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RESEÑAS
BIBLIOGRÁFICAS
BASILIO SÁNCHEZ
El cielo de las cosas
Mérida, Editora Regional
de Extremadura, 2001
En
El cielo de las cosas las palabras habitan el terreno de la emoción
contenida, el preferido por este lector: se toman elementales,
susurrantes, con el recogimiento y la emoción de los grandes poemas
sencillos, los que se escriben con la sosegada placidez de quien sabe que
los mismos cuchillos que los provocan marcan nuestra piel hasta
convertirla en el mapa de los días vividos. Son palabras para habitar el
silencio que es el rastro del tiempo, que nos muestra que siempre existe
un vacío dentro de otro vacío, que los días son un lento mensaje
indescifrable que procura el orden de la luz entre el desorden de la
memoria.
El
libro es un poemario en prosa. Si, como dijo alguien, «escribir es
respirar», también podríamos decir nosotros ahora que respirar es vivir
y que esa vida es la que alienta la poesía de Basilio y esta muestra de
prosas, que habita tan cerca de sus otros libros que comparte su propio
aliento, plenamente simbólico, con una mirada, personal y apacible, que
va nombrando las cosas del mundo desde ese silencio que habita, el de no
conocer las respuestas a unas preguntas que mudan cada día de rostro y de
disfraz pero que siempre, con fidelidad perruna, nos inquieren con las
mismas palabras.
La
historia, contada así, es simple: en El cielo de las cosas un
narrador va relatando la ascensión de un hombre a una cima donde se alza
una fortaleza. El hombre vaga, se para a veces, se entretiene en observar
cuanto le rodea, enciende una palabra cuando siente frío, observa cómo
el agua de cualquier río transporta a otra parte las palabras nunca
pronunciadas, sabe, en suma, que no es mucho más que una racha de aire
construida con el barro de los días. De este plano real se salta a otro más
simbólico, cuando se transforma la ascensión física del personaje en
una suerte de descenso hacia dentro de sí mismo, hacia ese pozo que es la
memoria, ese «pájaro encerrado bajo un cuenco de vidrio», como dice uno
de los poemas. El hombre asciende para descender. La historia no es nueva.
Y, sin embargo, en medio de ese enigmático camino, sabe que no está sólo.
Una primera persona surge, en letra cursiva, para mostrar al lector la
otra cara de la misma historia, la que el mismo hombre (o el poeta)
protagoniza y que entra en diálogo con el propio narrador.
Asistiendo
a esta construcción sutilmente coral el lector se adentra en los
entresijos de ese descenso donde realmente se encuentra el cielo, aunque
no se trate más que del cielo raso que cubre los objetos y las
situaciones cotidianas como una plácida oración que se susurra al oído
de la persona amada. Porque de amor se habla también, creo yo, en este
libro, y de la memoria de los muertos y de la heredad de los vivos, y de
la melancolía del lenguaje y del resplandor de lo perdido, entre una
piedra y una nube, en ese lugar sagrado en el que todos los caminos
convergen.
Una
mano, la que escribe, puede salvar al mundo, es decir, puede transportamos
al cielo de las cosas, ese que intenta camuflarse ante nuestros ojos
vistiendo los ropajes de las miserias más cotidianas. Por eso la mano que
escribe es también la luz en medio de la ceguera, la lámpara que alumbra
el cuarto y la casa y que tiembla como el hombre que la sostiene.
Al
final del ascenso, la verdadera revelación del descenso, de la inmersión
en el fondo (o en el cielo) de las cosas. Doce sillas vacías aguardan al
viajero en la fortaleza. El sentido de comunión en la luz, en la poesía,
me parece aquí latente. Por eso se dice en el último poema que el
personaje «ya ha encontrado la forma de hablarles».
Ese
es el lugar donde todas las cosas convergen, donde se puede tocar el cielo
sin levantar los pies del suelo, tal vez sin levantar las manos de la
mesa.
Las
cosas emiten un murmullo secreto, la lenta oración de la pesada máquina
del mundo, que viaja en El cielo de las cosas, también, del
singular inicial del personaje al sentimiento plural de su fin. Del yo o
él a nosotros.
Los
poemas de Basilio Sánchez se alzan, en suma, como una revelación que nos
eleva por encima de la vida cotidiana, es decir, que nos ayuda, únicamente,
a intentar comprenderla. Los versos (sí, en prosa) viajan, ascienden
también a través de la oscuridad buscando una luz donde asirse, que
encuentran la mayor parte de las veces en una palabra incendiada como una
especie de zarza que arde como el tiempo en nuestras manos.
