EVOLUCIÓN
Y COLORES. PELOS CÁRDENOS EN ARENAS COBRIZAS
FLORENCIO
F. MORENO BARROSO
El poeta anda ensimismado y absorto en consideraciones espirituales
sobre la sociedad y el mundo que describe. Está dando forma a una de las
obras más señeras de la dramaturgia universal (se afirma esto por las
imitaciones de que fue base). Y ahí, en el entramado de albedríos y
libertades, sin que él se percate, lo toca el ala del genio. Y los versos
salen, como cosecha bien trabajada, felices e indomables:
«…apenas
es flor de plumas
o
ramillete con alas…»
La intuición del que habría de ser vate laureado mezcla, por
duplicado, las dos gamas coloreadas vivas: las flores y los pájaros; las
unas y los otros, los otros y las unas. Como si no tuviera más paradigmas
cromáticos, y le fuera preciso repetir.
El menguado biólogo se queda envuelto en sus cortedades y formula
al aire las preguntas que no puede responder: ¿Por qué la evolución ha
avanzado tanto con ejemplares tan grises? Como si la genética le hiciera
al león la pregunta social yanqui: si eres tan evolucionado, ¿por qué
no eres polícromo?
La gama completa de mamíferos (lo más depurado que ha producido
la naturaleza, lo más independiente de leyes instintivas básicas) ha de
conformarse con un solo pigmento, que es el rojo. Observamos otras «coloraciones»
en animales domésticos, como blanco y negro; pero no son pigmentaciones
sino presencia de todas ellas (blanco) o su ausencia (negro).
¿Dónde están las demás longitudes de onda de que dispone
nuestra bella luz solar y que tan maravillosa y exultantemente se exhiben
en pájaros y flores? Y en peces, y en hongos, y en brotes, y en brácteas,
en líquenes y hasta en bacterias… ¿Qué disociación se produjo entre
desarrollo evolutivo y colores de pieles, capas, pelos, mantos y todos los
nombres que tienen las producciones dérmicas de los mamíferos?
La pesquisa acerca de las particularidades de esta privación es
una que casi nadie (según mis conocimientos de la bibliografía) ha
pretendido plantearse. La enorme variedad de capas y pelos en los animales
nos ocultó la ausencia de colores, y creemos aún que las listas de la
cebra son distintas (cromáticamente) de las manchas del ocelote. Pero
sigue habiendo, únicas, las sutiles tonalidades de blanco, negro y rojo.
Aquel que, inocente, se dejó penetrar por el morbo de la investigación,
se encuentra de súbito metido en el berenjenal de las cosas
comprometidas: Ya que hay sólo un color de pelos para mamíferos
evolucionados ¿el ocultamiento de las restantes tonalidades dependió de
la privación o pérdida de genes o cromosomas por el camino evolutivo? ¿Qué
se quedó entre los andariveles de la herencia de los colores y la
capacidad química para producirlos? ¿Por qué la llave que ocluye el
paso a las mutaciones cromáticas?
En este punto en que el dédalo empieza a mostrarse verdaderamente
inextricable por la extensión y complejidad, la curiosidad se vuelve
irreducible y empieza a exigir respuestas en forma de leyes. Los que usan
el mimetismo para atacar, los metacromáticos que se ocultan: la primera
ley es que el dominio del color para piel y pelos ha de ser fiel servidor
de los instintos del taxón; la segunda exige que los mecanismos bioquímicos
sean iguales para los mismos colores (en mineral o ser vivo).
Hasta que el adorador de misterios se percata de que la hiel y el
humor acuoso de todas las especies son campo vedado para mudanzas de
color. Y hay muchas más porciones de la anatomía o la fisiología
inasequibles para antígenos y alergenos; no importan Género, ni Clase.
Ni siquiera Reino.
¿Dónde tienen sus raíces génicas esas auténticas anomalías?
¿No sería más armónica una vaca verde en el prado, rumiando, «bovinamente
echada»?
