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LA
RESTAURACIÓN DE LA IGLESIA PARROQUIAL DE SANTIAGO DE ALCOCER (BADAJOZ)
MARÍA
ANTONIA PARDO FERNÁNDEZ
La restauración de edificios históricos en nuestra región está
cobrando en los últimos años especial importancia y una prueba de ello
lo constituye la creación de nuestro propio ordenamiento jurídico en
esta materia. Al mismo tiempo se mantiene un debate permanente y abierto
acerca de los criterios más acertados para devolver a estas
construcciones del pasado su aspecto más aproximado sin hacer desaparecer
de ellas su originalidad y peculiaridad artística.
Se trata de un ámbito de trabajo y estudio muy amplio por cuanto
Extremadura posee un interesante patrimonio arquitectónico y están
directamente implicados en su recuperación profesionales de las
disciplinas más variadas. El arquitecto juega un importante papel en la
puesta en valor de estos edificios, pero también resulta determinante la
labor de los restauradores y la función de los historiadores y arqueológos.
En el debate sobre quién tiene más competencia profesional en
esta actividad no vamos a entrar, sólo vamos a describir la actuación
llevada a cabo en uno de estos edificios y su resultado, inalcanzable sin
la ayuda interdisciplinar de otros profesionales alejados de la
arquitectura.
Las obras de restauración llevadas a cabo en la iglesia parroquial
de Puebla de Alcocer comenzaron en 1992 con la idea inicial de continuar
con ellas en cuanto pudieran sufragarse las numerosas actuaciones que
estaba demandando. Así fue como se hizo y dos años
más tarde se destinó una nueva partida económica para reanudar los
trabajos, estos últimos reiteradamente dilatados tras localizar en el
interior del templo una muestra interesante de artesonado mudéjar y
pinturas de clara tradición gótica.
El proyecto dirigido por el arquitecto D. José Benito González
supuso una inversión cercana a los setenta millones de pesetas
(69.315.295 ptas.) repartidos desigualmente según las fases que se iban
acometiendo y en función de las características de las obras.
Estamos por tanto ante un proyecto de gran envergadura y
continuidad, que se ejecuta según las necesidades restauradoras más
inmediatas y que al día de hoy nos permite contemplar un edificio de gran
interés artístico.
RESEÑA
HISTÓRICA
Localizada en un enclave geográfico de «aspecto pintoresco y
sumamente grato» —como nos refiere Pascual Madoz— y vigilada por
su imponente castillo desde lo alto de la sierra, se encuentra Puebla de
Alcocer.
En esta localidad, próxima a las provincias de Ciudad Real y
Toledo, al parecer existió una corriente mudéjar muy importante de cuya
presencia es testimonio la iglesia parroquial que estudiaremos (1).
Aunque la
construcción puede fecharse en el siglo XV hay que advertir que sufrió
varias remodelaciones en el XVII, siglo al que corresponde la sacristía y
alguna obra más puntual. Además, conviene tomar con precaución este
dato cronológico pues al parecer no existe unidad de criterios sobre el
mismo.
D. José Ramón Mélida afirmaba en sus escritos que:
«En esta iglesia las partes que parecen ser más antiguas son el
ábside semicircular y la imafronte. En uno y otro trozo la construcción
es de ladrillo y en ambos se caracteriza por ser obra mudéjar con arquerías
de ladrillo apuntado túmidas y lobuladas. También las hay en huecos
ciegos, puramente decorativos de la imafronte y de las ventanas en el lado
izquierdo del ábside. Este por el interior se cubre con bóveda de cascarón…».
Efectivamente, por los rasgos estilísticos que presenta la zona
exterior del ábside y la torre, la obra se corresponde con la tradición
constructiva de los mudéjares. Al menos la prof. Mogollón Cano-Cortés
la sitúa cronológicamente en el siglo XV, después de realizar un
estudio minucioso de la misma.
(1)
M. P. Mogollón Cano-Cortes,: El Mudéjar en Extremadura,
Salamanca, 1987.
La
iglesia, dedicada a Santiago, se localiza en la Plaza Mayor del pueblo.
