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LA RAYA CÁCERES-PORTUGAL (De
Jola a Valverde del Fresno: un emporio turístico) DE LA MONUMENTAL ALCÁNTARA
AL FRONDOSO VALVERDE
EMILIO JARAIZ RIVAS
Una
vez cubiertos los dos primeros trayectos sobre el recorrido turístico por
la Raya con Portugal (publicados en las dos revistas precedentes) que
iniciamos en Jola y que nos ha llevado hasta Alcántara, nos disponemos a
realizar el último tramo, partiendo de la ciudad alcantarina, hasta
llegar a Valverde del Fresno.
Alcántara
debe visitarse de noche y de día para gozar de todos sus encantos. La
ciudad está situada a escasos cien metros del río Tajo, a 232 metros de
altitud sobre el nivel del mar, la más baja de Extremadura. Fue mandada
construir por el emperador Trajano en el siglo II; para unos fue la
Colonia Caerina, para otros «interamnium», ciudad entre dos ríos. Los
visigodos la llamaron Oliva y los árabes Kantara-Ass-Saif, que significa
Puente de la Espada por creer que en los pilares del puente romano existe
enterrada una espada de oro.
El
núcleo de la población alcantarina no es muy amplio, su población
actual es de unos mil novecientos habitantes, pero sí es uno de los
pueblos con mayor número de monumentos de la provincia. Partiendo de esta
idea nos dejamos llevar por las diferentes calles para ir descubriendo
cuantos tesoros encierra. Comenzamos en la moderna Plaza de Lisboa, más
conocida por Plaza de «La Pera», a través del arco de la Concepción
(antigua puerta de la muralla, mandada construir por Carlos I junto a los
restos de la fortaleza árabe) accedemos a la zona antigua. La calle
Llanada, con sus casas señoriales y labriegas dejan entrever el brillante
pasado de una población romana, en la que después convivieron árabes,
judíos y cristianos; nobles y adinerados, caballeros y religiosos, pueblo
llano y trabajador al servicio de los que ostentaban el poder económico,
político o religioso.
Nada
más cruzar el Arco de la Concepción, en la típica calle Llanada, nos
toparemos con el solariego palacio de los Barco construido en el siglo
XVII, de estilo barroco con gran riqueza decorativa y heráldica. En esta
misma calle existen casonas de tipo labriego y señorial que denotan el
momento de una época resplandeciente. A media calle, girando hacia la
derecha, la calle Chapatal nos hará llegar a la de Trajano donde se
encuentra la ermita de los Remedios, del siglo XVI.
Un
poco más abajo se levanta la Conventual de San Benito que empezó a
construirse en 1505. En la obra participaron varios arquitectos, entre los
que destacó Pedro de Ibarra. El edificio es de estilo renacentista en su
interior; posee un precioso claustro gótico de dos pisos con arcos y
diversas dependencias, entre ellas la antigua hospedería, hoy propiedad
privada de Iberdrola. En el exterior destacan el triple ábside y la galería
plateresca de tres pisos con sus dos torres cilíndricas, con escudos
imperiales. El templo, que no llegó a terminarse, estuvo dedicado a
Nuestra Señora de la Concepción, es de enormes proporciones con
ornamentación plateresca y bóvedas de crucería estrellada.
El
conventual fue sede de la Orden Militar de Caballería de Alcántara,
habitado por frailes y caballeros. El 16 de marzo de 1914 fue declarado
monumento nacional. En la actualidad está dedicado a actividades
culturales, entre ellas el Festival de Teatro Clásico de Alcántara, que
tiene lugar los primeros días del mes de agosto de cada año. El interior
de este monumento puede ser visitado a diario con servicio de guías.
Volvimos
a la calle Llanada, tomamos Las Cuatro Calles para llegar a la Plaza de
San Pedro donde está enclavada la monumental Iglesia Parroquial de Santa
María de Almócovar y el Ayuntamiento. Esta iglesia fue construida en el
siglo XIII sobre el solar de una mezquita árabe de la centuria anterior.
La fachada principal es de estilo románico, posee portadas de estilo
protogótico. En la edificación se aprecia el románico, mudéjar y
cisterciense. El interior es herreriano y en ella se guardan el sepulcro
de alabastro del comendador Bravo de Jerez, así como numerosas laudas,
pues no en balde fue esta iglesia el lugar de enterramiento de los
freyres de la Orden Militar. Son frecuentes las
obras de arte que posee en su interior, destacando los cuadros de «El
Divino Morales» y un Cristo yacente atribuido a Martínez Montáñez.