Termino.
Los poemas de El cielo de las cosas se hacen depuradamente
intimistas hasta marcar nuestra piel, se abren paso, balbuceantes y
meditativos, entre los objetos, las personas y los sentimientos que
construyen el mundo que nos toca vivir. Ese en el que, casi siempre, es
necesario poder subir hasta rozar el cielo para alcanzar a saborear el
verdadero placer de las cosas elementales, las que nacen cerca de la
tierra. De esa tierra que es también, al final, el mismo cielo de las
cosas.
Antonio
Sáez Delgado
JESÚS SÁNCHEZ
ADALID
El Mozárabe
Barcelona, Ediciones B, 2001
Jesús
Sánchez Adalid irrumpió en el panorama literario con la novela La
fuente del Atenor: La luz del Oriente, que quedase finalista en el
premio Felipe Trigo 1998 y fue publicada el año pasado por Ediciones B,
de Cataluña. La obra se enmarca en el siglo III de la era cristiana y
tiene como protagonista a Félix, un joven lusitano que se educa en Emérita
y, para hallar soluciones a sus inquietudes filosóficas, recorre buena
parte de aquel Imperio, cuya corrupción y consecuente decadencia percibe.
Mayor
éxito está logrando con El Mozárabe, otra novela histórica, que
en pocos meses ha sido reeditada, logrando una gran acogida entre los
lectores, pese a sus casi setecientas páginas.
Jesús
Sánchez es natural de Don Benito (1962), aunque pasó su infancia y
juventud en Villanueva de la Serena, donde reside su familia. Allí tuve
la suerte de contarle entre mis alumnos de BUP y COU. Aún recuerdo la
seriedad y el rigor de aquel adolescente, cuyos interés por las
cuestiones trascendentales no se ocultaba. Licenciado en derecho por la
Universidad de Extremadura, ejerció como juez antes de volverse a los
estudios, cursando filosofía y teología. Ordenado después de sacerdote
católico, actualmente labora para recibirse como Doctor en Derecho Canónico
por la Universidad de Salamanca. Cuenta, pues, con un bagaje intelectual sólido
para enfrentarse a un texto como éste, en el que los datos históricos se
combinan con las grandes cuestiones ideológicas de la época (siglo X).
El
Mozárabe cuenta con dos extraordinarios protagonistas, símbolos
de las culturas florecientes en la Córdoba del novecientos, la musulmana
y la cristiana. Constituyen el soporte narrativo de la obra. Ambos
coinciden en los primeros años de formación, dentro de las respectivas
comunidades (la judía se apunta, sin mayor desarrollo), para volver a
encontrarse al término de sus vidas, que habrán discurrido con enorme
intensidad.
Asbag
obtiene el episcopado cordobés, luego se educa como políglota, bibliófilo,
diplomático y copista excelso. Avatares innúmeros lo conducen por todos
los rincones de Europa, desde los fiordos vikingos hasta Constantinopla.
Esto permite al novelista introducimos en cortes semisalvajes, monasterios
teutones, franceses e italianos, los recovecos bizantinos y romanos...,
para culminar sobre el sepulcro del Apóstol Shant Yacub. Hasta la basílica
gallega conduce irresistibles y devastadoras huestes su amigo de juventud,
Abuámir, que bajo el nombre de Almansur había llegado a ser el malik
karim de la España islámica. La narración de su fulgurante carrera
nos introduce en los secretos del califato cordobés, desde los hogares más
humildes a las interioridades del harén real. Esta segunda trama de la
obra es a mi modo de ver la mejor conseguida —la otra nos parece
excesivamente forzada— y el autor demuestra haberse documentado
concienzudamente para no incurrir en inverosimilitudes a la hora de
fantasear sobre acontecimientos o personajes. Entre éstos hay que señalar
también varios tan conseguidos como los eunucos imperiales Chawdar y al-Nizami,
la princesa Shub, el presbítero Recemundo o el califa Alhaquen, modelo de
sabiduría y tolerancia con las otras religiones.
Sánchez
Adalid es más un recreador de ambientes y prototipos, un contador de
historias, que un estilista. Pero lo primero lo hace con una maestría
impropia de un autor casi novel. Digamos que se sitúa en la escuela de A.
