Revista Alcántara. nº 53-54
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POEMAS

BASILIO SÁNCHEZ

   Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) ha publicado los libros de poemas: A este lado del alba (Rialp, Adonais, 1984), Los bosques interiores (1993. 2.ª Ed. Amarú, 2001), La mirada apacible (Pre-Textos, 1996), Al final de la tarde (Calambur, 1998) y El cielo de las cosas (Editora Regional de Extremadura, 2000). Estos poemas pertenecen a su próximo libro, Entre una sombra y otra.

 

PAISAJE DE INVIERNO

Donde el agua se espesa, una palabra

que se queda en los labios es un hilo de nieve.

Donde la voz se pierde está el secreto

de las manos del frío,

de todas las pequeñas hojas cristalizadas.

Una estrella oscilante se detiene

para la intimidad de la vigilia.

La calle está mojada, el paseante

va pisando la luna bajo la indiferencia de los árboles,

bajo la indiferencia de una noche

que ahora mismo se ordena

sobre las previsiones de sus lámparas.

Como un faro en lo alto,

la luz en la ventana de una mujer que duerme

ilumina los ojos

de otra mujer que, al borde de la cama,

permanece despierta mientras crece

la sombra de sus manos,

su invisible soledad de otro mundo.

La herida del invierno te ha llevado a creer.

Para entrar en lo blanco, vas a necesitar el corazón.

 

CALLE CON ÁRBOLES

Caminamos a tientas,

el aire de la noche

empuja las palabras que nos cuestan decir,

las conduce de tu boca a la mía.

Tal vez el mismo aire que eleva las plegarias,

los temores legítimos,

esa llama atrapada todavía

en el estrecho círculo de la conciencia.

Cae a un lado y a otro la soledad en copos de los árboles.

Por encima del hilo donde un pájaro calla,

sobre un cielo tan bajo que refleja

todo lo desvalido de este mundo,

va pasando el silencio de una nube,

su poco de agua dulce.

A esta hora,

cuando los hombres duermen,

el silencio de las casas habitadas

cae sobre el silencio de las casas deshabitadas.

La calle brilla entonces

como los días de lluvia,

quizá como los ojos de los muertos recientes.

 

LOS TRABAJOS DEL DÍA

El brillo de las uvas al final de la noche

como un agua estancada.

El humo, la mañana, la ciudad que se asoma

con los ojos cerrados,

amparada en el sueño, en la inocencia

suavemente fingida de los amaneceres.

El paso de las nubes sobre un paisaje inmóvil

que se va esclareciendo.

La inquietud de la savia como el roce

de la mano de un niño, como un ruido

que sube desde dentro, que amortiguan las hojas.

La luz que se refleja en la ventana y que nos hace mirar,

su pequeño destello imperceptible

sobre la santidad de la madera.

Las ramas de la acacia,

la ceniza aún caliente del espino,

el hombre que envejece sobre la misma piedra

que tú y yo colocamos

y que hemos decidido guardar para nosotros.

Es lo mismo de siempre:

el vuelo circular de las palabras

sobre todas las cosas; el trabajo,

antes de que la noche se vuelva imprescindible,

de organizar a solas, con un poco de luz,

otra vez el paisaje.

 

HABITACIONES

Lentamente va llegando hasta el fondo

de las habitaciones la fragancia

de una flor comedida.

Ésta es la casa

que hemos construido con las puertas

abiertas hacia dentro, hacia el patio de luz.

La que hemos concebido

con un sol interior que cada día

se ha alzado sobre todos nosotros para darnos

fragmentos razonables de la felicidad.

Paredes inclinadas

que en medio de la noche nos cerraron los ojos;

cristales empañados por el vaho de los sueños,

por la respiración de nuestras manos.

Después de habernos ido,

¿nos seguirá mirando?

¿Seremos, desde lejos, la presencia de siempre?

 

EL PAN Y LA SAL

De una casa a otra se enviaban saludos,

las cintas de humo azul de los hogares

y, con las filtraciones de las primeras luces,

algunas nubes lentas.

Entre una casa y otra los silencios

eran ruidos de platos,

una flor esmaltada en unas tazas, el murmullo

de las copas de vidrio.

Desde hace algunos años

es un pueblo vacío,

uno de esos lugares que ya no necesita del crepúsculo.

Los muros de las casas

se han ido acostumbrando

al desfallecimiento, a los rigores

de las viejas moreras, de las parras silvestres.

En medio de las plazas,

al final de las calles, las sombras de las cosas

permanecen inmóviles,

nos hablan desde fuera del tiempo.

Ahora el cielo está quieto como un campo sin nada,

como el hombre sentado que lo mira.

Como el que en la maleza

busca aún las canciones perdidas de los niños,

algunas nubes lentas para la intimidad,

para el regreso.

 

 

 

 

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