Consta de tres naves, siendo la central mayor en altura. El espacio
interior se divide por las arquerías de ladrillo sobre pilares que se
levantan en dirección a la cabecera. Ésta es única y profunda, y va
cubierta con una bóveda a una altura inferior que la nave central. Esta
diferencia de altura es la que ha llevado a los investigadores a pensar
que esta zona es anterior al resto del conjunto arquitectónico, aunque
desde el exterior se aprecia una unidad constructiva en el ábside y los
muros rectos en los que rematan las naves laterales.
Respecto a los arcos apuntados que marcan la separación entre las
naves laterales y la central, hemos de aclarar que originariamente fueron
cinco a cada lado los que subdividían el interior. Hoy en cambio, al
entrar en el templo encontramos un espacio un tanto extraño debido a la
ausencia de algunos de aquellos. Así por ejemplo, el acceso desde los
pies de la iglesia, flanqueado a uno y otro lado por capillas, oculta los
dos primeros arcos apuntados de ladrillo. Mientras, al tiempo que nos
aproximamos a la cabecera podemos contemplar un amplio arco que en
realidad estuvo desdoblado y hoy, tras la supresión del pilar intermedio,
desvirtúa la distribución espacial de la iglesia.
En su origen se podía acceder al interior del templo desde tres
puertas dispuestas en las naves laterales y a los pies de la central
respectivamente. Sin embargo, el paso del tiempo anuló el acceso del lado
de la epístola, a una pendiente considerable de la cota interior de la
iglesia (2). Ello responde al importante desnivel que ha de sortear la
construcción al encontrarse enclavada sobre la falda de una sierra. De
este modo, por el lado de la epístola el acceso es imposible, mientras
que por el del evangelio hay que subir varios metros hasta alcanzar el
nivel del templo.
La zona correspondiente a los pies, presenta una capilla al lado
izquierdo según se accede al interior y el cajón de arranque de la torre
en su parte derecha. Es una torre de dos cuerpos en la que está presente
la tradición mudéjar a través de su ventana geminada y sistema
constructivo, pues posee en su interior una escalera muy estrecha en
condiciones precarias cubierta por bóvedas de ladrillo.
(2)
La entrada al templo desde el lado de la epístola o desde la plaza de
España quedó cegada tras unas obras de remodelación efectuadas en dicha
plaza y que elevaron el pavimento de la misma altura que hoy tiene. En
aquel entonces se derribaron la casa parroquial y una pequeña torre con
reloj adosada a este mismo lado de la iglesia.
Por otro lado, la pequeña capilla situada en el lado del evangelio
responde por sus rasgos estilísticos al período barroco (fines
XVII-XVIII), una época en la que también debió realizarse el coro que
se localiza a los pies del templo y en un tramo de la nave lateral
derecha. Junto a la sacristía, ubicada en el lado de la epístola y con
acceso desde el ábside, éstos constituyen los añadidos posteriores al
templo, si bien esta última responde a una cronología aproximada al mil
seiscientos.
Como en tantas parroquias y ermitas de carácter popular, las
cubiertas se modificaron en función de nuevas necesidades y corrientes
estéticas. En la iglesia que estudiamos sucedió algo similar y quedaron
ocultas las techumbres de madera originales. Es curioso como la Prof.
Mogollón Cano-Cortés en su estudio ya apuntaba la posibilidad de la
existencia de las mismas tras el cielo raso que cubría el templo a
principio de los ochenta. Abordaremos con más detenimiento la restauración
de las mismas así como de las pinturas murales que aparecieron también
en los muros de este templo.
En el aspecto constructivo los muros de mampostería con hiladas de
ladrillo, la ausencia de contrafuertes al llevar primitivamente una
cubierta de madera muy ligera, la decoración geométrica con alfiz y
aparejo de ladrillo, los arcos de herradura, lobulados y túmidos, así
como los canecillos, nos remiten de inmediato a un estilo arquitectónico
con personalidad, como es el mudéjar, por lo que no hay duda alguna a la
hora de catalogar este edificio como tal.
CARACTERÍSTICAS
DE LA INTERVENCIÓN
Aunque hay que ser cautos a la hora de consultar el Inventario del
Patrimonio Histórico Extremeño, pues en muchos casos es posible apreciar
errores importantes o la ausencia de datos de especial interés, en la
ficha correspondiente a la iglesia parroquial de Puebla de Alcocer se
advierte como «regular/bien» el estado de conservación de la misma.