En
la misma plaza, frente a la Iglesia Parroquial, encontramos la casa natal
de San Pedro de Alcántara, convertida en iglesia en el siglo XVII, tras
su canonización. Su fábrica es de mampostería y sillería granítica.
Destacan la portada, sillería de estilo herreriano, los dos ojos de buey
y una hornacina con la imagen del santo. El interior es muy sencillo. A
escasos metros de la iglesia está situada una estatua del santo de
grandes dimensiones, escultura realizada por Navarro Gabaldón, en 1978.
La
historia nos dice que San Pedro de Alcántara nació en el año 1499. Fue
bautizado con el nombre de Juan Garavito Villela de Nasabria; cuando
profesó pasó a llamarse Pedro Garavito. Murió en el año 1552 en el
Convento franciscano que él había fundado en Arenas de San Pedro (Ávila),
donde está enterrado. Actualmente es el patrón de Extremadura, del
Brasil y de la Diputación Provincial de Cáceres. Próximo a la Plaza de
San Pedro, ya en el extrarradio, camino del puente, visitamos lo que queda
del Convento de las Monjas Comendadoras y del Espíritu Santo, que adosado
al Templo de la Encarnación, fue el antiguo convento de los caballeros de
Alcántara, luego sede de las monjas y de la rama femenina de la Orden
Militar de Caballería. Se construyó en el siglo XV y es de estilo gótico.
Callejear
por el recinto antiguo alcantarino nos permitió descubrir insólitos
rincones y la huella arquitectónica del pasado. Tomamos la calle Zapatería
para adentrarnos en la Plaza de la Corredera donde se encuentran los
palacios de los Roco-Campofrío, palacio de Topete-Escobar y de Torreorgaz.
El
palacio de Roco-Campofrío fue levantado en el siglo XVI. Poco queda del
mismo, pero aún puede apreciarse la grandiosidad de la obra a través de
su fachada principal y de sus columnas jónicas y toscanas. El palacio de
Topete-Escobar, gótico renacentista, del siglo XVII, muestra toda su
belleza en esta plaza.
En
la misma plaza se levanta una casona barroca del siglo XVIII que perteneció
a los Marqueses de Torreorgaz. En ella destaca la amplia portada
adintelada, ventana esgrimada, balcones con artística forja, varios
escudos nobiliarios, y dos enormes chimeneas en su tejado.
Próxima
a la Plaza de la Corredera, en la calle de la Soledad, visitamos la ermita
del mismo nombre que data del siglo XI; en su momento fue sinagoga judía
y sede de los templarios, en medio del propio Barrio Judío. Y un poco más
adelante, en la Calle Ramos, encontramos la ermita de la Encarnación, del
siglo XVI.
Realizado
el recorrido del casco monumental, al tomar la carretera que nos conducía
al Puente Romano, hallamos la monumental Fuente del Pilar, del siglo XVI
de estilo renacentista. Siguiendo el camino tenemos el Convento de San
Francisco, más conocido como «La Fábrica» (por haber sido fábrica de
harina y electricidad), su construcción data del siglo XVI por Don Diego
de Ovando, de estilo barroco. Sólo pequeños residuos quedan visibles de
la enorme muralla alcantarina que se levantó al comienzo de la dominación
árabe con materiales pizarrosos, constituyéndose en una de las más
amplias fortalezas de estos territorios. Contaba con castillo y doce
torres, pues poseía un gran poder estratégico.
Y,
un poco más bajo, el Puente Romano del que ya hablábamos al comienzo.
Quinientos
metros aguas arriba, la Presa José María de Oriol. Otra gran obra hidráulica,
construida veinte siglos más tarde, que igualmente impresiona. Con un
poco de suerte puede visitarse por dentro esta presa dedicada a la
producción de energía eléctrica. De lo contrario, la presa, Alcántara,
el puente y el valle del río Tajo pueden admirarse desde un mirador
existente en la cima de una colina, en la margen derecha del río.
Después
del intenso recorrido no estuvo mal reponer fuerzas en los variados
mesones y restaurantes. Y entre los platos, la popular perdiz al modo de
Alcántara, receta mundialmente conocida.
En
el plano de alojamientos destacan las casas rurales «Candi», «La Cañada»
y «San Antonio»; también el Hostal Kantara Al-Saif y el Hotel Puente
Romano. Hacia Portugal se encuentra instalado el Camping de Alcántara.
