Revista Alcántara. nº 53-54
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RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS

 

BASILIO SÁNCHEZ

El cielo de las cosas

Mérida, Editora Regional

de Extremadura, 2001

 

   En El cielo de las cosas las palabras habitan el terreno de la emoción contenida, el preferido por este lector: se toman elementales, susurrantes, con el recogimiento y la emoción de los grandes poemas sencillos, los que se escriben con la sosegada placidez de quien sabe que los mismos cuchillos que los provocan marcan nuestra piel hasta convertirla en el mapa de los días vividos. Son palabras para habitar el silencio que es el rastro del tiempo, que nos muestra que siempre existe un vacío dentro de otro vacío, que los días son un lento mensaje indescifrable que procura el orden de la luz entre el desorden de la memoria.

   El libro es un poemario en prosa. Si, como dijo alguien, «escribir es respirar», también podríamos decir nosotros ahora que respirar es vivir y que esa vida es la que alienta la poesía de Basilio y esta muestra de prosas, que habita tan cerca de sus otros libros que comparte su propio aliento, plenamente simbólico, con una mirada, personal y apacible, que va nombrando las cosas del mundo desde ese silencio que habita, el de no conocer las respuestas a unas preguntas que mudan cada día de rostro y de disfraz pero que siempre, con fidelidad perruna, nos inquieren con las mismas palabras.

   La historia, contada así, es simple: en El cielo de las cosas un narrador va relatando la ascensión de un hombre a una cima donde se alza una fortaleza. El hombre vaga, se para a veces, se entretiene en observar cuanto le rodea, enciende una palabra cuando siente frío, observa cómo el agua de cualquier río transporta a otra parte las palabras nunca pronunciadas, sabe, en suma, que no es mucho más que una racha de aire construida con el barro de los días. De este plano real se salta a otro más simbólico, cuando se transforma la ascensión física del personaje en una suerte de descenso hacia dentro de sí mismo, hacia ese pozo que es la memoria, ese «pájaro encerrado bajo un cuenco de vidrio», como dice uno de los poemas. El hombre asciende para descender. La historia no es nueva. Y, sin embargo, en medio de ese enigmático camino, sabe que no está sólo. Una primera persona surge, en letra cursiva, para mostrar al lector la otra cara de la misma historia, la que el mismo hombre (o el poeta) protagoniza y que entra en diálogo con el propio narrador.

   Asistiendo a esta construcción sutilmente coral el lector se adentra en los entresijos de ese descenso donde realmente se encuentra el cielo, aunque no se trate más que del cielo raso que cubre los objetos y las situaciones cotidianas como una plácida oración que se susurra al oído de la persona amada. Porque de amor se habla también, creo yo, en este libro, y de la memoria de los muertos y de la heredad de los vivos, y de la melancolía del lenguaje y del resplandor de lo perdido, entre una piedra y una nube, en ese lugar sagrado en el que todos los caminos convergen.

   Una mano, la que escribe, puede salvar al mundo, es decir, puede transportamos al cielo de las cosas, ese que intenta camuflarse ante nuestros ojos vistiendo los ropajes de las miserias más cotidianas. Por eso la mano que escribe es también la luz en medio de la ceguera, la lámpara que alumbra el cuarto y la casa y que tiembla como el hombre que la sostiene.

   Al final del ascenso, la verdadera revelación del descenso, de la inmersión en el fondo (o en el cielo) de las cosas. Doce sillas vacías aguardan al viajero en la fortaleza. El sentido de comunión en la luz, en la poesía, me parece aquí latente. Por eso se dice en el último poema que el personaje «ya ha encontrado la forma de hablarles».

   Ese es el lugar donde todas las cosas convergen, donde se puede tocar el cielo sin levantar los pies del suelo, tal vez sin levantar las manos de la mesa.

   Las cosas emiten un murmullo secreto, la lenta oración de la pesada máquina del mundo, que viaja en El cielo de las cosas, también, del singular inicial del personaje al sentimiento plural de su fin. Del yo o él a nosotros.

   Los poemas de Basilio Sánchez se alzan, en suma, como una revelación que nos eleva por encima de la vida cotidiana, es decir, que nos ayuda, únicamente, a intentar comprenderla. Los versos (sí, en prosa) viajan, ascienden también a través de la oscuridad buscando una luz donde asirse, que encuentran la mayor parte de las veces en una palabra incendiada como una especie de zarza que arde como el tiempo en nuestras manos.

