Posteriormente escribe: «El
cónsul honorario» (1973), «El factor humano» (1978), «El
doctor Fischer de Ginebra o La reunión de la bomba» (1980), «Monseñor
Quixote» (1982), «El décimo hombre» (1985) —novela breve,
escrita pensando en el cine, con la que ha conseguido suficiente densidad
humana como para figurar entre sus obras más literarias—, «El capitán
y el enemigo» (1988),... todas ellas jalonan su densa carrera de
escritor.
Graham Greene también escribió obras de teatro: «El cuarto de
estar» (1953), «La casilla de las macetas o el invernadero» (1958);
en algunas comedias trata el problema de la infidelidad: «El amante
complaciente» (1959). Más tarde escribe: «Labrando una estatua»
(1964)», «El regreso de A.J. Raffler» (1975), «El gran
Jowett» (1981), «Sí o No» (1983), «¿Por quién doblan
las campanas?» (1983).
Ha escrito ensayos: «La infancia perdida» (1951), «Ensayos
completos» (1969), «Dramaturgos británicos» —sobre
estudios de otros escritores—, «La cúpula de la alegría», «Yo
acuso» (1982).
Escribió libros para niños: «El pequeño tren», «El
cochecito de caballos», «La pequeña apisonadora», «El cochecito de
bomberos».
Sobre el tema de viajes escribió: Además de los ya mencionados «Caminos
sin ley» (1939) y «Viajes sin mapa» (1978), otros como: «En
busca de un personaje» y «Tratando
de conocer al General».
Escribió dos obras biográficas: «El mono de Lord Rochester» y
«Una mujer imposible».
Han sido adaptadas para el cine, guiones de sus propias novelas,
como «El tercer hombre» —película de espías dirigida por
Carol Reed—, «Orient Express», «Nuestro hombre en la Habana»,
«El poder y la gloria» — de la que hay varias versiones, una de
las cuales fue dirigida por John Ford en 1943—, «Brighton, parque de
atracciones», «El factor humano» — llevada al cine por Otto
Preminger en 1979—, etc. Los problemas del pecado, del demonio y el
infierno, el amor cristiano o el progreso técnico son temas que están
presentes de muy diversas formas en las páginas de este gran escritor. Prácticamente
obsesionado con los problemas de los hombres, estructura toda su obra
narrativa sobre el bien y el mal. Y —nos dice Gilbert Signaux—, que la
consecuencia inmediata a la que llega Graham Greene, queda resumida en las
palabras de Jesús: «No juzguéis». Exploración implacable en los
misterios del mal y de la gracia.
En su temática, incidió profundamente su conversión al
catolicismo, acaecida alrededor del año 1926. También le influyó la
Segunda Guerra Mundial, en la que como ya hemos dicho, trabajó como
miembro del Servicio de Inteligencia Británico, proporcionándole
numeroso material para tramas de espionaje, que le han dado celebridad en
el mundo entero. Las historias que presenta con tonos de sutil emoción e
ironía en difícil equilibrio son realistas y frecuentemente cargadas de
violencia: guerras, intrigas, casos criminales y toda clase de aventuras
en tierras exóticas. Sus personajes suelen ser atormentados, a veces
siniestros. Sin embargo, tanto los hombres como los acontecimientos están
siempre representados, en el fondo, como instrumentos de una voluntad
superior que armoniza, en un vasto designio, las peripecias de toda la
aventura humana. Y en este sentido, su narrativa es metafísica, con el
estímulo adicional de un refinado autocontrol, una íntima moderación y
una riquísima experiencia existencial.
Greene fue un viajero eterno. Sus personajes protagonizan, por una
parte, toda suerte de peripecias políticas, aventureras, exóticas,
historias de espionaje, pero si al comienzo esto le sirve para la indagación
psicológica y moral de los individuos concretos, más tarde, sobre todo
con la Guerra Fría, se concentra en la crítica de la sociedad, creada
por las potencias occidentales: la injusticia, la barbarie, la
deshumanización, la torpeza, la ceguera de la justicia de los hombres, la
incapacidad de éstos para dar con las claves de sus destinos y mucho
menos para controlar las fuerzas que los determinan; la absurda manera en
que se entrelazan las pasiones y las aspiraciones de las personas; la
inevitable crueldad en que se fundan sus relaciones; la imposibilidad de
comprensión entre ellas... son los ingredientes, artificios y argumentos
de la obra de la narrativa posterior a los años 40. En realidad, Greene
arranca jirones de la vida del siglo en que le ha tocado vivir, a veces de
su cara más secreta y oscura; y sus extraviados personajes se topan con
hechos extraordinarios, o con acontecimientos triviales, que por obra de
su genio, se tornan en significativos y reveladores, aunque siempre acaban
desvelando nuevos interrogantes, nunca dando respuestas ni conclusiones.