El
Centro Ecuestre «Arroyo del Espino», ofrece la posibilidad de practicar
turismo rural a caballo, recorriendo rutas por insólitos parajes de las
riberas del Tajo y Erjas.
La
caza, la pesca, la náutica y el senderismo son aficiones que se pueden
practicar en la comarca.
Los
amantes de la micología encontraran una amplia variedad de setas y, sobre
todo, la apreciada y codiciada trufa, hongo que buscaban los frailes de la
Conventual de San Benito para condimentar sus guisos, valiéndose de
cerdos que hocicaban en la tierra. Aún son muy frecuentes los hallazgos
numismáticos y arqueológicos en torno al Puente Romano y Alcántara.
Existe
una oficina de Turismo en la Av. de Mérida, 21, cuyo teléfono es el 927
39 08 63.
Culminada
la visita a Alcántara, teníamos la opción de continuar el recorrido a
caballo, en bicicleta, moto o a pie, siguiendo la antigua calzada romana,
los cordeles que a través de bellos paisajes nos conducirán a Piedras
Albas y Zarza La Mayor o en coche por carretera. Conviene recordar que
existe ya una ruta turística a caballo que partiendo de Mata de Alcántara
llega hasta el castillo de Peñafiel de Zarza La Mayor y regresa al punto
de partida, en la cual pueden participar cuantas personas lo deseen, uniéndose
con sus caballos o alquilando los de la organización.
Salvados
los escabrosos riberos del Tajo encontramos la carretera que nos condujo a
Estorninos, el único pueblo de Extremadura con nombre de ave, antiguo y
pequeño, posiblemente en el que más contiendas bélicas se libraron
entre españoles y portugueses a lo largo de la historia, tantas que su
población llegó a huir en cierto momento, repoblándose de nuevo en
1738.
Su
único monumento es, la Iglesia de Santiago, del siglo XVI, con la torre
separada del cuerpo. En ella se venera un Cristo, magnífica talla de
madera policromada, y un humilladero del siglo XVIII.
Volvimos
a la carretera Ex 117 que llega por Piedras Albas a Portugal. En la zona
pueden encontrarse metales antiguos y piedras semipreciosas como el cuarzo
y otras pues se dice que existieron minas de oro y plata.
Antes
de visitar Piedras Albas llegamos hasta el puesto fronterizo o antigua
aduana. Un puente de mampostería une a los países ibéricos. Lo más
atractivo del lugar es el encauzamiento del Río Erjas con sus fuertes
torrentes de agua clara.
Piedras
Albas es una pequeña población situada en un enclave típicamente árido.
Su principal monumento es la Iglesia de Nuestra Señora de la Romana, de
estilo gótico, del siglo XV, con algunas reformas. En ella se guardan y
veneran una imagen de la Dolorosa y una talla de madera policromada de San
Antonio con el Niño Jesús en brazos. Entre la platería destaca un cáliz
de oro de 1800 que se atribuye al orfebre cordobés Manuel Azcona, y una
Cruz Parroquial que el artista alcantarino Diego Fonseca realizó en 1798.
Los
lugareños presumen de poseer un importante monumento natural, «Peña
Urraca»: una mole granítica con dos huecos a modo de ojos; la peña
tiene cierto parecido con la cabeza del corbido que le da nombre.
Parajes
de valles y cerros, dehesas con encinares y llanos dedicados a la ganadería
y a la agricultura nos introdujeron casi sin darnos cuenta en Zarza la
Mayor, no sin realizar varias paradas en el camino para disfrutar de las
vistas panorámicas que atrajeron nuestra atención: un entorno
aparentemente llano, en la lejanía sierras como las de Montánchez, Madroñera,
San Pedro, Monfragüe, Gredos, Hurdes, Gata y las portuguesas de Villagarcía,
Monsanto, de la Estrella y otras; a la izquierda el río Erjas
serpenteando la Raya, a la derecha se divisan los lagos de Alcántara y el
Río Alagón. Y por encima de nuestras cabezas planeaban todo tipo de
aves.
Zarza
la Mayor, un pueblo histórico cuyos habitantes tal vez hayan sido los que
mayor número de lazos consanguíneos contrajeran a lo largo de los siglos
con los portugueses a través de sus vecinos de Salvaterra do Extremo.