   Termino. Los poemas de El cielo de las cosas se hacen depuradamente intimistas hasta marcar nuestra piel, se abren paso, balbuceantes y meditativos, entre los objetos, las personas y los sentimientos que construyen el mundo que nos toca vivir. Ese en el que, casi siempre, es necesario poder subir hasta rozar el cielo para alcanzar a saborear el verdadero placer de las cosas elementales, las que nacen cerca de la tierra. De esa tierra que es también, al final, el mismo cielo de las cosas.

Antonio Sáez Delgado

 

JESÚS SÁNCHEZ ADALID

El Mozárabe

Barcelona, Ediciones B, 2001

 

   Jesús Sánchez Adalid irrumpió en el panorama literario con la novela La fuente del Atenor: La luz del Oriente, que quedase finalista en el premio Felipe Trigo 1998 y fue publicada el año pasado por Ediciones B, de Cataluña. La obra se enmarca en el siglo III de la era cristiana y tiene como protagonista a Félix, un joven lusitano que se educa en Emérita y, para hallar soluciones a sus inquietudes filosóficas, recorre buena parte de aquel Imperio, cuya corrupción y consecuente decadencia percibe.

   Mayor éxito está logrando con El Mozárabe, otra novela histórica, que en pocos meses ha sido reeditada, logrando una gran acogida entre los lectores, pese a sus casi setecientas páginas.

   Jesús Sánchez es natural de Don Benito (1962), aunque pasó su infancia y juventud en Villanueva de la Serena, donde reside su familia. Allí tuve la suerte de contarle entre mis alumnos de BUP y COU. Aún recuerdo la seriedad y el rigor de aquel adolescente, cuyos interés por las cuestiones trascendentales no se ocultaba. Licenciado en derecho por la Universidad de Extremadura, ejerció como juez antes de volverse a los estudios, cursando filosofía y teología. Ordenado después de sacerdote católico, actualmente labora para recibirse como Doctor en Derecho Canónico por la Universidad de Salamanca. Cuenta, pues, con un bagaje intelectual sólido para enfrentarse a un texto como éste, en el que los datos históricos se combinan con las grandes cuestiones ideológicas de la época (siglo X).

   El Mozárabe cuenta con dos extraordinarios protagonistas, símbolos de las culturas florecientes en la Córdoba del novecientos, la musulmana y la cristiana. Constituyen el soporte narrativo de la obra. Ambos coinciden en los primeros años de formación, dentro de las respectivas comunidades (la judía se apunta, sin mayor desarrollo), para volver a encontrarse al término de sus vidas, que habrán discurrido con enorme intensidad.

   Asbag obtiene el episcopado cordobés, luego se educa como políglota, bibliófilo, diplomático y copista excelso. Avatares innúmeros lo conducen por todos los rincones de Europa, desde los fiordos vikingos hasta Constantinopla. Esto permite al novelista introducimos en cortes semisalvajes, monasterios teutones, franceses e italianos, los recovecos bizantinos y romanos..., para culminar sobre el sepulcro del Apóstol Shant Yacub. Hasta la basílica gallega conduce irresistibles y devastadoras huestes su amigo de juventud, Abuámir, que bajo el nombre de Almansur había llegado a ser el malik karim de la España islámica. La narración de su fulgurante carrera nos introduce en los secretos del califato cordobés, desde los hogares más humildes a las interioridades del harén real. Esta segunda trama de la obra es a mi modo de ver la mejor conseguida —la otra nos parece excesivamente forzada— y el autor demuestra haberse documentado concienzudamente para no incurrir en inverosimilitudes a la hora de fantasear sobre acontecimientos o personajes. Entre éstos hay que señalar también varios tan conseguidos como los eunucos imperiales Chawdar y al-Nizami, la princesa Shub, el presbítero Recemundo o el califa Alhaquen, modelo de sabiduría y tolerancia con las otras religiones.

   Sánchez Adalid es más un recreador de ambientes y prototipos, un contador de historias, que un estilista. Pero lo primero lo hace con una maestría impropia de un autor casi novel. Digamos que se sitúa en la escuela de A. Pérez Reverte, por nombrar al novelista con más éxito entre los cultivadores de dicho enfoque. Sin duda, lo más literario de El Mozárabe son los bellísimos versos de la poesía arábiga, que el autor reproduce tomándolos especialmente de Mutanabbi o Ibn Marwan.