La genética tuvo que confesar que algunos tejidos orgánicos
elaborados lo fueron con tanta perfección que las leyes evolutivas ya no
se atreven a tocarlos. ¿Y quién encara a Darwin y le dice esto? ¿Que el
áspid tiene los mismos laboratorios que la retinta extremeña para
producir el rojo de pelos y escamas? ¿Igual en el coral del Gran arrecife
que en las crines del alazán cartujano? ¿La misma fórmula genética
para el pelo de la irlandesa bravía que para las antenas de una «formica
rufa» más incisiva aún?
Este era el limo en que me enfangó mi desmedida curiosidad.
Tengo que cambiar de narración. Estaba aproximándose el año 1960
y los ingleses, desprendidos y generosos, decidieron dar la independencia
política (es un decir) a Botswana, y encuadrarla, pobrecita, entre las
hermanas de la Commonwealth; la más rica («pobrecita» y «rica» caben,
en el idioma inglés, dentro del término «commonwealth»; ¡no todo van
a ser intríngulis con los colores de los pelos!), Australia, decidió
presentar su regalo de «bodas». Y allá fue, a través de los mares del
sur y de las aduanas de la Unión surafricana, un espectrofotómetro de
absorción atómica, una alianza que la del Kalahari (Jalajadi, en
setswano) no sabía en qué dedo ponerse.
Muchos creyeron que la longitud del nombre del aparato corría
pareja con la trascendencia del regalo. Y con el bulto, consistente en
varios cubos de embalaje, sin acompañamiento humano, ni técnico. Ni
manual de instrucciones. Pero el oportunismo de los políticos lo hizo
sonar como nidal para la cultura.
Lo peor es que aquella linterna gigantesca venía sin pilas y, lo
que es más calamitoso, sin las bombillas especiales. De manera que el «Varian
Techtron AA5 Atomic Absortion Spectrophotometer» (este era su nombre de
pilón) hubo de dormir más de una decena de años encerrado en sus
cajones y con el sudario de sus envolturas, en un almacén ignoto del
desierto rojo.
Era demasiado embarazoso que, «On Her Majesty’s Service», el
minúsculo Gde, el bosquimano de los aledaños de Maun, solicitara al
robusto Tonkalacooga, del poniente de Perth, que completara su regalo,
mandándole alguna lamparita, aunque sólo fueran algunos de los elementos
más corrientes, quizás las de los diecisiete elementos básicos…¡No!
Definitivamente no debía provocarse un escozor dérmico de la Big Sister
con estos…
De manera que Botswana, la indigente, se vio abocada a salir al
mercado de Serowe, de los jueves, a ver si alguien vendía alguna
lamparita de disprosio, o aunque fuese hafnio, o tal vez lantano… Con
cualquier elemento químico quizás podría el extremeño montar el
rompecabezas de lo embalado, hacerlo funcionar, y probar el aparato. ¿Sí?
Alcanzamos a coaccionar a la metrópoli (¡qué espantoso es
utilizar este terminacho de ascendencia clásica mediterránea en la
historia de los druidas!) para que nos enviara diecisiete lámparas, y
ellas habían de posibilitar el atajo de mi investigación.
Por estos y otros bellísimos inconvenientes, los procedimientos de
laboratorio domeñaron las ínfulas del investigador, que hubo de apañarse,
velis nolis, con las mediciones de absorción de calcio, cobalto, cobre,
hierro, potasio, magnesio, manganeso, sodio y zinc. ¡Pordiosera patulea
para un Varian Tech… etc., etc.! En el pueblo del extremeño dicen que
menos da una piedra. Solamente quedaba un año para hacer el edificio del
laboratorio, montar y conectar todas las dependencias, acondicionar las
mesadas e instalar al artilugio en su trono.
Los procedimientos para hallar respuestas a las interrogantes que
el extremeño había propuesto a la junta de sabios de las comunidades
africanas y de la Common-etc. eran una brillante insinuación de cuidados
del gobierno democrático de Botswana para con el medio millón de
habitantes (en medio millón de Km cuadrados) de sus once tribus.