Esta
localidad se levanta en medio de un terreno peñascoso. Su creación se
remonta a antes de la romanización, durante la cual fueron explotados los
abundantes yacimientos de superfosfatos, existentes en sus proximidades.
La
iglesia de San Andrés es el principal monumento de entre los muchos que
posee esta población. Por su altura y estructura de fortaleza llama la
atención y sorprende desde muy lejos, y, desde ella se domina toda la
comarca. Fue construida entre los siglos XVI y XVIII, siendo fiel reflejo
de la prosperidad de la época y el poder de dominio que tuvo el pueblo.
Su fachada, de enormes proporciones, es de estilo herreriano. Su interior
es muy amplio con ábside poligonal y crucero. Las bóvedas de la nave
central son de crucería, mientras que las laterales son de medio cañón.
En ella se conserva un magnífico Cristo Yacente del siglo XVII.
En
la misma plaza, frente a la iglesia, sorprende el monumental edificio de
la Real Fábrica de la Seda que conserva en su fachada la siguiente
inscripción: «Real Compañía de Comercio. Reinando Fernando VI, Mayo año
1749».
El
edificio se levantó a mediados del siglo XVIII para que albergara la fábrica
de seda, una de las tres más importantes de la España de aquel entonces.
En esta fábrica se transformaba en tejidos la seda proveniente del
cultivo de gusanos en los bosques de moreras existentes en la
comarca de Gata, valles del río Erjas y otras
zonas próximas. En la actualidad parte del edificio está ocupado por el
Ayuntamiento y el resto por algunas viviendas y un restaurante.
El
Palacio, sede de la Encomienda de la Orden de Alcántara es otra obra de
granito que destaca en la misma plaza.
En
las cercanías de la localidad, rozando la orilla del río Erjas, que hace
de frontera hispano-lusa, se levanta la impresionante mole del castillo de
Peñafiel, edificado por los árabes en el siglo IX, al que llamaron
Racha-Rachel; fue reconquistado en 1212 por Alfonso IX. Este castillo
estuvo considerado como una de las mejores
muestras de la arquitectura militar de la época. En su interior existe
una ermita de estilo gótico, levantada entre los siglos XV y XVII.
Callejeando
por la localidad encontramos la ermita de San Juan, situada en la calle
Calvo Sotelo, una joya barroca del siglo XVII; también merece la pena
dedicar un tiempo a la visita de las ermitas de San Bartolomé y Nuestra
Señora de Sequeiro, esta última Patrona de Zarza la Mayor.
Otras
casas señoriales y la arquitectura popular, en algunos casos con sabor
portugués, atrajeron nuestra atención, y, tras disfrutar de la exquisita
cocina casera que, con productos de la tierra, ofrece el Restaurante-Mesón
«Moreno». Al dejar la localidad, junto a la plaza de toros, atrajo
nuestra atención la popular «Fuente Conceja», que desde la Edad Media
ha dado de beber a la población.
Con
el regusto gastronómico abandonamos Zarza la Mayor para continuar camino.
A unos cinco kilómetros giramos a la izquierda y tomamos la carretera que
conduce a las Termas de Monfortinho para un poco antes de llegar a las
mismas coger la carretera rural que conduce a Cilleros, poco después
atrochamos por caminos y veredas hasta llegar al último rincón de la
provincia cacereña, a la meta que desde el principio marcamos para el
recorrido turístico.
Al
final divisamos una nueva tierra y un nuevo paisaje; un valle rodeado de
montañas, tanto lo uno como lo otro nos impresionaron. Estábamos en una
tierra llena de bellezas y bondades, donde las diversas civilizaciones
fueron dejando generosamente sus huellas, huellas o vestigios que, gracias
a la sensibilidad de las gentes que habitaron y habitan estos lugares, han
sido conservados para que disfrutemos de ellos y para que los estudiosos
puedan rehacer la historia de la humanidad respecto a estos lares. Esa
tierra que avistamos desde lo alto de una colina es el valle y sierras de
Jálama o Xálama, donde la vida parece ser más viva.
Y
allí, en medio de aquel exuberante vergel se asientan Valverde del
Fresno, Eljas y San Martín de Trevejo, lugares propios por su particular
singularidad, por sus costumbres populares, por sus tesoros históricos y
monumentales y por sus dialectos, que guardan y mantienen celosamente las
gentes de alma grande que habitan estos lugares. Si existe hoy en
Extremadura una tierra que promete, esa es la del valle y sierras de Jálama.