   La novela constituye una buena clase de historia bajomedieval, cuando la civilización andalusí brillaba muy por encima de todos los reinos cristianos occidentales.

 

Manuel Pecellín Lancharro

 

JOHN P. GABRIELE

Manuel Martínez Mediero: deslindes

de un teatro de urgencia social

Madrid, Editorial Fundamentos, 2000

  

   Martínez Mediero es un dramaturgo afortunado, cosa que nos alegra profundamente. Tras ver publicadas sus Obras Completas (Madrid, Editorial Fundamentos, 8 volúmenes, 1999-2000. Prólogo de José Monleón) —el único de su generación que ha alcanzado tal logro—, cuenta ahora con un estudio riguroso del más de medio centenar de títulos que conforman dicha producción teatral. Lo ha compuesto John P. Gabriele, profesor de literatura española en el norteamericano College of Wooster. Buen amigo de España y del escritor pacense, se ha ocupado ya de Mediero en numerosas ocasiones, por lo que no cabe dudar de que lo conoce a la perfección. El apéndice bibliográfico incluido al final de esta obra recoge hasta una decena de trabajos anteriores sobre nuestro comediógrafo suscritos por Gabriele.

   El objetivo que se propone aquí es «señalar las constantes estéticas e ideológicas que informan la dramaturgia “martínezmedierana” para presentar una visión sintetizadora de un teatro que nos urge cuestionar (...), elaborar una vista panorámica de su producción teatral plasmando las coordenadas teóricas y temáticas de ésta y dando a conocer los índices de su evolución». Leído el extenso estudio del hispanista ( 317 páginas), nos parece que su propósito ha sido satisfactoriamente alcanzado. Aunque resulte enojoso, por la misma proliferación de los titulares, no está mal perseguir un acuerdo terminológico (Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas. J. R. Jiménez) para definir el quehacer literario de Mediero y autores similares. Concurren sintagmas tan significativos como teatro de la transgresión, arte dramático rebelde, teatro marginado y silenciado, teatro revolucionario, teatro de denuncia, etc. El ensayista ha optado por «teatro de urgencia social». Todos buscan poner de relieve lo más característico de esta dramática: criticar las condiciones sociopolíticas en que el régimen franquista hizo vivir a los españoles. Muerto el principal sostenedor de aquel sistema aberrante, el escritor concienzudo comprende que sus ataques ha de dirigirlo a fuerzas superiores, de carácter internacional y, seguramente, necesita habérselas con la propia condición humana, más allá de las circunstancias locales o históricas concretas. Es decir, que el egoísmo, la crueldad, la estupidez, los abusos, las actitudes caciquiles se reproducen —no de igual forma, desde luego, ni bajo idénticos ropajes— por cualquier rincón donde el supuesto homo sapiens discurre. (No debería olvidarlo Manolo, un espíritu libre donde los haya, pero que tan entusiasta se muestra frente a determinados dirigentes políticos).

   Tras establecer las características fundamentales de la obra de Mediero, Gabriele propone una división de la misma, acorde con un desarrollo cronológico, en las siguientes fases:

   — Ciclo de protesta y paradojas, donde se incluyen dramas sociales, existenciales, satíricos y grotescos.

   — Ciclo para una realidad en crisis, con obras que denuncian los absurdos de la sociedad capitalista contemporánea.

   — Ciclo feminista, que aborda con figuras de mujer cuestiones como el sexo, la política o el tratamiento del cuerpo.

   — Ciclo histórico-mítico, en el que se discuten los grandes tópicos de la cultura coetánea o se plantea una revisión de determinados papas, emperadores, caudillos, etc.

   — Por último, el ciclo posmoderno, en el que tampoco falta la vena rebelde habitual en el autor extremeño.

   Cierra el volumen una larga e interesante entrevista entre Mediero y Gabriele, realizada en Badajoz el 4 de octubre de 1999.

Manuel Pecellín Lancharro

 

HILARIO JIMÉNEZ GÓMEZ

Lorca y Alberti, dos poetas en un espejo (1924-1936)

Diputación de Cáceres/Fundación Rafael Alberti, Cáceres, 2001, 357 páginas.