El uso continuado del templo a lo largo de los siglos para los
oficios religiosos, ha motivado su permanencia y llegada hasta nuestros días,
con evidentes alteraciones en la estructura y elementos que la integran.
En el primer proyecto que se presenta para su restauración se
recogen toda una serie de actuaciones que, si bien resultan inabordables
en un primer momento por la escasez de presupuesto, quedan recogidas para
acometerlas en un futuro.
Se contemplaron trabajos de reparación tales como demoliciones,
movimientos de tierra, saneamientos, intervención en la estructura, en
las cubiertas, labores de albañilería (revestimientos) y pequeñas
actuaciones más concretas que ya describiremos.
Todas las intervenciones encaminadas a lograr la estabilidad
estructural de la fábrica y sus elementos constructivos se abordarán en
esta primera fase, mientras que para la segunda se reservan trabajos más
puntuales de albañilería (especialmente en el interior del templo)
instalaciones eléctricas y recuperación de la techumbre mudéjar y las
pinturas murales.
Como bien indica el arquitecto en la memoria adjunta al proyecto «como
filosofía inicial se parte de una actuación que devuelva al edificio la
fisonomía que debió tener en sus orígenes, dentro de unos límites, ya
que no se plantea la destrucción de todos los elementos aportados a lo
largo de la historia; sólo los que entran en franca contradicción con la
idea de un conjunto unitario se prevé que se transformen o, incluso
desaparezcan».
El criterio con el que se va a abordar la restauración es muy
claro. El edificio necesita recobrar el esplendor de antaño y para ello
hay que eliminar determinados elementos que desde la perspectiva del
arquitecto no se conciben en el proyecto por él diseñado.
Siendo fiel a su propuesta de intervención la torre se convertirá
en el elemento más alterado, sobre todo en su interior, también por ser
el más deteriorado. El resto del templo no experimenta grandes cambios, a
pesar de existir un intento por devolver a su lugar inicial los arcos
suprimidos hace siglos, idea finalmente desechada.
Los trabajos, como en la mayor parte de los casos ya estudiados, se
centrarán en la reparación de la cubierta y la fábrica en un primer
momento, para después restaurar como se merece la techumbre de madera y
las pinturas murales.
CONSOLIDACIÓN
DE LA FÁBRICA
Los trabajos que afectaron a la fábrica fueron muy variados, ya
que no se trataba de una actuación concreta de gran envergadura sino de
pequeñas reparaciones de diverso tipo. Es decir, pequeñas demoliciones y
derribos controlados, no exentos de peligro, así como recalce de la
cimentación en muy mal estado debido a la humedad. También hemos de
incluir bajo este epígrafe todos los trabajos de albañilería,
especialmente los dedicados a los acabados finales, puesto que en
definitiva su es la de consolidar la fábrica
procurando alcanzar buenos acabados de la superficie muraria.
Las demoliciones afectaron fundamentalmente a zonas muy concretas
del edificio —interior y exterior respectivamente— y con características
constructivas distintas.
Así pues, en el exterior se derribó una parte de la espadaña,
realizada íntegramente en ladrillo; hubo pequeñas reparaciones en la fábrica
de mampostería, de donde se eliminaron los añadidos de materiales que
afeaban considerablemente el paramento. En aquellas zonas donde se
apreciaba pérdida o caída de la fábrica se procedió a su reposición
siguiendo el sistema constructivo característico del templo: mampostería
con verdugadas de ladrillo.
En la fachada, especialmente, fue donde se hizo necesario reponer
el ladrillo en zonas como la que ocupó la antigua espadaña o los remates
de los muros, dado que aquel material desempeñaba un papel no sólo
constructivo sino también decorativo, al quedar visible en gran parte de
la fachada con clara finalidad estética.
En esta reposición de material es donde el arquitecto decide
intervenir más rotundamente al observar añadidos de la fábrica o
remodelaciones anteriores en las que no debió seguirse la disposición
original de los materiales constructivos, afeando considerablemente el
exterior de la portada.
Los huecos o pequeños vanos que durante mucho tiempo permanecieron
cegados se abrieron, respetado en todo momento las características de la
fábrica.
El interior sin embargo únicamente se vio afectado por la demolición
del falso techo de escayola que escondía los restos de techumbre y la
construcción de unos altares rematando las naves laterales (3).