Pérez Reverte, por nombrar al novelista con más éxito entre los
cultivadores de dicho enfoque. Sin duda, lo más literario de El Mozárabe
son los bellísimos versos de la poesía arábiga, que el autor
reproduce tomándolos especialmente de Mutanabbi o Ibn Marwan.
La
novela constituye una buena clase de historia bajomedieval, cuando la
civilización andalusí brillaba muy por encima de todos los reinos
cristianos occidentales.
Manuel
Pecellín Lancharro
JOHN P.
GABRIELE
Manuel Martínez Mediero: deslindes
de un teatro de urgencia social
Madrid, Editorial Fundamentos, 2000
Martínez
Mediero es un dramaturgo afortunado, cosa que nos alegra profundamente.
Tras ver publicadas sus Obras Completas (Madrid, Editorial
Fundamentos, 8 volúmenes, 1999-2000. Prólogo de José Monleón) —el único
de su generación que ha alcanzado tal logro—, cuenta ahora con un
estudio riguroso del más de medio centenar de títulos que conforman
dicha producción teatral. Lo ha compuesto John P. Gabriele, profesor de
literatura española en el norteamericano College of Wooster. Buen amigo
de España y del escritor pacense, se ha ocupado ya de Mediero en
numerosas ocasiones, por lo que no cabe dudar de que lo conoce a la
perfección. El apéndice bibliográfico incluido al final de esta obra
recoge hasta una decena de trabajos anteriores sobre nuestro comediógrafo
suscritos por Gabriele.
El
objetivo que se propone aquí es «señalar las constantes estéticas e
ideológicas que informan la dramaturgia “martínezmedierana” para
presentar una visión sintetizadora de un teatro que nos urge cuestionar
(...), elaborar una vista panorámica de su producción teatral plasmando
las coordenadas teóricas y temáticas de ésta y dando a conocer los índices
de su evolución». Leído el extenso estudio del hispanista ( 317 páginas),
nos parece que su propósito ha sido satisfactoriamente alcanzado. Aunque
resulte enojoso, por la misma proliferación de los titulares, no está
mal perseguir un acuerdo terminológico (Intelijencia, dame el nombre
exacto de las cosas. J. R. Jiménez) para definir el quehacer
literario de Mediero y autores similares. Concurren sintagmas tan
significativos como teatro de la transgresión, arte dramático
rebelde, teatro marginado y silenciado, teatro revolucionario, teatro de
denuncia, etc. El ensayista ha optado por «teatro de urgencia social».
Todos buscan poner de relieve lo más característico de esta dramática:
criticar las condiciones sociopolíticas en que el régimen franquista
hizo vivir a los españoles. Muerto el principal sostenedor de aquel
sistema aberrante, el escritor concienzudo comprende que sus ataques ha de
dirigirlo a fuerzas superiores, de carácter internacional y, seguramente,
necesita habérselas con la propia condición humana, más allá de las
circunstancias locales o históricas concretas. Es decir, que el egoísmo,
la crueldad, la estupidez, los abusos, las actitudes caciquiles se
reproducen —no de igual forma, desde luego, ni bajo idénticos
ropajes— por cualquier rincón donde el supuesto homo sapiens discurre.
(No debería olvidarlo Manolo, un espíritu libre donde los haya, pero que
tan entusiasta se muestra frente a determinados dirigentes políticos).
Tras
establecer las características fundamentales de la obra de Mediero,
Gabriele propone una división de la misma, acorde con un desarrollo
cronológico, en las siguientes fases:
—
Ciclo de protesta y paradojas, donde se incluyen dramas sociales,
existenciales, satíricos y grotescos.
—
Ciclo para una realidad en crisis, con obras que denuncian los absurdos de
la sociedad capitalista contemporánea.
—
Ciclo feminista, que aborda con figuras de mujer cuestiones como el sexo,
la política o el tratamiento del cuerpo.
—
Ciclo histórico-mítico, en el que se discuten los grandes tópicos de la
cultura coetánea o se plantea una revisión de determinados papas,
emperadores, caudillos, etc.
—
Por último, el ciclo posmoderno, en el que tampoco falta la vena rebelde
habitual en el autor extremeño.
Cierra
el volumen una larga e interesante entrevista entre Mediero y Gabriele,
realizada en Badajoz el 4 de octubre de 1999.
Manuel
Pecellín Lancharro
HILARIO JIMÉNEZ
GÓMEZ
Lorca y Alberti, dos poetas en un espejo
(1924-1936)
Diputación de Cáceres/Fundación Rafael
Alberti, Cáceres, 2001, 357 páginas.