 

   El estudio de los poetas que pertenecieron a ese momento estelar de la cultura española del siglo XX que se denomina, con todas las salvedades que podamos hacer en torno a este título, generación del 27, es inagotable, y buena prueba de ello es una de las aportaciones más lúcidas aparecidas en los últimos meses, el libro de Hilario Jiménez Gómez, joven profesor extremeño, titulado Lorca y Alberti, dos poetas en un espejo (1924-1936), en el que, como su título indica, se lleva a cabo un exhaustivo proceso indagatorio sobre los dos grandes poetas andaluces del 27: Federico García Lorca y Rafael Alberti. Es admirable la acumulación de documentos de todo tipo que ha coleccionado y conjuntado con sabiduría nuestro autor para establecer con rigor documental y seriedad científica qué hubo realmente de amistad entre los dos poetas, cuáles fueron las etapas de aproximación y cuáles las de inevitable distanciamiento, lógico conociendo la vida y personalidad de cada uno de ellos.

   En 1980, muchos años después de los hechos glosados en este libro, durante su estancia en Nueva York, sobre la que hemos de volver, Rafael Alberti escribió y recogió en su libro Versos sueltos de cada día (1982):

 

Por aquí Federico

denunció el repetido

cansancio de tus oficinas,

al triste rey de Harlem

vestido de portero,

aquí sufrió el delirio

de tu poblada soledad terrible

lejos de su Granada.

 

   Sin duda, casi cincuenta años después de la desaparición de Federico, Alberti seguía teniendo muy presente a quien había sido, con los altibajos lógicos, su amigo. Cuando recorre un Nueva York casi de fin de siglo, contemporáneo, distinto del que Lorca conociera medio siglo antes, no duda en vincular la ciudad de los rascacielos a Federico García Lorca. Es entonces un hecho innegable que Lorca fue muy importante para Alberti, y, sin duda, Alberti debió de serlo para Lorca. Compartieron ambos poetas, como es sabido, muchas experiencias comunes, incluida la famosa excursión a Sevilla de diciembre de 1927, donde con el sonado homenaje a Góngora se firma la partida de nacimiento de la nueva generación, y no sólo se hacen la famosa foto colectiva, en la que también figuran Guillén, Gerardo Diego, Bergamín, Dámaso y otros, sino que además se están poniendo en ese momento los cimientos de una nueva forma de entender la literatura en la que los dos poetas andaluces van a participar y de manera muy activa con su sabiduría poética, con su genio, con su imaginación.

   Se estructura el libro de forma muy inteligente, con una hábil combinación de reflexión ensayística y aportación documental aplastante, pormenorizada y detallada, aunque siempre es posible añadir algún documento y alguna idea, como vamos a hacer al final de estas líneas con la intención más que constructiva de colaborar en un trabajo que me parece modélico y apasionante, de manera que en él lo científico se concilia con lo humano y con lo anecdótico, y hace que el lector se encuentre muy a gusto en las casi cuatrocientas páginas (que se dice pronto) de que se compone el volumen.

   Se inicia el libro, tras el obligado y juicioso texto de presentación, con un capítulo en el que se repasa la biografía de cada uno de los dos escritores evocados, que ya nos muestra que no estamos ante lo que podríamos denominar unas vidas paralelas, ya que los dos poetas son bastante diferentes sociológicamente, aunque este capítulo se cierre con lo que es un «encuentro en la Residencia de Estudiantes», momento en el que se inicia la que será una duradera relación sólo truncada por la muerte inesperada, violenta, injustificada e injusta de Federico García Lorca. No hay duda de que enseguida entramos en materia y vamos al grano en el libro, ya que el capítulo siguiente está dedicado a reproducir y comentar las cartas cruzadas entre los dos poetas. El procedimiento de transcribir la carta y posteriormente realizar un comentario histórico-crítico es el adecuado, porque si bien se deja al lector libre para conocer e interpretar el texto, pronto se acude con los datos pertinentes a justificar y explicar cualquier aspecto que pudiera causar duda o interrogación.