Por la minuciosidad que requerían estos trabajos de derribo todas
las actuaciones se realizaron de forma manual y con especial cuidado en el
interior. En la zona de los pies, acceso al coro y torre, es posible
apreciar por su notoriedad la intervención, ya que se derribó la antigua
escalera para disponer una nueva.
(3)
Los altares se realizaron el ladrillo y posteriormente se revistieron con
placas de mármol. José Benito González, Proyecto de restauración de
la iglesia de Santiago en Puebla de Alcocer, 1992-1995.
Ésta, de tipo metálico, garantizaba la seguridad en esa zona del
templo y especialmente la subida a la torre. Hoy día el impacto por su
diseño y características materiales es fuerte respecto al conjunto de la
iglesia y el elemento suprimido. No obstante consideramos afortunada su
instalación, por las dificultades que conlleva realizar una nueva
escalera de obra. Quizá el material elegido para la nueva sea por esto el
más idóneo, al no ser maciza y proporcionar incluso claridad y ligereza
a ese espacio del templo.
La idea de restituir aquellos arcos suprimidos y sus
correspondientes pilares estaba contemplada en el proyecto aunque pensamos
que debió abandonarse por el estado actual del edificio. La recuperación
del espacio visual originario hubiera sido un trabajo verdaderamente
arriesgado y en cierto modo, la imagen que ahora ofrecía el templo
formaba también ya parte de su historia.
Respecto a los cimientos y el asiento del edificio, el arquitecto
en previsión de posibles daños futuros, decidió recalzar con ladrillo
algunas zonas (concretamente la correspondiente al lado de la epístola)
teniendo en cuenta los problemas de humedad existentes en el subsuelo y a
pesar de contar con una cimentación en estado relativamente bueno.
En la zona de la epístola, el agua se había filtrado por
capilaridad y había ascendido hasta una altura muy considerable de los
paramentos (aproximadamente tres metros), sobrepasando incluso la cota de
la plaza. Este hecho explica el aspecto de esta zona de la fábrica, con
abolsamientos y desprendimientos del revoco de los muros y la disgregación
interna de los componentes de la fábrica.
Ante esta situación se decidió sanear todo el perímetro de la
iglesia por su lado norte. Se excavó una zanja de unos tres metros de
profundidad para colocar un drenaje que encauzase el agua de filtración y
evitase su ascensión por los paramentos. Los trabajos una vez finalizados
pasaron desapercibidos al disponerse el acerado en toda la línea
levantada alrededor del templo.
Solventados los problemas de estabilidad y solidez en la construcción,
ya sólo quedaba devolver a la misma su aspecto original gracias a los
revestimientos.
Cada zona del edificio estaba revestida de una forma distinta,
puesto que la protección que debe ejercer el revoco variaba según la
localización de los paramentos, especialmente entre los de interior y
exterior.
Así, la torre presentaba un revoco a «la madrileña», de una
tonalidad clara en el que se imitaba un despiece pintado con cal. El resto
de paramentos exteriores estaba enfoscado con
mortero de cal, tradicional en este tipo de construcciones y muy
resistente a las inclemencias del tiempo.
En el interior, el trabajo se tornó más delicado, al tener
constancia de la existencia de pinturas murales bajo la capa de enfoscado
que envolvía los paramentos en el momento de la intervención. Tras picar
minuciosamente toda la superficie para evitar el desprendimiento del
dibujo, se procedió a extender el mismo enfoscado en aquellas zonas
deterioradas, poniendo especial cuidado en reproducir las molduras e
impostas que recorrían los muros.
La humedad permanente que soportaba el templo, determinó la elección
de un tipo de pintura transpirable. De este modo se frenaría la aparición
de mohos. Por ello se eligió una pintura pétrea que fue extendida sobre
la superficie enfoscada como capa final, desapareciendo para siempre los
abolsamientos y desconchones.
En ese intento de solucionar los problemas derivados de la humedad
se instaló un sistema de calefacción radiante bajo el suelo de la nave
central. Ello acarreó el levantamiento de la solería del templo y su
posterior reposición por otra de mármol blanco y rojo, colocado
alternadamente y en contraste con las baldosas de barro cocido de la zona
absidial. Un sistema de calefacción inapreciable al quedar oculto tanto
la instalación como la caldera, situada en la sacristía.
