Revista Alcántara. nº 56
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UN ANDANTE CABALLERO INGLÉS Y SU ESCUDERO POR TIERRAS EXTREMEÑAS

TIBURCIO AVENDAÑO SALAS

 

   ¡Qué tendrá mi Extremadura! ¡Tierra de múltiples contrastes: de encinas y pedregales, de sobriedad granítica y arcilla alfarera, de labranzas y regadíos, de llanuras pardas y arboledas frescas y verdes, de manantiales y tierras cuarteadas, de desérticos parajes y núcleos superpoblados, de inviernos duros y veranos tórridos, de monasterios y castillos, de bullicio popular y recogimiento y clausura, primaria y señorial, pero siempre levantando su estandarte acogedor y emprendedor, que la hace ser un lugar mágico de descubrimientos y encuentros!

  

 

   Parodiando al Quijote, podría continuar diciendo: En un lugar de Extremadura, cuyo nombre no puedo recordar, ya que en todos sus rincones existe el calor para los que aquí repostan y conviven con sus gentes, hubo un hidalgo caballero andante, Graham Greene, gran novelista inglés y su escudero, confidente y amigo personal, el padre Leopoldo Durán Justo, que recorrieron sus tierras en pos de aventuras y descanso.

 

 Graham Greene y el padre Leopoldo Durán.

(De la colección particular de fotografías de Leopoldo Durán)

 

   Allá por los primeros años de la década de los ochenta, dos personalidades del mundo de las letras acertaron en visitar nuestras tierras, para conocer sus campos, monumentos, sus gentes y su historia. Este caballero andante, Graham Greene, del que uno de sus títulos de su numerosa producción novelística ha sido, precisamente, «Monseñor Quixote», dedicado y en homenaje a su «amigo y hermano» el padre Leopoldo Durán, estaría orgulloso de haberle dado este cariñoso apelativo de hidalgo y caballero andante, que junto a su inseparable e infatigable acompañante y amigo, el padre Leopoldo Durán, escudero leal, donde los haya, cuya amistad con el genio superó los meros vínculos del arte literario, recorrieron las tierras de España, repitiendo los viajes a nuestra Extremadura, desde que descubrieron su elixir, su manantial inagotable de sabiduría. Un pozo sin fondo de arte y cultura, que hace aflorar la paz interior a los hombres de bien, que la buscan sin descanso y con esmero. Siendo posiblemente éste el porqué de sus repetidos viajes a esta bendita tierra, mezclándose con sus gentes, saboreando la historia desde sus raíces y adquiriendo anécdotas, que más tarde recordarán en sus quehaceres diarios, cuando alejados de la misma, broten y afloren los recuerdos y el anhelo de vivenciar esa paz descubierta. No dudaron ni un momento en repetir y acudir de nuevo a la cita extremeña, por una parte, para respirar sus aires de frescura y de descanso, y por otra, para adquirir savia nueva y esperanza en este difícil caminar cotidiano. En definitiva, haber descubierto los encantos de esta tierra, «piedra filosofal» en la vida de muchos de nosotros.

   Es bueno e interesante recordar los datos biográficos más significativos, así como la extensa producción literaria de estas dos personalidades del mundo de las letras y exponer la opinión de los críticos y biógrafos de estas dos insignes figuras de la pluma, que entremezclándose con las propias gentes de la tierra extremeña en las calles y mercadillos de nuestros pueblos y ciudades, supieron digerir nuestras costumbres, admirar la artesanía y reconocer la cultura de nuestra región; de tal forma, que el acercarse periódicamente a este rincón de España, supuso una necesidad en sus vidas.

 

GRAHAM GREENE

   Nació en la localidad inglesa de Berkhamstead, condado de Hertfordshire, el 2 de Octubre de 1904. Su padre era director de la escuela local, donde él se educó. Ingresó en la Universidad de Oxford, en el Balliol College, donde publicó un libro de versos y se graduó en 1925. Al año siguiente, trabajó como reportero en el «Journal» de Nottingham. Tras la publicación de su primera novela, en vísperas de la Depresión del año 30, se dedicó a la literatura y a la crítica literaria y cinematográfica, como escritor independiente. Colaboró en el «Times» desde 1926 a 1929, llegando a ser subdirector del mismo. En 1926 se convirtió al catolicismo, hecho trascendental para su vida y para su obra literaria. Y en 1927 contrajo matrimonio con Vivien Dayrell-Browning.

   En 1938 fue enviado a Méjico como comisionado y periodista para informar de la persecución religiosa y anticlerical que existía en dicho país. Como resultado del mismo, escribió «Caminos sin ley» (1939) y «El poder y la gloria» (1940).

   Su fama como escritor se inició tras la publicación de su cuarta novela: «El tren de Estambul»(Orient Express) (1932). Realizó un viaje a través de Liberia, que más tarde reflejó en su obra «Viaje sin mapas» (1978), y a su vuelta en 1939, fue crítico de cine en la revista inglesa «The Spectator», de la que posteriormente, en 1940, fue director literario.

   Trabajó para el Foreign Office durante la II Guerra Mundial (1941-1944), permaneciendo poco tiempo en él. Fue enviado a Sierra Leona entre 1941 y 1943. Greene atendía los asuntos de Portugal, más allá de su extensión geográfica. Fue encargado de combatir el contrabando de cartas y diamantes en Georgetown, en vecindad con las colonias francesas adictas al pacto de Vichy. De regreso a Londres, Greene tomó a su cargo todas las operaciones en Portugal. En Lisboa trabajó con otro escritor inglés, Malcolm Muggeridge, en el comando del mítico Kim Philby, quien ya transmitía los secretos aliados al Kremlim. En 1941 Philby era responsable del trabajo de contrainteligencia en la península Ibérica. Allí su trabajo fue brillante y surgió una gran amistad entre los tres.

   Sin que Greene supiese nada, Philby se escapó a Moscú en un barco ruso; pero la amistad entre ambos continuó hasta la muerte de Philby. Greene le escribía una carta cada año. Le visitaba siempre que iba a Rusia. Y Philby esperaba siempre estas visitas con enorme ilusión.