Graham
Greene.
(De
la colección particular de fotografías de Leopoldo Durán).
Muchas de las historias de Greene comienzan o recomienzan por sueños.
La mujer del psicoanalista que le trató, cuando Greene rondaba entre los
15 y 16 años, decía: «hubiera sido un buen medium»; y en una
entrevista realizada a Greene en 1987 en su casa de la Costa Azul por
Nicholas Shakespeare, el propio Greene recuerda una anécdota ocurrida
sobre este asunto: «recuerdo un día a esta hora más o menos, que tenía
una terrible depresión y pensaba que le había ocurrido algo a alguien de
mi familia. Entonces llegó mi compañera, puso las noticias de la una. Un
avión había sido derribado en el mar en Cap de D’Antibes. A bordo iba
un amigo del Vietnam, el general Cogny».
Más adelante, en esta misma
entrevista, al preguntarle por su fama en Inglaterra, Greene añade: «Tengo
más repercusión en Lationamérica y Rusia que en Gran Bretaña. El
peligro es que la juventud ahora no lee libros y ve la televisión».
Hablando sobre política, comenta en la entrevista, que ha votado sólo
una vez: «Fue un voto de protesta, voté a los comunistas después de la
guerra». –Continúa diciendo Greene: «Gorvachev es tan popular, que ya
no es un insulto ser comunista».
Referente al tema de su conversión al catolicismo, expone que llegó
a ello de forma muy fría, porque iba a casarse con una católica y quería
comprender lo que ella creía. Después comprendió que había una
posibilidad de que el catolicismo estuviera más cerca de la verdad que
otras religiones. Y añade: «Rezo mis oraciones, voy a misa...». Ante la
pregunta: ¿No es usted un hombre bueno?, Greene mueve la cabeza y
responde: «Lamento muchas cosas en mi vida. Mi trato hacia gente a quien
quería. Si pudiera volver mi vida atrás, hubiera cambiado las cosas».
Cuando el autor de la entrevista menciona «el premio Nobel»,
Ivonne, su compañera, que acababa de entrar, rompe a reír. Greene añade:
«por encima de mi cadáver» es la frase que ha utilizado repetidamente
Artur Lundkvist, uno de los miembros del jurado, asegurando que a Greene
no se le concedería jamás. Luego explica: «Creo que fue porque yo tenía
una relación amistosa con una chica que él debió conocer en Estocolmo».
Por último, al preguntarle sobre la muerte, contesta: «No me gustaría
morir después de una larga enfermedad. Preferiría una bala antes que una
enfermedad prolongada»
El novelista Malcolm Bradbury está convencido de que Greene
disfrutó jugando con la falta de estima hacia su obra, y asegura que no
quiso ser un gran escritor a la manera del grupo de Bloolmsbury,
resistiendo siempre los intentos de intelectualizar su trabajo. Sigue
diciendo, que Greene comenzó a escribir cuando el ser autor estaba de
moda y era algo importante. Sin embargo, rechazó ese concepto, y prefirió
la popularidad que le daba su papel de outsider y de persona enigmática.
Ramón Sánchez Lizarralde afirma que el universo literario de
Greene es inquietante; busca precisamente el desasosiego, conmover la vida
confortable, tan inglesa, y mostrar el vacío y la desesperación que se
ocultan tras ella. Y así, en sus obras: «Un sentido de la realidad»,
«El que pierde gana» y «Un lugar fuera de Edgware Road»,
la clave es el absurdo y la soledad de unos seres perdidos; en «El
espía» y «El ídolo caído» recurre a la esencial
incomunicabilidad entre las conciencias infantiles y el mundo de los
mayores, y exhibe la invisible trascendencia que determinados hechos de la
primera edad tienen en la vida futura de los seres humanos. Algún otro
autor llega a afirmar que el odio de Greene hacia los tiempos de
Berkhamsted, donde su padre era director, es clave en todos sus escritos.
–Afirmación, quizás, demasiado tajante y subjetiva–.