Como
nuestra intención es ocuparnos de lo estrictamente colindante con la
Raya, hemos de indicar que, según datos históricos, el asentamiento de
Valverde del Fresno se inició con los Vettones, siendo este construido
sobre uno de los muchos poblados o «Citanias» que levantaron los
pastores; sobre ellas crearon sus ciudades los romanos, con los cuales
aparecen los núcleos de población organizados.
Según
el investigador Enrique Bourquet a Valverde le viene el nombre «por el
sitio en que se halla fundado, siendo de notar que en medio de la plaza
hay rica y abundante fuente de agua, la cual está al pie de un fresno muy
grande cuyo tronco tiene 42 pies de a diez puntos de gordo y dentro de
dicho tronco pueden caber cinco o seis personas».
Habíamos
oído hablar de un lugar llamado Salvaleón y la curiosidad nos llevó
hasta él. Tal vez estos sean los vestigios más antiguos del término
municipal. Sobre el nombre, para unos quiere decir lugar «salvado por el
León», para otros «salvada la frontera de León». Sea como fuere, el
lugar se encuentra a 19 kilómetros de Valverde en plena sierra hacia
Portugal, un lugar estratégico y de enorme belleza. La fortaleza estaba
ubicada en un cerro de 370 metros de altitud sobre el nivel del mar, entre
los ríos Basadia y de La Vega. Este lugar fue pieza clave en la defensa
de Sierra de Gata durante la Reconquista. Aún se puede apreciar la
importancia de la fortificación y el foso que la rodeaba. A partir del
siglo XIII fue cabecera de la Encomienda de la Orden de Alcántara, con
fuero propio concedido por Alfonso IX, perdiendo su influencia durante el
siglo XV y llegando a su total decadencia en el XVI.
Valverde,
nuestro objetivo final, está rodeado por el norte por altas montañas,
terrenos rocosos, canchales graníticos, a veces estériles o con escasa
vegetación; según se inicia el descenso comienza a surgir la vida
vegetal hasta eclosionar en un auténtico vergel: pinos, carquexias,
robles, encinas, alcornoques, castaños, moreras, brezos, zarzas, escobas,
helechos y praderas con verdes pastos e innumerables árboles frutales,
destacando el olivo y las vides; torrentes, gargantas y ríos, contribuyen
a tanta belleza natural y, por consiguiente, al desarrollo integral de
Valverde.
Como
suele ocurrir en todo pueblo de cierta raigambre, en el lugar más
destacado del acceso, en este caso entre las carreteras de Hoyos y
Portugal, encontramos la Picota como señal de jurisdicción penal, en
ella se realizaban las ejecuciones para escarmiento de la población; es
una columna octogonal con capitel gótico que se levantó a finales del
siglo XV.
«San Martin estâ rodiau
de castanhus i uliveiras:
Tamên em dentru tem
boas mocitas solteiras»
Con
esta coplilla nos recibía un viejete del pueblo, en el que nada más
pisar puede apreciarse su tipismo y su arquitectura popular que se remonta
muchos siglos atrás. Pero también existen edificaciones señoriales,
monumentos y ricos vestigios arqueológicos, como la Iglesia Parroquial de
Nuestra Señora de la Asunción, proyectada por el arquitecto Pedro de
Ibarra y construida en su mayor parte en el siglo XV. De ella resaltan la
cabecera y la torre de estructura prismática de planta cuadrangular y
robusta sillería; en su interior llama la atención el retablo mayor con
pinturas de la escuela vallisoletana, realizado en el siglo XVIII; la
capilla mayor con bóveda de crucería; una hornacina con las cinco llagas
de Cristo, obra labrada en tiempos de los Reyes Católicos; el púlpito
con características de estilo gótico y detalles de peregrinos.
Callejeando,
que dicho sea de paso constituye un placer, llegamos a la Plaza del Santo
Cristo donde está enclavada la ermita del Cristo del Humilladero, templo
que consta de dos partes, la cabecera del siglo XVI y la nave, añadida en
el siglo XVII, guarda en su interior un retablo barroco y una talla gótica
de Cristo Crucificado.
La
ermita de El Espíritu Santo, la más antigua de todas las edificaciones
religiosas de Valverde, fue levantada en 1228, si bien sufrió
restauraciones importantes con caracteres de estilo gótico que hoy
conserva; está enclavada en un valle y rodeada de moreras, fuentes y por
el Arroyo Castaño.