   En 1968, Greene escribió el prólogo de un libro de Philby titulado: «My Silent War». Y fue tal su grado de amistad con él, que en su autobiografía, Greene escribió: «Un escritor que sea católico no puede evitar cierta simpatía por cualquier fe que sea sostenida con sinceridad, y me sentí complacido cuando más de veinte años después Kim Philby citó «El agente confidencial» (1939) para explicar su actitud ante el estalinismo» Todo ello, para exponer el predicamento de un agente con escrúpulos, en quien su propio partido no confía y el propio agente se da cuenta de ello, admitiendo que el partido está en lo correcto.

   Greene veía a Philby como uno de esos cristianos que no perdieron la fe durante los peores momentos de la Inquisición, confiados en que llegarían tiempos mejores. Cuando Philby murió, un periódico inglés le insultó diciendo: «que esperaba que hubiera tenido una larga agonía». Graham Greene sintió mucho que el artículo fuese anónimo, pues le hubiera contestado como él sabía hacerlo en casos de esta índole.

   Greene tuvo prohibida la entrada en Estados Unidos hasta el año 1952, tildado de comunista y amigo de ellos. Pero la verdad sobre ello fue, que Greene y un íntimo amigo suyo, allá por la época de sus 18 años de edad, se hicieron miembros del Partido Comunista, porque se les había prometido a cambio un viaje a Moscú. Todo quedó en nada, y su militancia en el Partido Comunista duró tres meses. Sin embargo, en América constaba esta aventura.

   A partir de 1966 traslada su residencia a la Riviera francesa, precisamente a Antibes, cerca de Niza, por el excelente clima de aquel hermoso rincón de la Costa Azul, dedicándose a viajar por todo el mundo, sobre todo por España.

   Murió el 3 de Abril de 1991 en Vevey, Suiza.

   Es doctor «honoris causa» por Cambridge, Oxford, Edimburgo, Moscú, España y otros muchos lugares. Caballero de la Legión de Honor en Francia; posee la Orden del Mérito, considerada la mayor y mejor condecoración inglesa y rehusó muchas otras condecoraciones.

   El periodismo fue para Graham Greene la antesala de la literatura, extrayendo de su experiencia como reportero un rico bagaje, al que recurrirá en sus relatos de ficción.

   Ha escrito numerosas obras, habiendo sido traducidas a más de 30 idiomas. Su obra refleja los conflictos espirituales de un mundo en decadencia. Sus novelas se caracterizan por la intensidad de sus detalles y los lugares exóticos donde transcurren (México, África, Haití, Vietnam...), así como el retrato preciso y objetivo de los personajes inmersos en todo tipo de situaciones de tensión social, política y psicológica.

   Inició su carrera de escritor en 1929 con la publicación de «El hombre interior», luego fueron: «Historia de una cobardía» (1929), «El nombre de la acción» (1930) y «Rumor al caer la noche»(1931). Desde entonces ha publicado un gran número de novelas en las que, por debajo de la intriga, el realismo y la psicología, late siempre, de alguna manera, una profunda preocupación religiosa.

   Según el propio Greene, sus novelas se clasifican en: «de entretenimiento» y «serias». En el primer grupo se incluyen algunas de aventuras y de género policiaco. Greene sabe mantener el interés por la lectura, con lo que demuestra su maestría narrativa. A esta serie corresponden: «El tren de Estambul» (1932), «Campo de batalla» (1934), «Pistolero a sueldo» (1936), «El agente confidencial» (1939), —ambientada en la guerra civil española —, «El ministerio del miedo» (1943), «Diecinueve cuentos» (1947), «El tercer hombre» (1950), «Quien pierde gana» (1955), «Nuestro hombre en la Habana» (1958) —sobre el espionaje inglés en la Cuba precastrista y el objetivo fundamental de la guerra psicológica: que es sembrar desconfianza entre los aliados del bando enemigo—; también publica el libro de relatos «Veintiuna historias» (1954). «Una pistola en venta» (1936), —tiene como argumento central el conflicto humano entre el bien y el mal—, y puede considerarse como precursora del tipo de libro que Greene calificaría de sus grandes obras, en las que se entremezclan lo moral, lo existencial y lo religioso. Greene, desde una perspectiva católica, se acerca al alma humana y a las miserias del hombre. En un contexto de crisis religiosa, explora los misterios del mal y de la gracia. Para Greene, todo hombre, aun acosado por las fuerzas del mal, es portador de la santidad. Sus grandes obras sobre ello son: «Inglaterra me ha hecho así» (1935), «Brighton, parque de atracciones» (1938), «El poder y la gloria» (1940), —novela compleja con elementos metafísicos y realistas, ambientada en la revolución mexicana, donde el protagonista es un sacerdote alcoholizado y amante de los placeres carnales, con un hijo, en la época de las persecuciones anticlericales en su país; no abandonará nunca su sagrado ministerio, incluso con riesgo de su propia vida, por asistir a un moribundo. La Gracia puede convertir a un pecador en mártir heroico. Otras son: «El hombre por dentro», «El revés de la trama» (1948), —esta obra la escribió como homenaje a la obra «Corazón de la tiniebla» de Conrad, situando igualmente la acción en África—; luego aparecen «El fin del asunto» (1951), —que también trata de problemas serios y profundos, como la angustiosa búsqueda de Dios—.