La editorial Prensa Ibérica de Barcelona publicó en España en el
año 1998: «Reflexiones», una selección de los artículos
escritos por Graham Greene para diversos diarios y revistas, a lo largo de
casi setenta años. Este libro está basado en una recopilación de más
de un centenar de piezas periodísticas, realizada por Judith Adamson,
teniendo el interés de permitir seguir la evolución del pensamiento de
Greene desde 1923, cuando era un joven y desconocido estudiante de Oxford,
ansioso de viajar y de plasmar sus impresiones negro sobre blanco, hasta
1987, pocos años antes de su muerte.
Alfonso Basallo en un ensayo en «La Esfera» del Diario «El Mundo
de los libros» de 10 de Octubre de 1998, comenta que estos artículos de
Greene contienen el germen de numerosos motivos argumentales de su obra
literaria. Todos los grandes temas de la novelística greeniana están ya,
en esbozo, en sus trabajos periodísticos: el conflicto de conciencia, el
escándalo del mal, la inquietud social, la fascinación por el idealismo
revolucionario, la atracción obsesiva por el riesgo... Añade Alfonso
Basallo, que en «Reflexiones» hay dos tipos de piezas: las crónicas
y los artículos de fondo. Las primeras incluyen el análisis de política
internacional y también el muy nutrido lote de los reportajes de viajes a
escenarios exóticos o a zonas de conflicto. Los artículos de fondo
abarcan desde la crítica cinematográfica hasta las reseñas de novelas o
ensayos. Continúa diciendo Alfonso Basallo, que en sus comienzos en los años
20, Greene se interesa por la Europa rota de la posguerra. Refleja las
humillaciones que sufre la parte de Alemania ocupada por Francia y el
sufrimiento físico y moral de los vencidos. Greene es implacable con los
totalitarismos y los pone en evidencia con el arma sutil de la ironía. El
mismo Basallo en este ensayo añade: «Pero personajes como Ho Chi Minh o
el general Giap ocupan un lugar destacado en las crónicas del escritor, y
es el Fidel Castro de la primera mitad de los años 60, el líder que
concita las mayores simpatías del escritor. Hasta tal punto se deja
llevar por el entusiasmo de esta época de su vida, que compara la isla
caribeña con la cuna de la democracia clásica. De todos modos, Greene
terminó por no aprobar el sistema de Castro, y así se lo fue a decir al
propio Castro, en nombre del General Torrijos de Panamá».
Sin embargo, las filias y las fobias del autor de «Los
comediantes», no le impiden ser realista. Y es consciente, por
ejemplo, de que la «era Allende» tiene los días contados en un mundo
controlado por la CIA y los intereses del Coloso americano.
Alfonso
Basallo continúa exponiendo en este ensayo que algunas de las páginas más
expresivas del Greene periodista son testigo del dolor. Adopta un
distanciamiento que acentúa el dramatismo de sus descripciones. Pero, a
pesar de su flema inglesa, le inquieta un viejo problema metafísico: la
existencia del dolor y del mal. Asunto que aborda desde su catolicismo, no
exento de dudas. Dice Greene: «En nuestra definición de una civilización
cristiana no deberíamos llamarnos a engaño por la presencia de las
guerras, la injusticia o la crueldad, ni tampoco por la ausencia de la
caridad en determinados momentos. No son huellas del cristianismo, sino
del hombre». También aparece en sus obras el lado oscuro del corazón
humano, y finaliza este ensayo diciendo, que en suma, la obra periodística
de Greene rezuma pesimismo. La época que retrata, casi el siglo XX
entero, está marcada por la violencia y el desencanto. Tal vez por ello,
el autor de «El revés de la trama» se aferre a su gran pasión:
«Las palabras son nuestro medio de vida; tal vez sean, incluso, nuestro
principal motivo para estar vivos».
Las ideas expuestas en el libro «Reflexiones» y en el
ensayo de Alfonso Basallo son bastante reales y fiables, pero debemos
reconocer que estos pensamientos pertenecen a un periodo muy concreto en
la vida del genio inglés, cuando tenía alrededor de 22 años, y aunque
mantiene algunas de estas ideas a lo largo de su vida, es a partir de
cumplir los 35 años, cuando se va a producir y a notar una evolución en
los libros de Greene, con las novelas «La Roca de Brighton» y
sobre todo «El poder y la gloria», fruto de su madurez y
experiencia, como en cualquier ser humano, con las decepciones que la
propia vida le va proporcionando, llegando a implicarse e incluso
obsesionarse con el problema de la trascendencia del ser humano, que ya
apuntaba en sus años de corresponsal.