El primer visitante fue el Presidente con la prensa, cuyos enviados
buscaron durante sesiones los puntos de vista deslumbrantes del aparato,
dormido sobre azulejos de recubrimiento de la mesada de hormigón, en un
lecho subterráneo de pelotas de tenis. Y Bo-Rá, que los ahuyentó…
Ocurre que el ambiente del Kalahari es caluroso y seco. Pocas veces
se ha dicho que a ese desierto casi totalmente cubierto de vegetación no
le hacen falta carroñeros; sus condiciones de clima son tan extremas que
la momificación al aire es el destino normal de la gran mayoría de los
bichos que mueren (incluidos los seres humanos perdidos). Pero en los
lugares en donde el rey de la creación necesitó más súbditos y sembró
animales domésticos y sus cadáveres, allí se requirieron moscas. Donde
quiera que los insectos son abundantes, detrás va el modesto camaleón y
su lengua obús y pegajosa.
Por otra parte, ese hermoso bicho, «émulo de la llama» y mimético
de todos los colores que pudieran escenificar los quemadores del AA5, es
la única defensa contra moscas que se pasean por las espitas de gases y
dejan en los quemadores sus deyecciones. Que pueden modificar partes y
colores de la llama y dar lecturas más que erróneas. La desesperación
de los investigadores discurrió la medida ridícula de encerrar un camaleón
(el más grande que se pudiera encontrar) como guardador de la «caja
sagrada», como veto para la vida de los dípteros que se invitan a
cualquier ambiente, por cerrado y aséptico que sea. Bo-Rá, con sus
movimientos de enfermo de alzheimer, fue el custodio eficiente y mítico
del AA5. (Tan eficiente que llegó a extinguir los bichos de sus dianas y
hubo que encargar a un boy que trajera algunos insectos corpulentos
del jardín).
El hierático espectrofotómetro (como gran sacerdote de los ritos)
tardó otros diez meses en reunir sus partes y articulaciones, desde
cilindros de gases combustibles y comburentes, hasta los innúmeros
frascos que obteníamos (por donación) de los mejores centros de
productos químicos del mundo.
Pero esta es la hora de desmitificar. Un fotómetro mide la
cantidad de luz que llega a un lugar; espectrómetro es un aparato que lee
espectros (que expresa la longitud de onda de un color del espectro
luminoso).
Todos sabemos el bello color de la llama cuando se nos cae la sal
en ella; nos fascina el amarillo del sodio. Un espectrofotómetro mide la
longitud de onda y la cantidad de luz de cualquier color salido de un
prisma de vidrio o de una red de difracción.
Todos esos artilugios indican la luz emitida; otra forma es
absorberla con una de la misma longitud de onda y medir lo diferente. Esto
es un espectrofotómetro de absorción. La «bombilla» es una lámpara de
vacío que tiene un cátodo del metal cuya luz espectral (de espectro; no
de fantasmas) se va a usar como vara de medida. Ni que decir tiene que
deberá ser una lámina del metal más puro que se haya podido conseguir
en la Tierra (dentro de poco será en el vacío del espacio y lograremos
mayor pureza). Este cátodo calentado hasta el rojo emitirá la luz que
haremos pasar por la llama en donde se quema la muestra.
Por eso preguntaba yo «y ahora ¿qué?».
La investigación nació con el rictus de la pureza y allá no se
admitía nada que pudiera ser tenido por bastardo en unas diezmilésimas
alícuotas. Nadie, en los alrededores, hablaba de componentes, sino de
partes or millón, y ese ppm pasó a los señores de las arenas rojas, los
del arco ínimo, el carcaj de corteza enteriza desprendida a golpes, y las
flechas emponzoñadas, y con el ritmo del «ppm» se olvidaron de
embadurnar las puntas en el jugo de las cantáridas.
Para que nada interfiriese con la excluyente nitidez requerida en
el muestreo se urdió el plan de recurrir a los animales nonatos que
llegaban al final de sus vidas antes de nacer, en el matadero de Lobatse.
Con escrúpulo riguroso, se destinaron vacas de más de siete meses de
gestación, que, por azar y sin ninguna influencia del investigador, se
presentasen en el matadero.