Todo el cableado eléctrico quedó disimulado bajo el suelo para no
alterar la estética del edificio. Para el arquitecto este punto merecía
especial atención y procuró en todo momento prescindir de cualquier
elemento externo y ajeno a la construcción que pudiera afearla
considerablemente (4).
REPARACIÓN
DE CUBIERTAS
Las cubiertas, debido a su función protectora, fueron las primeras
en repararse previo desmontaje de todas las tejas y del entablado de
madera que las sostenía. La entrada de agua y la presencia de humedad en
las partes altas de las fábricas indicaban el grado de deterioro de las
mismas, consecuencia no sólo del paso de los años sino de la acumulación
de desperdicios, especialmente del nido de cigüeña del campanario. Además,
una serie de grietas en la parte de coronamiento de los muros estaban alertando
de la existencia de un problema estructural en el interior que requería
una rápida intervención.
(4)
Hay que señalar respecto a este tema que las obras de restauración de la
iglesia parroquial de Hornachos y Siruela, también realizadas por el
mismo arquitecto, cuidan especialmente este aspecto.
Tras la limpieza de la zona y después de examinar una a una las
piezas cerámicas que podían ser respuestas, se colocaron tejas curvas
envejecidas para tapar los huecos por donde penetraba el agua
anteriormente. Todas las piezas se recibieron con mortero de cemento sobre
una placa de fibrocemento clavada directamente a la estructura. Fue
necesario efectuar un pequeño recrecido en la nave central para que las
tres presentaran la misma altura, puesto que antes no la tenían.
En la torre se desmontó el entramado de cerchas y correas y se
procedió a la reposición o sustitución de las piezas cerámicas del
mismo modo seguido para el resto de las cubiertas.
La techumbre de madera será abordada con más detenimiento en un
próximo apartado, sin embargo ahora nos ocuparemos de todo ese entramado
que aguanta la cubierta cerámica, en un estado muy precario. El estado en
que se encontraba aquella, ya comentado, así como el paso lógico de los
años, habían hecho mella en la madera pudriéndola y haciéndole perder
sus propiedades. Ante esta situación se hacía necesario reponer las
piezas en mal estado y eliminar las causas de la pudrición con
tratamientos antixilófagos y antialabeantes, previo desmontaje del
entramado y numeración del mismo.
Una vez recuperada esta estructura el camino para la restauración
integral de los restos de alfarje mudéjar estaba despejado.
Las techumbres aparecieron en las dos naves laterales y una vez
eliminado el cerramiento de yeso que las ocultaba. Los restos de pintura,
sin embargo, sólo se localizaron en la nave de la epístola.
El que mejor estado de conservación presentaba era el del lado de
la epístola con una armadura de lazo mudéjar ochavada de tres paños y
policromada al temple.
El segundo por el contrario, en el lado del evangelio, no
presentaba muy buen estado. Su disposición era la misma que la del
anterior aunque la decoración variaba, siendo en éste más esquemática.
Nuevamente la humedad había sido la causante del deterioro de las
techumbres, pues recordemos el penoso estado de conservación que
presentaban las cubiertas (numerosas goteras, suciedad y grietas). En
ambas se había perdido una parte del alfarje y numerosas piezas sueltas,
al tiempo que habían hecho acto de presencia numerosos microorganismos
detractores de la madera.
La decoración estaba prácticamente perdida en la techumbre de la
nave lateral izquierda, mientras que en la de la derecha aún podía
recuperarse si se limpiaban minuciosamente todas las piezas sucias y
sueltas. La policromía se estaba desprendiendo debido a la humedad y el
soporte se había exfoliado por efecto de hongos, xilófagos y otros
agentes biológicos.
Los trabajos de restauración se dirigieron a conservar lo
existente y a eliminar las causas de todos los males que atacaban a la
madera, pasando por la recuperación de la estructura que soportaba el
alfarje, seriamente dañada.
Todas las piezas sueltas o sujetas se limpiaron, reponiendo
aquellas estrictamente necesarias para garantizar una armonía y
globalidad en la obra (entablado, correas, lacerías, solera). Antes de la
reposición, la madera que estaba «in situ» fue consolidada y
posteriormente se insertaron las nuevas piezas de madera vieja de pino.