Fue, incluso, reprochada su condición de converso, asunto que
Anthony Burgess no le perdonó nunca. Le consideró ajeno al sufrimiento
histórico del catolicismo inglés y demasiado cercano a una actitud
meramente estética de la fe, que abrazó en 1926. En dicha conversión
intervinieron dos factores humanos que, según el autor de la «Naranja
mecánica», tampoco podía dejar de ver con la mayor desconfianza.
Dice este autor que se convirtió al cabo de un largo periodo de psicoanálisis
desarrollado en residencia, es decir, viviendo en el domicilio de quien lo
psicoanalizó. Y que la conversión tuvo lugar a instancias de una mujer,
Vivien Dayrell-Browning, con la que Greene se casaría en 1927.
Sin embargo, la verdadera razón de su conversión fue que su novia
era católica. Y en lo referente a la estancia en la residencia del
psicoanalista, diré que duró solamente seis meses, cuando tenía entre
15 y 16 años de edad. Eso sí, según el propio Greene, estos meses
fueron de los más felices de su vida.
Existen algunas críticas más, que según el libro «Reflexiones»,
el propio Graham Greene realiza en sus artículos y escritos: sobre libros
ignorados por la edición española, y un par de ataques contra William
Shakespeare, al que el autor de «Nuestro hombre en la Habana» acusa
de no haber dado cabida en sus obras a la voz del catolicismo martirizado,
y de no haber querido ser desleal a su país, a sus leyes y a su fe.
Pero para poder hablar sobre Graham Greene, quien más nos acerca a
la realidad del hombre y del escritor, es el padre Leopoldo Durán Justo,
su confidente y amigo, quien en una entrevista realizada al periódico «Ya»
de 9 de Junio de 1980, nos da unas pinceladas más reales y profundas
sobre el gran genio de la literatura inglesa, Graham Greene. Cuando uno
las lee, parece estar junto a ambos, conversando y entremezclándose en
sus conversaciones de amigos. En definitiva, viviéndolas.
Al preguntarle sobre la obra más intensa de Greene, el padre Durán
responde que quizás la obra con más profundidad que Greene ha escrito,
ha sido una historia corta titulada: «Una visita a Morín» (1972),
ya que está cargada de densidad teológica y política. Asegura más
adelante, que Greene aborrece los totalitarismos y que el ideal político
del genio de las letras inglesas es una especie de socialismo a lo
Allende.
Al hablar sobre la crítica y críticos en la obra de Greene, el
padre Leopoldo Durán apunta que son contadísimos los libros sobre sus
obras, que realmente Greene valora: «Fe y ficción» de Philip
Stratford; «Graham Greene, el novelista» de J.P. Kulshrestha y
poco más. Luego añade: «Para estudiar a Greene hace falta estar
equipado con una serie de conocimientos de los que la mayor parte de los
críticos carecemos. Sin estos conocimientos, se cae en lo que Ortega y Dámaso
Alonso llamaban «la beatería de las elegancias». Palabras, palabras. Y
nada más». Continúa diciendo el padre Durán que una de las obras todavía
desconocida en España es «Caminos de evasión». Y a la pregunta
sobre su libro más autobiográfico, el padre Durán contesta que mucho más
autobiográfico que «A modo de biografía» es todo esto. Porque,
—añade—, yo sé que jamás se escribirá una biografía real del
autor de «El poder y la gloria». Se escribirá la cáscara, lo
externo... Pero lo verdaderamente característico, lo que realmente vale
de este gran amador de la intimidad y del silencio, es el viajero eterno,
que es lo que le indujo a ir creando su obra; el gran escritor que, tan
humano a veces, desfallece en su caminar. Y finaliza diciendo que cuando
un periodista sueco le preguntó a Greene sobre el Nobel, éste afirmó:
«Yo tengo seguro un premio mucho más importante que el Nobel... Y estoy
totalmente convencido de que ese premio nadie podrá arrebatármelo».
—Ante los ojos interrogadores, atónitos del periodista—, Greene
respondió: «¡La muerte!»
Todas sus obras son importantes para comprender su evolución y su
pensamiento; pero son dignas de un breve comentario las que vertebran sus
temas y llevan el hilo conductor en su producción novelística, sobre
todo, las que ha publicado a partir de cumplir los 35 años.
«El
poder y la gloria» (1940)
Sin duda, una de las diez novelas más importantes del siglo XX.