   En otros títulos como: «El ídolo caído» (1936) y «El libro de cabecera del espía» (Este último escrito en colaboración con su hermano) —recurre a la esencial incomunicabilidad entre las conciencias infantiles y el mundo de los mayores y exhibe la invisible transcendencia que determinados hechos de la primera edad tienen en la vida futura de los seres humanos. «La defensa» (1972) —Historia corta con seis relatos además del que da el título al volumen, que pertenecen a su primer periodo y se sitúan en la Inglaterra de los años 30 y 40, anunciando ya de forma bien clara, los ingredientes, artificios y argumentos de su obra narrativa posterior: la torpeza, la ceguera de la justicia de los hombres, la incapacidad de estos para dar con las claves de sus destinos y controlar las fuerzas que los determinan, las pasiones y la crueldad en que se fundan las relaciones humanas, la imposibilidad de comprensión entre ellas...—. «El americano tranquilo» (1955), —trata sobre la guerra de Indochina—; «Un caso acabado» (1961), —donde cuenta la historia de una leprosería en África—; «Los comediantes» (1966), —en la que estudia la situación trágica de Haití, siendo Presidente de aquel país el Dr. Duvalier—; «Viajes con mi tía» (1969). «Una especie de vida» (1971) y su continuación «Caminos de evasión» (1980) son autobiográficas; escribe también una serie de historias cortas, editadas en Historias coleccionadas en el año 1972, como: «¿Podemos pedir prestado a tu marido?», «Un sentido de realidad», «Una visita a Morín», entre otras; en «Un lugar fuera de Edgware Road», —la clave es el absurdo y la soledad de unos seres perdidos. Posteriormente escribe: «El cónsul honorario» (1973), «El factor humano» (1978), «El doctor Fischer de Ginebra o La reunión de la bomba» (1980), «Monseñor Quixote» (1982), «El décimo hombre» (1985) —novela breve, escrita pensando en el cine, con la que ha conseguido suficiente densidad humana como para figurar entre sus obras más literarias—, «El capitán y el enemigo» (1988),... todas ellas jalonan su densa carrera de escritor.

   Graham Greene también escribió obras de teatro: «El cuarto de estar» (1953), «La casilla de las macetas o el invernadero» (1958); en algunas comedias trata el problema de la infidelidad: «El amante complaciente» (1959). Más tarde escribe: «Labrando una estatua» (1964)», «El regreso de A.J. Raffler» (1975), «El gran Jowett» (1981), «Sí o No» (1983), «¿Por quién doblan las campanas?» (1983).

   Ha escrito ensayos: «La infancia perdida» (1951), «Ensayos completos» (1969), «Dramaturgos británicos» —sobre estudios de otros escritores—, «La cúpula de la alegría», «Yo acuso» (1982).

   Escribió libros para niños: «El pequeño tren», «El cochecito de caballos», «La pequeña apisonadora», «El cochecito de bomberos».

   Sobre el tema de viajes escribió: Además de los ya mencionados «Caminos sin ley» (1939) y «Viajes sin mapa» (1978), otros como: «En busca de un personaje» y «Tratando de conocer al General».

   Escribió dos obras biográficas: «El mono de Lord Rochester» y «Una mujer imposible».

   Han sido adaptadas para el cine, guiones de sus propias novelas, como «El tercer hombre» —película de espías dirigida por Carol Reed—, «Orient Express», «Nuestro hombre en la Habana», «El poder y la gloria» — de la que hay varias versiones, una de las cuales fue dirigida por John Ford en 1943—, «Brighton, parque de atracciones», «El factor humano» — llevada al cine por Otto Preminger en 1979—, etc. Los problemas del pecado, del demonio y el infierno, el amor cristiano o el progreso técnico son temas que están presentes de muy diversas formas en las páginas de este gran escritor. Prácticamente obsesionado con los problemas de los hombres, estructura toda su obra narrativa sobre el bien y el mal. Y —nos dice Gilbert Signaux—, que la consecuencia inmediata a la que llega Graham Greene, queda resumida en las palabras de Jesús: «No juzguéis». Exploración implacable en los misterios del mal y de la gracia.

   En su temática, incidió profundamente su conversión al catolicismo, acaecida alrededor del año 1926. También le influyó la Segunda Guerra Mundial, en la que como ya hemos dicho, trabajó como miembro del Servicio de Inteligencia Británico, proporcionándole numeroso material para tramas de espionaje, que le han dado celebridad en el mundo entero. Las historias que presenta con tonos de sutil emoción e ironía en difícil equilibrio son realistas y frecuentemente cargadas de violencia: guerras, intrigas, casos criminales y toda clase de aventuras en tierras exóticas. Sus personajes suelen ser atormentados, a veces siniestros. Sin embargo, tanto los hombres como los acontecimientos están siempre representados, en el fondo, como instrumentos de una voluntad superior que armoniza, en un vasto designio, las peripecias de toda la aventura humana. Y en este sentido, su narrativa es metafísica, con el estímulo adicional de un refinado autocontrol, una íntima moderación y una riquísima experiencia existencial.

   Greene fue un viajero eterno. Sus personajes protagonizan, por una parte, toda suerte de peripecias políticas, aventureras, exóticas, historias de espionaje, pero si al comienzo esto le sirve para la indagación psicológica y moral de los individuos concretos, más tarde, sobre todo con la Guerra Fría, se concentra en la crítica de la sociedad, creada por las potencias occidentales: la injusticia, la barbarie, la deshumanización, la torpeza, la ceguera de la justicia de los hombres, la incapacidad de éstos para dar con las claves de sus destinos y mucho menos para controlar las fuerzas que los determinan; la absurda manera en que se entrelazan las pasiones y las aspiraciones de las personas; la inevitable crueldad en que se fundan sus relaciones; la imposibilidad de comprensión entre ellas... son los ingredientes, artificios y argumentos de la obra de la narrativa posterior a los años 40. En realidad, Greene arranca jirones de la vida del siglo en que le ha tocado vivir, a veces de su cara más secreta y oscura; y sus extraviados personajes se topan con hechos extraordinarios, o con acontecimientos triviales, que por obra de su genio, se tornan en significativos y reveladores, aunque siempre acaban desvelando nuevos interrogantes, nunca dando respuestas ni conclusiones.

 

 

Graham Greene.

(De la colección particular de fotografías de Leopoldo Durán).