Las muestras fueron el mechón completo que remataba el rabo de los
fetos casi a término y el homólogo lóbulo caudal hepático de los
correspondientes animalitos. Y ambas se metían en frascos estériles, se
congelaban por debajo de 20° negativos y se enviaban a la casa de los
ritos de Gaborone.
Quien sea ajeno a los tejemanejes de la química necesita de la
referencia de algún suceso para formarse la idea de una digestión ácida.
Cierto miércoles, a las diez y poco más de la mañana, el extremeño
avanzó a la máxima velocidad urbana posible, con su auto, por el
crescent (media luna de circunvalación) de la ciudad e hizo sonar
insistentemente la bocina para que el boy corriese desalado a abrir la
puerta del jardín; entraron el coche con el investigador dentro y una
densa nube de polvo fuera. La esposa compartía comentarios con una vecina
danesa. Sin saludar a nadie, el extremeño salió como un abanto del auto,
entró en la casa desatentado y se metió en la ducha, a chorro lleno, con
todas las ropas que llevaba puestas.
Simplemente porque una gota de ácido perclórico que salpique una
mano puede atravesarla en pocos minutos. Y ese perclórico era uno de
varios «elixires» que se confabulaban en la preparación de cada
muestra. Aquello se llamaba digestión ácida. Es una elipsis química
para denominar una hoguera esquilmante, pero sin llamas. Lo que se pretendía
obtener de cada conjunto de pelos y tejido hepático eran cenizas no
oxidadas por la combustión. Pero cenizas. El proceso de inmersiones,
calentamientos en estufas secas y húmedas, ebulliciones, destilaciones, y
lavados interminables con aguas que se habían hervido y destilado varias
veces, era un trasiego que se prolongaba, día y noche, durante horas
precisas, en un periodo de semanas.
La idea exacta del rigor del proceso se tiene al decir que la
muestra que iba a ser inmolada en la llama del AA5 debía de estar inmersa
en cloruro de lantano. Eso, después de haber esperado en maceración ácida
durante casi dos meses.
El extremeño nunca pudo llegar a relatar el proceso técnico de
preparación de las muestras; antes de mediado el recuento de la sucesión
draconiana, todos los científicos que simulaban el deseo de escuchar y
saber habían desertado.
Las cifras escuetas son frías: sacar más de cuatrocientas
muestras apropiadas fue trabajo de un equipo de varios entrenados
especiales que trabajaron en ello durante un periodo que excedió a siete
meses. Las porciones, ya digeridas, durmieron, en promedio, durante medio
año a veintiún grados bajo cero.
Esto se debió a que el AA5 es un fotómetro tan delicado que
requiere un equipo electrógeno propio, probado cuarenta y ocho horas
antes, que encienda correctamente sus llamas, que regule la suelta de
gases comprimidos, que normalice la altura de las zonas de oxidación. Más
de un mes de tanteos hasta asegurarse de que las lecturas obtenidas para
muestras puras de elementos químicos estuvieran dentro de un rango de
error menor que un 0,005%.
Así que la investigación tuvo más periodos de tanteos con el
colorímetro que periodos de medición verdadera (las mediciones, una vez
comenzadas, se prolongaban día y noche, hasta la lectura de los
resultados de todas las muestras preparadas para el lote —generalmente
unas cincuenta—, para pasar tres veces por cada una de las nueve lámparas).
Por favor, ¿podemos hacer un alto y tratar de entender lo que se
perseguía?
En un emprendimiento científico esto se llama hipótesis de
trabajo. En lenguaje de la calle: ¿cómo haré para leer unos resultados
que no me toleren la posibilidad de especular con lo que «creo, espero o
me gustaría»?
Tengo tres colores de pinceles de rabo: blanco, rojo y negro. Si en
los pelos blancos el contenido de zinc fuera muy abundante, pero no en su
correspondiente muestra de hígado, debo resignarme a deducir que el zinc
tiene más relación con el color en sí que con la herencia que recibe el
animal. Y eso puede ser igual u opuesto para el pelo negro o el rojo. No
hay tergiversación que valga; hay que aceptarlo.
Luego se flexionará la mente en las consecuencias. Que en los
trabajos científicos se llaman conclusiones.