Construida, como todas las obras de Graham Greene, sobre distintos planos:
realista, metafísico y como un esquema que roza la narrativa tradicional
de aventuras. Cualquier lector la encuentra asequible, independientemente
de la perspectiva con que se mire. La figura central es un sacerdote,
aparentemente indigno, blasfemo, bebedor, concupiscente, en el marco de la
revolución mejicana. Tiene una grandeza trágica que lo aleja
radicalmente de cualquier fórmula de la «literatura edificante» de
signo maniqueo. Este sacerdote de aparente indignidad está en lucha
consigo mismo, conserva la virtud de la esperanza y nunca abandonará su
sagrado ministerio, incluso con riesgo de su propia vida. La gracia puede
convertir a un pecador en mártir heroico. Pero el autor, escritor más
que teólogo, ha construido una obra extraordinaria que no tiene nada en
común con el género apologético de la «novela de tesis». Está basada
en la crisis de la fe y la llamada de la gracia.
Cuando Graham Greene mantuvo una entrevista con el Papa Pablo VI,
el Pontífice elogió la obra «El poder y la gloria»; Greene le
recordó que había sido condenado por el Santo Oficio, a lo cual respondió
su Santidad: «No se aflija, es una obra maestra»
«El
revés de la trama» (1948)
Es la historia de un segundo comisario de policía, «Major»
Scobie, en Freetown (Sierra Leone, África), en tiempo de guerra.
El ambiente de la novela es un clima tropical que juega malas
pasadas a los nervios de la gente, sobre todo de los europeos: calor
inaguantable, ataques constantes de fiebre y para coronarlo todo, una
absoluta corrupción en lo moral y en lo político.
El personaje principal es «Major» Scobie. Un hombre de una gran
integridad profesional, que ha luchado duramente quince años contra los
abusos sexuales y el tráfico ilegal de diamantes. Esto le mereció el título
de «el Justo».
Al principio llevó vida de soltero en la colonia, pero más tarde
llegó allí su esposa Louise.
Louise se aburre y quiere tomarse unas vacaciones en África del
Sur; y Scobie, aunque falto de dinero, le hace una promesa de pagar todos
sus gastos. Él ya sabe lo decepcionada que su mujer está, porque él no
ha ascendido a comisario, y a fin de asegurarle el dinero que ella
necesita, Scobie juega con su propia integridad. Los bancos se niegan a
darle un préstamo y así acepta dinero de un tal Yusef, comerciante sirio
de mala fama, que se alegra de tener a Scobie en sus garras, ya que el «Major»
es el único obstáculo en sus negocios ilegales.
Durante la ausencia de su esposa, Scobie se encuentra con una
viuda, Helen, y comete adulterio. Helen se salvó de un naufragio en el
que pereció su marido después de sólo un mes de vida matrimonial.
Una carta amorosa de Scobie a Helen cae en manos de Yusef, quien,
mediante el chantaje, hace a Scobie cómplice de sus transacciones
contrabandistas.
Louise en Sudáfrica, oye rumores de la infidelidad de su esposo y
se vuelve inesperadamente a Freetown. Para confirmar o disipar los
rumores, ella recurre a cierta estratagema: ruega a su marido que le
acompañe a misa en la Nochebuena y comulgue. Scobie, converso católico
creyente, se halla entre la espada y la pared, entre su apasionada afición
por Helen y su temor de comulgar en estado de pecado mortal.
No tiene voluntad de romper con Helen y, por tanto, sabe que su
confesión a un sacerdote sería espuria; así que se vale de todo género
de evasivas y excusas para no acompañar a Louise al comulgatorio. En
vista de la insistencia y creciente sospecha de la mujer, va a comulgar
varias veces sin haberse confesado antes debidamente, y poco a poco
sucumbe a la desesperación.
Finge tener angina de pecho, acumula comprimidos de «avipán», y
al final traga una hiperdosis que lo mata.
«El
tercer hombre» (1950)
Es casi la inauguración de un género: el de quienes se debaten en
medio del reparto del mundo y de los destinos humanos entre dos fuerzas
igualmente inicuas y destructoras; debate en el que el elemento clave será
la determinación de si existe o no el libre albedrío de las personas
individuales y en qué medida, en medio de tanto horror.