 

   Muchas de las historias de Greene comienzan o recomienzan por sueños. La mujer del psicoanalista que le trató, cuando Greene rondaba entre los 15 y 16 años, decía: «hubiera sido un buen medium»; y en una entrevista realizada a Greene en 1987 en su casa de la Costa Azul por Nicholas Shakespeare, el propio Greene recuerda una anécdota ocurrida sobre este asunto: «recuerdo un día a esta hora más o menos, que tenía una terrible depresión y pensaba que le había ocurrido algo a alguien de mi familia. Entonces llegó mi compañera, puso las noticias de la una. Un avión había sido derribado en el mar en Cap de D’Antibes. A bordo iba un amigo del Vietnam, el general Cogny».

   Más adelante, en esta misma entrevista, al preguntarle por su fama en Inglaterra, Greene añade: «Tengo más repercusión en Lationamérica y Rusia que en Gran Bretaña. El peligro es que la juventud ahora no lee libros y ve la televisión».

   Hablando sobre política, comenta en la entrevista, que ha votado sólo una vez: «Fue un voto de protesta, voté a los comunistas después de la guerra». –Continúa diciendo Greene: «Gorvachev es tan popular, que ya no es un insulto ser comunista».

   Referente al tema de su conversión al catolicismo, expone que llegó a ello de forma muy fría, porque iba a casarse con una católica y quería comprender lo que ella creía. Después comprendió que había una posibilidad de que el catolicismo estuviera más cerca de la verdad que otras religiones. Y añade: «Rezo mis oraciones, voy a misa...». Ante la pregunta: ¿No es usted un hombre bueno?, Greene mueve la cabeza y responde: «Lamento muchas cosas en mi vida. Mi trato hacia gente a quien quería. Si pudiera volver mi vida atrás, hubiera cambiado las cosas».

   Cuando el autor de la entrevista menciona «el premio Nobel», Ivonne, su compañera, que acababa de entrar, rompe a reír. Greene añade: «por encima de mi cadáver» es la frase que ha utilizado repetidamente Artur Lundkvist, uno de los miembros del jurado, asegurando que a Greene no se le concedería jamás. Luego explica: «Creo que fue porque yo tenía una relación amistosa con una chica que él debió conocer en Estocolmo». Por último, al preguntarle sobre la muerte, contesta: «No me gustaría morir después de una larga enfermedad. Preferiría una bala antes que una enfermedad prolongada»

   El novelista Malcolm Bradbury está convencido de que Greene disfrutó jugando con la falta de estima hacia su obra, y asegura que no quiso ser un gran escritor a la manera del grupo de Bloolmsbury, resistiendo siempre los intentos de intelectualizar su trabajo. Sigue diciendo, que Greene comenzó a escribir cuando el ser autor estaba de moda y era algo importante. Sin embargo, rechazó ese concepto, y prefirió la popularidad que le daba su papel de outsider y de persona enigmática.

   Ramón Sánchez Lizarralde afirma que el universo literario de Greene es inquietante; busca precisamente el desasosiego, conmover la vida confortable, tan inglesa, y mostrar el vacío y la desesperación que se ocultan tras ella. Y así, en sus obras: «Un sentido de la realidad», «El que pierde gana» y «Un lugar fuera de Edgware Road», la clave es el absurdo y la soledad de unos seres perdidos; en «El espía» y «El ídolo caído» recurre a la esencial incomunicabilidad entre las conciencias infantiles y el mundo de los mayores, y exhibe la invisible trascendencia que determinados hechos de la primera edad tienen en la vida futura de los seres humanos. Algún otro autor llega a afirmar que el odio de Greene hacia los tiempos de Berkhamsted, donde su padre era director, es clave en todos sus escritos.

   –Afirmación, quizás, demasiado tajante y subjetiva–. 

   La editorial Prensa Ibérica de Barcelona publicó en España en el año 1998: «Reflexiones», una selección de los artículos escritos por Graham Greene para diversos diarios y revistas, a lo largo de casi setenta años. Este libro está basado en una recopilación de más de un centenar de piezas periodísticas, realizada por Judith Adamson, teniendo el interés de permitir seguir la evolución del pensamiento de Greene desde 1923, cuando era un joven y desconocido estudiante de Oxford, ansioso de viajar y de plasmar sus impresiones negro sobre blanco, hasta 1987, pocos años antes de su muerte.

   Alfonso Basallo en un ensayo en «La Esfera» del Diario «El Mundo de los libros» de 10 de Octubre de 1998, comenta que estos artículos de Greene contienen el germen de numerosos motivos argumentales de su obra literaria. Todos los grandes temas de la novelística greeniana están ya, en esbozo, en sus trabajos periodísticos: el conflicto de conciencia, el escándalo del mal, la inquietud social, la fascinación por el idealismo revolucionario, la atracción obsesiva por el riesgo... Añade Alfonso Basallo, que en «Reflexiones» hay dos tipos de piezas: las crónicas y los artículos de fondo. Las primeras incluyen el análisis de política internacional y también el muy nutrido lote de los reportajes de viajes a escenarios exóticos o a zonas de conflicto. Los artículos de fondo abarcan desde la crítica cinematográfica hasta las reseñas de novelas o ensayos. Continúa diciendo Alfonso Basallo, que en sus comienzos en los años 20, Greene se interesa por la Europa rota de la posguerra. Refleja las humillaciones que sufre la parte de Alemania ocupada por Francia y el sufrimiento físico y moral de los vencidos. Greene es implacable con los totalitarismos y los pone en evidencia con el arma sutil de la ironía. El mismo Basallo en este ensayo añade: «Pero personajes como Ho Chi Minh o el general Giap ocupan un lugar destacado en las crónicas del escritor, y es el Fidel Castro de la primera mitad de los años 60, el líder que concita las mayores simpatías del escritor. Hasta tal punto se deja llevar por el entusiasmo de esta época de su vida, que compara la isla caribeña con la cuna de la democracia clásica. De todos modos, Greene terminó por no aprobar el sistema de Castro, y así se lo fue a decir al propio Castro, en nombre del General Torrijos de Panamá».

