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POEMAS
BASILIO SÁNCHEZ
Basilio
Sánchez (Cáceres, 1958) ha publicado los libros de poemas: A este
lado del alba (Rialp, Adonais, 1984), Los bosques interiores (1993.
2.ª Ed. Amarú, 2001), La mirada apacible (Pre-Textos, 1996), Al
final de la tarde (Calambur, 1998) y El cielo de las cosas (Editora
Regional de Extremadura, 2000). Estos poemas pertenecen a su próximo
libro, Entre una sombra y otra.
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PAISAJE
DE INVIERNO
Donde el agua se espesa, una palabra
que se queda en los labios es un hilo de nieve.
Donde la voz se pierde está el secreto
de las manos del frío,
de todas las pequeñas hojas cristalizadas.
Una estrella oscilante se detiene
para la intimidad de la vigilia.
La calle está mojada, el paseante
va pisando la luna bajo la indiferencia de los
árboles,
bajo la indiferencia de una noche
que ahora mismo se ordena
sobre las previsiones de sus lámparas.
Como un faro en lo alto,
la luz en la ventana de una mujer que duerme
ilumina los ojos
de otra mujer que, al borde de la cama,
permanece despierta mientras crece
la sombra de sus manos,
su invisible soledad de otro mundo.
La herida del invierno te ha llevado a creer.
Para entrar en lo blanco, vas a necesitar el
corazón.
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CALLE CON
ÁRBOLES
Caminamos a tientas,
el aire de la noche
empuja las palabras que nos cuestan decir,
las conduce de tu boca a la mía.
Tal vez el mismo aire que eleva las plegarias,
los temores legítimos,
esa llama atrapada todavía
en el estrecho círculo de la conciencia.
Cae a un lado y a otro la soledad en copos de los
árboles.
Por encima del hilo donde un pájaro calla,
sobre un cielo tan bajo que refleja
todo lo desvalido de este mundo,
va pasando el silencio de una nube,
su poco de agua dulce.
A esta hora,
cuando los hombres duermen,
el silencio de las casas habitadas
cae sobre el silencio de las casas deshabitadas.
La calle brilla entonces
como los días de lluvia,
quizá como los ojos de los muertos recientes.
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LOS
TRABAJOS DEL DÍA
El brillo de las uvas al final de la noche
como un agua estancada.
El humo, la mañana, la ciudad que se asoma
con los ojos cerrados,
amparada en el sueño, en la inocencia
suavemente fingida de los amaneceres.
El paso de las nubes sobre un paisaje inmóvil
que se va esclareciendo.
La inquietud de la savia como el roce
de la mano de un niño, como un ruido
que sube desde dentro, que amortiguan las hojas.
La luz que se refleja en la ventana y que nos
hace mirar,
su pequeño destello imperceptible
sobre la santidad de la madera.
Las ramas de la acacia,
la ceniza aún caliente del espino,
el hombre que envejece sobre la misma piedra
que tú y yo colocamos
y que hemos decidido guardar para nosotros.
Es lo mismo de siempre:
el vuelo circular de las palabras
sobre todas las cosas; el trabajo,
antes de que la noche se vuelva imprescindible,
de organizar a solas, con un poco de luz,
otra vez el paisaje.
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HABITACIONES
Lentamente va llegando hasta el fondo
de las habitaciones la fragancia
de una flor comedida.
Ésta es la casa
que hemos construido con las puertas
abiertas hacia dentro, hacia el patio de luz.
La que hemos concebido
con un sol interior que cada día
se ha alzado sobre todos nosotros para darnos
fragmentos razonables de la felicidad.
Paredes inclinadas
que en medio de la noche nos cerraron los ojos;
cristales empañados por el vaho de los sueños,
por la respiración de nuestras manos.
Después de habernos ido,
¿nos seguirá mirando?
¿Seremos, desde lejos, la presencia de siempre?
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EL PAN Y
LA SAL
De una casa a otra se enviaban saludos,
las cintas de humo azul de los hogares
y, con las filtraciones de las primeras luces,
algunas nubes lentas.
Entre una casa y otra los silencios
eran ruidos de platos,
una flor esmaltada en unas tazas, el murmullo
de las copas de vidrio.
Desde hace algunos años
es un pueblo vacío,
uno de esos lugares que ya no necesita del
crepúsculo.
Los muros de las casas
se han ido acostumbrando
al desfallecimiento, a los rigores
de las viejas moreras, de las parras silvestres.
En medio de las plazas,
al final de las calles, las sombras de las cosas
permanecen inmóviles,
nos hablan desde fuera del tiempo.
Ahora el cielo está quieto como un campo sin
nada,
como el hombre sentado que lo mira.
Como el que en la maleza
busca aún las canciones perdidas de los niños,
algunas nubes lentas para la intimidad,
para el regreso.
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