Pero se anteponen las tareas quisquillosas de anotar y compulsar
los resultados; enormes cuadernos de casi un metro de largo de página,
para asignar un reglón a cada muestra. Nueve elementos, por triplicado, y
la maraña de las relaciones estadísticas y sus significaciones, el
terreno de la probabilidad en que esos resultados puedan extenderse a todo
el universo de muestras posibles. Una trabajadora social canadiense
contratada, sin más que hacer que anotar resultados. ¡No es conversación
postprandial, desde luego!
Buscar correlaciones entre tantísimos datos es cuestión fácil
para una de esas máquinas que están encima de cada uno de nuestros
escritorios. Pero intuir qué preguntas había que formular al ordenador
es materia completamente distinta. Sobre todo en una búsqueda como esta,
de la que no se encuentra bibliografía ni para un remedio.
Será porque la sospecha de mi hipótesis era demasiado loca para
ser considerada en serio. Me imagino ante un congreso científico
enunciando que el pelo rojo de las pestañas del jabalí tiene más relación
con el rojo de un escudo de araña que con el jabalí; o que el puercoespín
no tiene púas verdes porque su digestión no permite aprovechar los pocos
átomos de cobalto que ingiere con su comida. En fin, que si el universo
en que vivimos es básicamente rojo es porque manejamos en nuestro hígado
mucho mejor la metalistería del hierro y el cobre que todas las demás.
Los datos fidedignos que no discute ningún científico se reducen
a los resultados de un aparato que inspira tanta confianza como el AA5, y
las condiciones tan extremadamente rigurosas de realización. Pero, sobre
todo, a los cálculos estadísticos que relacionen todos los aspectos.
Por caso: se tiene la seguridad de que el hígado será el
reservorio de metales y metaloides. Y, efectivamente, se encuentra una
composición mayor de los ensayados en las muestras de hígado que en las
de pelo… Excepto que hay dos elementos, el calcio y el cobalto, que se
acumulan en porcentajes más elevados en pelo que en hígado. ¿Y ahora?
Se tiene enfrente de los ojos una lista larguísima de niveles de
cada uno de los elementos en la muestra de hígado; un feto pesa más que
otro; uno tiene los pelos más largos que el otro; uno tiene los núcleos
de los cuernos más desarrollados que otro… Pero las sumas de todas las
más de mil muestras analizadas y el conjunto, la curva de distribución,
se aproxima irremediablemente a la campana de Gauss.
¡Ah, no! Eso puede pasar para las cantidades de elementos que
contiene cada muestra de hígado. Pero la gran sorpresa viene con la
representación de los niveles de elementos en el pelo. Los investigadores
atisban una curva trimodal y nadie puede escapar a la conclusión de que
las únicas tres modas o modos de variación en el pelo son los tres
colores.
De manera que empieza la carrera loca de preparación de nuevas
muestras, ahora con el ojo puesto en pelos de colores netos y el rechazo,
como si estuvieran apestados, de los pelos roanos o mezclados o de
cualquier manera bastardos. Al investigador le entra la furia de la pureza
y no admite más muestras que las de color neto. Tanto, que no se fía de
los ojos suyos ni de sus colaboradores e introduce la colorimetría por
reflexión en un aparato sencillo y los canales más estrechos que
dictaminen un solo color.
Así, en la curva de distribución destacaban, muy agudos, tres máximos.
Era compulsivo salir al campo y tomar muestra de todo lo rojo que pudiera
encontrarse, desde pelos animales a estambres de orquídeas; para comparar
con partes aledañas, pero no rojas. Volver a la tarea tediosa del
laboratorio y empezar a comprobar que ¡la sospecha era razonable!
Hay que humillarse ante una probabilidad P < 0,001.
Al lector heroico que llegó hasta aquí no puedo dejarle sin una
traducción: ese P < un milésimo quiere decir que pudieran darse diez
mil y una explicaciones y ninguna de ellas tendría tantos rigores de
verosimilitud como la de la independencia entre el color de pelo rojo,
negro o blanco que adorna a un animal y la especie a que pertenece.
La conclusión es que la cerneja tiene más de pelo que de jaca.
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