   Sin embargo, las filias y las fobias del autor de «Los comediantes», no le impiden ser realista. Y es consciente, por ejemplo, de que la «era Allende» tiene los días contados en un mundo controlado por la CIA y los intereses del Coloso americano.

Alfonso Basallo continúa exponiendo en este ensayo que algunas de las páginas más expresivas del Greene periodista son testigo del dolor. Adopta un distanciamiento que acentúa el dramatismo de sus descripciones. Pero, a pesar de su flema inglesa, le inquieta un viejo problema metafísico: la existencia del dolor y del mal. Asunto que aborda desde su catolicismo, no exento de dudas. Dice Greene: «En nuestra definición de una civilización cristiana no deberíamos llamarnos a engaño por la presencia de las guerras, la injusticia o la crueldad, ni tampoco por la ausencia de la caridad en determinados momentos. No son huellas del cristianismo, sino del hombre». También aparece en sus obras el lado oscuro del corazón humano, y finaliza este ensayo diciendo, que en suma, la obra periodística de Greene rezuma pesimismo. La época que retrata, casi el siglo XX entero, está marcada por la violencia y el desencanto. Tal vez por ello, el autor de «El revés de la trama» se aferre a su gran pasión: «Las palabras son nuestro medio de vida; tal vez sean, incluso, nuestro principal motivo para estar vivos».

   Las ideas expuestas en el libro «Reflexiones» y en el ensayo de Alfonso Basallo son bastante reales y fiables, pero debemos reconocer que estos pensamientos pertenecen a un periodo muy concreto en la vida del genio inglés, cuando tenía alrededor de 22 años, y aunque mantiene algunas de estas ideas a lo largo de su vida, es a partir de cumplir los 35 años, cuando se va a producir y a notar una evolución en los libros de Greene, con las novelas «La Roca de Brighton» y sobre todo «El poder y la gloria», fruto de su madurez y experiencia, como en cualquier ser humano, con las decepciones que la propia vida le va proporcionando, llegando a implicarse e incluso obsesionarse con el problema de la trascendencia del ser humano, que ya apuntaba en sus años de corresponsal.

   Fue, incluso, reprochada su condición de converso, asunto que Anthony Burgess no le perdonó nunca. Le consideró ajeno al sufrimiento histórico del catolicismo inglés y demasiado cercano a una actitud meramente estética de la fe, que abrazó en 1926. En dicha conversión intervinieron dos factores humanos que, según el autor de la «Naranja mecánica», tampoco podía dejar de ver con la mayor desconfianza. Dice este autor que se convirtió al cabo de un largo periodo de psicoanálisis desarrollado en residencia, es decir, viviendo en el domicilio de quien lo psicoanalizó. Y que la conversión tuvo lugar a instancias de una mujer, Vivien Dayrell-Browning, con la que Greene se casaría en 1927.

   Sin embargo, la verdadera razón de su conversión fue que su novia era católica. Y en lo referente a la estancia en la residencia del psicoanalista, diré que duró solamente seis meses, cuando tenía entre 15 y 16 años de edad. Eso sí, según el propio Greene, estos meses fueron de los más felices de su vida.

   Existen algunas críticas más, que según el libro «Reflexiones», el propio Graham Greene realiza en sus artículos y escritos: sobre libros ignorados por la edición española, y un par de ataques contra William Shakespeare, al que el autor de «Nuestro hombre en la Habana» acusa de no haber dado cabida en sus obras a la voz del catolicismo martirizado, y de no haber querido ser desleal a su país, a sus leyes y a su fe.

   Pero para poder hablar sobre Graham Greene, quien más nos acerca a la realidad del hombre y del escritor, es el padre Leopoldo Durán Justo, su confidente y amigo, quien en una entrevista realizada al periódico «Ya» de 9 de Junio de 1980, nos da unas pinceladas más reales y profundas sobre el gran genio de la literatura inglesa, Graham Greene. Cuando uno las lee, parece estar junto a ambos, conversando y entremezclándose en sus conversaciones de amigos. En definitiva, viviéndolas.

   Al preguntarle sobre la obra más intensa de Greene, el padre Durán responde que quizás la obra con más profundidad que Greene ha escrito, ha sido una historia corta titulada: «Una visita a Morín» (1972), ya que está cargada de densidad teológica y política. Asegura más adelante, que Greene aborrece los totalitarismos y que el ideal político del genio de las letras inglesas es una especie de socialismo a lo Allende.

   Al hablar sobre la crítica y críticos en la obra de Greene, el padre Leopoldo Durán apunta que son contadísimos los libros sobre sus obras, que realmente Greene valora: «Fe y ficción» de Philip Stratford; «Graham Greene, el novelista» de J.P. Kulshrestha y poco más. Luego añade: «Para estudiar a Greene hace falta estar equipado con una serie de conocimientos de los que la mayor parte de los críticos carecemos. Sin estos conocimientos, se cae en lo que Ortega y Dámaso Alonso llamaban «la beatería de las elegancias». Palabras, palabras. Y nada más». Continúa diciendo el padre Durán que una de las obras todavía desconocida en España es «Caminos de evasión». Y a la pregunta sobre su libro más autobiográfico, el padre Durán contesta que mucho más autobiográfico que «A modo de biografía» es todo esto. Porque, —añade—, yo sé que jamás se escribirá una biografía real del autor de «El poder y la gloria». Se escribirá la cáscara, lo externo... Pero lo verdaderamente característico, lo que realmente vale de este gran amador de la intimidad y del silencio, es el viajero eterno, que es lo que le indujo a ir creando su obra; el gran escritor que, tan humano a veces, desfallece en su caminar. Y finaliza diciendo que cuando un periodista sueco le preguntó a Greene sobre el Nobel, éste afirmó: «Yo tengo seguro un premio mucho más importante que el Nobel... Y estoy totalmente convencido de que ese premio nadie podrá arrebatármelo». —Ante los ojos interrogadores, atónitos del periodista—, Greene respondió: «¡La muerte!»