Este proceso fue muy lento al requerir un conocimiento a fondo de
todas y cada una de las piezas de madera existentes, así como del dibujo
original que debió presentar la techumbre antes de su deterioro. La nueva
policromía no se fijó hasta que la solidez de la estructura de madera
estuvo garantizada.
La recuperación del color afectó a las maderas que
originariamente lo llevaban y a las que iban a ser repuestas. A continuación
una capa de protección se encargó de asegurar su adhesión y fijación
al material. El resultado final permitía distinguir lo nuevo de lo viejo,
para no confundir así al espectador.
Los trabajos concluyeron con la aplicación de una sustancia para
repeler el ataque de insectos y la deformación de la madera.
PINTURAS
MURALES
Comentábamos con anterioridad que los trabajos previstos en la
iglesia de Puebla de Alcocer afectarían al conjunto del edificio aunque
el orden de los mismos y su duración estaría condicionada por las
cantidades presupuestarias que se fueran destinando a ella.
La primera fase se centró en actuaciones más o menos urgentes que
pudieran ir frenando el proceso de deterioro iniciado tiempo atrás por el
templo. Posteriormente, las labores continuaron con una segunda fase
ocupada en aspectos menos preocupantes para la estabilidad y solidez del
templo. Sin embargo, al comienzo de esta fase se pusieron al descubierto
unas interesantes muestras de pintura y techumbre mudéjar que provocaron
el incremento de la partida económica inicial prevista para la obra.
Afortunadamente, las actuaciones sobre los mismos no se demoraron y en la
actualidad podemos contemplar dichas pinturas y alfarje ya restaurados.
Respecto a las primeras, descubiertas tras sucesivas capas de cal
aplicadas al paramento, hemos de referir que estaban localizadas en puntos
muy concretos del edificio, realizadas al temple y con motivos muy
similares al dibujo que presentaba el alfarje.
Una franja aproximada de un metro de altura continuaba visualmente
con lo que serían los faldones de la techumbre, mientras el resto del
muro quedaba nuevamente en blanco hasta una altura aproximada respecto al
suelo de un metro, a modo de zócalo, dibujando en su remate algunas
cresterías.
En la zona del ábside aparecieron dos programas decorativos
pertenecientes a épocas distintas. La mayor parte de las figuras encajan
plenamente en la estética gótica mientras que algunos de los motivos
decorativos pertenecen al siglo XVIII. Sin embargo, para las primeras la
cronología puede ser del XVI, aproximadamente, al igual que el alfarje y
gran parte del templo.
Los trabajos de restauración, previa limpieza y eliminación del
encalado de los paramentos se centraron en la consolidación, restitución
y reintegración de las pinturas en el edificio.
En el muro de la epístola fue donde aparecieron los restos más
numerosos, a pesar de ser éste el paramento más afectado por la humedad
procedente del subsuelo. Por ello, las pinturas presentaban una composición
pulverulenta que complicaba seriamente su recuperación, muy lenta y
detallada.
La restauración comenzó con la limpieza del paramento mediante un
bisturí, teniendo sumo cuidado en no desprender la policromía que
afloraba bajo las capas de cal. Una vez al descubierto y en función del
grado de deterioro algunas zonas se impregnaron con una sustancia
consolidante y a otras se les inyectó directamente.
Este fue un sistema de restauración urgente al que deberá seguir
otro más concienzudo y riguroso que termine de fijar totalmente los
estratos pictóricos a la superficie muraria. Un proceso que supondrá una
nueva partida económica y por tanto una nueva fase restauradora.
VALORACIÓN
FINAL
El caso de restauración analizado resulta de especial interés por
cuanto aborda problemas no sólo relacionados con el edificio como
manifestación arquitectónica. La aparición de las techumbres de madera
y las pinturas murales requiere una restauración con planteamientos de
trabajo y profesionales en la materia completamente diferentes a los de la
arquitectura.
En este sentido el templo experimenta una transformación
importante al descubrirse como un destacado ejemplar del patrimonio artístico
extremeño, sin abandonar su papel de hito artístico local.