Manuel Vázquez Montalbán describe muy bien la trama de la misma
en el prólogo a dicha obra, anunciando un mundo al borde de la tercera
guerra mundial en plena guerra fría, sin que se hayan paliado las
miserias de la segunda guerra mundial y en el que ya están marcadas, con
toda su fatalidad, las fronteras futuras entre los dos sistemas. Una
ciudad dividida por la voluntad de las grandes potencias, en la que los
seres humanos tratan de ordenar sus vidas y de sobrevivir a partir del
nuevo orden internacional. Un mundo de supervivientes en peligro, al que
llega un mediocre novelista invitado por un amigo de la infancia,
predestinado a ser triunfador. Martins, el novelista, llega a Viena en el
momento en que están enterrando a su amigo Harry Lime, víctima de un
accidente, y a partir de esa llegada se dedicará a la búsqueda de la
verdad, movido por la lealtad al amigo, de hecho por la fidelidad a su
infancia, al «país de su infancia»
Y pieza clave en esa investigación es la construcción progresiva
del retrato robot de un testigo del accidente en el que murió Harry Lime;
es un «tercer hombre» al que ha visto uno de los testigos y que no
consta en el informe oficial. La búsqueda de ese tercer hombre permite el
retrato de una dialéctica del bien frente al mal, no metafísica, sino
concreta: la dialéctica entre los que luchan contra el criminal
contrabando de penicilina y los supervivientes salvajes que son capaces de
enriquecerse, aun a costa de la vida de los enfermos. Aunque el relator de
la historia sea un policía inglés que dirige la investigación sobre la
muerte de Harry Lime, el lector es invitado a recorrer la historia como si
la contara Martins, el novelista mediocre. Historia contada como una
elemental novela de aventuras. Y es que Greene se complace en recurrrir a
ese truco para verificar el retrato que teme de sí mismo. Cuando llega
Martins a Viena es confundido con un escritor importante, un tal Dexter-Forster...
A la sombra de la horca, los sórdidos personajes de «El tercer hombre»
sonríen, hacen sonreír e incluso se ríen de sí mismos.
«El
factor humano» (1978)
Nos encontramos ante una de las más perfectas tramas de espionaje
que jamás se han escrito y, además en esta novela, Graham Greene muestra
una extraordinaria capacidad para poner al descubierto los complejos
mecanismos que rigen el comportamiento humano. El descubrimiento de
peligrosas filtraciones en una pequeña subdirección de los servicios
secretos británicos es el desencadenante de una hermosa e inquietante
novela llena de ternura, emoción y duda, en la que Greene denota una
maestría que está más allá de la madurez.
En ella presenta también, al igual que en «Nuestro hombre en
la Habana», el objetivo fundamental de la guerra psicológica: que es
sembrar desconfianza entre los aliados del bando enemigo. La trama está
basada en una pequeña y gris subdirección del servicio secreto inglés.
El descubrimiento de que se están produciendo filtraciones de información
desencadena una tensa investigación en la que sólo hay dos sospechosos:
Maurice Castle, que está pensando seriamente en jubilarse, y Arthur
Davies, un soltero que reparte su tiempo entre la bebida y las apuestas en
las carreras de caballos.
Fue llevada al cine por Otto Preminger en 1979.
«El
doctor Fischer de Ginebra o La reunión de la bomba» (1980)
Dedicado a su hija Carolina Bourget, en cuya casa, durante una
comida navideña, se le ocurrió esta trama. Cuenta la historia de un
cincuentón, Alfred, sumido en la rutina de una existencia gris.
Consideraba que la vida era poco atractiva... hasta que conoce a una
hermosa joven, rica y enamorada a su vez de él. Ella iba a ser el vínculo
entre él y el padre de ella, su aborrecido padre, el enigmático doctor
Fischer, que ofrecía brillantes fiestas, que eran auténticas trampas,
redes sutilmente tendidas para atrapar a sus huéspedes y divertirse,
observando hasta qué punto la codicia lleva a los hombres a someterse a
las más degradantes humillaciones. Una diversión, un juego macabro que
podía llegar al extremo de poner la propia vida como apuesta.
El drama y la farsa se mezclan aquí con preciso equilibrio: la
codicia y avidez de los hombres pueden llegar a lindar con lo grotesco;
pero también existe la dignidad, capaz de desbaratar todo intento de
rebajar el fondo más íntimo del hombre.
Se pueden observar en esta obra las brillantes dotes creadoras de
Graham Greene, su talento cómico, su capacidad para intensificar
gradualmente el suspense, su don para explorar e iluminar los más
escondidos repliegues de la naturaleza humana.
Describe muy bien estos personajes el padre Durán, cuando expresa
que Ana es joven, cultivada y hermosa. Ana era idealismo, mientras él era
dinero. Dinero y materia únicamente. Ana era espíritu. Ella amaba la música
y él la odiaba. Para ella el «sexo» significaba el dolor del parto y un
gran sentido de soledad, mientras que él gruñía de placer «en el
momento de la unión». Más tarde, Ana empieza a sentirse sola y conoce a
Steiner, a veces se va al piso de éste, y ambos escuchan discos de
Heifetz y de Mozart. Sus almas están unidas por la estética y por la música.