   Todas sus obras son importantes para comprender su evolución y su pensamiento; pero son dignas de un breve comentario las que vertebran sus temas y llevan el hilo conductor en su producción novelística, sobre todo, las que ha publicado a partir de cumplir los 35 años.

 

«El poder y la gloria» (1940)

   Sin duda, una de las diez novelas más importantes del siglo XX. Construida, como todas las obras de Graham Greene, sobre distintos planos: realista, metafísico y como un esquema que roza la narrativa tradicional de aventuras. Cualquier lector la encuentra asequible, independientemente de la perspectiva con que se mire. La figura central es un sacerdote, aparentemente indigno, blasfemo, bebedor, concupiscente, en el marco de la revolución mejicana. Tiene una grandeza trágica que lo aleja radicalmente de cualquier fórmula de la «literatura edificante» de signo maniqueo. Este sacerdote de aparente indignidad está en lucha consigo mismo, conserva la virtud de la esperanza y nunca abandonará su sagrado ministerio, incluso con riesgo de su propia vida. La gracia puede convertir a un pecador en mártir heroico. Pero el autor, escritor más que teólogo, ha construido una obra extraordinaria que no tiene nada en común con el género apologético de la «novela de tesis». Está basada en la crisis de la fe y la llamada de la gracia.

   Cuando Graham Greene mantuvo una entrevista con el Papa Pablo VI, el Pontífice elogió la obra «El poder y la gloria»; Greene le recordó que había sido condenado por el Santo Oficio, a lo cual respondió su Santidad: «No se aflija, es una obra maestra»

 

«El revés de la trama» (1948)

   Es la historia de un segundo comisario de policía, «Major» Scobie, en Freetown (Sierra Leone, África), en tiempo de guerra.

   El ambiente de la novela es un clima tropical que juega malas pasadas a los nervios de la gente, sobre todo de los europeos: calor inaguantable, ataques constantes de fiebre y para coronarlo todo, una absoluta corrupción en lo moral y en lo político.

   El personaje principal es «Major» Scobie. Un hombre de una gran integridad profesional, que ha luchado duramente quince años contra los abusos sexuales y el tráfico ilegal de diamantes. Esto le mereció el título de «el Justo».

   Al principio llevó vida de soltero en la colonia, pero más tarde llegó allí su esposa Louise.

   Louise se aburre y quiere tomarse unas vacaciones en África del Sur; y Scobie, aunque falto de dinero, le hace una promesa de pagar todos sus gastos. Él ya sabe lo decepcionada que su mujer está, porque él no ha ascendido a comisario, y a fin de asegurarle el dinero que ella necesita, Scobie juega con su propia integridad. Los bancos se niegan a darle un préstamo y así acepta dinero de un tal Yusef, comerciante sirio de mala fama, que se alegra de tener a Scobie en sus garras, ya que el «Major» es el único obstáculo en sus negocios ilegales.

   Durante la ausencia de su esposa, Scobie se encuentra con una viuda, Helen, y comete adulterio. Helen se salvó de un naufragio en el que pereció su marido después de sólo un mes de vida matrimonial.

   Una carta amorosa de Scobie a Helen cae en manos de Yusef, quien, mediante el chantaje, hace a Scobie cómplice de sus transacciones contrabandistas.

   Louise en Sudáfrica, oye rumores de la infidelidad de su esposo y se vuelve inesperadamente a Freetown. Para confirmar o disipar los rumores, ella recurre a cierta estratagema: ruega a su marido que le acompañe a misa en la Nochebuena y comulgue. Scobie, converso católico creyente, se halla entre la espada y la pared, entre su apasionada afición por Helen y su temor de comulgar en estado de pecado mortal.

   No tiene voluntad de romper con Helen y, por tanto, sabe que su confesión a un sacerdote sería espuria; así que se vale de todo género de evasivas y excusas para no acompañar a Louise al comulgatorio. En vista de la insistencia y creciente sospecha de la mujer, va a comulgar varias veces sin haberse confesado antes debidamente, y poco a poco sucumbe a la desesperación.

   Finge tener angina de pecho, acumula comprimidos de «avipán», y al final traga una hiperdosis que lo mata.

 

«El tercer hombre» (1950)

   Es casi la inauguración de un género: el de quienes se debaten en medio del reparto del mundo y de los destinos humanos entre dos fuerzas igualmente inicuas y destructoras; debate en el que el elemento clave será la determinación de si existe o no el libre albedrío de las personas individuales y en qué medida, en medio de tanto horror.

   Manuel Vázquez Montalbán describe muy bien la trama de la misma en el prólogo a dicha obra, anunciando un mundo al borde de la tercera guerra mundial en plena guerra fría, sin que se hayan paliado las miserias de la segunda guerra mundial y en el que ya están marcadas, con toda su fatalidad, las fronteras futuras entre los dos sistemas. Una ciudad dividida por la voluntad de las grandes potencias, en la que los seres humanos tratan de ordenar sus vidas y de sobrevivir a partir del nuevo orden internacional. Un mundo de supervivientes en peligro, al que llega un mediocre novelista invitado por un amigo de la infancia, predestinado a ser triunfador. Martins, el novelista, llega a Viena en el momento en que están enterrando a su amigo Harry Lime, víctima de un accidente, y a partir de esa llegada se dedicará a la búsqueda de la verdad, movido por la lealtad al amigo, de hecho por la fidelidad a su infancia, al «país de su infancia»

   Y pieza clave en esa investigación es la construcción progresiva del retrato robot de un testigo del accidente en el que murió Harry Lime; es un «tercer hombre» al que ha visto uno de los testigos y que no consta en el informe oficial. La búsqueda de ese tercer hombre permite el retrato de una dialéctica del bien frente al mal, no metafísica, sino concreta: la dialéctica entre los que luchan contra el criminal contrabando de penicilina y los supervivientes salvajes que son capaces de enriquecerse, aun a costa de la vida de los enfermos. Aunque el relator de la historia sea un policía inglés que dirige la investigación sobre la muerte de Harry Lime, el lector es invitado a recorrer la historia como si la contara Martins, el novelista mediocre. Historia contada como una elemental novela de aventuras. Y es que Greene se complace en recurrrir a ese truco para verificar el retrato que teme de sí mismo. Cuando llega Martins a Viena es confundido con un escritor importante, un tal Dexter-Forster... A la sombra de la horca, los sórdidos personajes de «El tercer hombre» sonríen, hacen sonreír e incluso se ríen de sí mismos.