El
estudio de los poetas que pertenecieron a ese momento estelar de la
cultura española del siglo XX que se denomina, con todas las salvedades
que podamos hacer en torno a este título, generación del 27, es
inagotable, y buena prueba de ello es una de las aportaciones más lúcidas
aparecidas en los últimos meses, el libro de Hilario Jiménez Gómez,
joven profesor extremeño, titulado Lorca y Alberti, dos poetas en un
espejo (1924-1936), en el que, como su título indica, se lleva a cabo
un exhaustivo proceso indagatorio sobre los dos grandes poetas andaluces
del 27: Federico García Lorca y Rafael Alberti. Es admirable la acumulación
de documentos de todo tipo que ha coleccionado y conjuntado con sabiduría
nuestro autor para establecer con rigor documental y seriedad científica
qué hubo realmente de amistad entre los dos poetas, cuáles fueron las
etapas de aproximación y cuáles las de inevitable distanciamiento, lógico
conociendo la vida y personalidad de cada uno de ellos.
En
1980, muchos años después de los hechos glosados en este libro, durante
su estancia en Nueva York, sobre la que hemos de volver, Rafael Alberti
escribió y recogió en su libro Versos sueltos de cada día (1982):
Por aquí Federico
denunció el repetido
cansancio de tus oficinas,
al triste rey de Harlem
vestido de portero,
aquí sufrió el delirio
de tu poblada soledad terrible
lejos de su Granada.
Sin
duda, casi cincuenta años después de la desaparición de Federico,
Alberti seguía teniendo muy presente a quien había sido, con los
altibajos lógicos, su amigo. Cuando recorre un Nueva York casi de fin de
siglo, contemporáneo, distinto del que Lorca conociera medio siglo antes,
no duda en vincular la ciudad de los rascacielos a Federico García Lorca.
Es entonces un hecho innegable que Lorca fue muy importante para Alberti,
y, sin duda, Alberti debió de serlo para Lorca. Compartieron ambos
poetas, como es sabido, muchas experiencias comunes, incluida la famosa
excursión a Sevilla de diciembre de 1927, donde con el sonado homenaje a
Góngora se firma la partida de nacimiento de la nueva generación, y no sólo
se hacen la famosa foto colectiva, en la que también figuran Guillén,
Gerardo Diego, Bergamín, Dámaso y otros, sino que además se están
poniendo en ese momento los cimientos de una nueva forma de entender la
literatura en la que los dos poetas andaluces van a participar y de manera
muy activa con su sabiduría poética, con su genio, con su imaginación.
Se
estructura el libro de forma muy inteligente, con una hábil combinación
de reflexión ensayística y aportación documental aplastante,
pormenorizada y detallada, aunque siempre es posible añadir algún
documento y alguna idea, como vamos a hacer al final de estas líneas con
la intención más que constructiva de colaborar en un trabajo que me
parece modélico y apasionante, de manera que en él lo científico se
concilia con lo humano y con lo anecdótico, y hace que el lector se
encuentre muy a gusto en las casi cuatrocientas páginas (que se dice
pronto) de que se compone el volumen.
Se
inicia el libro, tras el obligado y juicioso texto de presentación, con
un capítulo en el que se repasa la biografía de cada uno de los dos
escritores evocados, que ya nos muestra que no estamos ante lo que podríamos
denominar unas vidas paralelas, ya que los dos poetas son bastante
diferentes sociológicamente, aunque este capítulo se cierre con lo que
es un «encuentro en la Residencia de Estudiantes», momento en el que se
inicia la que será una duradera relación sólo truncada por la muerte
inesperada, violenta, injustificada e injusta de Federico García Lorca.
No hay duda de que enseguida entramos en materia y vamos al grano en el
libro, ya que el capítulo siguiente está dedicado a reproducir y
comentar las cartas cruzadas entre los dos poetas. El procedimiento de
transcribir la carta y posteriormente realizar un comentario histórico-crítico
es el adecuado, porque si bien se deja al lector libre para conocer e
interpretar el texto, pronto se acude con los datos pertinentes a
justificar y explicar cualquier aspecto que pudiera causar duda o
interrogación.