Tenemos que tener en cuenta también que la intervención en un
primer momento va encaminada a subsanar los problemas de índole
constructiva (cubiertas y fábricas especialmente) encontrándose después
con los hallazgos comentados que obligan a la dirección del proyecto a
modificar sustancialmente las operaciones de restauración.
Lo que en un principio parecía realizarse bajo el horario previsto
de repente provoca una toma rápida de decisiones para determinar qué
trabajos son más urgentes y qué actuaciones pueden esperar. Todo este
cambio imprevisto podría haber ocasionado resultados no deseados y
retardado la entrega de la obra, sin embargo, en todo momento siempre se
tuvo claro el organigrama a seguir.
Se lamenta el arquitecto de la falta de un proyecto arqueológico
que a buen seguro hubiera puesto a la luz algunos datos históricos de
interés. Ello hubiera permitido completar con más rigor la secuencia
constructiva del templo. Aunque no obstante, los trabajos de restauración
se limitan a poner de manifiesto y resaltar todo aquello que pueda servir
para comprender aún más la edificación. Quizá porque se trate de
construcciones que tienen como principal riqueza las sucesivas
aportaciones de otras épocas que han ido recibiendo.
En el caso de Puebla de Alcocer volvemos a encontrarnos con una
zona típicamente mudéjar, destacada especialmente por sus ventanales y
aparejo de ladrillo, y con otra zona posterior a la que el tiempo ha ido
transformando.
Al menos en el proyecto queda recogida su opinión:
«Como filosofía inicial se parte de una actuación que devuelva
al edificio la fisonomía que debió tener en sus orígenes, dentro de
unos límites, ya que no se plantea la destrucción de todos los elementos
aportados a lo largo de la historia; sólo los que entran en franca
contradicción con la idea de un conjunto unitario se prevé que se
transformen o, incluso desaparezcan».
Respecto a la decisión de suprimir elementos que no se integren
con el resto del edificio, aunque pueda parecer extrema no parece
cumplirse con tanta rotundidad. Es cierto que desaparecen unas escaleras
de acceso a la torre campanario y al coro, aunque tal supresión se
justifica por el lamentable estado de conservación y el peligro de
derrumbe inmediato que presentaban.
Únicamente nos llama la atención el revoco final aplicado al
paramento sur del templo, aquel que presentaba tantos problemas de humedad
y una puerta de acceso al interior del edificio hoy cegada.
Quizá se trate de una cuestión estética pero tanto esta zona
como la del campanario aparecen excesivamente retocadas y refinadas, algo
impropio de construcciones seculares. El acabado se extiende configurando
unas franjas y listados para simular una fábrica de aparejo «a la
toledana» similar a la que pudo tener en su origen el templo. Ésta se
caracteriza por su alternancia de varias hiladas de ladrillo entre paños
de mampostería de aproximadamente un metro, de la que la propia iglesia
ofrece muestras enla zona exterior de la cabecera.
Al no poder contar con un análisis arqueológico del propio
edificio desconocemos si el muro desde su construcción estuvo revocado o
el revestimiento se añadió siglos después. Ya que, en base a esto, del
mismo modo que se suprime la escalera, se puede devolver al muro su
aspecto original, puesto que su estado debía ser lamentable dada la
humedad.
Sin embargo la decisión final de adoptar este tipo de
revestimiento no debemos juzgarla como positiva ni negativa. Corresponde a
un arquitecto el determinar si se trata del enfoscado más apropiado o si
el paramento con la fábrica a vista resistirá a la intemperie mucho
tiempo. La opción finalmente elegida formaría parte de ese vacío, llamémoslo
así, que se crea en muchos proyectos de arquitectura en los que no existe
colaboración interdisciplinar a través de la cual se pueda llegar a un
consenso en la toma de decisiones. En este caso, un estudio a fondo de las
características constructivas en templos de poblaciones cercanas podría
haber motivado un cambio del revoco final adoptado.
FUENTES
Y BIBLIOGRAFÍA
Archivo
del Servicio de Obras y Proyectos de la Consejería de Cultura, Junta de
Extremadura.
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Inventario
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Ley
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P.
Mogollón Cano-Cortés, El mudéjar en Extremadura, Salamanca,
1987.
VV.AA.,
Extremadura restaurada, quince años de intervenciones en el patrimonio
histórico de Extremadura, Mérida, 1999
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