Pero Fischer, el padre de Ana, lo descubre todo.
El problema para el doctor Fischer es que ella prefería a otro. ¡A
un empleado miserable, cuyo salario era irrisorio! Este detalle aumenta
enormemente su humillación. Confiesa Fischer: «Que ella se hubiese unido
sexualmente con Steiner, esto no me importaría gran cosa. Un impulso
animal después de todo. Pero ella prefirió su compañía a la mía».
Era terrible. Ella le abandonaba entrando en una región donde él no podía
seguirla. El doctor Fischer queda herido de muerte en su corazón. Se
vuelve absurdo, obtuso, vengativo. Lleva el infierno dentro de sí: es un
condenado; es el mismo infierno.
Para el padre Leopoldo Durán es la obra más autoexpresiva de
cuantas Greene ha escrito. No se trata de una parábola, como cree David
Lodge. Es sencillamente una historia, pero como toda obra de Greene, con
varios niveles ideológicos. Poco más allá se puede ir en sencillez y
ternura de estilo.
«Monseñor
Quixote» (1982)
Esta obra dedicada a Leopoldo Durán, está considerada ya como clásica
y fue uno de los frutos de sus viajes por España y Portugal. Está
considerada como una novela que enfrenta marxismo y catolicismo, aunque
posee un tono más moderado que las anteriores.
En 1985 Greene escribía al padre Leopoldo Durán la siguiente
dedicatoria: «Con todo el cariño para un viejo amigo, sin el cual «Monseñor
Quixote» nunca hubiera sido escrita».
Los trescientos treinta ejemplares están firmados por el autor. La
edición es excepcionalmente lujosa, imitando la letra en oro de un códice
medieval.
(Edición
limitada y lujosa del libro en la que puede leerse la dedicatoria de
Greene al padre Leopoldo Durán)
El padre Leopoldo Durán en su artículo publicado en el periódico
«Ya» del 9 de Junio de 1980, en su página 4 habla sobre la misma, —y
creo muy interesante plasmar sus propias palabras sobre este libro,
dedicado a su persona y gestado en su propia compañía—: «La obra es
de excepcional importancia para el público español. En ella vemos que
Graham Greene tiene en manos algo serio, inspirado en la primera novela de
nuestra lengua.
El prólogo es delicioso. En él se habla de nuestros viajes por
España, camino de Galicia, y de cómo la idea del libro vino a su mente».
Dice Greene: «Cada año tomamos la misma ruta: hacia Galicia, la tierra
natal del padre Durán, camino de Salamanca, en donde visitamos el nicho
numerado —que no puede llamarse tumba— de Unamuno, del que su gran
comentario: «Nuestro señor don Quijote» me acompaña siempre en
mi saco de viaje para leerlo por la noche. Delante de aquel nicho número
trescientos y algo, «Monseñor Quixote» vino a la vida por vez
primera, y él me obligaría a que pensase sobre él cuando nos paráramos
en un prado para beber un vaso o dos de nuestra carga, antes de la comida,
o en un frío desfiladero montañoso cuando descorchásemos mi whisky».
Añade
el padre Durán que no olvidará nunca el itinerario: Madrid, Valle de los
Caídos, Cementerio de Salamanca. A la entrada preguntamos por la tumba de
Unamuno —¿Unamuno? Es el número trescientos cuarenta. Al fondo en la
pared, la lápida número 340, con el epitafio famoso: «Méteme, Padre
Eterno, en tu pecho, misterioso hogar» etc.
Estuvimos bastante tiempo en silencio mirando hacia aquella lápida.
Al salir del cementerio, las primeras palabras de Greene fueron éstas:
–«Tienes que escribir un artículo titulado «En busca del número 340»
–Ese artículo ha de ser escrito por tí. Y así esta anécdota será
conocida». La idea quedaría imborrable en su memoria.