 

«El factor humano» (1978)

   Nos encontramos ante una de las más perfectas tramas de espionaje que jamás se han escrito y, además en esta novela, Graham Greene muestra una extraordinaria capacidad para poner al descubierto los complejos mecanismos que rigen el comportamiento humano. El descubrimiento de peligrosas filtraciones en una pequeña subdirección de los servicios secretos británicos es el desencadenante de una hermosa e inquietante novela llena de ternura, emoción y duda, en la que Greene denota una maestría que está más allá de la madurez.

   En ella presenta también, al igual que en «Nuestro hombre en la Habana», el objetivo fundamental de la guerra psicológica: que es sembrar desconfianza entre los aliados del bando enemigo. La trama está basada en una pequeña y gris subdirección del servicio secreto inglés. El descubrimiento de que se están produciendo filtraciones de información desencadena una tensa investigación en la que sólo hay dos sospechosos: Maurice Castle, que está pensando seriamente en jubilarse, y Arthur Davies, un soltero que reparte su tiempo entre la bebida y las apuestas en las carreras de caballos.

   Fue llevada al cine por Otto Preminger en 1979.

 

«El doctor Fischer de Ginebra o La reunión de la bomba» (1980)

   Dedicado a su hija Carolina Bourget, en cuya casa, durante una comida navideña, se le ocurrió esta trama. Cuenta la historia de un cincuentón, Alfred, sumido en la rutina de una existencia gris. Consideraba que la vida era poco atractiva... hasta que conoce a una hermosa joven, rica y enamorada a su vez de él. Ella iba a ser el vínculo entre él y el padre de ella, su aborrecido padre, el enigmático doctor Fischer, que ofrecía brillantes fiestas, que eran auténticas trampas, redes sutilmente tendidas para atrapar a sus huéspedes y divertirse, observando hasta qué punto la codicia lleva a los hombres a someterse a las más degradantes humillaciones. Una diversión, un juego macabro que podía llegar al extremo de poner la propia vida como apuesta.

   El drama y la farsa se mezclan aquí con preciso equilibrio: la codicia y avidez de los hombres pueden llegar a lindar con lo grotesco; pero también existe la dignidad, capaz de desbaratar todo intento de rebajar el fondo más íntimo del hombre.

   Se pueden observar en esta obra las brillantes dotes creadoras de Graham Greene, su talento cómico, su capacidad para intensificar gradualmente el suspense, su don para explorar e iluminar los más escondidos repliegues de la naturaleza humana.

   Describe muy bien estos personajes el padre Durán, cuando expresa que Ana es joven, cultivada y hermosa. Ana era idealismo, mientras él era dinero. Dinero y materia únicamente. Ana era espíritu. Ella amaba la música y él la odiaba. Para ella el «sexo» significaba el dolor del parto y un gran sentido de soledad, mientras que él gruñía de placer «en el momento de la unión». Más tarde, Ana empieza a sentirse sola y conoce a Steiner, a veces se va al piso de éste, y ambos escuchan discos de Heifetz y de Mozart. Sus almas están unidas por la estética y por la música. Pero Fischer, el padre de Ana, lo descubre todo.

   El problema para el doctor Fischer es que ella prefería a otro. ¡A un empleado miserable, cuyo salario era irrisorio! Este detalle aumenta enormemente su humillación. Confiesa Fischer: «Que ella se hubiese unido sexualmente con Steiner, esto no me importaría gran cosa. Un impulso animal después de todo. Pero ella prefirió su compañía a la mía». Era terrible. Ella le abandonaba entrando en una región donde él no podía seguirla. El doctor Fischer queda herido de muerte en su corazón. Se vuelve absurdo, obtuso, vengativo. Lleva el infierno dentro de sí: es un condenado; es el mismo infierno.

   Para el padre Leopoldo Durán es la obra más autoexpresiva de cuantas Greene ha escrito. No se trata de una parábola, como cree David Lodge. Es sencillamente una historia, pero como toda obra de Greene, con varios niveles ideológicos. Poco más allá se puede ir en sencillez y ternura de estilo.

 

«Monseñor Quixote» (1982)

   Esta obra dedicada a Leopoldo Durán, está considerada ya como clásica y fue uno de los frutos de sus viajes por España y Portugal. Está considerada como una novela que enfrenta marxismo y catolicismo, aunque posee un tono más moderado que las anteriores.

   En 1985 Greene escribía al padre Leopoldo Durán la siguiente dedicatoria: «Con todo el cariño para un viejo amigo, sin el cual «Monseñor Quixote» nunca hubiera sido escrita».

   Los trescientos treinta ejemplares están firmados por el autor. La edición es excepcionalmente lujosa, imitando la letra en oro de un códice medieval.

  

(Edición limitada y lujosa del libro en la que puede leerse la dedicatoria de Greene al padre Leopoldo Durán)

 

   El padre Leopoldo Durán en su artículo publicado en el periódico «Ya» del 9 de Junio de 1980, en su página 4 habla sobre la misma, —y creo muy interesante plasmar sus propias palabras sobre este libro, dedicado a su persona y gestado en su propia compañía—: «La obra es de excepcional importancia para el público español. En ella vemos que Graham Greene tiene en manos algo serio, inspirado en la primera novela de nuestra lengua.