La
Casa de Frade, una hermosa y señorial edificación, fue construida en el
siglo XVIII, es de estilo barroco, cargada de blasones, destacando el
escudo de los duques de Medinaceli.
En
las conversaciones mantenidas con varias personas observamos la
importancia que los valverdeños dan a sus antiguos barrios como el de San
Blas, La Encina, López, y sobre todo, al de Las Cortes, el más peculiar
de todos por sus construcciones, por ser el más poblado y el más
antiguo; ciertamente posee un peculiar encanto, en él vivieron artistas y
artesanos, gentes populares, amén de los moriscos granadinos, como dice
el cantar:
«En el barrio de Las Cortes
está la justicia entera:
está la Loba y la Osa
y la Rede barrendera».
La
porticada plaza de la Constitución ofrece un aspecto de sobrecogedora
armonía y belleza. En ella está emplazado el Ayuntamiento que ocupa lo
que antaño fueron las Casas de la Audiencia y la Carcel, en su fachada
puede leerse la siguiente inscripción traída de la iglesia: «Casa
Municipal a expensas de esta Villa 1861».
En
la plaza de El Fuerte (hoy desaparecido), encontramos la Casa de Chamorro,
amplia y señorial, que de vivienda pasó a ser baile, escuela pública y
aduana. En medio de esta plaza se alza la Cruz del Fuerte sosteniendo la
Cruz floreada de la Orden de Alcántara, el águila bicelada de Carlos V y
un ave muy extraña. En la calle Primero de Mayo se conserva una magnífica
ventana gótica, en el lugar pudo levantarse el Castillo de Alvariño o la
Casa del Santo Oficio, propiedad según se cree de un fidalgo portugués.
Los
vestigios arqueológicos son ricos y abundantes en estos lugares pero el
tiempo se nos agotaba y sólo pudimos llegar a algunos y hasta el puesto
fronterizo que permite entrar en Portugal por Penamacor.
Durante
nuestra estancia en Valverde nos dio cobijo el Hotel La Palmera, el primer
hotel que como tal existió en la provincia cacereña; el trato especial
se palpa nada más pisar su interior.
Pero
en Valverde no sólo es importante su pasado; conservando buena parte de
su acerbo se ha permitido crecer y modernizarse, crear servicios y ofrecer
a sus habitantes una excelente calidad de vida que, sin duda, repercute en
el visitante.
Un
hotel, varias casas rurales, fonda, restaurantes con calidad, bares y cafés
de lujo, centro de salud, biblioteca pública, hogar para los de la
tercera edad, club de ancianos, pisos tutelados, polideportivo, campos de
fútbol, colegios, entre otras cosas conforman la relación de servicios
para disfrute del ciudadano.
En
nuestro recorrido por las calles valverdeñas fuimos entrando en los
diversos establecimientos de hostelería en los que degustamos su típica
gastronomía y saboreamos sus ricos caldos, todo ello elaborado con
productos del entorno.
Platos
como el «allu d'ovu», allu patatas, bicatosta, ensalá d'aceitunas con
naranjas, ensalá de regaxial, embutidos, jamones y quesos hicieron
nuestras delicias. Y que decir de sus vinos, pitarras o embasados, o de su
aceite, el bien llamado oro verde, como dijo en su libro Daniel Berjano,
«el bachiller de Trevejo», «estamos en Valverde del Fresno, el país
del aceite de oro». Nos atrevemos a decir que es la principal fuente de
riqueza y se mantiene en auge.
Dentro
de ese recorrido no faltó la visita al mesón «Inocencio» (Calle
Pizarro) donde se puede degustar lo mejor de lo mejor de la gastronomía
valverdeña, incluyendo, sorprendentemente, los mejores mariscos. La
churrería Ponti Vellu (calle Levadiña) sirve desayunos con churros
fritos con puro aceite de oliva. El restaurante Casa Laura (Av. de
Portugal), ofrece cocina casera.
Existen
tiendas de regalo donde se puede adquirir artesanía de la zona y
portuquesa, panaderías que elaboran pan de leña al estilo tradicional y
dulces caseros; pueden comprarse carnes de cabrito, buen bacalao, miel y
polen de la Casa Val d’Xalima (Av. Portugal), y el mejor aceite.
Y
mientras regresábamos a casa, un tanto impresionados por la positiva
realidad de esta tierra, recordábamos su dialecto o fala que hablan entre
ellos. «Prometimus dir otra vez y daremus a conhocer bosas virtudes».
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