Posteriormente, continúa diciendo el padre Durán, el propio
Greene escribiría para mí, unas líneas soberanas, comparando las tumbas
del Valle de los Caídos y el lugar donde Unamuno descansa. Han pasado
bastantes años. En vez de un artículo escrito por mí, Graham Greene
escribe un libro. —Oidle, oidle a él— (se refiere al propio Greene):
«Cuando la idea vino a mi mente durante mi primer peregrinaje por España,
en un pequeño Fiat Cinco conducido por un amigo de mi amigo y compañero
padre Leopoldo Durán, sentí confianza en el futuro del libro, una
confianza que provenía en parte del cargamento de puro vino gallego sin
etiqueta, que llevamos siempre con nosotros. No tuve valor para comenzar
el libro hasta después de nuestro segundo peregrinaje, y al tiempo de
nuestra peregrinación tercera este capítulo estaba terminado, y yo me
sentía más seguro de lo que me siento ahora, de que el capítulo no
tendría continuación».
El padre Quixote ya no podría pararse ni podría morir. Quién
sabe si monseñor, con su compañero el ex alcalde comunista del Toboso,
no andarán ya por los amplios caminos de Castilla...
En el primer capítulo se nos cuenta cómo el padre Quixote sale a
comprar vino a una cooperativa, a ocho kilómetros del Toboso, en la
carretera general de Valencia. Vino de Marsala. Un Mercedes está parado
en la carretera. Un cuello romano y una pechera púrpura indican que el
dueño del coche de lujo es un clérigo de alcurnia. Un diplomático
vaticano que va camino de Madrid para ver al Gobierno. El padre Quixote
hace con él de ángel de la guarda. Le invita a su comida solitaria y
hasta le pone en marcha su Mercedes, cuya única avería era la falta de
gasolina. El obispo de Motopo regresa a Roma, y de allá viene un
rescripto nombrando monseñor al padre Quixote. El obispo diocesano no
consultado, le escribe una carta airada, magnífica, que se diría
arrancada a un dicasterio eclesiástico. El padre Quixote tendrá que
irse...
Hay unas palabras entrañables y profundas cuando el padre Durán
habla sobre asistir al nacimiento de un gran libro: «El placer de la
lectura es algo así como el caer de los largos hilos «de lluvia
derramados» ¡La sorda gestación que madura el parto y el fiero júbilo
del alumbramiento! ¡El alarido supremo con que se lanza al mundo un nuevo
ser, y el grito de triunfo de una vida nueva!».
Más adelante manifiesta lo que anteriormente ya se había
expresado, referente a la importancia de los sueños en Greene, diciendo
que los sueños en las obras de Graham Greene son de una importancia
capital, teniendo algunas de ellas origen en los mismos. Después añade
que Greene es una persona modesta, y pocas veces está contento con las
cosas que escribe, pudiendo corroborarse en el prólogo de este libro
cuando manifiesta: «A veces pienso que éste no es un mal comienzo».
Luego hace alusión a los personajes que aparecen en sus obras.
Aparecen toda la gama de tipos humanos. Pero resaltan tres grupos
notablemente: sacerdotes, médicos y policías. Y añade: «El padre
Quixote es sacerdote».
A la pregunta del reportero: ¿En qué clase de temática encuadraríamos
esta obra?, el padre Leopoldo Durán manifiesta que es de una temática
trascendental. Y he aquí, que ya en este primer capítulo aparecen los
conceptos de «Dios», «alma», «oración», «eternidad», «fe», «misterio»...
«—¿En dónde estaría nuestra fe si careciese de misterios?—»,
—dice el obispo romano al padre Quixote. Greene penetra, como muy pocos,
en las interioridades del hombre y conoce profundamente el elemento humano
de la Iglesia —el mundo clerical—. La carta insuperable que el obispo
diocesano escribe al padre Quixote: —«Así que prudencia, mi querido
padre, prudencia es lo que yo le pido»— es prueba clara de ello.
Más adelante, el padre Durán manifiesta que no es ésta la
primera obra con temática española, ya que en el año 1931 publicó «Rumor
al anochecer», —sobre la guerra carlista— y «El agente
confidencial», aparecida en 1939, —que trata sobre la Guerra Civil
Española—. Estas dos obras las escribió en seis semanas y por la mañana,
al mismo tiempo que seguía trabajando despacio en «El
poder y la gloria».
Una de las preguntas de interés del
interlocutor, es querer saber si el padre Quixote y el padre Durán tienen
alguna relación, a lo cual el padre Durán le responde que a esta
pregunta ya contestó Tom Burns en un artículo en «The Tablet»
(13-10-1980), asegurando que: «No debe identificarse al padre Durán y al
padre Quixote.» Es evidente, si es Quixote no es Durán. Y añade el
padre Durán: «La delicia de una amistad se evapora hablando de ella.
Nuestras conversaciones interminables. Nuestros viajes, muchos y muy
largos. Las fotografías... Todo ello revela alguna cosa».
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