   El prólogo es delicioso. En él se habla de nuestros viajes por España, camino de Galicia, y de cómo la idea del libro vino a su mente». Dice Greene: «Cada año tomamos la misma ruta: hacia Galicia, la tierra natal del padre Durán, camino de Salamanca, en donde visitamos el nicho numerado —que no puede llamarse tumba— de Unamuno, del que su gran comentario: «Nuestro señor don Quijote» me acompaña siempre en mi saco de viaje para leerlo por la noche. Delante de aquel nicho número trescientos y algo, «Monseñor Quixote» vino a la vida por vez primera, y él me obligaría a que pensase sobre él cuando nos paráramos en un prado para beber un vaso o dos de nuestra carga, antes de la comida, o en un frío desfiladero montañoso cuando descorchásemos mi whisky».

Añade el padre Durán que no olvidará nunca el itinerario: Madrid, Valle de los Caídos, Cementerio de Salamanca. A la entrada preguntamos por la tumba de Unamuno —¿Unamuno? Es el número trescientos cuarenta. Al fondo en la pared, la lápida número 340, con el epitafio famoso: «Méteme, Padre Eterno, en tu pecho, misterioso hogar» etc.

   Estuvimos bastante tiempo en silencio mirando hacia aquella lápida. Al salir del cementerio, las primeras palabras de Greene fueron éstas: –«Tienes que escribir un artículo titulado «En busca del número 340» –Ese artículo ha de ser escrito por tí. Y así esta anécdota será conocida». La idea quedaría imborrable en su memoria.

   Posteriormente, continúa diciendo el padre Durán, el propio Greene escribiría para mí, unas líneas soberanas, comparando las tumbas del Valle de los Caídos y el lugar donde Unamuno descansa. Han pasado bastantes años. En vez de un artículo escrito por mí, Graham Greene escribe un libro. —Oidle, oidle a él— (se refiere al propio Greene): «Cuando la idea vino a mi mente durante mi primer peregrinaje por España, en un pequeño Fiat Cinco conducido por un amigo de mi amigo y compañero padre Leopoldo Durán, sentí confianza en el futuro del libro, una confianza que provenía en parte del cargamento de puro vino gallego sin etiqueta, que llevamos siempre con nosotros. No tuve valor para comenzar el libro hasta después de nuestro segundo peregrinaje, y al tiempo de nuestra peregrinación tercera este capítulo estaba terminado, y yo me sentía más seguro de lo que me siento ahora, de que el capítulo no tendría continuación».

   El padre Quixote ya no podría pararse ni podría morir. Quién sabe si monseñor, con su compañero el ex alcalde comunista del Toboso, no andarán ya por los amplios caminos de Castilla...

   En el primer capítulo se nos cuenta cómo el padre Quixote sale a comprar vino a una cooperativa, a ocho kilómetros del Toboso, en la carretera general de Valencia. Vino de Marsala. Un Mercedes está parado en la carretera. Un cuello romano y una pechera púrpura indican que el dueño del coche de lujo es un clérigo de alcurnia. Un diplomático vaticano que va camino de Madrid para ver al Gobierno. El padre Quixote hace con él de ángel de la guarda. Le invita a su comida solitaria y hasta le pone en marcha su Mercedes, cuya única avería era la falta de gasolina. El obispo de Motopo regresa a Roma, y de allá viene un rescripto nombrando monseñor al padre Quixote. El obispo diocesano no consultado, le escribe una carta airada, magnífica, que se diría arrancada a un dicasterio eclesiástico. El padre Quixote tendrá que irse...

   Hay unas palabras entrañables y profundas cuando el padre Durán habla sobre asistir al nacimiento de un gran libro: «El placer de la lectura es algo así como el caer de los largos hilos «de lluvia derramados» ¡La sorda gestación que madura el parto y el fiero júbilo del alumbramiento! ¡El alarido supremo con que se lanza al mundo un nuevo ser, y el grito de triunfo de una vida nueva!».

   Más adelante manifiesta lo que anteriormente ya se había expresado, referente a la importancia de los sueños en Greene, diciendo que los sueños en las obras de Graham Greene son de una importancia capital, teniendo algunas de ellas origen en los mismos. Después añade que Greene es una persona modesta, y pocas veces está contento con las cosas que escribe, pudiendo corroborarse en el prólogo de este libro cuando manifiesta: «A veces pienso que éste no es un mal comienzo».

   Luego hace alusión a los personajes que aparecen en sus obras. Aparecen toda la gama de tipos humanos. Pero resaltan tres grupos notablemente: sacerdotes, médicos y policías. Y añade: «El padre Quixote es sacerdote».

   A la pregunta del reportero: ¿En qué clase de temática encuadraríamos esta obra?, el padre Leopoldo Durán manifiesta que es de una temática trascendental. Y he aquí, que ya en este primer capítulo aparecen los conceptos de «Dios», «alma», «oración», «eternidad», «fe», «misterio»... «—¿En dónde estaría nuestra fe si careciese de misterios?—», —dice el obispo romano al padre Quixote. Greene penetra, como muy pocos, en las interioridades del hombre y conoce profundamente el elemento humano de la Iglesia —el mundo clerical—. La carta insuperable que el obispo diocesano escribe al padre Quixote: —«Así que prudencia, mi querido padre, prudencia es lo que yo le pido»— es prueba clara de ello.

   Más adelante, el padre Durán manifiesta que no es ésta la primera obra con temática española, ya que en el año 1931 publicó «Rumor al anochecer», —sobre la guerra carlista— y «El agente confidencial», aparecida en 1939, —que trata sobre la Guerra Civil Española—. Estas dos obras las escribió en seis semanas y por la mañana, al mismo tiempo que seguía trabajando despacio en «El poder y la gloria».

   Una de las preguntas de interés del interlocutor, es querer saber si el padre Quixote y el padre Durán tienen alguna relación, a lo cual el padre Durán le responde que a esta pregunta ya contestó Tom Burns en un artículo en «The Tablet» (13-10-1980), asegurando que: «No debe identificarse al padre Durán y al padre Quixote.» Es evidente, si es Quixote no es Durán. Y añade el padre Durán: «La delicia de una amistad se evapora hablando de ella. Nuestras conversaciones interminables. Nuestros viajes, muchos y muy largos. Las fotografías... Todo ello revela alguna cosa».

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