Una
documentación exhaustiva y muy bien tratada confirma la calidad de estos
comentarios adjuntos. Un capítulo, cuyo título todo lo dice, viene a
continuación: «Los primos se distancian; rivalidades y celos», y es que
se dedican sus páginas a glosar la coincidencia en el centenario
gongorino y la posterior separación, causada por el viaje a Nueva York,
con estancia de casi un año de Lorca. Es sin duda un capítulo
enjundioso, en el que a través de cincuenta páginas, se da cuenta
pormenorizada de la relación de amistad y de la posterior distancia. El
capítulo siguiente se desarrollará tras el regreso de Lorca de Nueva
York. Lo titula nuestro autor «Un adiós sin despedida», y naturalmente
se cierra con los primeros días de la guerra civil y con la muerte de
Lorca. No hubo despedida. Los dos poetas, «en la calle», trabajan por la
República y con ella colaboran en las actividades de difusión cultural.
Pero de la distancia nace el olvido. A lo largo de ochenta páginas se
revisan todos los documentos que contienen información sobre el
particular. El resultado es espléndido.
Tiene
mucho interés una serie de materiales complementarios que cierra el
libro, desde poemas y textos diversos a todas las fotografías en que
Lorca y Alberti aparecen juntos, así como una ajustada bibliografía
plenamente competente en la materia, sin excesos innecesarios: la justa y
la necesaria para coronar una investigación como ésta.
Hablábamos
de completar algún aspecto mínimo o nimio. Se puede añadir a la relación
de textos firmados por Lorca y Alberti, junto a otros poetas de su
generación, una postal enviada a Gabriel Miró por los mismos desde
Sevilla, y que no figura ni en el epistolario completo de García Lorca
citado por el autor del trabajo ni en la última edición de sus Obras
completas. Lo publicó hace muchos años Jorge Guillén, en su libro Gabriel
Miró: breve semblanza y epistolario. Otro aspecto interesante, ya que
de Nueva York se habla en el libro, hubiera sido hacer alguna referencia a
la estancia de Rafael Alberti en Nueva York en 1980, recogida en su libro Versos
sueltos cada día (1982), en el que los recuerdos de Federico García
Lorca brotan entre los versos escritos en esa ocasión.
Quizá
el poema más llamativo es uno dedicado a las Torres Gemelas, que no me
resisto a dejar de reproducir para terminar estas reflexiones, y que yo
cité hace más de una década en mi libro Poesía de senectud,
junto a los recuerdos de Lorca en la ciudad de los rascacielos. Una foto
de Alberti, hecha por Beatriz Amposta, en un barco, con las Torres Gemelas
de fondo, completa la lectura de este impresionante poema:
(N. Y.)
Aquí no baja el viento,
se queda aquí en las torres,
en las largas alturas,
que un día caerán,
batidas, arrasadas de su propia ufanía.
Desplómate, ciudad, de hombros terribles,
cae desde ti misma.
Qué balumba
de ventanas cerradas,
de cristales, de plásticos,
de vencidas, dobladas estructuras.
Entonces entrará,
podrá bajar el viento
hasta el nivel del fondo
y desde entonces ya no existirá
más arriba ni abajo.
Lo
señala el autor al final de su libro. Las relaciones entre Lorca y
Alberti van mucho más allá de lo anecdótico y de lo coyuntural para
inscribirse en lo más ampliamente literario. A lo largo de sus
investigaciones Hilario Jiménez ha demostrado que tales relaciones son
como un juego de espejos, que permite descubrir coincidencias,
cercanías, parecidos, influencias e incluso diferencias. Tras seguir con
todo detalle todas las relaciones literarias, logra construir un nuevo
panorama, con perspectivas innovadoras y convincentes de un aspecto de las
relaciones literarias de personajes de esta época, fundamentales para
conocer todo el ámbito común. Hilario Jiménez es generoso con quien
esto escribe, y cita dos trabajos míos que abordaron relaciones
literarias, la de Lorca-Gerardo Diego y la de Alberti-Gerardo Diego. No
son trabajos fáciles éstos que están basados en una rigurosa
documentación destinada a probar los vínculos y a rechazar los tópicos
y las falsedades. Quien lo probó lo sabe, como escribía Lope de Vega.
Hilario Jiménez lo ha hecho bien y justo es consignarlo al finalizar
estas líneas. Dos poetas tan importantes como Lorca y Alberti merecían
un tratamiento serio y documentado para dilucidar las relaciones entre
ellos. El trabajo ahí queda. Los lectores de ambos poetas, sin duda, lo
han de agradecer.
Francisco
Javier Díez de Revenga
Universidad
de Murcia
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