   Una documentación exhaustiva y muy bien tratada confirma la calidad de estos comentarios adjuntos. Un capítulo, cuyo título todo lo dice, viene a continuación: «Los primos se distancian; rivalidades y celos», y es que se dedican sus páginas a glosar la coincidencia en el centenario gongorino y la posterior separación, causada por el viaje a Nueva York, con estancia de casi un año de Lorca. Es sin duda un capítulo enjundioso, en el que a través de cincuenta páginas, se da cuenta pormenorizada de la relación de amistad y de la posterior distancia. El capítulo siguiente se desarrollará tras el regreso de Lorca de Nueva York. Lo titula nuestro autor «Un adiós sin despedida», y naturalmente se cierra con los primeros días de la guerra civil y con la muerte de Lorca. No hubo despedida. Los dos poetas, «en la calle», trabajan por la República y con ella colaboran en las actividades de difusión cultural. Pero de la distancia nace el olvido. A lo largo de ochenta páginas se revisan todos los documentos que contienen información sobre el particular. El resultado es espléndido.

   Tiene mucho interés una serie de materiales complementarios que cierra el libro, desde poemas y textos diversos a todas las fotografías en que Lorca y Alberti aparecen juntos, así como una ajustada bibliografía plenamente competente en la materia, sin excesos innecesarios: la justa y la necesaria para coronar una investigación como ésta.

   Hablábamos de completar algún aspecto mínimo o nimio. Se puede añadir a la relación de textos firmados por Lorca y Alberti, junto a otros poetas de su generación, una postal enviada a Gabriel Miró por los mismos desde Sevilla, y que no figura ni en el epistolario completo de García Lorca citado por el autor del trabajo ni en la última edición de sus Obras completas. Lo publicó hace muchos años Jorge Guillén, en su libro Gabriel Miró: breve semblanza y epistolario. Otro aspecto interesante, ya que de Nueva York se habla en el libro, hubiera sido hacer alguna referencia a la estancia de Rafael Alberti en Nueva York en 1980, recogida en su libro Versos sueltos cada día (1982), en el que los recuerdos de Federico García Lorca brotan entre los versos escritos en esa ocasión.

   Quizá el poema más llamativo es uno dedicado a las Torres Gemelas, que no me resisto a dejar de reproducir para terminar estas reflexiones, y que yo cité hace más de una década en mi libro Poesía de senectud, junto a los recuerdos de Lorca en la ciudad de los rascacielos. Una foto de Alberti, hecha por Beatriz Amposta, en un barco, con las Torres Gemelas de fondo, completa la lectura de este impresionante poema:

 

(N. Y.)

Aquí no baja el viento,

se queda aquí en las torres,

en las largas alturas,

que un día caerán,

batidas, arrasadas de su propia ufanía.

Desplómate, ciudad, de hombros terribles,

cae desde ti misma.

Qué balumba

de ventanas cerradas,

de cristales, de plásticos,

de vencidas, dobladas estructuras.

Entonces entrará,

podrá bajar el viento

hasta el nivel del fondo

y desde entonces ya no existirá

más arriba ni abajo.

 

   Lo señala el autor al final de su libro. Las relaciones entre Lorca y Alberti van mucho más allá de lo anecdótico y de lo coyuntural para inscribirse en lo más ampliamente literario. A lo largo de sus investigaciones Hilario Jiménez ha demostrado que tales relaciones son como un juego de espejos, que permite descubrir coincidencias, cercanías, parecidos, influencias e incluso diferencias. Tras seguir con todo detalle todas las relaciones literarias, logra construir un nuevo panorama, con perspectivas innovadoras y convincentes de un aspecto de las relaciones literarias de personajes de esta época, fundamentales para conocer todo el ámbito común. Hilario Jiménez es generoso con quien esto escribe, y cita dos trabajos míos que abordaron relaciones literarias, la de Lorca-Gerardo Diego y la de Alberti-Gerardo Diego. No son trabajos fáciles éstos que están basados en una rigurosa documentación destinada a probar los vínculos y a rechazar los tópicos y las falsedades. Quien lo probó lo sabe, como escribía Lope de Vega. Hilario Jiménez lo ha hecho bien y justo es consignarlo al finalizar estas líneas. Dos poetas tan importantes como Lorca y Alberti merecían un tratamiento serio y documentado para dilucidar las relaciones entre ellos. El trabajo ahí queda. Los lectores de ambos poetas, sin duda, lo han de agradecer.

Francisco Javier Díez de Revenga

Universidad de Murcia

 

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